Subditus En Dæmon Signi: herejía,
histeria y El Anticristo

Berenice Pardo*


 

Cuando una mujer piensa por sí misma, piensa la maldad.
Heinrich Kramer & Jacob
Sprenger. Malleus Maleficarum,
1487. Orden de Santo Domingo, Alemania

 

1625. Veracruz. Causa contra Juana de Molina por hechicería. 1625. Valladolid, Michoacán. Denuncia que de sí misma hace Ana Daza por haberle hecho una brujería a su marido. 1694. Guatemala. Denuncia que de sí misma hace Catalina Guzmán por el delito de herejía, al negar algunos misterios de nuestra fe católica. 1664. Valladolid, Michoacán. Denuncia contra Francisca de Covarrubias por llevar vida escandalosa y sin juicio. 1749 y 1751. Santiago de la Monclova, Coahuila. Sumarias contra María Josefa de Irruelas, María Hinojosa, Manuela de los Santos y demás cómplices, por hechicerías, maléficas y pactarias. 1771. Ciudad de México. Denuncia de Marcos José Barranco, castizo, natural y vecino de México, contra Mariana la Cueto por haberlo hechizado con un almuerzo. Catalina de la Cruz, Úrsula Díaz, Catalina Rivera, Elvira Rodríguez, Constanza de Sotomayor, Francisca Xermán... Al principio, el daño ya estaba hecho.

Fig. 1. Anónimo novohispano. Los tormentos del infierno [detalle], s. XVIII. Pinacoteca de La Profesa, templo de San Felipe Neri.

Cada una de estas mujeres había participado en alguna clase de práctica heterodoxa, acto-pacto en el que se abandonaba para entregarse a la suerte del demonio. Cada una había sido escogida de antemano por él.  Pero, ¿qué o quién hablaba a través de ellas? ¿Qué o quién estaba detrás de los conjuros? Con sus pasiones exacerbadas habían pedido ayuda del maligno y él, en retribución, respondía a sus llamados con la condena de su alma en eterna pena. (Fig. 1.)
Del otro lado, el inquisidor. El hombre de figura oscura, negra como su propia sombra, que aparece para juzgar todo acto que amenace la buena fe. Todo acto que atentara contra el dogma sería castigado cruelmente bajo el yugo de la santidad para la cual el lugar perfecto de ebullición del atentado es el cuerpo. El depositario de placeres y excesos; de desbordes carnales que arrebatan la conciencia para llevarla al plano de la insanidad: la herejía y la locura son caras de la misma moneda. Ambas comparten síntomas y sujetos; ambas comparten el exceso y la natural malicia que yace en el alma de las mujeres de esta tierra.  Ellas han controlado el deseo masculino. (Fig. 2.)  Han podido poner principio y fin a la abyección con su erotismo desbordado y así, siempre perversas, son la herramienta perfecta para desatar la ira de la naturaleza, pues es su propio cuerpo el dador de vida. No hace falta más que la seducción para derramar en su vientre el futuro de la humanidad y su único árbitro es el tiempo, el agua, el aire, la tierra y el sol. Nada más eterno, impasible y poderoso contra el dios mismo. Y ante todo, el terror.
¿Cuál es el miedo? ¿Por qué la tortura, el fuego o el encierro para eliminar el mal? Su mal...su cuerpo. ¿Garantizaría esto su rendición? ¿A quién querría el inquisidor derrotar, a la mujer, al poder de la naturaleza sobre ella o al propio deseo del verdugo por poseerla? El reto mayor: la voluntad y el libre albedrío. Lo que realmente se había tratado de vencer con la clasificación de las herejías y más tarde con la tipificación de la locura era la toma de conciencia y decisión; la fuerza de voluntad y la libertad de actuar, pues no hay nada más terrible que la ira femenina, que es la ira de la tierra en el cuerpo del deseo.

Fig. 2. Franz von Stuck. Die Sünde, 1893.95 x 60 cm. Óleo sobre telaNeuePinakothek.

