La conciencia de vivir y la diversión de envejecer
Retrato de Paul Léautaud a través
de su diario literario

Marie Claire Figueroa


Algunos hechos de la guerra están muy bien documentados en el Journal de Paul Léautaud. El éxodo de la población en 1940, por ejemplo. Se trataba de alcanzar el sur de Francia a donde la mayor parte de los franceses tenía la ilusión que los alemanes no iban a llegar. Describe las filas interminables de gente que salen de París en carros, carretas y carretones, con equipaje y animales, perros, vacas, caballos, todos agobiados, resignados, pero con una sola idea en mente, la de huir sin siquiera pensar en lo inane del acto. Él decide quedarse, cuidar su casa, seguir su trabajo y esperar los acontecimientos, confiado en que los bombardeos paren pronto. Así describe la primera alarma de las sirenas en septiembre 1939, a las tres de la mañana: Una melodía espantosa, lenta, arrastrada, modulada, una llamada de angustia y desesperanza.

F. Desnos / Léautaud y los gatos

Durante la ocupación, se preocupa por la censura alemana en lo que concernía la publicación de libros que se precintaban y requisaban; esta censura incluyó el Tartufo de Molière que Luis XIV había dejado representar… A veces, los alemanes extendían la visa y luego la cancelaban, sin más, lo que sucedió con los libros publicados de  Antoine de Saint-Exupéry en 1943. Sobre todo se preocupa por el papel que puede llegar a faltar para la impresión.
Anota evento por evento las grandes etapas de la guerra: 1942, miércoles 11 de noviembre: Ya no hay zona franca. Francia entera está ocupada. Mensaje del Mariscal Pétain pidiendo a los franceses mantener la calma. En 1944 le comenta un amigo: En Lyon se la pasan matando, los alemanes se pasean en las calles con la ametralladora. Cuando están de malas, las ponen a funcionar, pero no es nada en comparación con Grenoble. Allí no paran las matanzas. Matan por todos lados. Cada partido tiene a sus matones […] Víctor Basch tenía cáncer. Ser fusilado a los 81 años, cuando tiene uno cáncer, es más bien una fortuna. Con muchos detalles explica la reglamentación del impuesto-metal: cierto porcentaje en cobre que se tenía que entregar. La gente prefería pagar en dinero: entregar cobre es prolongar la guerra.
Seis semanas antes del desembarque aliado en las playas de Normandía, asiste desde su ventana, la noche del 19 de abril de 1944, como gran parte de los habitantes de París y de sus alrededores, a estrepitosos combates de aviones; mientras se ponía en marcha la DCA (Defensa Contra Aviones), escucha un barullo indescriptible: Varias veces creí que mis ventanas iban a caerse por tanta sacudida – con acompañamiento de cohetes luminosos, largas proyecciones de luces escudriñando el cielo, pequeños cohetes de color que parecían brotar del cielo, o sea, el espectáculo de las grandes circunstancias. Dos días después: La función del martes se repitió esta noche. Más larga, dos horas, de media noche hasta las dos de la mañana, y más importante, por lo menos como espectáculo […] y, por primera vez, frente a mí […] estaba un amplio grupo de una treintena de puntos luminosos, bastante gruesos, inmóviles en el espacio los que evocaron para mí, de repente, antaño […] el alumbrado del concierto del Teatro de los Ambassadeurs, en los Champs-Elysées, con sus guirnaldas de globos lechosos luminosos. Con todo esto, un cañoneo muy surtido, incesante…¡Sólo a Léautaud se le podía ocurrir semejante comparación!
El 6 de junio, día del desembarque, no anota nada, ya que los detalles se supieron más tarde, pero vaticina sobre el desenlace, la paz. No le importa quien gana la guerra, aquí nos consta su falta total de patriotismo, le importa la paz para volver a trabajar…en paz. El 25 de agosto, su lechera le cuenta las represalias tomadas en contra de las mujeres que tuvieron relaciones con los alemanes: “Hoy, Plaza de la Municipalidad, en público, las tusaron y, con pintura, les marcaron una suástica  sobre la frente o los cachetes. Un verdadero espectáculo. ¡No se imagina las carcajadas de la gente!” En la misma mañana el General de Gaulle entra a París, sube los Champs Elysées y es recibido solemnemente en la Alcaldía al tiempo que vuelven a empezar la DCA, violentas detonaciones, cohetes, zumbidos de aviones e incendios provocados por los alemanes en retirada: Me apresuré demasiado en escribir mi suerte de epílogo: la guerra no ha terminado, se desplazó a otra parte. En octubre de ese mismo año de 1944, un amigo le cuenta con muchos detalles los días de la Liberación de París en agosto, puesto que Léautaud, por precaución, se había quedado en Fontenay: los combates en la calle, los tiroteos de lo alto de los techos, de la Place de la Concorde, del Louvre, del Hôtel de Ville (la Alcaldía), de Notre Dame, de lo que sucedió en el Barrio Latino, Place Saint-Michel “El cruce de la muerte”: un conjunto en el que lo bufonesco rebasaba lo trágico. Pone en relieve el lado oscuro de la victoria: las denunciaciones, represalias, arrestos, semejante a un juego de espejos, a lo que había sucedido durante la ocupación, así como el silencio de los periódicos sobre las causas de las atrocidades alemanas: las atrocidades cometidas por franceses sobre soldados y oficiales alemanes.

