El Colegio Sainte Marie*

Marie Claire Figueroa


Cuando llegamos a la capital, a principios del otoño de 1943, mi padre inscribió a mis hermanos en el  colegio jesuita San Luis de Gonzaga, de donde fueron expulsados al poco tiempo, uno por falta de empeño, el otro por falta de disciplina. A mí me tocó el Collège Sainte Marie, igualmente de obediencia jesuita. Pasaron siete años antes de que  me corrieran a mí también por  indisciplina notoria. Lo que no supimos hasta muchos años después por él mismo, es que nuestro padre había sido expulsado de un internado de jesuitas, en el año de bachillerato. Con que, para estudiar en sus colegios, es indispensable tener una mentalidad muy, pero muy especial o, como se dice en francés,  tener unos atomes crochus o sea “átomos ganchudos”, diría más bien átomos con garras, para quedarse bien aferrado a la institución.

Fotografía
Amateur / Selección de M. Frizot y
C. de Veigy , 2006

Luego mis hermanos estudiaron en el célebre Lycée Jeanson de Sailly por el que pasaron personajes famosos, como el filósofo George Steiner para nombrar sólo uno. Tampoco allí duraron mucho tiempo. Veníamos de provincia en donde la calidad de los estudios no era tan buena como en esos precisos colegios en donde mis padres querían colocarnos a la fuerza, cuando realmente necesitábamos tiempo para emparejarnos. Bernard terminó en Gerson, dependencia religiosa del Lycée Jeanson de Sailly laico como todos los liceos franceses de Francia y de ultramar. Francis, después de una corta estancia en el Cours Hattemer, que mis padres escogieron por ser una escuela de pocos alumnos sin darse cuento de su nivel muy elevado, fue a parar en Combrée en un internado religioso para muchachos, cerca del río Loire, a unos 300 kilómetros de París. Estaba muy feliz allá, en plena naturaleza y los padres eran amables y comprensivos.
Sus cartas semanales eran desesperadamente repetitivas: “Las regaderas están calientitas, los frijoles tienen gorgojos”. ¿Qué más podía escribir? En esa época, las escuelas no tenían la inventiva de las de ahora para alternar las clases reglamentarias con tantas diversiones como las de hoy en día. Por la distancia, mis padres no lo visitaban mucho, pero, afortunadamente, unos amigos quienes vivían cerca se lo llevaban los fines de semana, junto con su propio hijo, Michel Leuck. Yo lo extrañaba mucho. Me gustaban las familias numerosas como las de varias de mis amigas (muy católicas por supuesto, todavía los curas no daban su anuencia en el confesional a prácticas que iban a generalizarse a la postre con la planificación familiar). Nuestra familia me parecía demasiado escueta. Cierto que mi madre padeció un aborto después de la guerra, debido a las privaciones alimenticias, cierto también que después de la invasión de Praga por Rusia en 1948, mis padres iban a adoptar a una niña checa. Yo estaba feliz al pensar que iba a compartir mi cuarto y mis juguetes, como me lo había pedido mi madre. A última hora, ella me dijo que siempre no, porque todos los niños habían sido adoptados. Tal vez mis padres cambiaron de parecer.
Por otra parte, estaba yo contenta que Francis estuviera en ese internado porque allá no recibía latigazos. Poco cariñoso, mi padre era muy severo y, por cualquier pecadillo, recibíamos el látigo sobre las piernas o sobre las nalgas. A Francis le tocaba más que a mí y al ver sus piernitas flacas brincar de dolor y patalear para tratar de esquivar las delgadas correas de cuero, mis ojos se llenaban de lágrimas. Muchos años después la misma compasión me invadiría una tarde que estaba terminando una tarea de electrónica con dibujos en tinta china cuando, de repente, su pluma soltó una enorme gota. Se puso fúrico y ver tanta rabia me desesperaba.
Además de los latigazos, las bofetadas no faltaban tampoco, algunas muy injustas. Un día que mi madre sirvió una carne bastante dura, mi padre rechazó el plato, exclamándole: “C’est infect” (Esto está asqueroso). Yo, sin conocer la palabra intuía el sentido así que, algún tiempo después, ante un guisado que no me apeteció, rechacé el plato con la misma exclamación. La reacción fue inmediata: con un especie de rugido espetó mi padre: “Viens ici”, lo que significaba que debía levantarme, llegar a su lado y recibir una bofetada que tardé mucho en perdonarle. Además, yo había quebrado el reglamento en existencia en la mayor parte de las familias de esa época: los niños sólo podían hablar en el momento del postre. Como regla general, “los niños podían dejarse ver, mas no dejarse oír”...

