El Cañonero Querétaro

Julio César Zamora


Fotografía
Veracruz / 1890

“¿Una orden se cumple, nunca se discute!”…, “¡una orden se cumple, nunca se discute!”…, “una orden se cumple, nunca…”, de pronto despertó el marino de primera, Rafael Cadenas Fierro. A su lado, una mujer de ojos azules lo miraba impresionada. No era la primera vez que soñaba las apelaciones del oficial del Cañonero Querétaro, un teniente no muy alto de estatura pero bastante recio y estricto sobre el buque de guerra.
—Maestra, ¿cómo se llama su hijo?, preguntaba una niña a su profesora.
—Se llama Rafael; en mes y medio cumplirá cinco años.
La profesora se desplazaba constantemente a las comunidades rurales del estado de Jalisco, según le asignaban la plaza de escuela. En uno de esos traslados conoció a Ignacio, un chofer de autobús, pionero de “Tres estrellas de oro”. Se casó con él y tuvieron cinco hijos: dos mujeres y tres hombres. El menor de ellos, Rafael, nació el 22 de enero de 1940 en Ahualulco, Jalisco, un pueblo minero con yacimientos de jade, oro, cobre y plomo. La minería era el principal trabajo de los habitantes en aquella época. Rafael aún no cumplía el año cuando su mamá se lo llevó a Guadalajara, todo el tiempo estuvo acompañado por ella.
Siempre en alta mar, de pie sobre la proa del Cañonero Querétaro, el marino de primera recordaría aquella “infancia bonita” –como él la llamaba–, conviviendo con los alumnos de su mamá y con ella misma en diferentes poblados como Tierra de Judíos, Mezcala de los Romero, La Granadilla y otras comunidades más de la región Valles y Altos de Jalisco.
Rafael creció y se desarrolló hasta su primitiva juventud de una forma sana, sin vicio alguno, entre el ambiente campirano de aquellas zonas rurales. Inquieto, todas las noches salía a recostarse entre el zacatal, y mirando las estrellas hacía sus viajes y se decía: “Quiero ser marino y no pescador: viajar”. Sólo pensaba en viajar.
En la adolescencia se separó de su madre para irse a estudiar la secundaria y vivir con sus hermanos. El padre de ellos, antes transportista, tenía su propio autobús: el número 21. Solía ir a visitarlos, pero una noche de octubre Rafael ya no lo dejó entrar: “Este será el último día que te apareces aquí; no busques más a mi madre. Inténtalo, pero no te dejaré entrar”. Jamás regresó.
Rafa ya había ingresado a la preparatoria cuando decidió irse de marino, tenía la convicción de ser militar o marino. Entonces fue a Manzanillo para los exámenes físicos -no como cadete, sino como marino de línea-. Aunque sus hermanos le decían que hiciera escuela, él buscaba la práctica, estaba ansioso por aprender todo lo necesario en un navío de guerra. Tres meses después de ser aceptado ascendió de marino raso a marino de primera. Allí se topó con el escrupuloso oficial, quien día tras día repasaba su lema a la flota –a veces solo un mandato y en otras con castigo–: “Una orden se cumple, nunca se discute”. Era un hombre corpulento que pertenecía a la Infantería de Marina como teniente.
   Cuando estaban en el proceso de las alertas, como llamaban a las prácticas, en Islas Santa Margarita, entre los límites de Baja California Norte y Sur, los marinos solían estar bajo mucha presión porque eran de embarco. Madrugaban para lustrarse, luego al desayuno. A las diez de la mañana salían a correr, ejercían tácticas de combate y defensa personal. Sólo comían para después regresar a las prácticas. Volvían al cañonero hasta las seis de la tarde: aseo personal, cena y luego a descansar con toque de queda. Dormían en unos cobertizos con literas llamadas “cuadras”. Al día siguiente lo mismo: desde las seis de la mañana para hacer limpieza; a las siete, pasaban lista; a las ocho al comedor. De allí otra vez a la faena. Así varios meses de prácticas. Rafael tuvo muchos problemas con el teniente por la simple razón de que no le caía bien a éste. Hubo días en que lo despertaban a las dos de la madrugada por órdenes del oficial pero sin ningún motivo.
Una tarde de marzo del año 1965, el H9-Cañonero Querétaro salió del Puerto de Manzanillo en punto de las 18:00 horas, con una tripulación de 60 a bordo, entre oficiales y tropa. Se dirigían hacia el puerto de Acapulco, con la travesía de llegar hasta la base naval de Pensilvania. Además de este buque, los acompañaba el Cañonero Potosí. Estos barcos llevaban el nombre de un estado y habían sido diseñados en el puerto de Ferrol, España.
Aquella mañana en que Rafael despertó sobresaltado, se hallaba en un hotel de Lisboa, Portugal, acompañado de Valeria, quien le dijo a punto de despedirse: “¿Me escribirás?...”

