Antes de la desesperación

Ricardo Garibay


 

Los designios de la palabra
Alfredo Montaño Hurtado
Ayuntamiento de Colima
Universidad de Colima
Acento Editores
Grupo Constructor Horacio Cervantes
2009

 

Con esta entrega termina la conferencia de Garibay en Colima (1984). En este texto altamente auditivo, percibimos al creador que hizo una síntesis destacada entre palabra oral y escrita. Su obra queda expresada también en un espacio que se acepta como una visualidad, ya que el cine (recordemos su memorable serie “El milusos”) siempre estuvo al lado de su oficio primordial: la literatura.

Fotografía
Tony Keeler

Guardini, filósofo


Romalo Guardini es un filósofo católico italiano-alemán, tiene un libro que se llama “La melancolía”. Allí, desde el punto de vista teológico, Romano Guardini, que es además sacerdote, entra lo más posible en el extraño fenómeno de la melancolía. El diccionario dice que melancolía es una tristeza profunda, soterrada, inmóvil. Es una hipótesis más o menos hermosa y bastante tonta. La melancolía no cesa. La melancolía es el tormento de Tántalo. ¿Recuerdan ustedes a aquel hombre que es castigado de este modo? Tiene los frutos al alcance de la mano, y así llegue al fruto, siempre se le desvía un poco. Nunca alcanza el fruto. Es ver El Paraíso, encaminarse hacia la puerta, y la puerta siempre estará un paso más allá. Esto es la melancolía. Es un sufrimiento atroz. Ninguno de nosotros ha tenido ese sufrimiento, no hay ser humano que pueda tener un día entero de melancolía en la vida, lleva a la desesperación y la desesperación mata físicamente en pocos segundos. Cuando la desesperación se adueña del alma de un ser humano, si se adueña a las doce del día, más o menos a las doce dos minutos ese hombre ya murió. No es posible vivir en la desesperación. Y la antesala de la desesperación es la melancolía: es tener el fruto y no poder asirlo. Recuerden, además, los ejemplos de la melancolía en el mundo son sumamente insignes y muy escasos. Recuerden que Moisés lleva a los judíos cuarenta años por el desierto y les ha hermanado, y comen, venden, y aparece la Tierra Prometida. Y Jehová le ordena a Moisés: Ordénale a la piedra que dé agua, pero Moisés ya venía entusiasmado porque, si tocaba con su vara, al decir aquello salían más cosas. Toca con su vara y sale agua, y toca con su vara y sale el maná seco, y ya Moisés había tocado con la vara, y Jehová le dice: Ordénale a la piedra que dé agua. En otros versos, saca la vara y le pega a la piedra y brota el agua. Pero Jehová le cobra la desobediencia: Te dije que le dijeras, no que sacaras la vara. Ahora no entras en la Tierra Prometida.

Gómez Robledo, humanista


 Aquí hubo un texto que hizo un hombre muy, muy eminente entre nosotros, que es poco conocido: Antonio Gómez Robledo, que es un humanista de primer orden. Nosotros hacíamos lecturas de Aristóteles y de Santo Tomás, allá cuando yo tenía algunos veintiocho años. Teníamos, pues, los textos de la traducción de Aristóteles y de Santo Tomás, y que Antonio Gómez Robledo iba leyendo. Él llegaba, orientaba y dirigía las discusiones y los comentarios, y, además, las peleas. En una ocasión no sé qué cosa quise hacerle notar y me fui hasta de espaldas en lo que le iba a decir y me quedé mudo, porque el texto que tenía de Aristóteles era en griego antiguo y el texto de Santo Tomás era en latín clásico, y el hombre los leía como yo leía los que tengo delante de mí. Y hay un estudio hermosísimo de Antonio Gómez Robledo, que se llama “La melancolía de Moisés”. Cuando le es prohibido entrar en la Tierra Prometida, para lo que había vivido y era el sentido único de su vida, la finalidad de su gran liderazgo, entra en estado de melancolía. Ver ahí las fuentes de Canaán, las torres, las tres cúpulas de Canaán, y no poder entrar. El mito supremo de la melancolía es deprimente.

