Jacobo y Estusha.
Autor: Lizette Arditi

 

Mi encuentro con Carlos Castaneda


Alejandro Jodorowsky

 


La Danza de la realidad
Alejandro Jodorowsky
Mondadori. 2001

 

Cuando Castaneda se acercó, creí que era un camarero. En México es fácil determinar la clase social a la que pertenece un individuo sólo con verle el físico. El hombre era bajo de estatura, fornido, con el pelo crespo, la nariz achatada y la piel levemente picada, en fin, un humilde autóctono. Pero en cuanto me habló, por el tono reposado de su voz, por delicada pronunciación, por la vibración luminosa de su intelecto supe que era un hombre de cultura superior. Su simpatía personal me hizo considerarlo instantáneamente como
un amigo.
-Perdone, Alejandro, que lo interrumpa. He visto varias veces su película El topo, por que me da gusto saludarlo.
Soy Carlos Castaneda.
Podría haber sido un embaucador -nadie conocía el rostro del escritor-, sin embargo le creí. Más tarde pude comprobar, por un dibujo que apareció en un libro y por una foto que publicó su ex esposa, que efectivamente era él. También Troika le creyó. Aunque nunca lo había leído, la notoriedad del personaje pareció embriagarla.
Con un gesto displicente, como si la acosara el calor, se abrió el escote, mostrando la punta de uno de sus dos magníficos promontorios, e hinchó los labios para murmurar, besando en falo invisible: "¡Qué interesante!". Castaneda, después de fijar una mirada de halcón en la carne viva que se le estaba ofreciendo por encima de un bistec sangrante, me sonrió: "Si nos hemos encontrado, debe de ser por algo. Me gustaría hablar con usted en un sitio más tranquilo". Propuse a Castaneda ir a su hotel, pero él insistió en venir al mío. Yo por tener un floreciente productor, estaba alojado en el lujoso
Camino Real! Quedamos en que vendría al día siguiente, al mediodía. Lo esperé, impaciente. A las doce menos cinco, sonó el teléfono de mi cuarto. Me dije: "Por supuesto, me llama para decirme que no puede venir". Respondí.
Con un tono respetuoso me preguntó si no me molestaba recibirlo antes de la hora fijada. Me conmovió tanta delicadeza. Apenas entró en mi cuarto, le ofrecí una silla. Nos sentamos frente a frente y nos miramos a los ojos, escudriñándolos como dos guerreros, sin ninguna agresión por supuesto y sí con mucha esperanza de encontrar un interlocutor agradable. ¿Cuánto duró esto? Una eternidad. Fue el primero en hablar y pronto llegué a la cuestión que nos interesaba.
-En tus libros, nos has revelado una forma de ver el mundo diferente, has hecho revivir el concepto de guerrero espiritual, has vuelto a poner de actualidad el trabajo sobre el sueño lúcido y sin embargo no sé si eres un loco, un genio o un mentiroso.
-Todo lo que cuento es verdadero. No he inventado nada -me respondió con una luminosa sonrisa.
- Leyéndote he tenido la impresión de que, fundándote sobre una experiencia real, en México, a partir de ella elaboras e introduces conceptos extraídos de la tradición esotérica universal. En tus libros puede encontrarse el zen los Upanishads, el Tarot, el trabajo sobre los sueños de Hervey de Saint-Denis, etc.
Sin embargo, de una cosa estoy seguro: es evidente que recorres realmente este país para hacer tus investigaciones. Es probable que, aglutinado todo lo que descubres, has creado la figura de don Juan.
-De ninguna manera. Te lo aseguro: él existe…
Y a continuación me contó aquello de cómo el brujo (con quien se reuniera en el Paseo de la Reforma, arteria central de la ciudad), con una simple palmada en la espalda, lo había proyectado a varios kilómetros de distancia por que se había dejado distraer por una mujer que pasaba por allí. Luego me habló de la
vida sexual de don Juan, capaz de eyacular quince veces seguidas. Recuerdo que también me contó que su maestro despreciaba a los seres humanos que,  sacrificando sus capacidades mágicas, "Fabricaban" niños.
"Cada hijo nos roba un pedazo de alma."
Insinuó el tema del canibalismo saturnal. Pero quizás viendo en mí una expresión de horror, cambió de tema:
-¿Por qué las circunstancias nos han juntado?
¿No será para que realicemos una película? Hollywood me ha ofrecido varios millones de dólares para llevar a la pantalla mi primer libro, pero no quiero que don Juan termine siendo Anthony Quinn.
Ibamos a ponemos de acuerdo para ver las posibilidades de filmar en los sitios reales,mostrando verdaderos milagros, auténticos brujos, sin utilizar efectos especiales, trucos que convertirían todas esas enseñanzas en banales cuentos de hadas cuando a Castaneda le comenzaron los dolores de estómago, algo que, me dijo entre quejidos, no le ocurría nunca. Por la sierra bebía agua de los arroyos sin ningún mal pero la ciudad, donde el agua era al parecer potable, la diarrea lo atacaba. Comenzó a retorcerse más y más. Llamé un taxi y lo acompañé a su hotel Holiday Inn. Por los tradicionales embotellamientos del tráfico, demoramos casi una hora en llegar. Apenas nos dimos la mano, se fue corriendo.
Nunca más lo volví a ver. Al mismo tiempo que a él le habían dado esos retorcijones, a mí me atacó un violento dolor en el hígado que me obligó a guardar cama tres días. Una vez restablecido, lo llamé al hotel. Se había marchado, sin dejar una dirección. Cuando pasé por allí e interrogué al portero, me dijo que el señor estaba acompañado por una atractiva muchacha. Su descripción, concordaba con la figura de Troika…
La diarrea de Castaneda, durante mucho tiempo, no me provocó sospechas. Ese mal ataca a tantos turistas que los mexicanos lo llaman "La venganza de Moctezuma". Pero, poco a poco, recordando otra vez los detalles de nuestro encuentro, se me plantearon algunas dudas. La diarrea exige una evacuación rápida. ¿Por qué Castaneda no usó mi baño? Eso lo habría aliviado por un buen momento.
Si se estaba cagando, ¿cómo resistió el viaje en taxi por más de una hora? Por otra parte, en este molesto percance, uno, en lugar de retorcerse, lo que puede dar origen al escape de una nauseabundo chorro, tiende más bien a hacerse nudo alrededor del abdomen. A él perecían dolerle, aparte del estómago y las tripas, las vísceras, los músculos y los huesos. Probablemente, algún espíritu enviado por otros brujos lo habían atacado, al mismo tiempo que a mí, para impedimos que el proyecto se realizara, lo que habría significado revelar ciertos secretos al mundo entero o... bien su cuerpo, falto de su acostumbrada droga, necesitaba, como el de Ichazo, una inyección de morfina. Misterio que jamás resolveré.

 

 

Ciclo Literario.

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