Retrato de Paul Léautaud a través
de su diario literario

Marie-Claire Figueroa


Como la pintura, la música y la danza, la literatura ofrece miles de facetas al público que la disfruta. A lo largo de los siglos, se han sucedido escritores brillantes y escritores austeros, unos de moda un tiempo y pronto sumidos en el olvido, otros redescubiertos después de muchos lustros. Sin duda, los llamados “clásicos” de cualquier época, por el rigor de su estilo, el alcance y la imperecedera actualidad de los temas, son los que mejor resisten al desgaste de los años. Aunque sea difícil y arriesgado hacer pronósticos, yo pensaría que Paul Léautaud, escritor francés de la primera mitad del siglo pasado, forma parte de estos últimos.

Agnes Varda
Fotografía

Nacido en 1872, tuvo una infancia ciertamente desdichada, sin embargo nunca habla de ella con amargura; al contrario, piensa que le templó el carácter. Su padre, actor menor en diversas comedias, terminó su carrera como apuntador en la Comedia Francesa. Su madre lo abandonó al nacer y muy pocas veces volvería a verla. Quedó al cuidado de nodrizas de dudosa competencia y luego, de sirvientas. Gracias a una de ellas, capaz y amorosa, los años de su infancia no se resintieron demasiado de la carencia de afecto familial.
La escuela le gustaba, también las estancias prolongadas en la concha del apuntador con su padre. Allí se forjó su gusto por el teatro: el niño se pasaba las horas viendo, observando, escuchando las tragedias y comedias más famosas del repertorio del primer teatro de Francia. Por falta de dinero, no cursó estudios superiores y tuvo que desempeñar numerosos oficios hasta que le ofrecieron un empleo subalterno en la muy conocida editorial Le Mercure, en donde, al filo de los años, ascendería a Secretario General, puesto que ocupó durante mucho tiempo.
Empezó a redactar su diario antes de cumplir los veinte años y lo escribió sin interrupción hasta unos días antes de su muerte en febrero de 1956. Este Journal littéraire  es la pieza maestra de su obra. Sus dos novelas, Le Petit ami e In Memoriam se acercan también a la autobiografía, el primero por incluir recuerdos de infancia, el segundo por relatar la vida y muerte de sus padres.  Lo que voy a comentar aquí, con el auxilio de varios fragmentos del autor, es un conjunto de 900 páginas, seleccionadas por sus editores Pascal Pia y Maurice Guyot entre las diez mil que el autor escribió, las que formaron diecinueve volúmenes.
 Por supuesto no faltó su etapa de versificador cuando todavía le gustaban la poesía y los poetas. En una ocasión, viendo a Verlaine sentado en una mesa de un café del Barrio Latino, le mandó un ramillete de violetas y siguió su camino; en 1933 esta frase sobre el autor del Art Poétique: esta dualidad prodigiosa en Verlaine, de una  semejante bestia alcohólica y criminal y de un poeta de una espiritualidad como rara vez lo hemos visto.  También admiraba mucho a Guillaume Apollinaire, como hombre y como escritor – la belleza misteriosa de su poesía. Después de su profundo entusiasmo por la poesía de  Baudelaire, escribió una violenta crítica sobre su correspondencia: Absolutamente nada en estas cartas. Ninguna palabra mordaz, irónica o espontánea, ningún rasgo de emoción, algo que conmueva o deje soñar…Tan intransigente se ponía Léautaud con los poetas que llegó a tachar Le Bateau ivre de Rimbaud de artificial y de una falsa profundidad. Critica ferozmente la poesía de su amigo Paul Valéry (amigo de juventud que vio cada vez menos cuando aquél entró a la Academia francesa): …la poesía de Valéry, para empezar, es todo lo opuesto a la poesía, fría y estéril, puro juego de sílabas, oscura, tal parecería que adrede, semejante a un cristal bien tallado y vacío. Ni siquiera “La Jeune Parque” goza de su favor.
En general, le molesta esta incesante búsqueda de la forma antes que del fondo, los artificios de la rima lo irritan. No olvidemos que vivió la última parte del parnasianismo, reacción en contra del romanticismo de la generación de Hugo y de Lamartine. El propósito del Parnaso era el de cultivar el arte por el arte, dando gran importancia a la forma y al refinamiento verbal. Para Paul Léautaud, el poeta más grande, el único, era Stéphane Mallarmé. Su admiración para quien fue considerado como el maestro de la generación simbolista regresa a menudo, también la tristeza que le causaba la ignorancia en la que lo tenía el público, los sarcasmos que se le deparaban, la pobreza en la que murió en 1898, cuando Léautaud apenas tenía veintiséis años. Sin embargo, al igual que para los demás, llega un momento (en 1908) en el que reniega de él y su crítica explota: Hasta qué punto dejó de gustarme esa poesía; excepto los Sonnets obscurs que aguantan todavía un poco, por su música. Lo demás […]  parece laborioso, pesado, duro, sin ningún aliento, inútilmente raro y afectado. Un rompecabezas. Un juego de arte. Verdadera poesía, no. En cuanto a la prosa de Mallarmé, nunca he podido entender que pueda uno divertirse a torturar la lengua hasta ese grado.      A pesar de todo, visita su casa en 1936, especie  de peregrinación, de homenaje.

