Jacobo y Estusha.
Autor: Lizette Arditi

 

Amor y Terror

Alejandro Jodorowsky


Reuníos, sabios y esperad en vuestros asientos. Quiero haceros un hermoso obsequio: enseñarnos el temor a Dios.
Maimónides

 

Si, Pachita conocía el alma humana y sabía muy bien utilizar una terapia que mezclaba el amor y el terror.
A.J.

 

La danza de la realidad
Alejandro Jodorowsky
Mondadori. 2001
Fragmento

 

La tentación de ver operar a Panchita me decidió a enfrentar los peligros. Las leyendas urbanas contaban que había brujos negativos que podían introducir subrepticiamente en el inconsciente un Visitante y lanzarle un maleficio de efecto retardado para que, al cabo de tres o seis meses, se consumiera hasta morir. Por eso, antes de visitar a la anciana me protegí lo mejor que pude. En cierto modo, sin darme cuenta, aquél fue mi primer acto psicomágico. Sentí que tenía que ocultar mi identidad para que sus maleficios resbalaran en mi anonimato. Así pues, me vestí y calcé con prendas nuevas. Para que no me juzgara por mis gustos, era importante que aquellas ropas no fueran elegidas por mí. De modo que di mis medidas a un amigo y le pedí que me comprara todas las prendas. Además, me confeccioné un documento de identidad con un nombre falso (en este caso Martín Arenas), otro lugar y fecha de nacimiento, otra fotografía (el rostro de un actor muerto). Compré una chuleta de cerdo, la envolví en papel de plata y me la puse en el bolsillo. Así cada vez que metiera allí la mano, el contacto insólito con la carne me recordaría que estaba en una situación especial y que no debía dejarme fascinar a ningún precio. Antes de encaminarme a la cita, me di una ducha y me froté el cuerpo con jugo de limón, para eliminar al máximo mi olor personal. Camine temblando los cincuenta metros que me separaban del apartamento de Guillermo Lauder. Hay que decir que ser recibido allí por Pachita era un privilegio. Cuando la bruja iba a operar a otras ciudades, podían acudir miles de personas. Una vez la tuvieron que sacar del acoso de la multitud en un helicóptero. Los otros días de la semana operaba en la periferia de la capital, atendiendo a la gente pobre. Los viernes curaba donde Lauder a la gente acomodada, entre ellos poderosos políticos, artistas célebres, enfermos venidos de lejanos países, casos urgentes. La puerta estaba entreabierta. No se escuchaban voces ni pasos. El lugar parecía vacío. Tratando de marchan en silencio me deslicé hacia el interior. Todo estaba a oscuras. Las ventanas habían sido cubiertas con frazadas. Tratando de no tropezar con algún mueble, llegué al salón. Tres velas otorgaban un poco de luz a la penumbra. En el suelo yacían varios cuerpos envueltos en sábanas ensangrentadas. Junto a ellos de rodillas, mujeres y hombres rezaban acompañándolos. Cómodamente sentada en un sillón estaba la vieja, limpiándose la sangre de las manos. A pesar de la semioscuridad y desde lejos, por el intenso magnetismo que surgía de su cuerpo, me pareció verla a plena luz. Era pequeña, gorda, con una larga frente abombada y un ojo más bajo que el otro, como caído, velado por una membrana blanca. Traté de disimularme entre sus acólitos. Inútil. Como una serpiente cobra hipnotizando a un mono fijó su centelleante ojo derecho en mi silueta y taladrándome con él me dijo con una voz de gran dulzura: “Entra, niño querido. ¿Por qué le tienes miedo a esta pobre vieja? Ven a sentarte junto a mí”. Lentamente avancé hacia ella, estupefacto. Aquella mujer había encontrado las palabras y el tono justos para dirigirse a mí. Aunque me acercaba a la cuarentena, emocionalmente no había madurado. Cuando me enamoraba me comportaba como un niño de nueve años (edad que correspondía a aquella que tenía en el momento en que me desraizaron bruscamente de Tocopilla. La pérdida del territorio amado coloca un dique en el corazón impidiendo crecer emocionalmente). Por más que estreché mi chuleta de cerdo, caí en una plena fascinación. Me acerqué a Pachita sintiéndome como el hijo que por fin encuentra a su madre perdida. Me sonrió con el amor universal con que siempre había esperado que una mujer me sonriera. “¿Qué quieres, muchachito?" La respuesta surgió de mis labios antes de que pudiera pensarla. "Me gustaría verte las manos." Ante la sorpresa general -todo el mundo se preguntaba por qué me concedía aquella preferencia-, puso su mano izquierda entre las mías.
