Un escritor para escritores
Retrato de Paul Léautaud a través de su diario literario


Marie Claire Figueroa

 


Léautaud nos dejó una galería impresionante de retratos físicos y morales de gente célebre como  Paul Valéry, André Gide, Apollinaire, Benda, entre otros; y de gente modesta, dependientes de las tienditas en donde compra, el librero judío que desaparece durante la guerra, colegas, etc.; sus palabras son pincelazos breves y coloridos.

 

A Paul Léautaud le sucedía sacar conclusiones tajantes sobre la literatura francesa de su tiempo: …es una pequeña literatura […] Estamos lejos de los siglos XVII y XVIII. Parecería que Francia se ha empequeñecido: pequeña literatura, pequeña política, pequeños hombres políticos […] pequeña sociedad, pequeño pueblo, pequeñas costumbres, -la provincia de Europa [] El que se cree hoy un gran escritor está todavía muy pequeño.
            En varias ocasiones hace su  autocrítica que nadie superara al hacer su retrato: Como escritor, no soy ningún creador. Puedo ser una mente original. Es más, mi personalidad es capaz de mostrar cierto relieve. No he creado nada, no he inventado nada. Soy un relator de charlas, de circunstancias, una mente crítica quien juzga, aprecia, realista al extremo, a quien es difícil engañar. Nada más. Puedo agregar: el mérito de descubrir con calidez, espontaneidad, sin trabajo, pronto y nítido, - y con algún sentido del humor.

Paul Léautaud

Podría calificarse a Paul  Léautaud como escritor para escritores. No en el mismo sentido que James Joyce, por supuesto, a quien se le denominó así después de que hubiera proclamado que la complejidad del Ulises tenía la meta de hacer trabajar a los exegetas durante siglos para entender el sentido de la novela. No, pero el francés tenía sus propias teorías sobre la literatura, dirigidas más a sus congéneres que al gran público. Después de haber leído un artículo en Les Nouvelles littéraires dedicado a Sainte Beuve, se refiere a una pregunta que se plantea acerca del escritor decimonónico: ¿Debe un crítico ocuparse del personaje, del hombre quien es el escritor que él está estudiando, de sus costumbres, de su vida privada, de los chismes acerca de él o sólo conocer su obra y estudiarla limitándose sólo a ella? Algunos de los escritores consultados, en particular Marcel Proust (lo encontraron en sus notas) concuerdan con la segunda actitud. Si Les Nouvelles me hubieran pedido mi opinión, hubiera declarado con entusiasmo que me adhería a la primera. Tomar en cuenta, para reseñar una obra, todo lo que es un escritor como hombre en la intimidad, ¡qué vida se insufla a la apreciación de su obra! Este tema tan polémico no es de hoy.
            Muy modesto, Paul Léautaud pensó durante años que nadie lo conocía puesto que no hacía nada en ese sentido. Es cierto que su nombre alcanzó al gran público sólo a partir de las entrevistas radiofónicas con Robert Mallet, cuatro años antes de su muerte. Pero desde el principio, adquirió una reputación de hombre original entre sus congéneres, primero por su aspecto descuidado – cuando le vinieron tiempos mejores, siguió desatendiéndose sin importarle la impresión que comunicaba a los demás - luego, su originalidad radicaba en un modo de expresar sus opiniones sin el menor recato. Lo sorprendían siempre los elogios de los otros escritores. Uno en especial lo conmovió, de parte de un hombre que no conocía: “…importaba celebrar las riquezas innumerables de una obra única, de una pluma tónica y palpitante, que no ha escrito una sola línea para dar gusto, de un intrépido escritor quien nunca se comporta de otro modo que el suyo, de una mente impetuosamente libre, y de un estilo tan claro, tan seguro, tan franco – y francés.”
            Este escritor anónimo hubiera podido agregar: “excelente pintor”, puesto que, con su pluma, Léautaud nos dejó una galería impresionante de retratos físicos y morales de gente célebre como algunos que ya mencioné: Paul Valéry, André Gide, Apollinaire, Benda, entre otros; y de gente modesta, dependientes de las tienditas a donde compra, el librero judío que desaparece durante la guerra, colegas, etc.; sus palabras son pincelazos breves y coloridos: Gide, seductor, con la gracia de una mujer. Durante un tiempo, admiró el estilo de sus libros aunque no le perdonó nunca el acto gratuito de Lafcadio en Les Caves du Vatican. La amistad no le impedía  relatar cuanto chisme se sabía y Gide no era el más librado: Basler dice que al igual que Cocteau y sus compañeros, Gide seguramente está en Toulon para ofrecerse algunos marineros. La homosexualidad de ellos no era un secreto para nadie, pero no les gustaba que los tomaran in fraganti. Tal vez sea el momento de referir una de las mejores anécdotas de El Journal precisamente acerca de Gide, fechada del 30 de enero de 1922:
Esta tarde, actué en una pequeña escena que es un buen ejemplo de la vanidad literaria y de la ilusión que puede arrastrar. Esto a propósito de una frase de mi Chronique dramatique, Nouvelle Revue Française, No. 1º de enero de 1922. Ésta es la frase, para contestar a algunas críticas de ciertos escritores: “¿Qué son ellos y tantos otros, comparados con el escritor admirable en sensibilidad, inteligencia superior, espontaneidad de expresión, libertad moral más completa, que no nombraré y que me dio placeres tan vivos que quisiera ser el único en conocerlo?”
            Tenía cita a las 6 horas con Mme… delante de la pastelería que está en la esquina de la Rue Grenelle y de la Place de la Croix-Rouge. Yo estaba allí, esperándola, enrollando un cigarro, mirando involuntariamente la vitrina, cuando al alzar los ojos, veo a Gide y a Jacques Rivière, al interior de la pastelería. Gide me hace una señal para que entre. Con la mano rehúso. Salen. Nos saludamos, luego Gide, haciendo señas a Rivière para que nos dejara, me toma del brazo y me dice: “Sabe usted, mi querido Léautaud, tengo mucho de que agradecerle…me sentí muy conmovido…Fue una agradable sorpresa…” Yo no entendía para nada y le dije: “Pero ¿de qué habla?...” Él sigue: “Pues de su última crónica… la frase en la que  habla usted de un escritor al que no quiere nombrar…¿Se acuerda?” Seguía yo sin comprender y le dije: “Bueno y entonces ¿qué?” Sigue cada vez más embelesado y apretándome cada vez más el brazo: “Vamos, ¿no me equivoco?...Yo no estaba seguro, pero me dijo Rivière¸ claro que sí eres tú. ¿Se trata de mí, verdad?” ¿Qué podía yo hacer? Ya no sabía en donde esconderme. Tenía tantas ganas de reír y al mismo tiempo me sentía en un aprieto. ¿Negar? La situación hubiese sido extremadamente embarazosa. ¿Afirmar? Empero… Sin embargo es lo que respondí, un: sí, cuchicheado, evasivo, molesto, tímido, casi irritado. No había otro modo de proceder. Gide prosiguió: “Y es tan delicado de su parte no haberme nombrado… Sí, sí, me conmovió mucho”. En ese momento tomé mi  cita como pretexto y nos separamos, yo con un alivio…