Édouard Boubat /1953
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Sin embargo, el autor del Journal littéraire no quiere lanzar sus apreciaciones a la ligera. Durante su vida entera le preocupará decir  exactamente lo que piensa; por esto rectifica a veces sus opiniones sobre la poesía: Cuando digo que la poesía es un engaño en el campo de las cosas de la mente, una perdida de tiempo […] no desconozco para nada, aun no ignoro el gozo que otorga, el embriagamiento de la emoción, los poderosos sortilegios de la ensoñación. Pero ya escogí. Los hechos verdaderos, la observación de la vida real, ese estado de la vida común y corriente son para mí de un provecho más seguro para la mente. Luego prosigue en el mismo tono para la música que no aprecia mucho y  concluye: … no soy tan tonto ni tan cerrado como podrían creerlo a la poesía y a la música a pesar de que echo pestes de ellas y las critico a muerte tanto la una como la otra. En realidad, varios de sus prejuicios sobre la música, la pintura, algún tipo de literatura, la de Dostoievski por ejemplo, los enmendará al llegar a la plena madurez o a la vejez, consciente de sus exageraciones previas.
A principios del siglo veinte, empieza la primera compilación de Poètes d’aujourd’hui que, en ediciones posteriores, llegará a tres volúmenes. Trabajo de largo aliento, con el que se atrajo enemigos y muchas discusiones acerca de las entradas biográficas y bibliográficas; sin embargo la llevó a buen término. Más o menos en la misma época,  se encarga de la crónica dramática de la revista, a la que dedicará muchos años.  Excelente cronista, deja a la mayoría de los dramaturgos y de los actores hechos trizas. La moda le es totalmente indiferente, la pasión caprichosa del público no le importa, vapulea sin merced a diestra y siniestra. A pesar de la virulencia de sus críticas, a pesar de los abonados que cancelan la suscripción a la revista, no sólo conserva su puesto (“por diez que se desabonan, veinte piden una suscripción nueva”, comenta el director del Mercure, Alfred Valette, quien siempre lo apoyó), sino que lo buscan de otras editoriales.
Empero llega el día en que, a pesar de su fidelidad al Mercure, decide renunciar cuando el nuevo director le pide quitar tres páginas de su crítica acerca de Jules Romains: La carta de Jacques Rivière contiene cosas verdaderamente cómicas: no puede permitir que yo desconsidere a un autor al cual, con o sin razón, propuso hasta ahora a la admiración de sus lectores. ¿No parece un director de circo quien hace desfilar a sus artistas? Tal vez hubiera aceptado críticas sobre la obra de Romains, pero es todo el personaje que trato de demoler. ¡Nada sólido un personaje que tres páginas de crónica dramática bastan para demoler! ¡Pesadito el Romains, un Romano de la decadencia!  Le gustaba introducir cierta dosis de ironía literaria en sus críticas como lo demuestra esta conclusión cáustica, pero le atraía en partes iguales tantos admiradores como enemigos. “La ironía corta la emoción”, le reprochaban, cuando precisamente es lo que buscaba.
Hubiera querido trabajar menos con tal de tener más tiempo para escribir. Entraba al Mercure a las nueve de la mañana y salía a las diecinueve. Cuando le quitan la crónica dramática una primera vez, la NRF (Nouvelle Revue Française) de la gran editorial Gallimard le propone hacer la misma para la revista; su primera reacción es rehusar por fidelidad al Mercure; la segunda, juzgar escandalosa la cantidad de dinero ofrecida: 350 francos en lugar de los 35 francos que le pagan hasta ahora. Finalmente, acepta 250 francos, no sin tener la intuición que, con esta suma, se verá coartada su libertad de crítico. Cuando le quitan la crónica una segunda vez, de inmediato Les Nouvelles littéraires le piden un artículo quincenal con libertad de tema, opinión y tamaño. Receloso, discute, argumenta, objeta, hasta tener la plena seguridad de su libre albedrío en todos los rubros. Especifica punto por punto lo que entiende por libertad de escribir; sus experiencias anteriores lo mantenían en un estado de desconfianza: Nunca, a ningún precio cederé acerca de mi libertad de escribir lo que quiero escribir.
No podía permitirse trabajar por su cuenta, ya que necesitaba una entrada regular que sólo le ofrecía su puesto en el Mercure. Sin embargo, mal pagado, mal vivido, soltero empedernido que gastaba más por los animales que recogía que por él mismo, vivía en un estado de indigencia continua. No se quejaba de su celibato, al contrario. Después de una de las innumerables disputas con una mujer que fue su amante durante diecinueve  años (le había dado los apodos de “La pantera” y “La plaga”), le sale esta pulla: Mi querido Léautaud, bendice tu celibato y tu soledad. Se las arregla más o menos solo: él hace sus compras, la limpieza de su casa, lava y remienda su ropa, el sillón, etc. En varias ocasiones, amigos le regalan trajes y zapatos que dejaron de usar. Llegó a tener mecates en vez de agujetas… Tan pronto recibe algún dinero extra, se compra ropa y sombreros, estos en tela mezclada de blanco y negro. Un día, cuenta seis de estos, algunos nuevos, pero mejor los guarda y lava el viejo: “Con sus binóculos, dijo uno de sus amigos, tenía la apariencia a la vez de un dandy y de un vagabundo”. En una época, para pagar la renta vende sus libros, empeña objetos, ¡hasta vende una carta que su amigo Valéry le había escrito! Durante la guerra, asierra la leña que recoge por todos lados y guarda en su jardín, ya que el carbón que se vende es de muy mala calidad. En su pabellón no tiene luz, sino lámparas de queroseno y velas. En plena guerra, en 1942, escribe: Vivo en mi casa arropado, cabeza incluida, como un pastor de los Alpes. Durante media hora en las mañanas, me estoy helando para afeitarme y asearme. En la noche, me acuesto mucho más temprano que en tiempo normal, para no pensar más en el hambre. Lo que más me afecta es que mi trabajo se resiente. Cuando yo esté listo, quién sabe si los editores lo estén. ¿Cómo se resolverá la cuestión del papel, por ejemplo? ¿Y los acontecimientos? La señora de la cremería me mostraba hace rato, en l’Oeuvre, el anuncio de un desembarque de un contingente de soldados americanos en Inglaterra. Otros seguirían. ¿Qué presagia esto? Volverá a empezar la guerra en Francia, dice. No es fácil el alumbramiento de una nueva Europa, a pesar de ser muy interesante.