No hay nada más seductor para el hombre que la libertad
de su conciencia; pero tampoco nada más doloroso.
Los dispositivos de control del gran inquisidor no han sido superados y sí, la naturaleza ha sido domada. El yugo del verdugo y la terapia del psicoanalista son la contraparte de las caras de esa misma moneda. La herejía de la bruja (Fig. 3) y la locura de la histérica (Fig. 4) han sido lo mismo desde hace siglos, pero con nombre distinto. Las palabras han fracasado, y lo único que tenemos es la imagen; ante nuestra vista están los ojos, testigos de las vidas de posesas y locas. Las imágenes son la interpretación directa del “cómo” y no del “qué” es el mal y la enfermedad propias del género femenino.

Elegí la última banca a la orilla de la plaza de Santo Domingo, aquella que está casi pegada a la calle República de Brasil. Tengo al frente los portales, alineados pero descuadrados y vencidos por la gravedad que los inclina al unísono; a mi derecha en diagonal hacia el sur se yergue el antiguo templo de los dominicos, con el escudo de la orden en la roseta de la portada. Justo frente a la iglesia, atravesando la calle, se levanta una fortaleza de piedra que resalta por su osadía arquitectónica. Su portal de tres metros de alto da la “bienvenida” al interior del palacio. La entrada al recinto está en una esquina entre dos calles, pero contrario a cualquier otro, éste lugar corta el ángulo transversalmente, eliminando el concepto de “esquina”. Intimidante ya desde el principio por su extrañeza, el antiguo Palacio de la Inquisición, después convertido en la primera escuela de medicina de la Universidad Nacional de México, es una maravilla arquitectónica que resguarda documentos invaluables del Virreinato de la Nueva España, así como del México porfirista después de la incursión del país en prácticas médicas de herencia francesa. (Fig. 5)      
Al cruzar la enorme puerta de madera se puede atravesar el patio y subir a las salas, que son las aulas donde los médicos hasta casi mediados del siglo XX tomaron clases de anatomía, fisiología, patología, etc. y en donde hoy se pueden observar exposiciones de instrumentos de observación e incluso de muestras originales de laboratorio. Pero si, en la planta baja, uno continúa por el pasillo del lado derecho se puede cruzar el palacio entero hasta llegar al lugar que un día ocuparon las mazmorras donde los herejes esperaban ser juzgados por el Santo Oficio.

Fig. 3. Dibujo en expediente contra José Ventura González, 1789. Archivo General de la Nación,
Inqusición: vol. 1505, exp. 3.

“Aquí, en este patio donde antes estaba la guillotina, apilaban los cadáveres que los estudiantes de medicina usaban para diseccionar. Eran locos y mendigos que amanecían muertos por ahí y que nadie reclamaba”, decía mi abuelo en uno de los sábados en los que lo acompañé a una de las reuniones de su generación. Me fascinaba imaginar los cuerpos inertes uno sobre otro esperando a ser descubiertos –literalmente- para averiguar sobre su muerte. Cobraban importancia, sentido. Ahora sólo quedan las leyendas y la pintura mural color ladrillo que se conserva desde el siglo XVIII, pero los techos altos y el piso de piedra que enfría cada rincón del palacio a partir de las cinco de la tarde hace vibrar la imaginación.
Subo por las escaleras centrales y me dirijo a la biblioteca. Esta vez voy sola, quince años después de haber pisado este lugar por primera vez, regreso con una única duda en mente, sin saber realmente lo que encontraré. Me había preguntado últimamente si era coincidencia que la misma fortaleza que albergó a aquellos que decidían el destino de los hombres y mujeres que actuaban por voluntad “demoníaca” también habría de albergar a aquellos que, siglos después, decidieron el destino de los hombres y mujeres cuyas “anomalías” eran signo inequívoco de la degeneración de la raza humana.     
Durante el siglo XVIII, la Inquisición condenó por herejía, entre muchos otros, a aquellas mujeres cuya conducta revelaba su venta al mal; durante el siglo XIX, la práctica fisiológica de la psiquiatría condenó al encierro por histeria a aquellas mujeres cuya conducta revelaba su excitación sexual y ansiedad incontrolable. Ambas, brujas e histéricas, amenazaron el orden moral de una sociedad tipificada por jueces temerosos del desequilibrio que “naturalmente” llevaba a la perversión.