¡La palma de aquella mano tenía la suavidad y la pureza de una virgen de quince años! Me invadió una sensación difícil de describir. Delante de aquella anciana, con rostro deforme, tuve la impresión de encontrarme en presencia de la mujer ideal que el adolescente que había en mí había buscado siempre.
Ella se puso a reír. Retiró su mano de las mías y la levantó hasta el nivel de mis ojos, dejándola así extendida y quieta. De los asistentes se elevó un murmullo: "Acepta el don".
"¿Qué don?", pensé a toda velocidad. "Está haciendo el gesto, de darme algo, invisible por supuesto. Le seguiré el juego. Haré como si tomara un regalo invisible..."
Estiré mis dedos y los acerqué a su palma como si fuera a asir algo. Para sorpresa mía, entre la base de sus dedos medio y anular brilló un objeto metálico, muy pequeño. Lo impensable estaba ocurriendo.
Antes le había acariciado la mano, no era posible: que hubiese tenido algo escondido y sin embargo, allí estaba el don. Lo tomé: era un triángulo dentro, del cual había un ojo. Aquello me impresionó porque un ojo dentro de un triángulo era el símbolo de mi película El Topo. (En ese momento, creyendo que la anciana pensaba en mí como un cineasta, no me di cuenta de un mensaje más profundo. En los billetes de un dólar, bajo la pirámide coronada por un triángulo con ojo, está el lema "En dios confiamos". Era probable que Pachita, en su lenguaje no oral, me estuviera diciendo: "Te ayudaré a encontrar aquello que te falta: tu Dios interior".) Empecé a sacar conclusiones de aquella experiencia sorprendente. "Esta mujer es una prestidigitadora excepcional. ¿Cómo se las ha ingeniado, para hacer salir ese triángulo de la nada? ¿Y cómo, una mujer del pueblo, sin cultura cinematográfica, puede saber que ése es el símbolo de mi película?
¿Guillermo Lauder es un cómplice malhonesto? Sea lo que sea, quiero ver cómo cura ella. Le pregunté entonces si me permitiría ver sus operaciones.
"Por supuesto, niño querido del alma. Ven el próximo viernes. Pero no soy yo la que opera, es el Hermano".
El viernes siguiente llegué a la hora indicada. Pachita me estaba esperando. El pequeño apartamento parecía un autobús repleto: había por lo menos cuarenta enfermos, algunos con muletas, otros en silla de ruedas. Me pidió que la siguiera a un pequeño cuarto donde sólo colgaba un cromo representando a Cuauhtémoc, héroe divinizado. "Hoy, mi pequeño, quiero que seas tú el que lea el poema que tanto ama mi Señor." Se colocó una túnica amarilla impregnada de cuágulos de sangre entre la pedrería y los diseños indios que la llenaban. Se sentó en un banquillo de madera y me pasó una hoja manuscrita. Pareció dormirse. Me puse a leer aquellos versos:
Fuiste Rey en esta tierra.
Fuiste grande Majestad,
y ahora eres Luz Eterna,
en el trono celestial.
Ven pronto Niño Bendito.
venidnos a consolar
ven a darnos tus consejos
y a quitarnos todo el mal.