Édouard Boubat /1982
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Regresaremos más adelante al tema de la guerra. Lo más importante es definir el escritor como clásico, como lo anticipamos en la introducción. Clásico por su estilo antes que nada, totalmente despojado de oropeles, maneja el idioma como los grandes de los siglos XVII y XVIII. Enemigo de las metáforas, llama a un gato, gato, como lo pregonaba su antecesor Nicolas Boileau, historiógrafo de Luis XIV. Odia la pomposidad, la ramplonería, el exceso de epítetos, en una palabra, la facilidad. Quiere escribir oraciones duras, secas, aun ásperas: Se escriben siempre más palabras que las necesarias.
En 1897, a la edad de veinticinco años, anota: Ya es tiempo de escribir sin ocuparse de los demás libros. Después de tantas reflexiones, de ensayos, es preciso que yo tenga mi estilo propio, si no nunca lo tendré. Ya es tiempo de escribir tranquilamente, libremente, como si fuera el único viviente […] Seamos nosotros mismos si es posible, si es posible,  […] ser original es ser uno mismo.
Para Léautaud, Flaubert no es más que un especialista en estilo, pero de una uniformidad desesperante y glacial. Escribir bien no es todo; bajo las palabras debe pasar cierta sensibilidad. […] Y luego, el insoportable tedio de la perfección. Al opuesto del autor de Madame Bovary quien leía sus textos a voz en cuello para pulirlos mejor, él prefiere la escritura silenciosa, evitando así cualquier esbozo de retórica. Por experiencia, considera que lo escrito de un tirón resulta mucho mejor que un texto retocado, arreglado, modificado varias veces. El hastío de la reescritura sin fin no alcanza nunca la espontaneidad, lo natural, la escritura como placer. Critica su propio estilo de modo tan feroz como critica el de los demás. Rara vez se siente satisfecho. Con acuciosidad, observa la diferencia en un mismo autor entre, por un lado, el estilo de su correspondencia y el de su diario – en caso de escribir uno – y por otro lado, el estilo de sus artículos y de sus libros. Concluye que el primero es superior al segundo por su natural, su veracidad y espontaneidad: No puede negarse que tan pronto escribimos un artículo, un libro, para el público, todos hacemos algo de retórica, tenemos todos algo de afectado, aun los más sencillos de nosotros. Hoy en la mañana, pensé en esto por experiencia personal: el estilo de mi diario y el estilo de mis crónicas. El natural lo lleva a proclamar que el escritor no debe tener diccionario y esto me parece verdaderamente interesante: no ir mucho más allá del vocabulario del lector, de otro modo éste se desanimará. Está bien que el léxico de uno sea más extenso que el de algunos lectores, por lo menos para fomentar la curiosidad con nuevas palabras, pero de allí a utilizar vocablos rebuscados, no, en ese sentido el escritor francés tiene razón: Debe uno escribir con las palabras que conoce uno, que uno tiene en la cabeza, las que vienen a uno naturalmente. Sin embargo, le sucede utilizar palabras en desuso en la época, lo que concuerda con la pluma de ganso que todavía usaba…en 1941.