Durante todo el tiempo que estuvo trabajando en París, mi padre regresó a comer a mediodía y las comidas a veces se tornaban en pesadillas. Muy macho como muchos alsacianos, hostigaba a mi madre constantemente: la comida no estaba bastante caliente, o no estaba lista o no era de su gusto; y vaya que mi madre era una excelente cocinera. Un día le decía que su blusa estaba horrible y el otro que estaba mal peinada. Mi hermano Bernard tragaba su postre en dos bocados para retirarse más pronto; le gustaba jugar frontón con sus amigos antes de la primera clase de la tarde. Yo salía más tarde y me quedaba sola entre ambos. Un día no aguanté más y estallé en llantos. Santo remedio: mi padre paró en seco y desde ese día cesaron las recriminaciones. Al poco tiempo, mi padre fue nombrado Secretario General del Instituto Francés del Petróleo que fundó con el señor René Navarre, padre como ya lo recordé al principio, de los dos muchachos malvados que no me caían bien en sus fiestas de Port-Jerôme; su tercer hijo, Yves, nacido después de la guerra, fue escritor y recibió el célebre premio Goncourt, antes de morir del sida en los años ochenta. La sede del IFP estaba en el antiguo palacete de Josefina de Beauharnais, primera esposa de Napoleón, en Rueil-Malmaison. Como era bastante retirado, a unos 30 kilómetros del Bois de Boulogne, ya no regresaba a comer, lo que me causaba un  indecible alivio.