Fotografía
Escuela Naval, Veracruz / 1940

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El marino de primera contaba con 24 años de edad, mientras el resto de la tripulación era mayor de 35 años. El Cañonero Querétaro había llegado al puerto de Acapulco, allí estuvieron 72 horas para después salir al puerto de Salina Cruz, donde el buque entró a reparación general compuesta por cambio de piezas internas de las máquinas del H9.
Pasaron un mes en el dique con un trabajo extenuante de los marinos. Después de haberlo revisado por completo, el alto mando ordenó que tuvieran todo en buenas condiciones porque se ocuparía llenar el dique para sacar a flote los barcos revisados.
   Entonces emprendieron una travesía más larga: hasta el Puerto de Veracruz, pero tenían que pasar por el Canal de Panamá. Estuvieron en la base naval del lado sur del Océano Pacífico del país; cargaron combustible y comida, para después entrar a las exclusas de Miraflores. De allí a las costas de Cancún a supervisión de rutina, y luego hasta Veracruz, donde recargaron nuevamente y revisaron lo necesario para continuar.
A los cuatro días de haber llegado, el teniente ordenó hacer un recorrido de buena voluntad con otras naciones. Salieron a las once de la mañana con el objetivo de recorrer 17 mil millas náuticas. Llegaron a Ciudad del Carmen, y allí permanecieron durante algunas horas. Después de haberse reportado para salir a aguas internacionales se hicieron a la mar de El Caribe, a un promedio de 12 nudos de velocidad.
   El cielo estaba despejado, la mar tranquila. El teniente llamó a toda la tripulación y les indicó que nadie debía permanecer sobre la cubierta porque entrarían en zona de riesgo, y agregó: “Hemos llegado a un punto sin retorno llamado El Triángulo de las Bermudas, también conocido como el Triángulo del Diablo”. Los marines se miraron unos a otros. Uno de ellos preguntó: “¿Qué tanto nos afectará?”. Pero el teniente le respondió que en ese lugar no hay certeza de nada: “Aquí convergen aguas del Atlántico Norte, Sur, y El Caribe, así como parte de las corrientes submarinas del Golfo de México. Es un área geográfica situada en el Océano Atlántico entre las Islas Bermudas, Puerto Rico y Fort Lauderdale, Florida. Los puntos que forman el triángulo es casi equilátero, con un área aproximada de medio millón de millas cuadradas”.
   Muchos pensamientos e imágenes surgieron entre los tripulantes. Rafael sólo evocaba algunos adjetivos en su mente: “…la mar es tranquila, hermosa como tempestuosa, soñadora y engañosa. Todo marinero duerme en el vaivén de las olas, en los brazos de ella, pero también en el vaivén puede uno perder la vida”.
El sol ya había desaparecido. Las nubes comenzaron a tornarse cenizas y toda la proa se inundó en una densa neblina. El silencio que dominaba en el cañonero sometió a toda la tripulación durante algunos minutos; después, comenzó una ensordecedora tormenta eléctrica formada por las corrientes submarinas que bajan del Atlántico Norte y demás direcciones. La tempestad había iniciado. Desde la escotilla era imposible apreciar el surgimiento del remolino a causa de la borrasca. Las brújulas se descontrolaron. Al Cañonero Querétaro se le descompuso una máquina y trabajaron con una sola propela. En tanto el compañero Potosí andaba a mucha distancia por lo que sólo alcanzaban a verle la cofa –el mástil mayor– y el puente de mando.
   Bajo el cielo negro, encendido continuamente por la rayacera, el H9 se escoraba por la marejada a un promedio de 25 grados máximo a babor y estribor; entonces, la tripulación fue presa del miedo. En la mente de Rafael se vislumbró el rostro de su madre y un contraste de pensamientos. En el duro rostro del teniente se descubrió una agonía que causó asombro en el resto de los marinos. Algunos rezaron y otros simplemente se miraban a los ojos mientras se sujetaban con fuerza entre las paredes de las divisiones. Pero el teniente no les dio tiempo: “A sus puestos, hay que dominarse y afanarnos con más pujanza”.
   Algunos marinos comenzaron a medir gasolina y a trabajar las bombas de achique para sacar el agua y sondear los tanques de combustible; otros revisaban los depósitos de agua dulce, la temperatura, a trasegar el combustible sucio para que quedara completamente limpio para el uso de las máquinas; Rafael checaba las desalinizadoras para en caso de emergencia. Cada cuatro horas repetían las operaciones.
   El cañonero seguía rumbo a barlovento, de pronto a sotavento contra la colla, como barquito de papel en subida. Luego con precipitación y declives resbalaba en la caída de las olas. Los marinos desenterraron una cadena de recuerdos, conocieron el vigor de la naturaleza: la mano de Dios, como decía Rafael: “o te ayuda o te hunde”.
   De 18 a 20 horas duró el trance pero lograron salir. Hubo temor entre la tripulación pero no cobardía. Hubo miedo pero con valor, sin pánico. El Cañonero Potosí tardó más tiempo en salir. Después del peligro, continuaron con más lentitud y comenzaron a tirar lastre como el aceite quemado para que las olas no los golpearan tan fuerte. Todo marino sabe que el aceite gobierna la caída de la ola. Con prudencia dieron marcha hasta las Islas Azores, para después anclarse en Punta Delgada, San Miguel. Allí permanecieron un promedio de 48 horas para que los ingenieros repararan la máquina.

