Diversiones en tiempos de guerra

Marie Claire Figueroa*


En 1942, todavía lucían en el Bosque de Boulogne y sus alrededores los vestigios de la nobleza y de la alta burguesía de los siglos anteriores, en Passy, en Auteuil, y en la amplia Avenue du Maréchal Foch que empieza en el Arc de Triomphe (una de las doce avenidas que salen de la Place de l’Étoile) y termina no muy lejos de uno de los lagos. Allí, niñitos vestidos como figurines de moda daban pan a los patos bajo el ojo vigilante de las “nurses” (niñeras) vestidas de azul marino, quienes empujaban  los bebés en sus landós altos al estilo inglés, de color azul marino también.

Fotografía
Edouard Boubat / 1954

Fue cuando mi madre dejó de acompañarnos. La llegada a una ciudad grande, en ese caso la capital, despertó sus anhelos de  perfeccionar su educación abandonada en secundaria, después de una fiebre tifoidea. En Caudebec, las instituciones escolares no rebasaban la secundaria. En lugar de irse de interna en algún colegio de la región, o cursar la preparatoria en un liceo de Rouen distante sólo de treinta y cinco kilómetros, prefirió irse dos años a Inglaterra para cuidar niños y aprender inglés. Bastante emancipada, era la consentida de sus papás por ser la más chica. Además, había heredado una parte de la fortuna de su padrino a la muerte de éste, el tío Francis, ex - cónsul de Líbano, lo que le confería gran independencia. A su regreso, aprendió a manejar – se compró un coche, uno de los primeros en la pequeña ciudad - siguió jugando  tenis que había practicado en Inglaterra, dedicándose también a rechazar a los pretendientes hasta la edad de veintisiete años cuando se encontró a mi padre.
En París, ella y una amiga – la señora Navarre, esposa del ex director de la refinería de Port-Jérôme en Normandía y madre de los muchachos que me asustaron tantas veces en sus fiestas - se inscribieron a las Conferencias de los “Annales” y tuvieron la maravillosa suerte de escuchar a los grandes literatos y científicos de la época: André Siegfried, André Maurois, Jacques de la Cretelle, François Mauriac, entre otros. En la noche, mi madre nos daba un resumen de las pláticas. Cuando el conferencista en turno resultó ser un gran profesor de medicina (probablemente el Dr. Henri Mondor, cirujano y escritor), ella nos refirió los consejos que aquél daba a sus estudiantes de primer año de medicina: “Miren, les decía, un médico debe poseer dos cualidades indispensables: observar con acuciosidad, y no tener asco de nada. Pueden ver que tengo ahora en la mano una probeta con orina; meto el dedo y lo chupo. Quiero que todos me imiten.” La hizo circular entre ellos y cada uno, concienzudamente,  repitió el gesto del profesor. “De lo que puedo cerciorarme, prosiguió el galeno, cuando regresó la probeta a sus manos, ustedes poseen la segunda cualidad; no mostraron ninguna repugnancia. Pero todos carecen de la primera: no supieron observar que metí en la orina el dedo mayor y que chupé el índice”. Por supuesto nos fascinaba ese tipo de anécdota.
