Literatura y fotografía: Brassaï, Miller, Nin

Lorenzo León Diez


 

Henry Miller
Los años en París
Brassaï
Turner
Fondo de Cultura Económica
2002

Gyula Halasz, mejor conocido como Brassaï, domina no solamente el arte de la luz al ser uno de los fotógrafos mayores en la historia de la fotografía, sino el arte de la palabra, pues sus libros sobre Henry Miller, Pablo Picasso y Marcel Proust son obras maestras de la ensayística biográfica y crítica y encontramos al interior joyas narrativas.

Fotografía
Anaïs Nin / Brassaï, 1932

Brassaï conoció a Miller en 1931 en la capital de Francia, cuando empezaba a hacer fotografías. Se encontró con un yanqui pobre, sin un centavo en el bolsillo, sin nombre, sin reputación, sin domicilio fijo y se hicieron amigos de inmediato. Miller, escribe Brassaï,  se interesó vivamente por mi proyecto y a menudo venía verme. Durante horas miraba insaciablemente mi cosecha nocturna extenida sobre la cama: calles oscuras invadidas por la niebla, brumas blanquecinas, lívidas luminiscencias de las forolas sobre el empedrado o en las aguas negras del Sena, bajo los puentes que lo atraviesan.
Henry Miller plasmó entusiasmado las impresiones que le produjo el trabajo de Brassaï en su ensayo El ojo de París. Y no solamente allí, sino en su primera novela que por esos años escríbía: Trópico de Cáncer. En este libro –le dice en una carta a su amigo y agente literario Frank Dobo- doy una imagen de las calles de París que las fotos de Brassaï ilustran perfectamente.
Las emocionales expresiones que suscitan las imágenes del fotógrafo húngaro en el escritor vagabundo las entiende así Brassaï: ¿La fotografía más mediocre no encierra un elemento de realidad, única, irremplazable, que ni Rembrandt, ni Leonardo, ni Picasso, ni ninguna obra maestra, ningún artista vivo o muerto puede alcanzar, igualar o reemplazar?
Entre la pléyade de artistas con quienes Miller se relaciona en esos años, como Marcel Duchamp o Edgar Varése, destaca una parisina de nacimiento, norteamericana de nacionalidad, española por parte de padre y francesa y danesa por parte de madre: Anais Nin, quien, para escapar de su ambiente, escribía durante todo el día un diario que había comenzado a la edad de once años. Anais, quien se había casado con un hombre de negocios y vivía en Louveciennes, en una tranquila propiedad habitada en otro tiempo por Turgueniev, se aferraba a su Diario como a una tabla de salvación y lo guardaba bajo llave en cofres metálicos como su más preciado tesoro. Los volúmenes se iban acumulando. En el momento en que Henry entró en su vida, el Diario tomaba ya considerables proporciones. Cuando Anais mostró a Miller los cuarenta y ocho cuadernos de su Diario, a él se le paró el corazón. Los considera “eyaculaciones sangrientas”  y le dice: “¡Coja un gran clavo y clave su Diario en la pared para hacerlo callar para siempre!” . Fred Perles, compañero de aventuras y pobrezas de Henry, y Lawrence Durrell, gran admirador de Miller, se referían también  con ironia y desdén al  “monstruo” o “ la ballena”, como nombraban los cuadernos de esta extravagante escritora. Psicoanalistas de renombre como Allendy y Rank, a los que Anais ha confiado su neurosis, manifiestan la misma hostilidad hacia sus confesiones.