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Al llegar, los marinos izaron la bandera de Portugal en el mástil más alto como una señal de paz. Los oficiales hicieron las visitas de buena voluntad. El embajador ya estaba notificado y dio el aviso del navío extranjero que iba de visita.
Después de haber terminado las reparaciones de las máquinas, el cañonero prosiguió por el Mediterráneo hasta entrar al Estrecho de Gibraltar, luego al puerto de Shivitavekia, Italia. Se identificaron y los recibieron en forma amistosa. Ya era mayo. Ahí pasaron cuatro días. Algunos de los navales que salieron francos se fueron a Roma en ferrocarril. Al tercer día, cinco marinos de línea y un cabo de máquinas, vestidos con uniforme de guerra, se dirigieron a Toulon, Francia. Muchos lugares y edificios les llamaron la atención pero ellos buscaban un bar, un espacio para beber en el que hubiera damas. Lo encontraron: tenía extensas ventanas horizontales e interiores de madera. A un lado de la mesa que ellos ocuparon, tres mujeres jóvenes bebían vino y fumaban. Rafael les pidió un cigarro sin siquiera saber el idioma y sin saber fumar. Se lo dieron. Eran cigarros franceses “Gitanos”. Lo encendió. Luego de la primera bocanada de humo carraspeó; en la segunda, se andaba ahogando y ellas no pudieron contener la risa. Una de las muchachas se le acercó, tomó el cigarro que él traía y se lo llevó a sus labios rojos, muy húmedos, y presionándolos con suavidad sobre la boquilla, lo miró a los ojos y abrió su boca jalando el humo, luego giró su rostro sin despegarle la vista, pronunciando los labios para expulsar el humo hacia a un lado. Sonrió. Rafael sólo contempló los ojos ambarinos y los labios matizados de la francesa. Apagó el cigarro, se puso en pie e hizo varios movimientos para indicar a la mujer si quería bailar con él. Ella arqueó las cejas, le señaló con la mano: “ven”. Lo llevó a una máquina que se hallaba en el rincón del bar y le pidió que depositara una moneda en la ranura del aparato. Él observó que ella presionaba algunos botones, cuando vio a un cantante en la pantalla y escuchó una suave melodía. De inmediato el cabo y los marinos de línea se levantaron, fueron a presenciar aquella máquina. Estaban atónitos. Aquel tercer día fue dulce para el marino, en brazos de Tandara, quien no era francesa sino yugoslava.
Al cuarto día el Cañonero Querétaro partió al puerto El Pireo, muy cerca de Atenas. Los que salían francos siempre lo hacían en grupo, a veces cada quien agarraba por su lado y después se veían en un punto central para regresar a bordo; tenían estrictamente prohibido quedarse a dormir en hoteles. Cada vez que arribaban a un puerto distinto su frase favorita era “ahí está el faro de la esperanza”.
   El siguiente punto de partida fue a Nápoles; dieron la vuelta. Pero desde el primer día Rafael no obedeció una orden y no le tocó bajar por su mala conducta. Estuvieron tres días ahí, luego partieron hacia al Mar Adriático, al Puerto de Split, Yugoslavia, hoy Montenegro. Igual, diplomacia, después los recorridos. Las fuerzas armadas de esa nación los recibió con fiesta y en la misma convivencia, Rafael se reencontró con Tandara, hija de un capitán yugoslavo. Escaparon del convivio, y ella lo llevó a conocer la ciudad. Se retrataron en las plazas, en los inmensos jardines y frente a una casa de fachada amarilla, con marcos azules y pequeñas ventanas de madera. El marino de primera le dijo: “Algún día compraré una casita como ésta y tú vivirás conmigo”. Ella sonreía tratando de traducir sus palabras. Despedirse de Tandara fue como abandonar el puerto anhelado. Al llegar al buque, de nuevo lo arrestaron.
