Semillas en la matriz de piedra

Araceli Mancilla


 

A Francisco Toledo,
en sus 70 años

Hay un hombre en la ciudad donde yo vivo
     camina con liviandad de paloma
                 desde hace muchos años lo conozco
     como casi todos los pobladores de este sitio,
                      pero antes de sospechar la clave de
su etérea figura,
lo vi pasar innumerables veces por el centro
 de este valle donde campea
       una hondura telúrica y rebelde.
             
  Ese hombre ahí
     casi al vuelo en las calles,
vestido con el albor del día y su rostro moreno
                  como efigie de un sabio zapoteco,
       el cabello en desorden del artista en desvelo
abstraído, va cargando papeles
 de diferentes largos bajo el brazo.

Hay un hombre en la ciudad donde yo vivo,
            camina esta cantera  mientras alza
      la nueva Alejandría que vislumbró
la infancia de sus manos,
una urbe de libros para cualquier
 vecino
      decidido a tomarlos y abismarse
 en poliédricos fulgores de la mente.
 Ese hombre en mi ciudad camina solo,
 trazan sus pies escenarios de adobes
                                                      y cactáceas,
casas de silencio donde  habitan
 las herencias artísticas del mundo,
     bugambilias de sombra entre charla
de  jóvenes y viejos en el frescor de un patio.
       
 Hay un hombre en la ciudad donde yo vivo,
               de su avidez brotan seres, zoologías,
 grafitis, diálogos con la historia, mitos,
              inscripciones,
luchas civiles, el cinematógrafo.
 
Cuando las aceitunas negras
     de sus ojos miran canta un agua de grana
 cochinilla,
               busca el aire la niñez de un papalote,
         la devoción del público
que  reconoce un poema se concentra.

 Hay un hombre en la ciudad donde yo vivo,
            elabora utopías entre sus muros,
forjadas con papel y minerales
       en argamasa de textiles
   que saca del olvido.
          

Es huraño  
 dicen algunos,
            difícil de atrapar,
                       de seducir.
Para qué, si su inmensa voluntad
        se ha ido
en ese amor constante,
   ―a veces fatigado―
  que prodiga
 a este lugar de cielo y luz .
  
Hay un hombre en la ciudad donde yo vivo,
      él dice que es un viejo
pero es un niño
         que la embellece
imaginándola
        hasta volverla
una muchacha curiosa que
       mirándose a sí misma
      se hace las preguntas
sembradas por este hijo pájaro
          en su matriz de piedra.

Fotografía
Carol Patterson/ Toledo con su hija Sara

 

 

Ciclo Literario.