Fotografía
Brassaï / 1932

            ¿Cómo Gide había podido equivocarse a ese grado? No lo puedo creer. ¡Mi comentario se aplica tan poco a su persona! “Espontaneidad en el modo de expresarse”, cuando la escritura representa  tanto trabajo para él que se siente mucho en su obra y que, además, deja ver tanta envidia por la gente que escribe espontáneamente, como me percaté varias veces. “La más completa libertad moral”, cuando a cada rato no sabe qué hacer con sus casos de conciencia, el miedo del pecado, y si muestra algo de audacia se arrepiente en seguida. Conoce mi admiración por Stendhal y no lo ha reconocido en esta frase, y ¡él, sí, se reconoció! Prodigioso. Cómico también. Y esta manera melindrosa, gatuna, envolvente, de hablarme de esto y de agradecerme con un gesto y esta voz que no pertenecen más que a él. ¡Qué preciosa escena de la vida literaria!
Brillante ejemplo de un narrador de anécdotas. En las cenas a las que convidan a Léautaud, cuando se siente a sus anchas, destaca por sus salidas ingeniosas. Si no tiene ganas de hablar, observa los rostros,  escucha las conversaciones y construye unos retratos sin concesiones. Transcribe con la escritura lo que un caricaturista haría con un dibujo. Le saltan a la vista los ridículos de la gente, sin omitir los suyos: anota la curiosidad de las personas por su atuendo pobre, sin elegancia.
El retrato del gran actor y autor Sacha Guitry  incluye el departamento (recargado a lo máximo), a la novia (ha de ser la quinta o la sexta para terminar con un divorcio), la indumentaria (vestido con una bata  de invierno confortable en la que el verde, el rojo y el café se mezclaban con una mascada que reunían los tres colores. Hermosísimas pantuflas, o babuchas, igualmente muy confortables. En cuanto al hombre: Sacha ha envejecido. El rostro abotagado. Casi mofletes. El cabello gris. Y este detalle curioso: igual como cuando lo visité Rue Boissière […] no estaba rasurado por lo menos desde hace dos días.
No sólo pinta a quienes lo rodean sino también los barrios y las calles de París,  las que amaba, en donde había vivido durante su infancia o rentado cuartos de los que huía cuando percibía el menor ruido que no lo dejaba trabajar: no faltaba un piano cerca, un fonógrafo, niños en la calle, el martillo de un trabajador, ruidosas conversaciones de los vecinos, estudiantes parranderos, sin olvidar la boite à vacarme (la caja vocinglera) o sea la radio, predecesora de la “caja idiota” de Carlos Monsiváis… y el inquilino del piso de arriba, que camina pesadamente como un elefante. Después de que se hubiera cambiado a Fontenay, nunca dejaría de regresar a París para recorrer las calles, a pie,  rara vez tomaba el metro o el autobús, por disgusto de la muchedumbre; no sólo las calles de su infancia y de su juventud, sino también las en donde habían morado los hombres célebres de su predilección, el Faubourg Montmartre, la Place Saint Sulpice, la Rue de Seine. Con su don de observación, describe la vida cotidiana callejera o la de las tienditas en donde se surte, aprovechando para agregar anécdotas, chismes, recuerdos, etc. A veces, en lugar de ponerse a trabajar como lo había planeado, se va a París, a pasearse en sus barrios favoritos.
Al final de su vida, apunta: El hombre en el que me volví. En algunos momentos no lo puedo creer. Una semejante transformación, o más bien, un semejante anhelo, irrealizable, de la vida que era mía, antaño.
Me volví duro.
Ya casi nada me gusta. La gente que me rodea (el vecindario) me es odiosa.
¡Mis animales, lo que pude hacer con ellos!
Mis libros, los vendo, excepto algunos pocos, se volvieron sin interés para mí, me los sé de memoria. Cuando tomo uno, que lo abro al azar, tengo tal memoria que sé lo que sigue en la página siguiente.
Las visitas me son odiosas. Este pabellón de Fontenay con todos sus cuartos, su planta baja, su planta alta.
Con gusto  regresaría a mi vida de antaño, un solo cuarto, pocos libros, nada de visita,  completamente tranquilo, nada, ni gente, ni animales, ni preocupaciones de asuntos interrumpiendo mis ensoñaciones y ensueños, que son la única ocupación de mis días.
Por desgracia, con esta Radio infernal, que ha transformado la vida en un ruido continúo en todos los pisos de las casas, ya no puede esperarse más el silencio de hace tanto tiempo.
Durante la guerra relata un encuentro con Picasso en la calle: Estaba en una acera, él en la otra. Atravesó para llegar conmigo. Dejó crecer su cabello hasta el cuello. Cabello totalmente blanco. Pero no tiene para nada la cara de un viejo anciano.  Visto de espalda, han de considerarlo como tal. Idea curiosa. Hasta ahora, no me había dado cuenta de lo chaparro que es. Su rostro es simpático y socarrón. Nos encontramos un punto en común que yo le expliqué: los tres primeros años de la guerra, no me preocupaba demasiado. Ya en casa, con la puerta cerrada, me ponía a trabajar como en tiempo normal, la mente ocupada en esto. Ahora ya no es lo mismo, me siento perjudicado, molesto, ansioso, casi inquieto. Se introdujo en mi existencia y la perturba. Al diablo con esos cambios. ¿Verdad? Me dijo Picasso. Siento exactamente lo mismo que usted.