Fig. 4. Dibujo de Consuelo, histérica del Manicomio
de La Castañeda. Ca. 1910. AHSS, F-MG, SEC,
caja 6, exp. 29, ff. 86. Tomado de Andrés Ríos
Molina.

Finalmente en la biblioteca, los miles de volúmenes que conserva desde el siglo XIII hasta el XXI me hacen pensar en este lugar como una fortaleza eterna de sabiduría y condena. Primero bajo el yugo inquisitorial y luego bajo el yugo médico, la condena y clasificación de los “desvaríos” y de los “desórdenes” no ha cambiado tanto como se pudiera pensar. Los documentos sobre juicios y condenas por herejía en la Nueva España se pueden encontrar en el Archivo General de la Nación, que curiosamente es otro edificio de vigilancia del orden: la vieja cárcel de “Lecumberri”, panóptico por excelencia de nuestra ciudad. Por su parte, los primeros documentos que registraron el estudio de la histeria en México (bajo parámetros franceses) se encuentran en la biblioteca del palacio de medicina dentro de publicaciones periódicas como la Gaceta Médica (Fig. 6) y el Periódico de la Academia de Medicina. Éste último es uno de los primeros que hace mención al respecto, el 15 de julio de 1836.

La mayoría de los documentos decimonónicos hacen alusión al cuerpo de la loca (o de la posesa, como la habrían llamado hasta menos de un siglo antes). Se les describe como mujeres que no controlan sus impulsos eróticos, cuyos movimientos aluden al coito salvajemente mediante la atrofia muscular y los violentos arrebatos materializados llevando su cadera hacia delante y hacia atrás con una fuerza descomunal. Además de las descripciones, los numerosos artículos sobre histeria también hablan sobre las posibles curas o tratamientos: terapia musical, choques eléctricos, encierro. Éste último era inminente, pero esto revela también una interesante paradoja mediante la siguiente pregunta: ¿quién encierra a la “histérica?
Para poder diagnosticar, el médico necesita una paciente que pueda ser diagnosticada y ese “poder ser” diagnosticada no es decisión de ella, sino de una institución inferior en escala, pero superior en poder mismo: la familia. La histérica, para ser eso que le han impuesto (locura) debe tener una familia que pague por una consulta y posterior remisión y cuidado a la otra fortaleza de la herejía moral: el Manicomio General de la Castañeda.
El psiquiatra [...] se erige en el agente de los peligros intrafamiliares en lo que pueden tener de más cotidiano [...] La psiquiatría se inscribe, por tanto, como técnica de corrección pero también de restitución de lo que podríamos denominar la justicia inmanente en las familias.

Fig. 5. Paul Régnard. Actitudes pasionales.
Burla, 1878. Fotografía de Augustine.
Tomado de G. Didi-Huberman.

De otra forma, los desbordes eróticos de la llamada “histérica” no serían más que una forma de vida: la prostitución. Al no tener ingresos, una mujer que haya decidido vender su sexo al mejor postor, “dirigía sus impulsos” a un oficio regulado por vía legal en el sistema administrativo del porfiriato. En otras palabras, lo que era nombrado como “conducta erótica anormal” por las familias y la psiquiatría, era un trabajo con el que se ganaban la vida aquéllas mujeres cuya familia no percibía ese “comportamiento” como tal, sino al cuerpo, al poder de su sexo hereje, como una herramienta de ingreso monetario. (Fig. 7).
La pregunta cambia desde donde se mire: “¿puta o loca?”. Todo depende quién lo diga y a quién se señale para identificar una herejía más, pues la anormalidad es eterna y yace en el cuerpo mismo de la perversión. Yace en el cuerpo de la mujer...aunque no hay que olvidar que el verdugo nunca ha estado más lejos que el techo compartido. Al interior de la sociedad, en el núcleo de la comunidad se halla el juez más feroz de todos.
Los acordes de la quinta ópera de Händel, Rinaldo, marcan el ritmo de los cuerpos. La cámara recorre en blanco y negro cada rincón de la piel (Fig. 8); se ven los poros, el movimiento de los músculos en cada encuadre. Las espaldas aprisionadas, las piernas entrelazadas,  y la presión con la que se niegan a separar uno del otro. El agua que cae y choca con sus hombros, sus cuellos; se derrama gota a gota introduciéndose en todos los orificios de sus cuerpos. Él la carga, abre sus piernas y la pega contra la pared de un solo golpe. La cámara entra por debajo de sus muslos y enfoca; toma en cámara lenta la escena más violenta de la película: la penetración. Manteniéndola contra la pared, él arremete su miembro contra el sexo de ella, abriéndolo, introduciéndose en su cuerpo con una firme y certera estocada que se refleja en el rostro empapado y desdibujado de la que yace ahora clavada en el azulejo húmedo de la bañera.