        Mientras mi madre estaba embelesada con sus conferencias, nosotros rezongábamos bajo la tutela de una digna y austera solterona, Mademoiselle Becque, hija de un coronel retirado.  No teníamos clases en las tardes y venía por nosotros después de la comida. En el Bosque de Boulogne, los caminos arenosos estaban reservados a los caballos con sus jinetes. Yo esperaba siempre con ansiedad la llegada de otras niñas de la escuela, porque era fanática del ballon prisonnier, pero teníamos que jugar en lugares con suelo de asfalto en los que nos hacíamos raspones al caer en las rodillas, más todavía cuando empezamos a patinar. No era peligroso, no pasaban coches; sin embargo el piso tenía grava suelta o partículas de chapopote derretido que atoraba las ruedas. Eran tropiezos constantes y caídas espectaculares. En el Bosque de Boulogne de esa época, no había ninguna área prevista para juegos de niños; ahora sobran allí y en todos los jardines de cada barrio. Traté una vez de patinar en el largo pasillo de diecinueve metros que atravesaba nuestro departamento del vestíbulo a las recámaras. El parquet liso se prestaba de maravilla a mis hazañas. Apenas una tarde me duró el gusto, durante la ausencia de mi madre, porque a su regreso se apuró a ponerme al corriente del reglamento del edificio; por supuesto mencionó también las rayas ocasionadas al parquet por las ruedas (todavía no las recubrían de hule). Sólo me quedaba jugar a la rayuela en mi cuarto, trazando los diversos cuadros y rectángulos con líneas imaginarias memorizadas a fuerza de repeticiones. Ya sabía que el menor trazo de gis me hubiera atraído una vez más la ira materna. En vez de guijarro cuyo golpe habría retumbado en la cabeza de los inquilinos de la planta baja, usaba una ancha y delgada goma de borrar, no muy dura para que rebotara suavemente; yo brincaba descalza, así nadie podía quejarse.
Fastidiados por el terreno de juego que nos estaba asignado en el Bois de Boulogne, pedimos pronto un cambio de dirección y dejamos el bosque y su lago: habíamos rebasado la edad para dar de comer a los patos y todavía no teníamos la de remar en los botes. Además, en una ocasión, Bernard se acercó demasiado a la orilla; resbaló y metió los dos pies en el agua. Mademoiselle Becque lo sacó a regañadientes con los zapatos y calcetas llenos de lodo y el pantalón corto empapado. A partir de esa infausta tarde, en lugar de bajar la Rue de la Tour (la nuestra), empezamos a remontarla hacia la Avenue Paul Doumer (ex - presidente de la República quien fuera asesinado en 1932 por un exiliado ruso, algo trastornado sin duda). La avenida era célebre entre nosotros por dos razones: nos enteramos por un amigo de Bernard – pero eso fue años después, cuando él estaba en la secundaria – que en ella moraba la actriz Brigitte Bardot. El susodicho amigo vivía en el edificio de en frente, a la misma altura, y no soltaba los prismáticos mientras ella se desvestía; por lo menos es lo que nos contaba. La segunda razón, menos frívola, un gran cementerio, volado encima de la calzada. Allí se encontraba la tumba de varias celebridades, en particular la de María Baskirchev, poeta rusa muerta en París muy joven, de tisis probablemente.
Montado sobre su caballo de bronce, el Mariscal Foch,  héroe de la Primera Guerra Mundial, ocupa ahora el centro de la Place du Trocadéro, al final de la Avenue Paul Doumer. En esa época la estatua no existía todavía, sólo se levantaba el Palais de Chaillot, construido en 1937, en la Colina del mismo nombre, y separado de la Tour Eiffel por el Sena, atrás. En el Palacio, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948. Los frontispicios de dos altos edificios “art deco” ostentan estos versos de Paul Valéry, inscritos sobre la piedra en letras doradas: “Il dépend de celui qui passe / que je sois tombeau ou trésor / que je parle ou me taise / Ceci ne tient qu’à toi / Ami, n’entre pas sans désir.

