París, el bosque y la noche

Marie Claire Figueroa *


En el mes de octubre de 1942, cumplí diez años. Mis padres se instalaron definitivamente en París, en un amplio departamento de Passy, barrio residencial del XVIo arrondissement (distrito), entre el Bosque de Boulogne y los Jardines del Trocadero. En esa época, la capital de Francia ya no era la ciudad-luz admirada por el mundo, sino una ciudad agobiada por su ocupante alemán que la saqueaba y la trataba con despotismo. Las luces nocturnas se volvían tinieblas luego del toque de queda. Como los demás, mi padre fabricó unas cortinas de papel grueso negro por fuera, azul marino hacia el interior. Cada noche, después de cerrar las persianas, tomábamos un palo para engancharlas sobre dos armellas, de cada lado de las ventanas. Por más pequeña que fuera, una luz filtrada al exterior provocaba los silbatazos iracundos de los serenos improvisados. Una reincidencia podía salir muy cara. Por otra parte, cortaban la luz a menudo y teníamos que alumbrarnos con quinqués de petróleo o de queroseno, cuyo humo despedía un olor acre; usábamos también pequeñas lámparas-pigeon (paloma) – quién sabe por qué se llamaban de este modo – que nos dispensaban una luz parca, bastante insuficiente para hacer las tareas.


        La Défense passive - así se llamaba este sistema que consistía en dejar la ciudad  sin luz en la noche - era importantísima para todos: primero para los alemanes, quienes querían evitar la destrucción de sus cuarteles, almacenes de alimentación y depósitos de armas; por otra parte, las autoridades francesas, sometidas al “Tratado de Armisticio”, tenían la obligación de obedecer a las autoridades alemanes; finalmente, la población francesa, definida por su terrible situación entre el “martillo” Aliado y el “yunque” de las fuerzas del Eje: de un lado, debían obedecer a las autoridades alemanes, so pena de severas represalias y, del otro, los habitantes arriesgaban la aniquilación debajo de las bombas aliadas. En conclusión, en Francia, nadie tenía interés en hacerse señalar; las ciudades abrigaban centros industriales y guarniciones alemanes que atraían las bombas aliadas. Al observar los hechos, nos damos cuenta de que los aviones aliados bombardearon las ciudades y las poblaciones civiles, no sólo en 1940 sino a la postre,  especialmente en Normandía: más de veinte mil muertos entre junio y septiembre de 1944, sin contar los heridos, y la destrucción de las ciudades.    

Fotografía
Enriqueta Febles /2009


        De cuando en cuando, el rugido de las sirenas desgarraba el silencio de la noche. En su Journal littéraire, el escritor francés Paul Léautaud, que vivió las dos Guerras Mundiales, describe en septiembre de 1939 el sonido de las sirenas: “Una melodía espantosa, lenta, arrastrada, modulada, una llamada de angustia y desesperanza”, frase muy poética para un instante de pavor. Al rato empezaba el repiqueteo de la DCA (Défense contre Avions). Eran las señales ineludibles para bajar con prisa a los refugios o a la cava de los edificios. Al principio, más difíciles que durante el día, estas excursiones nocturnas por las angostas y frías escaleras, cada uno con una vela, en pijama y la cara todavía embarrada por el profundo sueño del que nos habían sacado, eran una verdadera pesadilla. Sin contar el miedo que subyacía en cada uno de nosotros los niños, al oír  los bombardeos. Tampoco nos sosegaba la conversación de los adultos sobre los acontecimientos del momento, ya con visión pesimista, ya con una lucecita de esperanza, en particular a mediados de 1944, cuando se supo del desembarque de los aliados y del avance de las fuerzas francesas libres bajo el mando del General de Gaulle. Se comentaban a raíz de las noticias radiodifundidas en la estación clandestina de Radio-Londres que empezaba su boletín con las ocho primeras notas de la quinta sinfonía de Beethoven (la letra V de Victoria, en alfabeto morse) y la frase: “Les français parlent aux français”. En cambio, en la radio oficial que se escuchaba también para enterarse de las posiciones de los otros campos, un locutor francés colaborador , cuyo nombre de pila era Jean-Jacques - no me acuerdo del apellido - peroraba sobre los últimos eventos e invariablemente terminaba su discurso por esta frase: “Y Londres, como Cártago, debe destruirse”. Ese hombre, quien después de la guerra fue juzgado y condenado, retomaba a cuenta suya las palabras de Cato el Viejo, durante el periodo de la Segunda Guerra Púnica: Ceterum censeo Cartaginem esse delendam, o sea: “Por lo demás, pienso que es imperativo destruir Cártago”, cualquiera fuera el tema, tal era la obsesión de este hombre público de Roma de perder la que iba a volverse la capital africana del imperio romano.


