Obediencia nocturna

Oswaldo Ortuño


 

-Vamos al jaripeo---dijo Jonathan.
    Siendo tanta su insistencia (el domingo lo dejé plantado con la misma invitación) estoy en su casa,  frente al rodeo, en San Francisco Tutla. Desde su departamento, en un segundo piso, donde se abre siempre la tarde como un abanico de joyeles, escucho la música de la banda. Me lee un texto sobre las razas sub humanas, in-humanas o prehumanas. Con el pulso del mezcal bebido, Jonathan me hace una síntesis de las razas que se extinguieron, el Neandertal, el Astrolupitecus a tiempo que el Homo Sapiens salía triunfante de las cavernas, donde pintaba toros, cebús, vigorosos, enormes, bufantes, armados de astas que destejían sangrientamente el valor, toros como los que veríamos en unos minutos en el círculo del jaripeo.
Cuando salimos la tarde luminosa empezaba a dar paso a la noche que caía sobre conciencias agitadas entre sombreros de hombres preparando a la bestia, (a la que amarraban un jinete): el ojo del toro, inmóvil como una semilla negra. Velo, me dijo Jonathan.

Ferdinando Scianna / 1993
Fotografía

Me intriga el desenlace de esta función. Se han apostado, supremamente atentos, cinco o seis hombres, con cuerdas de lazar, en diferentes puntos del foro iluminado, círculo donde veríamos un encuentro, un suceso de oposiciones, los músculos encendidos de la bestia y el cuerpo como un trapo, del jinete. De eso se trata, lo ví claro cuando abrieron la puerta para que el toro y su carga iniciaran esa danza salvaje animada por las trompetas, la batería, los teclados de la banda descompasada y tosca, mientras el animador narraba con un lenguaje que preferí no seguir, no entender, un espectáculo donde me percaté habitaba la muerte.
 ¿Qué es lo que todos aquí esperan? ¿Qué… toda esta gente en las gradas, y en las mesas alrededor de la pista, ocupadas por sombrerudos bebiendo mezcal y cerveza? ¿Qué… las mujeres con sus rebozos, comprando coloridos algodones de dulce? ¿Qué… los niños correteando y atentos a los payasos que les llamarían en un momento para escenificar lo mismo, pero con un toro-hombre?
     Preferí aislar en silencio esa visión del jinete, admirar su concentración en el galope de ese movimiento volcánico del lomo del toro, movimiento al que buscaba meterse con su cerebro, para penetrar el seso del toro, y vencer.
     Los dos primeros jinetes montaron hasta que el toro quedó quieto, fue asegurado con los lazos para que el hombre, con movimientos calculados, pudiese descender dando un salto. Pero me di cuenta rápido que eso, al fin, no causaba un verdadero entusiasmo. El hombre había triunfado, había domado al toro, que salía para que viniese otro. Este sí, más furioso, que haría como un muñeco al joven que lo montó, quien se estrelló de cara contra la cabeza del animal y luego cayó para empezar a ser pisoteado, y en la palpitación del pánico rodó velozmente para salir del círculo metálico. Estaba conmocionado, se hizo un círculo para atenderlo y llegó con su maletín de metal un paramédico.
     Tomábamos mezcal, Jonathan y yo. El me hablaba del rito agrícola, de la sangre vertida por el toro sacrificado, que al caer a la tierra da sustancia a la semilla. Y ya que entendí  para qué estábamos allí, por qué mi amigo me había insistido tanto en venir, sudé frío al ver el cuerpo del siguiente jinete, siendo fragmentado por la fuerza de esa grupa infernal, pero como estaba amarrado y no pudo salir de su sujeción a tiempo, fue cayendo del lado hasta quedar bajo las patas furiosas de la bestia y salió despedido, entre una nube de polvo…pude ver cómo se levantaba cojeando, dolido…-Oye Jonathan, pero realmente cualquiera de estos puede morir o mínimo quedar lisiado. –Sí, yo he visto varias veces cómo los sacan en ambulancia. Y entre esa música horrible, la función termina.

      Ya salimos, avanzamos con la masa hacia la salida, oscura, no hay luz, caminamos con dificultad. Adelante se ha detenido la gente, hay otro círculo, todos rodean algo que yace… ¿qué paso? Hay alarma, tengo una sensación aciaga, como si un dolor ajeno cayera bendiciendo el pecado de esta noche. ¿Qué pasó? Pregunto a una señora, que carga un bebé. Es un niño herido, me dice. ¿Cómo? Pregunto. Se le cayó un andamio. Veo la estructura de metal, efectivamente, cayó lateralmente. Entre la oscuridad, alguien, para iluminar, ha acercado las luces traseras e intermitentes de un Volkswagen. Están los rostros de piedra, atentos, encendidos por las luces. Se están abriendo paso los paramédicos. Yo no quiero ver al niño herido, pero seguramente es muy grave, por los rostros serios en la penumbra enrojecida. Nos alejamos. Allá, en una esquina, comentan los policías municipales el accidente, uno de ellos, con cachucha y una trenza muy larga, como de chino antiguo. Se ha cumplido, le digo a Jonathan. La muerte por fin llegó obedeciendo al jaripeo.

 

 

Ciclo Literario.