Fotografía
Brassaï / 1935

Dos museos se alojan en ellos. El de la Marina nos encantaba: llenan las salas barcos de todas las épocas, desde los trirremes griegos hasta los gigantescos veleros con proas labradas en forma de sirenas o de sol para la flota de Luis XIV, le roi-soleil. Nos llamaban la atención las balaustradas gariboleadas de las cubiertas, las quillas pintadas de colores vivos, azul, rojo, dorado. Entre todos los pabellones izados, nos atraían los negros y blancos con calavera y tibias, emblema de los corsarios, esos meros quienes surcaban y asolaban las mares. No es erróneo afirmar que el mismo rey-sol tenía a sueldo unos muy famosos: Jean Bart, por ejemplo, enemigo jurado de los piratas ingleses y holandeses no menos famosos. En cuanto a Robert Surcouf, quien vivió en la época de Napoleón, nació en Bretaña. Capitán de barco primero, practicó la trata de negros para las plantaciones de la Isla Bourbón (ahora La Reunión). A la postre, le salió más fructífero recorrer el Océano Índico como corsario. Después de capturar numerosos navíos ingleses, fue nombrado barón del imperio francés y se retiró en Saint-Malo, su ciudad natal, siendo el naviero más rico de la región. Suena bastante inmoral; es como si, ahora, el Presidente de la República condecorara a una cabecilla de un cartel de narcotraficantes… (de acuerdo, no es exactamente lo mismo).
        El Museo del Hombre también mostraba barcos, pero se trataba más bien de embarcaciones ligeras de civilizaciones primitivas, como las de los esquimales, hechas en piel de foca, de los africanos o de los indios de América, canoas o piraguas, balsas, etc., para bajar los rápidos o pasar por estrechos túneles naturales. Este museo retrataba la historia del hombre desde los tiempos más remotos, sus herramientas de cacería y pesca, recreaba su vida diaria nómada o sedentaria.  Hace poco, numerosas piezas de sus colecciones emigraron al Quai Branly para formar parte de un nuevo museo llamado Museo de las artes primigenias.
En una sección del Palais de Chaillot estaba el TNP: le Théâtre National Populaire dirigido en ese entonces por Jean Vilar y cuya estrella era el joven y carismático Gérard Philippe. Éste maravilloso protagonista de la película Fanfan-la-Tulipe y de tantas otras actuó allí hasta su muerte, en plena juventud. En Acapulco, mientras rodaba la película La fièvre monte à El Pao” (“Los ambiciosos”) con María Félix, contrajo una amibiasis en el hígado que resultó fatal. Falleció poco tiempo después. Francia entera lo lloró.
        El Trocadero era el paraíso de los patinadores. Justo en el eje de la Tour Eiffel y del Champ de Mars, entre los dos edificios del palacio, se despliega una vasta explanada de mármol, unida con los jardines y fuentes por escaleras y rampas, estas últimas ideales para nuestras hazañas. En esa época, los turistas brillaban por su ausencia, por lo tanto, el contorno exterior del Palacio era del dominio casi exclusivo de los patinadores. Hoy en día sólo está permitido patinar en una zona restringida. El espectáculo – porque es un verdadero espectáculo – cambió totalmente. Los niños y jóvenes parisinos solían cebrar las terrazas  con esses, con más o menos soltura. Después de la guerra, poco a poco, sin aspavientos, fueron reemplazados por chicos de todas las razas, árabes, muchachos de color, asiáticos y alguna que otra piel blanca, en un grandioso show de alto vuelo, con tablas y trampolines, aplaudidos por un público siempre nutrido. No sé qué diría Mademoiselle Becque si regresara al mundo de los mortales. De por sí, no le gustaba mucho que nos lanzáramos desde lo alto de las rampas. Nunca cesaban los regaños, hasta que convencimos a nuestra madre que no la necesitábamos ya. Si no la queríamos mucho, tampoco ella a nosotros. No éramos muy simpáticos que digamos con ella y siempre la impacientábamos con nuestras reflexiones y risas acerca de su apellido; en francés bec significa “pico”.
Después de dos o tres años de patinaje en el Trocadero, sufrí una enorme decepción: mis pies seguían creciendo y las extensiones de los patines eran tan delgadas y el acero de tan mala calidad que se rompían en un tris. Mi padre era muy ingenioso para la talacha. Como no se podían comprar zapatos, más que muy feos y de muy mala calidad - a menos de comprarlos a precio de oro en el mercado negro - nos fabricó para el verano, a mi madre y a mí, unas sandalias con listones de grueso algodón de color. Los míos tenían dos rayas azules con una blanca en medio, los de mi madre eran verdes. El tacón, macizo y alto, formaba parte de la suela que tenía el nombre de semelles compensées; en lugar de ser de madera como las suelas de los zapatos normales en esa época, estaban hechas con una especie de corcho, más flexible, por lo tanto menos cansado para caminar.  Con tachuelas de tapicero, mi padre clavaba los listones alrededor de la suela; las cruzaba para obtener un mínimo de elegancia y de solidez. A  final de cuenta, nos gustaban. Solía hacer esos trabajos manuales en una piececita que llamábamos la “lingerie”, supuestamente en donde se doblaba y guardaba le “linge”, o sea la ropa blanca de la casa y la de cama; esta ropa, mi madre la guardaba en dos grandes closets del pasillo. El cuartito servía de alacena para las conservas y otros productos para la cocina, así como de taller para él. Allí hacía toda clase de composturas y de reparaciones de lo que se rompía y descomponía en la casa, ya que las cosas que se compraban eran de pésima calidad. Un sábado que estaba trabajando allí,  llegué a suplicarle que me arreglara los patines; me explicó que nada se podía hacer: el acero fuerte, requisado por los alemanes, se iba a sus fábricas de armas. No existían patines de tallas superiores. A mi gran pesar, tuve que renunciar. Juré que, de grande, iba a construir una casa con una enorme terraza de mármol para patinar. A lo largo de mi vida, construí varias, pero nunca me acordé de mi juramento o será que tenía actividades nuevas que me hicieron olvidar esos tiempos aciagos. 

*Memorias de guerra de una niña. Capítulo XII (segunda parte).

 

 

Ciclo Literario.