Al poco tiempo, a los niños del edificio, se nos quitó el miedo; la bajada a la cava perdió su aspecto siniestro, es más, se nos hizo divertido; empezamos a congeniar, a jugar juntos, pero: prohibido correr en los pasillos, prohibido gritar y alborotarse. Sólo podíamos, al igual que los grandes, chismorrear en voz bajita, o distraernos con algo silencioso a la luz mortecina de una lamparita.


De día, en el departamento, nos desquitábamos. Después de unos meses en París, seguíamos con un mínimo de muebles puesto que el ajuar completo de Caudebec había sido quemado en el bombardeo de la casona. En Montfort l’Amaury, la casa de Mademoiselle Robin y el departamento de los Frankie estaban amueblados. Así que tuvimos que dormir en colchones colocados directamente sobre el suelo. Yo había jalado el mío al lado de la ventana desde donde podía observar, antes de dormir en las noches tardías de verano, a algunas personas del edificio acodadas sobre los alfeizares. El edificio formaba una esquina; de este modo alcanzaba a ver, desde nuestro primer piso, todos los pisos de la parte de enfrente. Una noche calurosa en la que había dejado abiertas ventana y persianas, recibí en plena cara, junto con unas carcajadas, un vaso de agua que empapó las sábanas y salpicó el parquet alrededor de la cama; este sublime parquet de roble encerado que mi madre cuidaba como la niña de sus ojos. Cuando llegábamos de la calle, teníamos que usar patines de fieltro colocados en la puerta de entrada, atravesar el vestíbulo y, en la antecocina, quitar de inmediato los zapatos y ponernos pantuflas. Por mucho tiempo, un señor, Monsieur Georges, vino cada mes a encerar el parquet y frotarlo para que brillara - lujo totalmente inútil a mis ojos - hasta que mi padre lo despidió porque, en los últimos tiempos, llegaba borracho al trabajo.


Como mi mamá era de armas tomar, subió de inmediato al segundo piso. Los padres de los granujas la recibieron con miles de amabilidades y de sonrisas, miles de disculpas y de regaños para Jacques e Yves, los delincuentes de 12 y 14 años. Resultado, los papás se hicieron amiguísimos de los nuestros. Durante años se reunieron cada semana para jugar bridge por dinero; luego lo gastaban juntos yendo a cenar al restaurante. A partir de ese día, los hijos me dejaron en paz, pero cuando nos encontrábamos en las escaleras,  nos ignorábamos olímpicamente. En la cava, no me acuerdo de ellos. O yo prefería jugar con los más pequeños o, a lo mejor, no bajaban. Un poco como en el caso de los temblores, hay gente que prefiere quedarse en casa, confiados en su buena estrella.


En Passy, cambiamos el Bosque de los Yvelines cerca de Montfort l’Amaury por el Bosque de Boulogne. Parte del antiguo Bosque de Rouvray, éste se extiende sobre 850 hectáreas y debe su nombre a un santuario que Felipe IV dedicó allí a Notre-Dame-de-Boulogne en 1315. Pertenecía a la Corona como lugar de cacerías, pero en el siglo XVIII, Luis XVI  lo abrió al público. En 1852, fue cedido a la Ciudad de París. El barón Haussmann, el gran modernizador de la capital, creó dos lagos, la cascada, sendas para peatones y otras más anchas para jinetes. El Hipódromo de Longchamp fue inaugurado en 1857, el de Auteuil en 1873; el Jardin d’Acclimatation, a la vez zoológico y jardín botánico, se abrió en 1860, y en 1905 fue adquirido el Parque de Bagatelle con su castillo del siglo XVIII; en este jardín se encuentran las rosas más bellas del mundo (excepto las de Ispahán, tal vez…). Paseo elegante en el siglo XIX, el Bois de Boulogne sigue muy frecuentado, sin embargo la población ya no es la misma. Recuerdo que, por los años noventa, de regreso en coche de una cena en los suburbios, me quedé pasmada ante el espectáculo: Pierre, mi primo, atravesó adrede unos parajes en donde se reúne de un modo bastante descarado (pienso en el vestuario, provocador o casi ausente de acuerdo con la estación del año) una gran parte de la prostitución tanto femenina como masculina, a partir de las ocho de la noche. Lugar de delincuencia también. Así cambian los tiempos.

* Memorias de guerra de una niña. Capítulo XII (primera parte).

 

 

Ciclo Literario.