Jacobo y Estusha.
Autor: Lizette Arditi

 

El golpe del brujo

Maurice Cocagnac


Maurice Cocagnac cita la obra de Carlos Castaneda
El conocimiento silencioso y ofrece su
Interpretación de ritual de Pachita.

 

¿Cuáles son esas ideas clave, Don Juan?
-pregunto. 
En tu caso y en esas circunstancias concretas, como para el público de la curandera del que hablábamos, la idea clave es la continuidad.
¿Qué es la continuidad?
Es la idea de que somos un bloque sólido -responde don Juan-.
En nuestro espíritu, lo que sostiene nuestro mundo es la certeza de que somos
incambiables.
Aceptaríamos que se modificase el comportamiento, las reacciones y las opiniones, pero la idea de que somos maleables hasta el punto de cambiar de apariencia, de ser otra persona, no forma parte del orden básico de nuestra autocontemplación (…).
Don Juan me dice que la curandera había reducido a migajas la autocontemplación de las personas que formaban su público mediante una serie de actos que no tenían equivalente en su vida cotidiana: la espectacular posesión por el espíritu, el cambio de voz, el cuerpo abierto del paciente. Desde que se truncó la continuidad de la idea que tenían de sí mismas, el punto de unión de las personas presentes quedó en disposición de ser desplazado.
Luego don Juan habla sobre la disonancia que hay que introducir en la repetitiva gama de las actividades habituales, un grito en el monótono ruido de los días interminablemente previstos. El viejo indio ve en la auto contemplación la dominante de ese pesado concierto. Según él, los brujos dominaban el arte de producir una disonancia y, si se les llama acechadores o tramperos, es porque pueden sorprender a su "víctima" para arrancarla de la complacencia del egocentrismo. Se trata de crear un instante de estupor. El hombre así conmocionado no se vuelve estúpido, se detiene, se interroga, y moviliza
sus poderes espirituales para tratar de comprender lo que le ocurre.
Este hombre ha pasado demasiado tiempo inmerso en un mundo que se agita de forma insensata.
Atrapado en esa trepidación, su existencia termina siendo un escenario Permanente, una película que se vuelve sobre sí misma, que repite planos, imágenes y secuencias ya utilizadas. Ese espectáculo le da seguridad, se cree la estrella de la película, y esta complacencia teje y envuelve el capullo de su narcisismo. Un golpe de brujo, una disonancia, "detiene el mundo", es decir, termina con el manejo de esa cómoda ilusión. El observador deja de agitarse, cavila y pone en juego todas sus facultades de conocimiento.
La energía consumida anteriormente en la autocontemplación se convierte entonces en una afilada flecha de conciencia, capaz de atravesar las corazas de la pretendida realidad que, de hecho, sólo era una fantasmagoría vibrionaria. Los profetas e incluso los auténticos artistas a los que se acusa con excesiva ligereza de egocentrismo, pueden detener el mundo ordinario, del mismo modo como que dicen que Josué detuvo el sol para continuar el combate.
El golpe dado por un brujo crea a menudo el terror que, paradójicamente, libera del miedo. El miedo repliega al hombre sobre sí mismo, pero en el terror hay una dimensión sagrada, porque enfrenta el espíritu humano a lo desconocido.
El hombre no tiene peso ante lo que le supera, pero llega un momento en que esa misma ligereza se transforma, curiosamente, en valor. En la aventura pierde la preocupación que tenía por si mismo y, gracias a ese cambio, descubre el verdadero alcance de su conciencia.
El ritual de Pachita era, en este sentido, terrorífico, y sin embargo la puesta en escena de su práctica transformaba la energía de aquel terror en un  misterioso abandono. El paciente terminaba perdiendo los puntos de referencia que jalonan la enfermedad y la convierten en el sendero de la angustia. La enfermedad es una forma especial de estar en el mundo. El ser humano mezcla con el instinto de supervivencia fantasmas de eternidad temporal que suscitan un irresistible deseo de prolongar indefinidamente su armazón.

En cualquier caso, hay una diferencia de dimensión entre lo que se llama primitivo y lo que se llama civilizado. El indio gravemente herido pide a su curandero algunos años de remisión para asumir sus responsabilidades familiares, mientras que el ciudadano moderno pide a su médico que le mantenga en vida, cueste lo que cueste, el mayor tiempo posible. Para el brujo mexicano, cada hombre tiene un sitio concreto en el mundo y eso debe entenderse tanto en el tiempo como en el espacio. Esta visión no es fatalista, sino que revela una concepción orgánica de este mundo. Hubo un tiempo en que los hombres se consideraban parte de un inmenso cuerpo, al que llamaban muchas veces Tierra Madre antes de pronunciar las palabras planeta o cosmos. Esa relación era la conciencia de una filiación tierna y respetuosa hacia un organismo vivo, caliente y palpitante, que englobaba al hombre, lo llevaba y alimentaba, antes de acoger en su seno su despojo mortal. Las malas relaciones con ese organismo vivo se traducían a la sazón en enfermedad física o mental, estando ambos aspectos perfectamente unidos.

 

Ciclo Literario.

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