Jesús, melancólico


 Hay un momento, el supremo, en que Jesús se siente abandonado de todo y de todos, en que siente que está absolutamente condenado como el maldito por excelencia, que ha fracasado de la manera más tonta, más imbécil en su tarea de redención, nada lo asiste. Entonces le sale aquella voz agónica: Señor, señor, ¿por qué me has abandonado? Ésta es la melancolía. El derrumbe total. La antesala de la desesperación. Ahora tenemos dos pistoleros, melancolías torpes. ¿Cómo, cómo es posible que dos seres hechos casi de piedra, en los desiertos de Tamaulipas, puedan llegar a la melancolía? ¿Qué tiene que pasar para que llegue la melancolía? ¿Cómo un hombre hecho para matar a uno y a otro y a otro y a otro, puede llegar a este misteriosísimo reino de espíritus superiores que es la melancolía? Éste era el problema, horrendo, que me planteé al escribir “Par de Reyes”. ¿Cómo llegar, cómo hacer de dos hombres dos matones a sueldo? Primero, el sentido de la ética no me lo permitía hacerlo. No lo pensaba de este modo. ¿Cómo hacerlos seres, cómo hacerlos admirabilísimos, cómo hacerlos profundamente desventurados y profundamente dignos de amor? ¿Cómo? Esto era el problema. Tardé veintiséis años. Creo que logré lo que buscaba. Creo.
   ¡Dios mío, es hora y media, comencé a las ocho y media!. Para esto. Ayer me decían unas personas con las que estuve hablando, no repitamos mañana, es decir hoy, el “cliché” del siglo XIX. Llegar sabihondo, decir sus tonterías, todo mundo aplaude y se va. No. Pregúntenme. Pónganme en jaque. Pónganme en entredicho. Acométanme, agrédanme. Hagamos un diálogo, de una exposición, del señorito que llegó y dijo. No. Entonces voy a abreviar mucho.
   Algunas de las cosas que he dicho son buenas, valen, no porque yo las diga, sino porque son cosecha de sesenta años de leer y escribir. Por eso valen. Hacia el año de 1946, yo padecía una neurosis terrible, que me aisló de todo el mundo y me puso en el borde o en el umbral del manicomio. Ahí comencé a imaginar una historia del mal. Recuerdo que decía: Yo tengo que hacer un gran canto por el mal. Eran locuras.

Andrés Hernestrosa


 En el año del cincuenta y tres llevaba yo una carrera muy veloz hacia arriba. Andrés Henestrosa me dijo alguna vez: Van muy bien, muy bien. Éramos tres: Arreola, Rulfo y yo. Pero ellos dos mucho mayores que yo, me llevan cinco años. Éramos las tres promesas de la literatura mexicana. Allá en 1953 publiqué yo un trabajo, “El Coronel”, y otro, “Mazamitla”, que fueron acogidos con un gran entusiasmo por la crítica, traducidos además a lenguas varias, qué sé yo, y allí me volvió a golpear la nube, ahí volví a enconcharme, a no poder salir, a no poder publicar nada. Nunca dejé de escribir, pero no podía publicar, no podía tener amigos escritores, literatos, gente de espíritu. No podía dejarme ver de nadie.

Los hermanos Rodríguez, cineastas


Llegué al cine, como les conté, porque el licenciado Ceniceros generosamente me cesó como jefe de prensa y me incrustó con los hermanos Rodríguez, Ismael y Roberto Rodríguez, del cine, un par de ladrones, a los que estuve surtiendo con docenas de argumentos, que me pagaban a precio de mendigo. En el cincuenta y nueve salió la primera almendra de la novela. Le dije a Ismael Rodríguez, el director de cine: Se me ha ocurrido una hermosa historia de pistoleros, yo se la vendo a usted en tres o cuatro mil pesos. Me dijo: Venga. Me dio los cuatro mil pesos y le entregué la historia. Luego me llamó para adaptarla.

En síntesis, quien me comunicó con los hermanos Llergo Ebrard fue el italiano, el amigo Sampietro, pero en el ínterin, cuando yo iba y venía a la cárcel, buscando a Sampietro, y después a Guillermo Ebrard, conocí a Tomás Córdova, médico muy eminente, un pequeño enano rubio, muy talentoso y muy desgastado en la vida, que me contó la historia de los Llergo Ebrard, de modo que cuando yo llegué a Guillermo Ebrard ya conocía la historia, porque me la había contado Tomás Córdova; y a los Del Fierro de Tamaulipas llegué porque mi suegro, desde la frontera, un norteño sumamente áspero, me contó la historia de los Del Fierro. Fueron los dos troncos. Y muriéndome de hambre, ya con cinco hijos, le dije a Ismael Rodríguez: Yo tengo una historia, el día de hoy me dio cuatro mil pesos, la conoció un chileno, y me dijo: Oye tú, que es una historia extraordinaria. Entonces dije: Voy a cobrar un poco más. Y le dije a ese Ismael y a un pícaro que es zar del cine mexicano, un bribón, un ladrón: La adaptación de esta historia sólo la puedo hacer yo, porque ya consulté y tengo un amigo que me da más paga --y el amigo era presidente de la República--, y le cobré cincuenta mil pesos por hacerla, y a la carrera me dijeron: Sale. Pero también me dijeron: Falta el actor cómico, falta que el galán cante. ¿Pero cómo va a cantar un pistolero? Nada. Basta. Hicieron una película que se llamó “Los Hermanos del Hierro”. Buena película, bastante buena. Me dieron la oportunidad de dirigir a los actores; y no, no salió mal. Pero de ninguna manera era lo que abordo en la novela, con toda la alegría de mi corazón y con todo el sufrimiento de mi escasa capacidad: fui buscando  la entraña de la melancolía en el hecho de dar la muerte a los demás. Y eso es todo.

 

 

Ciclo Literario.