Como crítico literario, sabe destacar  las páginas notables de sus contemporáneos: Paul Valéry, Julio Benda, André Gide, etc. y no se priva de ridiculizar a los mediocres, con más razón cuando ellos mismos se ensalzan. No puede sufrir la vanidad de los escritores y cita una frase de Francis Jammes que lo enfurece: “Tengo ahora una perspectiva suficiente para poder darme cuenta que mi obra podrá aguantar la posteridad”. Critica el juicio de muchos escritores, aun amigos suyos, como el de Gide a su regreso de su viaje a Rusia, tan entusiasta que escribe un libro para celebrar ese país, poco antes de que Europa se entere de las  atrocidades cometidas allá. Critica el estilo de André Malraux quien sigue las pautas del estilo oficial: Se pregunta uno lo que esto significa. El artículo entero es del mismo pathos . Estoy a punto de considerar como un tonto al hombre que escribe de ese modo. Y vaya que Malraux, quien fuera Secretario de la Cultura, no tenía un pelo de tonto y bien lo sabía Léautaud, pero en todos los países, el estilo “oficial” destiñe sobre quienes lo usan con frecuencia; Malraux no fue exento de ello. El autor de “La Jeune Parque” tampoco escapa a su mordacidad: El cirujano Mondor dibuja una colección  de conchas. Valéry escribió una “glosa”, como dicen estos señores, sobre los dibujos. ¡Ésta es la literatura de hoy! Valéry esta listo para escribir sobre  lo que sea, de cualquier género o campo que sea, escribiría sobre la miscelánea de la esquina. ¡Basta que lo paguen, qué cerebro tan fértil!  No hay duda que, de la misma manera que le costaba adaptarse a la tecnología moderna de su tiempo, no lograba apreciar tampoco la evolución de la literatura. Seguramente hubiera aborrecido los breves ensayos de Francis Ponge sobre las cosas prosaicas de lo cotidiano, el jabón por ejemplo. De vanguardista, no tenía nada. (Continuará…)

 

 

Ciclo Literario.