Fotografía
Brassaï / 1932


Acerca de la política y de las dos guerras mundiales que vivió, el escritor francés tenía una opinión muy particular. Para él, las ideas más nocivas se refieren a lo tocante a la patria, el ejército y la religión. En la medida de lo posible, se abstiene de hablar de política… y de votar: De todos modos, siempre nos engañarán. Por lo menos, no metimos mano […] Aguantar sin participar. Desde el año 1927, vaticina sobre Europa como Estado confederado, visión poco compartida en ese entonces. Se mofa de las ceremonias oficiales: colocación de placas, discursos con un repertorio archiconocido. Apunta las perlas, las faltas gramaticales,  los ridículos, el estilo confuso, oscuro. El Estado es maniático de las glorificaciones y busca siempre inventarse a hombres célebres. Piensa que sería prudente escribir en su testamento no sólo ni flores ni coronas, ni discursos, sino también ni “Sociedad de Amigos”, ni monumento, ni placa conmemorativa.
A veces aborda alguno que otro evento del día, el conflicto greco-turco, las masacres. Pero carece totalmente de sensibilidad en cuanto a los hechos. Es más, confiesa su gusto por las catástrofes. La primera guerra mundial no lo conmueve y se encuentran escasas reflexiones acerca de ella. Más anotaciones sobre la segunda, sobre todo para criticar duramente los asesinatos y ajustes de cuenta al final de ésta. Sólo el aspecto humanitario por las víctimas de cualquier lado que fuesen lo conmueven. Le gustaba repetir el aforismo que se atribuye al político Georges Clémenceau: “La guerra es un asunto demasiado serio para que se le encargue a los militares”, y Léautaud declara: De hecho, pienso que a un hombre verdaderamente inteligente, no se le ocurre ser militar o cura.
     Sus juicios a veces son ambiguos y parciales, pero a veces acierta, por ejemplo cuando equipara la “colonización” de Europa por Hitler con la colonización de los diversos países europeos en Asia y África y compara la entrada en París del Führer  y del ejército alemán con la de Napoleón en Berlín. Todo se vale, concluye.

    De la iglesia se burla; describe la misa de modo bufonesco. Ridiculiza las ceremonias religiosas y las plegarias, las que califica de farsas, para auxiliar a los jefes militares. En realidad tuvo suerte de no haber sido señalado como “colaborador” con el enemigo porque le sucedía escribir en su Journal declaraciones como la de 1942: Nunca más volver a ver a los canallas y a los incapaces; por consiguiente, soy por la victoria alemana. A propósito de Antoine de Saint-Exupéry escribe: El lirismo patriótico finalmente es tan estúpido como el lirismo amoroso (continuará…).    (Marie Claire Figueroa)

 

 

 

Ciclo Literario.