Cambian de escenografía y la música sigue. Cada nota es un movimiento; cada acorde, otra estocada.  Ambos siguen su ritual hasta el momento final en el que él se desborda en ella, como el diablo derrama su leche adentro de la bruja; ella, poseída por el deseo se retuerce y termina en un grito sordo que la arrebata de la realidad. Un orgasmo y tres muertes: ambos mueren, uno en el otro, y el hijo se lanza al vacío durante la muerte de su madre.

Fig. 6. Prof. Demetrío Mejía. Sobre la Histeria,
1896. Gaceta Médica de México, 1º de octubre de
1896, tomo XXXIII.

Ella, enloquece. Él, diagnostica. (Fig. 9)
Medicada, aislada y vigilada, ella entra en el universo de la patología psiquiátrica mediante el cuidado y la terapia de su propio esposo: él es ahora el guardián de su mente; su verdugo y salvador; su asesino y su cura. En la intimidad, su marido es amante pero no logra separar el diagnóstico del deseo, convirtiéndose en partícipe de los arranques eróticos de ella, su paciente; su loca y su mujer. Los dos pasan la delgada línea entre la violencia y el placer desgarrador.
Ante el enfermizo panorama, él opta por el aislamiento y decide refugiar a su paciente en los dominios de la naturaleza. El bosque, que antes de la muerte de su hijo aterraba a la madre, es ahora un lugar amable que la envuelve en su verde espesor. Ella demuestra una sospechosa mejoría y un retorno de su conciencia y buen juicio. Sus arrebatos sexuales han desaparecido, pero el lugar la lleva a retomar la pasión que había dejado atrás y que era el fruto de su trabajo de recopilación histórica: la brujería y sus condenas inquisitoriales.
En el ático, las imágenes de tortura y muerte colgaban de pared a pared. Aterradores grabados antiguos con descripciones gráficas de cada castigo invadían la casa y ésta era invadida paralelamente por el bosque mismo. Después de años de búsqueda por una respuesta lógica a los acontecimientos que desataron la cacería de brujas, ella llega a una conclusión: la naturaleza las controla. Y contra ello, nada puede. Decide entonces tomar venganza por mano propia contra su inquisidor. Le aplica con el mismo ingenio antiguo instrumentos para inmovilizarlo, torturándolo sin matarlo mientras disfruta de su sexo. Ella, la sádica que administra el dolor y el placer con medidas; la que se corta el clítoris para dejar de sentir y ver sufrir y él, en forzoso masoquismo yace inerte en el piso de la cabaña. Los papeles se han invertido: el terapeuta que administra con fríos cálculos sus dosis de cordura es ahora el paciente a merced de su loca. Ella es todo y lo que perdió de su vientre se le retribuye fundiéndose con el poder irracional del viento, del agua, de las plantas y de los animales.
“Sí, es verdad, todo es verdad; las invocaciones, las posesiones, los conjuros, los aquelarres, el fuego eterno y las orgías interminables...la naturaleza las controla, y contra eso, nada puede.” Sus “arrebatos eróticos”, su “ira incontrolable”, su “ninfomanía”, su “obsesión”, sus “terrores nocturnos”, todo pierde nombre y sentido. Nada significa lo mismo y cada palabra se vacía ante el poder de su voluntad y de la pérdida; de su deseo y de su cuerpo fundido con la tierra. Su herejía no tiene castigo porque ella es ahora el verdugo de su matador.

Fig. 7. Catálogo de prostitutas del gobernador Juan
José Baz de la Ciudad de México, 1868. Biblioteca
Miguel Lerdo de Tejada, Secretaría de Hacienda y
Crédito Público. Reprografía: B. Pardo.


