¿Es posible la felicidad?

Adriana Menassé


Sabemos—o creemos saber—desde Aristóteles que la felicidad es el objeto último de la mayor parte de nuestros afanes: el “bien supremo”, aquel por el cual se justifican las tareas que nos proponemos, mientras ella misma no requiere de ningún motivo ulterior. Pero la felicidad es un bien huidizo que parece manifestarse siempre en retrospectiva, más como tiempo que se ha ido que como presente de dicha. ¿Quiere decir eso que la añorada felicidad es imposible? Hoy como nunca la imagen degradada de felicidad promovida por el mercado busca imponerse como sentido último, desde todos los medios accesibles a la sociedad de consumo. Desde coches elegantes hasta sexo seguro, el consumo aparece de manera insistente como el paradigma único del bien supremo. Aristóteles, en cambio, hace descansar la felicidad en la virtud (o sea, la felicidad se alcanza a través de la virtud), y la virtud a su vez la entiende como el justo medio capaz de prodigar felicidad. Se trata de una felicidad colectiva, en sociedad, puesto que difícilmente el ser humano puede ser feliz aislado de los demás, lo cual le da a esta noción un significado muy distinto al del cumplimiento de una ocurrencia cualquiera. Parte, sin duda nuestro autor, de que tal ocurrencia no traería una forma de vida plena, sino una satisfacción momentánea que tiene poco en común con la felicidad duradera, puesto que atiende a un apetito caprichoso y no a lo que lo conecta armoniosa o cabalmente con los demás. La felicidad remite a aquello que constituye o construye una vida buena, y esa vida buena es siempre, en el caso de los seres humanos, una vida compartida con los otros. La vida buena se refiere entonces a la cuestión de cómo vivir de modo que esos lazos que tenemos con los demás seres humanos y con nuestro entorno fructifiquen de maneras dichosas. 

Fotografía
Ferdinando Scianna / 1975

Pero es, sobre todo, a partir de Immanuel Kant que el absoluto de la felicidad como sentido último de la existencia se pone en entredicho. Para Kant, el verdadero sentido de la vida humana (de lo que nos hace específicamente humanos) no es la felicidad sino la capacidad que tenemos para vivir de manera ética, es decir la capacidad que tenemos para la acción moral. Somos humanos en la medida en que somos capaces de obedecer nuestra razón, y es nuestra razón la que construye el orden moral que le confiere valor a la vida humana. La razón nos convierte así, en seres capaces de sostener la dignidad de la vida y no sólo de buscar la felicidad entendida, en Kant, como “la satisfacción de todas nuestras apetencias”. Sin duda Aristóteles le otorgaba a la felicidad mayor nobleza que esa mera “satisfacción”, pero lo que hace Kant es cambiar el punto de mira. 
        Porque acaso lo que en verdad busca el ser humano es vivir una vida con sentido. Construir y sostener el sentido sería aquí lo que caracteriza la manera en que entendemos y vivimos nuestro mundo.  Y vivir una vida con sentido es vivir de cara al otro, abiertos o arrojados a lo que los otros necesitan de nosotros. Los otros requieren de nosotros nuestro mejor ser, por eso nos convierten en nuestro mejor ser, es decir, en seres capaces de solidaridad y de escucha. Eso que el filósofo Emmanuel Levinas concibe como “el llamado del otro”, la mostración (incluso involuntaria) de la desnudez o vulnerabilidad radical de aquel que se vuelve hacia nosotros, despierta—o habría que decir, erige—en nosotros un ser capaz de “responsabilidad”, esa fusión de amor y de justicia que los seres humanos somos capaces de procurar continuamente incluso en nuestros diálogos más triviales. No hay en esto nada de esotérico: se trata del afecto y de la guía que nos solicitan nuestros hijos; o del apoyo que esperan nuestros padres, o los alumnos, o los pacientes o los amigos; alguien que nos pide algún consejo o incluso algún cliente que pide nuestro servicio. Vivir una vida con sentido sería entonces vivir en respuesta a la demanda de esos múltiples otros que nos solicitan. Responder a tal llamado equivale a vivir una vida fundada éticamente, es decir, una vida cuyo sentido nos viene de los demás y donde el responder mismo sostiene nuestra confianza y nuestro diálogo. Reencontramos aquí algo de la dignidad y el valor de la vida como sentido fundamental de la existencia humana de la que ya hablaba Kant.

Fotografía
Ferdinando Scianna / 1975

Pues en ese abrirse al otro y responder a su petición de encuentro y de escucha,  nuestra propia vida se llena de algo que la satisfacción de ninguna necesidad o apetencia puede aventajar. Por eso la felicidad es algo que no aparece sino “a posteriori”, cuando cobramos conciencia del tiempo y del amor que empeñamos en alguna empresa: éramos felices mientras nos entregábamos a sacar adelante un compromiso, una tarea o una aventura, y así olvidamos preguntarnos sobre dicha felicidad. Y sin embargo a la pregunta “¿soy feliz?” apenas es posible contestar afirmativamente: siempre hay alguna falta, algún pendiente; un malentendido con el amado, un inconveniente laboral o la enfermedad de un ser querido. Siempre hay algo que no está del todo en su sitio y nos impide declararnos sin remilgos plenamente felices. “No, no soy del todo feliz”, y hace falta que vengan las disciplinas espirituales o los cursos de autoayuda para convencernos de que en realidad sí lo somos.
Si bien lo mejor de estos ejercicios y de estas doctrinas llega a ponernos en contacto con la belleza y con la gracia de estar vivos, el intento de convencernos de nuestra felicidad nunca logra prosperar del todo. Y no porque en realidad no podamos ser felices o la felicidad se nos escape de las manos, sino al contrario: porque ser feliz está más cerca de vivir olvidados de nosotros mismos, en la exigencia de entrega y de respuesta impuesta por los demás, que de la dicha evanescente que brota como un geiser de vez en cuando y quisiéramos detener para siempre como si fuera ésta la enseña única y verdadera de su caricia. La felicidad estaría, en efecto, en todas esas responsabilidades cotidianas y amorosas, al punto que olvidamos indagar el estado de esa nuestra felicidad. No quiero decir que no reconozcamos el regocijo del momento culminante: es un regalo del tiempo. Pero la felicidad parece estar hecha de un material menos esquivo.
Olvidados de nosotros mismos y arrojados al amor, ésa parece ser nuestra condición y nuestra fuente de sentido. ¿Aristóteles y Kant se dan la mano? Vivir una vida imbuida de sentido, una vida marcada por el llamado que nos viene del otro constituye acaso la fuente subterránea de la felicidad que conocemos. Dicho sentido consiste en sostener aquello que hace de la vida un lugar de encuentro y de agradecimiento, vida de vínculos y sujeciones; de sostener con nuestros actos y nuestra entrega la posibilidad del amor y la justicia—ese amor y esa justicia que respiramos a diario como el aire que nos da vida, y que, al mismo tiempo, sólo cumple su sentido en el tiempo que se encuentra (para siempre) abierto al por venir y a la esperanza. 

 

1 Esto en relación a lo que dice Fernando Savater de que la felicidad parece ser algo que siempre ya ha pasado. Y que preferimos renunciar a la felicidad futura que a la pasada. Cf. El contenido de la felicidad. Aguilera, 1994.

 

 

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