Fotografía
Amateur / Selección de M. Frizot y C. de Veigy, 2006

De todos modos, yo juzgaba que mi vida no era nada fácil. Si hubiera podido compararla con la vida de tantas muchachitas del mundo a la misma edad, creo que no me hubiera quejado. Además de las tareas de la escuela, me llovían las domésticas. Mi madre, en esa época sin empleada,  compraba el mandado y cocinaba; el resto del tiempo (tal vez esté yo exagerando un poco, pero no tanto) se la pasaba leyendo, acostada en el sofá de la sala. Casi diario llegaba la tante Yvonne a quien mi papá pagaba para ayudarle,  pero en la noche, yo limpiaba y enceraba los zapatos de toda la familia. Después llevaba a Bernard al cuarto de baño, lo sentaba encima del lavabo y lo aseaba de pie a cabeza (no existían todavía las regaderas en Francia, gran lujo de los norteamericanos). Lo hacía de muy mala gana porque siempre tenía las rodillas sucias. Era la época de los pantalones cortos para los muchachos, véanse, entre otras, la película de François Truffaut, “Les Quatre cents coups”. Después de la guerra, usarían los bombachos. Bernard no se quejaba mucho de mi brusquedad, pero cuando se lo conté varios años después, se enojó bastante. ¿Quién lo entiende?
La faena más pesada, pero ésta sí me la pagaban (25 francos, de los antiquísimos), era la de cepillar el piso de la cocina, hecho de un pavimento rojo, burdo y disparejo por desgastado. Se hacía una vez al año, en Semana Santa. Llamábamos esto Le grand nettoyage de Pâques, o sea la gran limpieza de Pascuas. Mientras estaba yo arrodillaba restregando el piso como la Cosette de Víctor Hugo, mi madre desempolvaba y lavaba los closets a fondo. Varios años después, un arquitecto modernizó totalmente esta cocina que databa del año de la construcción del edificio, a principios de los años veinte y no se habló más del Grand nettoyage de Pâques. Se podía trapear suavecito a lo largo del año sobre un material moderno, sin necesidad de arrodillarse y de fregar a todo vapor…
Prefería ganar mi dinero de otro modo, por ejemplo con mis calificaciones escolares; no recibí dinero de bolsillo hasta los catorce años. Ya mencioné que mi padre me había inscrito en el Collège Sainte Marie, dirigido por una señorita austera y severa igual que los trajes sastre que vestía los 365 días del año. Sin ningún sentido del humor, como las demás oblatas de San Francisco Javier que la asistían, religiosas seglares o laicas. El día 3 de diciembre, festejábamos con bombos y platillos el día del Apóstol de las Indias y de Japón, adonde lo había enviado San Ignacio de Loyola; esta gran figura de la Contrarreforma fundó, en el siglo XVI, la Compañía de Jesús con Francisco Javier y cinco compañeros. San Ignacio fue elegido Primer General de la Orden. Como puede constarse, éramos insuperables en el tema.
La primera vez que fui al Colegio, Maman me llevó. Durante todo el camino, me mostró varios puntos de referencias para que no me perdiera al día siguiente. Salimos de nuestro edificio, enfilamos por la Rue Eugène Delacroix, bastante corta, luego veinte metros de la Rue Decamp para desembocar en la larga y ancha Avenue Henri Martin que termina Place du Trocadero. El otoño, a principio de las clases, es la estación que mejor le sienta a esta avenida. Cuatro filas de castaños la bordan, dos a la orilla de cada banqueta, dos de cada lado de la avenida central, arenosa, reservada, antaño, a los caballos y sus jinetes. Con el viento, las hojas rojiamarillas se arremolinan para formar, poco a poco una rica alfombra. Lo más bello son las castañas que se desprenden de su cáscara picuda y reluciente. De color marrón, con una media luna blancuzca a una orilla, hacíamos muñequitos con ellas, agregándoles cerillos para los brazos y las piernas. Por supuesto no se trata de las castañas comestibles, sino del fruto del castaño de Indias, más redondo. La Place du Trocadero ostenta un derroche de cielo partido en dos por la línea vertical de la Tour Eiffel, a menos de un kilómetro. En el intervalo, el Champ de Mars, el Sena y sus muelles, los jardines con las estatuas y las fuentes, lugar de nuestros paseos sabatinos con nuestra institutriz. Para llegar al Colegio, no necesitábamos cruzar la plaza, sólo bastaba doblar a la izquierda y atravesar la Avenue d’Eylau en donde se abrían las puertas del Colegio en el primer edificio. No me fue difícil aprender el camino, de veinte minutos apenas; no había manera de perderse. A veces me alcanzaba alguna que otra compañera de clase por lo general tan platicadora como yo, y al llegar, no nos habíamos dicho la mitad de lo que teníamos en mente. De esas conversaciones entrecortadas por interrupciones para retomar el aliento, una sola hizo mella en mi memoria: la descripción estrafalaria hecha por una  niña que apenas conocía de cómo se hacían los bebés. Estábamos en sexto de primaria… Me dejó muy pensativa mas no muy ilustrada. 
En realidad yo quería estudiar en un liceo. Establecimientos de gobierno, laicos y mixtos, los liceos parisinos de esa época tenían también un alto nivel. Si los padres de familia pudieran prever los estragos provocados por ciertas escuelas sobre el carácter de sus hijos, así como las repercusiones a largo plazo sobre sus vidas, tal vez modificarían sus decisiones a tiempo. Mi estancia en el Collège Sainte Marie duró siete años y se terminó por una estrepitosa expulsión a medio año escolar. Al principio extrañé la pequeña escuela de Montfort en donde había sido feliz sin tantas normas y ataduras. Nunca me sentí a mis anchas entre las alumnas de rancio abolengo quienes acudían a la institución. Sus títulos de nobleza – unos remontaban a la Edad Media, otros habían sido obtenidos por antepasados cercanos a Napoleón, títulos de nobleza imperial – me eran indiferentes, pero sus modales arrogantes me incomodaban. Una de mis compañeras se llamaba Isabelle Suchet d’Albufera, lo que recuerda irrecusablemente a Louis Suchet, Duque de Albufera, mariscal de Francia, quien combatió en Austerlitz, Iena y España, al lado del emperador. El nombre de nuestro colegio era “Sainte Marie d’Eylau”, por encontrarse en la Avenue d’Eylau, otra de las victorias de Napoleón, en la que forzó a los rusos y los prusianos a pelear. Nadie ganó ni perdió y los muertos fueron incontables (para los geógrafos aficionados, preciso que Eylau se llama ahora Bagsationovsk). También lo llamábamos de este modo para diferenciarlo de Sainte Marie de Neuilly, el que se fundó primero en un suburbio igual de elegante en las afueras de París.