El poema era largo. Pachita bostezó de vez en cuando. Luego se retorció como si su cuerpo estuviera recibiendo a un nuevo ser. Y, de pronto, la que parecía una anciana cansada, lanzó un grito estentóreo, alzó el brazo derecho y se puso a hablar con voz de hombre: "¡Hermanos queridos, doy gracias al Padre por permitirme estar de nuevo con ustedes! ¡Traedme al primer enfermo". Empezaron a desfilar los pacientes cada uno con un huevo en la mano. Después de frotarles con él todo el cuerpo, la bruja lo rompía y, vertiéndolo en un vaso con agua, examinaba yema y clara, para descubrir el mal. Si no encontraba nada demasiado grave, recomendaba infusiones de olivo, de malva o, a veces, cosas más extrañas como lavativas de café con leche, cataplasmas de papaya y huevos de termita, de patata cocida o de excrementos humanos. También comer lenguas de ciertos pájaros, beber un vaso de agua donde se hubieran puesto a remojar clavos oxidados, o remedios que eran actos: el enfermo al ver un arroyo, debía cortar una flor roja y observar como el agua se la llevaba, luego poner una palangana de agua debajo de la cama para que le chupara los malos pensamientos... Cuando el problema le parecía grave, proponía una "operación" .
Ese primer viernes el Hermano Cuauhtémoc efectuó diez operaciones. Fui testigo de cosas increíbles. Enfundado en mi ropa nueva, quise empuñar la chuleta de cerdo. Los ayudantes de Pachita, una media docena, inmediatamente me ordenaron sacar la mano de mi bolsillo.
También me prohibieron cruzar las piernas o los brazos, exigiéndome que mirara al Hermano sin voltear la cabeza. Ver a esa mujer, poseída, esgrimir su gran cuchillo y hundirlo en la carne de los pacientes, haciendo surgir chorros de sangre, era alucinante. A pesar de que algo en mí decía que todo aquello era teatro, un acto de prestidigitación destinado a impresionar, usando como principal elemento curativo el terror, la personalidad de aquella mujer me avasallaba... Lauder me contó que un día, habiendo oído hablar tanto de ella, la esposa del presidente de la República la invitó a una recepción nocturna en el patio del Palacio de Gobierno. Allí había numerosas jaulas con diversas variedades de pájaros. Cuando llegó Pachita, aquellos cientos de avecillas despertaron y se pusieron a trinar como si saludaran al alba.
La curandera no utilizaba únicamente su carisma.
Varios ayudantes colaboraban dando su energía a la operación. Estas personas no eran cómplices de una superchería; todos tenían una fe inmensa en la existencia del Hermano. A los ojos de aquellas buenas gentes, la acción del desencarnado era lo que importaba. Veían a Pachita sólo como su "carne". Ella era un "canal", un instrumento utilizado por el dios. Cuando no estaba en trance, la respetaban pero no la veneraban. Para ellos, el desencarnado era más real que la persona a través de la cual se manifestaba. Esta fe que envolvía a Pachita generaba una atmósfera sagrada que contribuía a convencer al enfermo de que tenía posibilidades de curarse. Los enfermos, sentados en el salón a oscuras, esperaban a que les llegara el turno de entrar en el "quirófano". Los ayudantes hablaban susurrando, como si estuvieran en un templo. A veces, uno de ellos salía del cuarto de operaciones escondiendo en las manos un paquete misterioso. Entraba en los aseos y, por la puerta entornada, se percibía el fulgor del objeto que consumía el fuego. El ayudante advertía en un murmullo: "No entren hasta que el daño se haya consumido. Es peligroso acercarse a él mientras está activo. Podrían pillarlo... ". ¿Qué era realmente ese "daño"? Los enfermos lo ignoraban, pero el mero hecho de tener que abstenerse de orinar mientras se producía una de aquellas inmolaciones por fuego les provocaba una impresión extraña.
Poco a poco, abandonaban la realidad habitual para sumergirse en un mundo paralelo totalmente irracional. De pronto salían del quirófano cuatro ayudantes portando un cuerpo inerte envuelto en un lienzo ensangrentado y lo depositaban en el suelo, como si fuera un cadáver. Porque, una vez terminada la operación y colocados los vendajes, Pachita exigía del paciente inmovilidad absoluta durante media hora, so pena de muerte instantánea.