El Anticristo (2009) de Lars von Trier es, a mi juicio, una de las mejores películas de la historia del cine, pues revierte el orden impuesto por la modernidad, orden de todo saber científico, para cuestionar la legitimidad de las condenas. Lars von Trier nos ha demostrado que la obsesión por la cacería de la insanidad sigue vigente,  que el cuerpo también es un instrumento de tortura, que los sistemas de vigilancia diseccionan sólo lo evidente, que nada ha cambiado y que nadie tiene la última palabra.
¿Qué pasaría si todo lo que fue tipificado por la modernidad como “anormal” tomara el control?
¿Qué pasaría si las brujas existieran?
¿Qué pasaría si la locura fuera en realidad lo que la inquisición identificó como el dominio del mal?
¿Qué pasaría si el mal fuera realmente una dimensión más de todo lo que nos rodea, pero nos hemos negado a escuchar?
¿Qué pasaría si todas las madres del planeta dejaran morir a sus hijos antes de parirlos?
Ella, la hereje, la condenada, la empalada, la penetrada; la loca, la histérica, la iracunda, la ninfómana enloqueció a su verdugo, su esposo, su amante y su terapeuta. El método de control fue el descontrol de su deseo...en la intimidad, porque todo queda en familia.  “La naturaleza las controla, yo he decidido perder tu control.”
¿Qué pasaría si las brujas ejercieran su voluntad?

 

 

 

*Berenice Pardo Hernández (Ciudad de México, 1985). Es historiadora del arte, curadora y artista plástica. Realiza investigaciones sobre la relación entre el erotismo en literatura y fotografía durante el siglo XIX y principios del XX, filosofía política y luchas sociales. Actualmente está incursionando en el campo de la tipificación de las herejías y de la histeria en el México decimonónico.  En la práctica, utiliza modelos anatómicos para explorar la relación entre la estética de lo grotesco y el cuerpo humano.

 

Fig. 8. Lars von Trier. Antichrist, 2009.

1 Adriana Rodríguez Delgado (coord.). Catálogo de mujeres del ramo Inquisición del Archivo General de la Nación. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia. 2000
2 Fiador M. Dostoievski. El gran inquisidor. Capítulo V del libro V, titulado “Pro y contra”, en la segunda parte de Los hermanos Karamasov. Barcelona: Tusquets, 1970, p. 24.
3 La plaza de Santo Domingo junto con el templo de los dominicos (a cargo de la empresa inquisitorial) y el palacio del Santo Oficio de la Inquisición fue diseñada y construida por el maestro José de Arrieta, quien ganó el concurso de la corona para su edificación durante el siglo XVIII en el Virreinato de la Nueva España. Su aporte más valioso fue la osadía con la que logró sostener el patio del palacio en una arquería que confluye en cuatro esquinas sin columnas. Hoy en día es el palacio de la medicina antigua y el ingreso al recinto es gratuito. Se puede observar todavía la arquitectura original del patio, con algunas remodelaciones en la segunda planta, pero en general conserva su estructura tal y como Arrieta la planteó hace tres siglos.
4 Dr. Carlos Hernández Lalanne, generación de médicos cirujanos 1932-1937.
5 Michel Foucault, 2000, p. 140,  en Andrés Ríos Molina, La locura durante la Revolución mexicana. Los primeros años del Manicomio General de La Castañeda, 1910-1920. México: Centro de estudios históricos de El Colegio de México, 2009, p. 144. Respecto al control ejercido por las familias y el saber médico, Ríos Molina hace una interesante observación respecto al cambio que sufría el individuo de su estado civil al estado de enfermo conforme a su anomalía, lo cual derivaba en una transformación profunda de su persona, concepción externa y auto-concepción: “La autoridad médica hacía que su diagnóstico no sólo fuera un trámite burocrático o un procedimiento clínico: era una verdadera transformación ontológica del paciente, ya que pasaba de ser un sujeto con comportamientos anormales, para convertirse en un enfermo mental “...”” Ibid. p. 141.

Fig. 9. Lars von Trier. Antichrist, 2009.

 

 

Ciclo Literario.