Fotografía
Brassaï

Después de la guerra, recibe varias propuestas  para la publicación del Journal…, en particular del joven editor Jean-Jacques Pauvert, una de las editoriales más importantes en la actualidad. Juzga que llegan muy tarde, porque se siente demasiado cansado para revisar tantas hojas y las imponentes cantidades del dinero propuesto no lo alteran. Sin embargo, como cada vez que tiene la oportunidad de ganar más, acepta por amor a sus animales, los que ocuparon un gran espacio en su vida. Los recogía en la calle; tuvo hasta cuarenta y cinco gatos en su jardín. Su sensibilidad hacia ellos era tan grande que sentía cuando se iban a morir y los asistía hasta el final. Cuando ganaba todavía 500 francos, pidió un aumento al director del Mercure, alegando que de sus 500 francos, 350 iban  al alimento de sus protegidos y al veterinario. ¡Así, no es difícil entender su pobreza en tantos años! Durante la guerra atraviesa la capital para comprar la comida de sus gatos y perros; nunca escatimó para ellos, en cambio sus propios menús eran muy frugales: papas hervidas, pastas… Les reservaba la carne. Para él, sólo le importó, durante la guerra, no carecer nunca de café y de tabaco,  que conseguía en el mercado negro o por el intermedio de sus amigos. Entre varios cuadros que los pintores hicieron de Léautaud - Matisse en particular - existe uno de F. Desnos, titulado “P. Léautaud y sus gatos”,  en el que lo vemos en su jardín rodeado por siete gatos, un perro, una mono descolgándose de un árbol; él, sentado, con lentes, un cigarro, su eterno gorro negro y blanco y un gato en las rodillas.
Esta extraordinaria sensibilidad se extendía a los animales no domesticados que vivían en su alrededor: Es medianoche. Desde hace un momento, una lechuza grita en el jardín. Cuánto misterio en estos seres que viven de noche, a los que no conocemos y que gritan de este modo, ¿su canto quizás? Estamos acostumbrados a los animales domésticos, los mezclamos a nuestra vida, los conocemos en la medida de lo posible. ¿Pero esos otros animales, que no se dejan acercar? Tal vez les gustaría también una compañía, una casa, gente que los cuiden. Me siento conmovido pensando en su soledad y su temor al hombre, el sufrimiento cuando están heridos, o enfermos, o muriéndose. Cuando piensa uno en aquello: qué palabra más grande: morir, para todos quienes viven en la tierra, del más pequeño al más grande.
La muerte es un tema que obsesiona a Paul Léautaud. Todos pensamos en ella, cada vez más a medida que envejecemos. Él no es la excepción. Desde su juventud, cuando se entera del fallecimiento de un escritor o colega admirado por él – el de Marcel Schwob, con quien había entablado una sólida amistad, fue tal vez el que más lo impresionó – acude a la casa, a la iglesia o al sepelio. Cuando se puede, busca ver el cuerpo antes de que se coloque en el ataúd y apunta sus reflexiones en el Journal acerca de la fisonomía del difunto, su vida, su obra; en muchas ocasiones escribe los artículos necrológicos para Le Mercure. La muerte estaba en el centro de sus preocupaciones: Anoche, durante la cena, al mirar estos muebles, estos objetos, estas cosas en medio de las que vivo, hasta esta luz que me alumbraba, todo lo que constituye en una palabra este hogar en el que transcurren mis días, pensaba, en un minuto, y ¡con qué intensidad! Que llegará un momento, que puede llegar de un momento a otro, en el que dejaré todo esto, para siempre, encerrado para podrirme entre cuatro tablas, en la tierra. Todo lo que quiero tanto, las calles, el aire, París, tales libros, tales caras, tales ensoñaciones, una mujer, un gato, amigos, hasta mis recuerdos de infancia, mis sueños de escritor, las alegrías de mi espíritu, mis placeres de la lectura. Ya no saber nada de aquello, ni saber, ni sentir, ni oír. En un minuto, me da una gran sacudida al corazón y al cerebro.