Los operados, temerosos de ser aniquilados por fuerzas mágicas, no hacían ni el menor gesto. Ni qué decir tiene que esta sabia coreografía preparaba al candidato. Cuando Pachita lo llamaba en voz baja, utilizando siempre la misma fórmula: "Ahora te toca a ti hijito de mi alma", el paciente se echaba a temblar de pies a cabeza y regresaba a la infancia. Recuerdo haberla visto, ese día, dar un caramelo a un ministro mientras le preguntaba con su voz grave y cariñosa: "¿Qué te duele, pequeñito?". El hombre le respondió con voz de niño: "Hace semanas que no duermo. Me levanto a orinar cada media hora". "No te preocupes, te voy a cambiar la vejiga".
Pachita, convertida en el Hermano, manteniendo siempre los ojos cerrados, hizo pasar primero a los hombres, afirmando que siendo más débiles que las mujeres había que calmarles sus dolores cuanto antes. En el quirófano había sólo un catre estrecho provisto de un colchón forrado con plástico. El paciente debía traer una sábana, un litro de alcohol, un paquete de algodón y seis rollos de vendas. Los ayudantes lo despojaban de su camisa y si era necesario, una operación de testículos por ejemplo, de su pantalón. Todas las manipulaciones se hacían en la penumbra, a la luz de una única vela, ya que, según ella, la luz eléctrica podía dañar los órganos internos. Cubriendo el lecho con su sábana, el enfermo se acostaba. Un ayudante, de manera ceremoniosa, le pasaba un largo cuchillo de monte a la curandera. La empuñadura estaba recubierta y forrada con cinta negra de aislar y la hoja sin filo tenía un grabado de indio con penacho. Luego, señalado por el Hermano el lugar del cuerpo que iba a abrir, un ayudante lo rodeaba de algodones y derramaba en ellos abundante alcohol. El olor del producto se tendía por la habitación, creando un ambiente de hospital, El primero en pasar fue el ministro. El Hermano preguntó: "¿Enrique, tienes preparada la vejiga?". El hijo de Pachita mostró un frasco que contenía algo como tejido orgánico. El hombre se acostó temblando, helado, de miedo. Le tomé la mano. La curandera le dio en el vientre un corte unos quince centímetros de largo. Luché por no desmayarme mientras veía salir la sangre. La vieja auscultó el interior del vientre, levantó la mano, hizo un gesto y materializó las tijeras. Cortó algo que produjo una insoportable hediondez. Luego sacó una hedionda masa carnal que Enrique envolvió en papel negro. Después extrajo del frasco la nueva vejiga. La colocó junto a la herida y, para mi gran sorpresa, la ví ser absorbida, sin que nadie la empujara, hacia el interior del cuerpo. Colocó los algodones embebidos en alcohol sobre el tajo. Los presiono un momento, limpio la sangre y la herida, sin dejar cicatriz, desapareció. “Mi cariñoso niño, ya estás curado." Los ayudantes lo vendaron, lo envolvieron en su sábana y se lo llevaron cargando para acostarlo en el salón de espera. Otro ayudante corrió al baño para quemar el paquete negro.

Diálogo entre Pachita y Henriette
-Dime, hijita, ¿por que quisiste que te cortaran los pechos
-Para no ser madre.
-Y después, mi querida, mi querida niña. ¿,por qué quieres
que te corten?
-Los ganglios que se me van a hinchar en el cuello.
-¿Para qué?
-Para no tener que hablar con la gente.
-¿Y después hijita?
-Me cortarán los ganglios que se me hincharán debajo
de los brazos.
-¿Para qué?
-Para no tener que trabajar.
-Y después?
-Me cortarán los glanglios que se hinchen cerca del sexo, para que pueda estar sola conmigo misma.
-¿Y después?
-Los ganglios de las piernas, para que no puedan obligarme a ir a cualquier sitio.
-¿Y qué quieres después?
-Morirme...

-Muy bien, hijita, ahora ya conoces el camino que seguirá tu enfermedad. Elige: o avanzas por ese camino o te curas.

 

 

 

Ciclo Literario.

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