Jacobo y Estusha.
Autor: Lizette Arditi

 

La medicina chamánica

Maurice Cocagnac


Maurice Cocagnac
Encuentros con Carlos Castaneda y Pachita
Ediciones Indigo, 1993

 

Las sesiones de cura, las consultas como las operaciones, tenían un carácter de regresión psicológica. Aunque se presentaba en estado de desdoblamiento masculino, la vieja mexicana hacía siempre de madre; conducía así a la persona que sufría a un estado infantil o incluso embrionario, hasta el punto en que todo era aún posible. Eso era particularmente apreciable durante las operaciones: los enfermos no hablaban más, ese ritual no los anestesiaba, sino que los sumía en un estado de abandono total, parecido al que el niño, el infans –el que no habla-, puede encontrar en el seno de su madre.
Al pediatra de los más pequeños no le ayuda un paciente que no habla, ni una madre que habla demasiado. Por ello utiliza una semiología pura, se guiará
por señales para determinar su diagnóstico. En cambio, el niño que habla señala su dolor diciendo -pupa-. Sufre y pide que se ocupen de las señales de su daño. Sacar el botiquín, hacerle una cura, tiene de por sí un valor curativo. A veces basta soplarle sobre el dedo lastimado para que vuelva a sonreir.
Cualquier enfermedad tiene sus causas y sus indicios que los médicos llaman síntomas. Las afecciones patológicas se deben a un conjunto de dos tipos de factores: agresivos y defensivos. Las cosas se complican cuando, por ejemplo, los factores defensivos intervienen intempestivamente, y llegan incluso a ser una amenaza para el organismo que deberían defender.
En cuanto a los indicios, no son simples elementos significativos, sino que también pueden constituir uno de los factores del mal. Los indicios de la semiología médica son difíciles de descifrar y los errores en ese campo pueden crear estados depresivos. La persona que teme padecer cáncer puede interpretar algunos trastornos benignos como signos de la existencia de ese mal.
Ese error puede influir en su organismo, alterar su sistema defensivo y convertirse a su vez en un factor mórbido.
Los vínculos que aseguran la unidad orgánica parecen ser cada vez más sutiles. El descubrimiento de mensajes hormonales no permite seguir aplicando tratamientos físicos o químicos de modo puramente cuantitativo. Las distintas dosis producen efectos diferentes; si la dosis implica un mensaje concreto, es porque la cantidad es más importante que la sustancia. El cuerpo envía y descifra mensajes según códigos que se revelan cada vez más sutiles a medida que progresa la investigación médica.
Un síndrome es un conjunto de síntomas, y un síntoma es la manifestación de un desarreglo orgánico, es decir, de un transtorno en la transmisión de las informaciones somáticas. Cuando la lógica interna pierde su cohesión, cuando degenera la programación genética de una célula y ésta pierde el contacto con el conjunto orgánico, se constata que el cuerpo pierde su conciencia interna.
Tratar el síntoma, el signo exterior en tanto que indicio, no excluye que se actúe también sobre él como factor de desorden. El feedback (retroalimentación) es la modificación de una operación en curso mediante la constante utilización de la información sobre los efectos de esa información. Así, el biofeedback mantiene el equilibrio de la salud al precio de una información constante. Cuando se produce un cortocircuito en ese círculo, la desinformación acarrea el desorden y la degeneración.
La medicina chamánica actúa sobre los indicios. El ritual de borrar mágicamente los signos de la enfermedad puede despojar al síntoma de su poder de angustia, que constituye un factor negativo. La cura chamánica no es un juego de manos, establece una especie de transferencia sobre el curandero y reduce así las resistencias, empezando por las que se expresan con el lenguaje. De hecho, el enfermo apenas pregunta y se sume en un silencio que se convierte en abandono, confianza, disponibilidad.
En ese silencio, el curandero puede ver a su enfermo y ver su enfermedad, es decir, percibir a su paciente como una totalidad, y la enfermedad como los puntos frágiles o de ruptura de su ligamento Orgánico.
La cura consiste en borrar primero los síntomas. El chamán se beneficia de su poder de información, pero los destruirá como factores de angustia, para ello todos los medios con válidos, incluida la sugestión y la inducción de distorsiones perceptivas entre las que se pueden contar las operaciones de Pachita.
El curandero modificará asimismo la visión que el enfermo tiene de todo su cuerpo y la sustituirá por la imagen de un cuerpo sano. No tiene en absoluto la intención de engañar a su paciente, sino de intervenir sobre una de las causas de su mal, causa que es un efecto secundario del síntoma.
Los clientes de Pachita no eran todos enfermos, sino seres que se sentían momentáneamente frágiles. Si bien es indudable el poder psicoterápico de algunos rituales, no existe una verdadera distinción entre lo físico y lo somático, puesto que el propio término soma se refiere a un cuerpo animado.

Es posible que haya personas que degraden la medicina chamánica. En esos casos es fácil que sea peligrosa, al convertirse en una miserable práctica de personas sin escrúpulos. Los chamanes mexicanos siempre han vinculado la ceremonia simbólica a la utilización de plantas medicinales; también había talentos entre los ensalmadores. La propia Pachita aplicaba remedios naturales y, en la medida en que conocía sus efectos, los de la farmacia moderna. Aún recuerdo que decía: "¿Por qué nos rechazan los médicos modernos? Me gustaría mucho trabajar con ellos". No pretendía poseer la totalidad de la ciencia médica, pero tenia un cierto poder de acción sobre el cuerpo de los indicios, sobre el cuerpo que se expresa, que explica su estado de múltiples maneras, a veces muy indirectas. Creía que el cuerpo humano tiene una conciencia propia, sabe cosas que la conciencia que se expresa con el lenguaje tiene dificultades para comprender. Mediante la sugestión captaba a sus pacientes para llevarlos a su primera infancia, cuando el cuerpo del in-fans se expresaba sin ser preso de un discurso  aprendido. Veía la enfermedad y hacía lo que podía. Si bien, en no pocas ocasiones constató su incapacidad, el último día que la ví no parecía haber perdido su fe en el poder del espíritu.

 

 

Ciclo Literario.

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