Fotografía
Jeanloup Sieff / 1977


En ese colegio para señoritas distinguidas, no se admitían a las hijas del carnicero, del panadero o del abarrotero, aunque sus familias hubieran podido pagar las colegiaturas. Me recibieron por ser hija de un doctor en química: los laureles académicos podían equipararse – de acuerdo con los criterios de la directora – con los laureles ganados en las cruzadas medievales o en Friedland y Austerlitz por los generales del primer imperio, tatarabuelos de mis compañeras. Algunos nombres y caras permanecen en mi memoria a través de los años: Gisèle de Chevigné, Jacqueline de Casaubon, Isabelle Giscard d’Estaing, Isabelle de France. La partícula  nobiliaria – el “de” – indica a veces la pertenencia a una tierra del mismo nombre, concedida por los reyes a cambio de leales servicios; en otros casos, como lo acabo de explicar, proviene de una distinción napoleónica. Estas alumnas se juntaban en grupitos en el recreo y a la salida, antes de subir a sus coches con chofer. Nosotras, las plebeyas, ni ganas de penetrar a sus círculos dorados. Tal vez, algo de envidia se mezclaba con nuestros sentimientos, tal vez hubiéramos tratado de convivir de haber previsto que el hermano o el primo de una de ellas, Valery Giscard d’Estaing, iba a ser elegido Presidente de la República en 1974. Sin duda, la alumna de más alta alcurnia era Isabelle de France, hermana del Conde de París, Henri de France, jefe de la rama de los Bourbon-Orléans e hipotético (más que hipotético) heredero del trono de Francia. Pero ella estaba en Sainte Marie de Neuilly en la misma clase que Thérèse, una amiga mía que conocí en el Liceo francés de México.
Mis amigas se llamaban Micheline Closset, Chantal Villiers, Micheline de Rouvray - excepción a la regla; yo iba a volver a encontrar a esta última, años más tarde en Poitiers, en donde Gonzalo, mi marido (¡arriba Jalisco!) estaba cursando un doctorado en electrónica bio-médica. El hecho de haber cambiado de colegio en preparatoria a causa de una expulsión dio como resultado el olvido total de esas amistades construidas sobre arena. Lo mismo pasó con las nuevas amigas del Instituto Sainte Clotilde, en donde estuve en los años de bachillerato. De hecho, la única y profunda amistad que me queda de esa época es Marie-Cécile; venía, ella sí, de la escuela La Providence en donde se recibían a las alumnas sin distinción de clase social; su padre era ingeniero de Polytechnique, una de las Grandes Écoles más prestigiosas de Francia. En esos años de los cuarenta y cincuenta estaban también en la Providence las hijas del mejor carnicero del barrio: Cruzon, en la esquina de la Rue de la Tour y Rue de la Pompe. En los años setenta, descubrí que la maestra de inglés de mis hijos, con quien trabamos amistad, Madame Britton, excelente maestra de inglés del liceo franco mexicano en esa época, era una de las hijas Cruzon. ¿No cabe el mundo en un puño? Marie-Cécile y yo nos conocimos en la estación del metro más cercana a nuestras casas y ese día descubrimos que estudiábamos juntas la carrera de biblioteconomía en la Catho, la Universidad católica de París.
Pero me estoy alejando de casi diez años, lo que sale del marco de estas memorias. Regresaré a mis recuerdos multifacéticos de Sainte Marie, unos gratos, unos bastante desagradables en el siguiente capítulo.

 *Memorias de guerra de una niña, capítulo XIII

 

 

 

Ciclo Literario.