Fotografía
Enriqueta Febles / 2008

        Numerosas son sus conversaciones y reflexiones filosóficas sobre la muerte después de entierros o durante las enfermedades de sus colegas. En 1949, siete años antes de su propia muerte, pone orden en sus papeles: manuscritos, correspondencia, apuntes, recortes de periódicos. Hace una gran fogata en el jardín y quema: doce o quince veces el volumen de lo que guardo […] Algo hay de preparativos para una “partida” en esto. Esperemos de todos modos que la susodicha “partida” no sea para mañana. En el  Journal, encontramos anotaciones sobre su salud a lo largo de los años y, en particular, en los últimos tiempos: visitas al doctor que lo atendió durante su vida,  mareos, falta de estabilidad. A veces con muchos detalles relata sus malestares. El 2 de enero de 1956 escribe: Estoy en un estado moral horrible, la sensación que voy a morir, que llegué al final de todo. A tal punto que, al contestar a algunas cartas que recibí por el año nuevo, no me aguanté y escribí sobre mi desapego de todas las cosas, mi desinterés de todo, mi indiferencia a la muerte. El 18 de enero, cumple ochenta y cinco años. El Doctor Le Savoureux se lo lleva a La Vallée au Loup en donde reside con su esposa. Con la ayuda de una enfermera, lo cuidarán hasta el día de su muerte, el 22 de febrero. Su última anotación está fechada el 17, cinco días antes.
Como se pudo percibir a través del ensayo, a pesar de su título, esta antología no es propiamente dicha un diario literario, más bien es una percepción del mundo visto por el autor. Tocaba la casualidad que él era amante de la literatura, por lo tanto, al igual que otros temas,  constituye una amplia parte del todo: una obra, sólida, original e interesante: Siempre me he observado vivir o, más bien, he sido siempre consciente de mi modo de vivir. Hace mucho que hubiera podido anotar lo que anoto sólo hoy: en los menores detalles, circunstancias, hechos, siempre he vivido literariamente. Lo que justifica plenamente el título de su diario. Finalmente para que nosotros justifiquemos su falta de patriotismo, encontramos esta hermosa frase que muchos escritores podrían hacer suya, pensando en su propia lengua: Mi patria es la lengua francesa.

Algunos aforismos y axiomas:
Uno es siempre el autor de sus desgracias.
¿Qué es el arte? La acción de embellecer, de engañar, el enemigo de lo natural. Yo soy por lo natural, sin ningún adorno. Odio el arte, la palabra y la cosa.
Es sobre todo en literatura que odio la palabra arte.
No escribo para los lectores, escribo para mí.
Cuando recibo una carta de quien sea y sobre todo de escritores, con expresiones de admiración, no las leo.
Sé quedarme en mi lugar. No tengo nada extraordinario. Lo que he escrito son casi lugares comunes. Estamos en una época de tal carencia de cultura que parece extraordinario.

Me preguntaban hace poco: “¿Qué hace usted?” “Me divierto envejeciendo, contesté, es una ocupación de cada momento”.

 

 

 

Ciclo Literario.