Jacobo y Estusha.
Autor: Lizette Arditi

 

Matar a la muerte

Maurice Cocagnac


Maurice Cocagnac
Encuentros con Carlos Castaneda y Pachita
Ediciones Indigo, 1993

La llama de una vela oscila en un rincón, mecida por el viento de una ventana mal cerrada. Sobre la cama acaban de extender la sábana blanca de la operación. La botella de alcohol y el paquete de algodón están ahí, sobre una mesita. La Corpulenta forma de Pachita se distingue en el ángulo de la habitación, al lado de la puerta. Se estremece y pone en movimiento las campanillas de su sobrepelliz chamánica.
La temblorosa candela proyecta a los asistentes contra las paredes y los hace bailar, al tiempo que dibuja estrellas en las gafas de Guillermo.
Cuando vuelvo los ojos hacia la cama veo a mi amigo Robert. Libre de todas las dudas que hasta aquel momento podían inquietarme, sostengo la cabeza del enfermo; aunque padece y se agita, no siento ningún temor: tengo la impresión de sostener esa cabeza fuera del agua, en la superficie  de un lago de desesperación. No pienso ni en el fracaso ni en el éxito de esta intervención. Al margen de la oleada de miedo, me siento sumergido, con Robert, en un baño de pura amistad, unido a él por un vínculo que supera esta vida y la muerte, la suya y la mía. Se trata de un estado de oración, pero es una plegaria que no pide nada. Con Robert, nos remontamos juntos hacia el punto de todos los posibles. Lo que está pasando es de tal importancia que no tiene sentido, en este momento, augurar el porvenir.
He abierto los ojos a otra cosa, no a otro mundo ni a un más allá fantasmagórico, sino a este mundo de aquí, liberado del miedo, de la angustia que lo abotarga, lo paraliza y lo entrega sin defensa a los caprichos del destino. Comprendo mejor la expresión miedo servil: el señor miedo sostiene el extremo de la cadena, donde están atrapados los condenados a vivir bajo su imperio. En algunos casos la enfermedad es una escapatoria, una tentativa de evadirse de la galera del miedo.
Pero el miedo acompaña al hombre en esa huída y se contenta con cambiar de máscara: al miedo de vivir le sucede al pavor a la muerte.
La única liberación posible consiste en vivir como un guerrero, en alerta continua, con la muerte siempre presente, pero liberado de las garras del miedo servil. Cuando se desafía al miedo, éste se convierte en el
compañero de una danza que no tiene nada de macabra. La muerte baila con la vida como la luna con el sol, la sombra con la luz o el invierno con el verano. Hay que cambiar la posición de su "punto de unión" para desoldar el punto de fijación de la angustia.
Ese pasado rememorado ya no distingue entre el antes y ahora: el hoy se vuelve intemporal. Así vuelvo a estar presente en los diferentes momentos de mi trabajo con Pachita, sabiendo que entonces era tanto su paciente como su ayudante. Veo llagas abiertas que me remiten a mis heridas secretas, toco tejidos deteriorados que me recuerdan que el alma también puede tener equimosis. El cuerpo vendado, envuelto en su sábana blanca, se convierte en una imagen fosforescente.
No es en absoluto una momia a la sombra de la tumba, sino un capullo de seda o una crisálida, lugar de fecundas latencias, cuna de las metamorfosis. Y, siempre, el cuchillo que planea, no para cortar la piel, sino para cortar el pedúnculo que transmite la angustia al corazón.
El miedo nace de la muerte presentida y considerada desde un ángulo obtuso, es decir, embotado. Es un ángulo cuyos lados se apartan, ensanchando su punta.
El espíritu obtuso ha perdido la agudeza de su percepción, se vuelve estúpido, se embrutece. Cuando el hombre se cree insustituible y sabiendo que es mortal, no deja de compadecerse con su suerte, se vuelve obtuso y a veces peligrosamente idiota, sea cual sea su coeficiente intelectual. La flecha del espíritu pierde el filo y las plumas, ya no puede volar más allá de la preocupación por sí mismo. El cambio del punto de unión obtuso por su suplemento agudo vuelve a pertrechar con el arma que puede matar a la muerte.
Sigo mirando el cuchillo de Pachita. En la temblorosa claridad de la habitación se convierte en una espada ritual, no es una caricatura de bisturí. Su simbólico filo penetra las junturas del alma y separa el yo henchido por el miedo del que se mantiene fuera del alcance del terror.
Todos los asistentes ven lo mismo. Cabe preguntarse si se trata de una  alucinación colectiva. Podría serlo, si se entiende por esa expresión algo más que una divagación o una extravagancia. De hecho se trata más bien de otra manera de percibir la enfermedad y la muerte, de otra forma de recibir la propia fragilidad y los signos precursores de su propia desaparición. En el grupo que rodea a Pachita, me siento atrapado en un campo de fuerza que me desborda y no me extraña la coincidencia de la visión. Aunque aún no soy capaz de mantener solo ese estado de conciencia, presiento que es posible que un vínculo invisible entre yo y esa experiencia que me permita avivar el efecto, que va más allá del acompañamiento y del cuidado de los enfermos.

Ese vínculo me permitirá rememorarme lo que el simple recuerdo sólo registra como un hecho pasado. Esta memoria activa puede jalonar un camino espiritual. La rememoración es un asunto del corazón que parte del misterioso centro donde se unen todos los datos del espíritu, tanto las luces de la razón como las instituciones que se enraizan en el subconsciente, tanto las claridades del amor como el sombrío fuego de las emociones informulables. Para mí el trabajo con Pachita significa una parada importante en el camino del corazón.

 

 

Ciclo Literario.

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