   Por la mañana el cañonero se dirigió hacia Alejandría. Una vez que arribaron a la ciudad egipcia, Rafael y otros seis marinos se introdujeron en un bar llamado Monseñor. Al principio la gente del lugar pensó que eran norteamericanos y se mostraron un poco hostiles. Luego de que se enteraron –por las muchachas– que eran mexicanos, armaron una danza especial para ellos de estilo egipcio. Una exuberante algarabía de las bailarinas jugando con los birretes de los marinos. Una de ellas se lo puso y armó un floreo exclusivo para Rafael; las demás hicieron lo mismo con los otros, pero al final, la egipcia quiso regresar con él a México. Las instrucciones del teniente habían sido regresar al buque a las nueve de la noche, pero era tanta la ignorancia sobre el tiempo que en Alejandría a las nueve parecían las cinco de la tarde. Los siete marinos huyeron del Monseñor poco después de las ocho y media, y Rafael por poco pierde su birrete. Cuando se reportaron con el teniente, éste les advirtió: “Una más y no saldrán ni cuando lleguemos a México”. En esta escala cargaron combustible y alimentos, para después salir rumbo a Port Said.
Rafael y otros de sus compañeros salieron francos. Fueron a El Cairo, se retrataron con los camellos, en las pirámides como en la Esfinge sobre la meseta de Giza. Además, conocieron una población llamada Tantamosca: de un calor infernal, calles muy sucias, con mucha mosca y extrema pobreza. Para comer sólo había carne de camello con alubias.
Ya de retorno, el H9 regresó al puerto de Lisboa para abastecerse, hacer una revisión general de máquinas y emprender rumbo definitivo a México. Dos días. Rafael tuvo uno franco. Esta vez se fue solo y se divirtió como nunca en su vida. Buscó a Valeria pensando en Tandara, pero la portuguesa de ojos azules le hizo olvidar toda mujer y hasta la naval: ebrio de besos, música y tanta cerveza, terminó hospedándose en un hotel. Pidió a la recepción que le hablaran a las siete de la mañana. Desde la ventana de su cuarto sólo veía una muralla enorme, dio unos pasos hacia atrás y se derrumbó sobre la cama, tarareando el nombre de Tandara, quien como las demás, querían tener correspondencia pero resultaba muy caro para el marino.
—¡Meqsicano, meqsicano… meqsicano! –pronunciaba con voz fuerte el camarero del hotel y tocando sin cesar la puerta.
—¡Ya, ya, listo! –respondió Rafael. Al salir del lugar, tomó un taxi y un tanto desesperado le indicó al chofer que lo llevara al puerto. El taxista meneó la cabeza para confirmar la orden del marino. Arrancó el automóvil, giró a la derecha, avanzó una cuadra y: la inmensidad del mar se hallaba frente a los ojos sorprendidos de Rafael, y un grandioso navío que sobre los costados de la proa se leía: H9, y en la popa: Querétaro.

Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Colima.
Acento Editores, 2009

 

 

 

Ciclo Literario.