Fotografía
Henry Miller / Brassaï, 1931


Esta controversia la plantea Brassaï como la manifestación de dos concepciones opuestas de la literatura, y la metáfora para explicarla es la fotografía. El literato-fotógrafo define quizá por primera vez esta determinación: la dirección que ha tomado Anis es la opuesta a la de Miller y Proust. No es en la reminiscencia o en la ruminiscencia donde pretende encontrar los “momentos eternos”, sino en el instante mismo, en la vida misma, con la mentalidad de un fotógrafo. Esta coagulación  instantanea de lo real que Anais se afana en practicar en su Diario. ¿qué es si no la profunda necesidad de nuestra época de captar la vida por todas partes en su origen, en su inmediatez, sin la mediación del artista, sea éste sublime o enojoso? La fotografía, luego el cine, la radio, la televisión ¿no han nacido por eso, solamente por eso?
Brassaï, frente a la literatura “instantánea” de Anais Nin, es uno de sus pocos partidarios. Y suscribe la pretensión que Anais expresa en su Diario: Debo explorar las posibilidades de un “arte instantáneo”, inmediato, espontáneo, antes de pasar por los circuitos del cerebro y antes de que las cosas vividas se conviertan en una abstracción, una ficción, una mentira. Es evidente que estamos ante una literatura fotográfica y esto a Miller y Durrell, por nombrar a los escritores más importantes a su alrededor, les  causaba una gran molestia. Es interesante notar que por esos años trabajaba también en este género (El diario íntimo), que sería tan meritorio para sus novelas, André Gide.
Y así como a Brassaï se le deben las imágenes fotográficas más memorables de Anais, como la que publicamos, donde es notable la misteriosa belleza de su rostro y la espectacularidad arácnida de sus manos, ella aporta para la posteridad esta instantánea del fotógrafo húngaro:  Brassaï no se separa jamás de su máquina fotográfica. Tiene los ojos saltones como si hubiera mirado demasiado tiempo a través de las lentes de su máquina. Parece no observar, pero cuando su mirada atrapa a una persona o un objeto, queda como hipnotizado. Sigue hablándote sin mirarte.
Otra observación interesante de Brassaï en lo que respecta al papel de una máquina (en este caso la de escribir) en el modelaje del arte, la hace en relación a la imposibilidad de Miller de escribir a mano. Cuando vive en Dijon, donde sus amigos le han conseguido un trabajo como profesor de inglés en una escuela de párvulos, le urge a Anais el envío de una máquina de teclado americano “de otra forma toda mi estancia aquí será estéril”. Este feroz apego de Miller a la máquina de escribir, bastante raro en los escritores, se explica sin duda por la rapidez en la transmisión del pensamiento y por el desapego instantáneo del texto, que no emana directamente del cuerpo, como ocurre con la escritura manual.

Fotografía
Autorretrato, Brassaï en su laboratorio / 1932

Brassaï y Miller comparten su pasión por los barrios desheredados, por los “pequeños rincones lúgubres” y su “belleza de tipo siniestro”, según palabras de Jacques Prévert. Escribe Miller: “Después de mis paseos nocturnos en compañia de Brassaï por los lugares insólitos de la capital, volvía a mi casa, generalmente con una especie de fiebre. Unas horas pasadas con él y se tenía la impresión de ser arrastrado a un gran cedazo que habría retenido un poco de todo lo que contribuye a exaltar la vida”.  . Brassaï, muchos años después de estos paseos, comenta: Si Miller vería ciertos lugares de París “bajo una luz diferente”, no fue, estoy seguro, gracias al “raro sabor” de mi conversación, sino gracias a mis fotografias.  
En la relación de Brassaï y Miller vemos expresada, con toda conciencia, esta relación entre imagen fotográfica e imagen literaria, que los surrealistas acentuarían posteriormente (por ejemplo en Nadja, de André Bretón, donde la foto se vuelve protagonista de la narración). Miller, dice Brassaï, durante horas miraba insaciablemente mi cosecha nocturna extendida sobre la cama: calles oscuras invadidas por la niebla, brumas blanquecinas, lívidas luminiscencias de las farolas sobre el empedradoo en las aguas negras del Sena, bajo los puentes que lo atraviesan. Encontraba afinidad entre lo que yo extraía de la noche y lo que a él mismo le gustaba de París.
Estas fotografias son disparadores de imágenes literarias en Miller: “El ojo que codicia y devasta. El ojo que precede al siniestro. El ojo vigía, el ojo emboscado del vampiro, el ojo tórpido, monstruosamente indiferente del leproso, el ojo calmo del Buda abrazando el Todo y que no se cierra jamás. El ojo insaciable”.
Brassaï, al reflexionar en ellas tiempo después, expresa:  Tardé algún tiempo en comprender que el autor de los Trópicos no usa imágenes para iluminar el tema, se sirve de un tema capaz de desencadenar toda una generación de imágenes. Asi, las imágenes de Miller se desarrollaban, se multiplicaban, se superponían en una profusión barroca.

Estamos, pues, ante un juego de reflejos: dos miradas sorprendidas, percepciones consanguineas y técnicamente maquínicas, relación inaugural de una hermandad secreta que desde entonces viene desarrollándose entre escritores y fotográfos.

 

 

 

 

Ciclo Literario.