La entraña de la melancolía

Ricardo Garibay


El legado de Ricardo Garibay (Tulancingo, Hidalgo, 1923 - Cuernavaca, Morelos, 1999) es su brillante obra como narrador, siendo autor de libros como Mazamitla, Beber un cáliz, La casa que arde de noche, Acapulco, Fiera infancia y otros años, Bellísima bahía, Las glorias del gran Púas y Par de Reyes, entre otras, y fue también un destacado escritor de guiones cinematográficos, además de comentarista en programas televisivos y  un experimentado conferenciante. Allá por 1984, Ricardo Garibay vino a la ciudad de Colima, invitado por autoridades culturales, para ofrecer una conferencia sobre Par de Reyes, considerada por él su obra cumbre, constatando así su maestría en el dominio del género de la novela, su conocimiento crítico acerca de la literatura y su sapiencia en el manejo del lenguaje coloquial. En esa ocasión, tuvimos los colimenses la oportunidad de congraciarnos de aquello que el narrador y dramaturgo Vicente Leñero hubo de referir acerca de este escritor hidalguense: “Es un festín oír hablar a Garibay. Juego de luces la brillantez de su palabra, cálido el gesto y el ademán preciso. Cultivará ese don de charlista excepcional hasta su muerte: en conferencias que cobraba siempre —”el billete por delante”— aunque fuera a preparatorianos pobres; en sus talleres literarios a mujeres arrobadas, en sus pláticas por televisión pausando cada frase, en sus comilonas con amigos —mucho vino— donde Garibay terminaba convertido siempre en el hombre del micrófono, en el narrador de hazañas mentirosas, pero todas verosímiles”. De esta manera, participamos de un evento donde el personaje central que observamos en su plenitud como creador y en el contacto con los grandes auditorios, era el mismo a quien, posteriormente, su coterráneo, el también escritor hidalguense Agustín Ramos, hubo de reconocerle, entre otras virtudes, las siguientes: “Gambusino de conversaciones en un país en donde la fiebre de ese oro saturaba dos ríos paralelos, disímbolos y consecutivos, Ricardo Garibay se cuece aparte de los epígonos, Garibay nada más es vínculo entre, digamos, José Agustín y Juan Rulfo, Garibay es nada menos que uno de los grandes artífices de una corriente literaria aún por estudiarse: el coloquialismo mexicano”. En coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, del INBA y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), Editorial Océano ha venido publicando en varios tomos Obras Reunidas de Ricardo Garibay. Considerando la enorme importancia de Ricardo Garibay dentro de la literatura mexicana y lo que en sí significa esta conferencia dictada entonces para comprender el origen y la concepción de que partió su novela Par de Reyes, es que decidí transcribir  aquella grabación cuando conversó con los colimenses. (“El hombre del micrófono”, Alfredo Montaño Hurtado).

 

 

Los designios de la palabra
Alfredo Montaño Hurtado
Ayuntamiento de Colima
Universidad de Colima
Acento Editores
 Grupo Constructor Horacio Cervantes
                                   2009

 

Como han tenido la generosa paciencia de oír, he trabajado ya mucho, he publicado ya mucho, y lo que es tal vez peor, amenazo con seguir trabajando y publicar mucho más de lo que tengo hasta ahora. Vivo de leer y escribir. Es todo lo que hago, desde el año 1953. Era yo jefe de prensa de la Secretaría de Educación Pública, y, obviamente, me cesó mi amigo José Ángel Ceniceros, porque no hacía yo nada, más que leer y escribir en la oficina. La oficina era un servil desgarriate. Todo mundo se robaba el poquísimo dinero de los gastos menores, y yo, antes que nadie, porque sostenía con ellos a cuatro boxeadores que se morían de hambre; me daban mucha lástima, y les repartía los gastos menores. El maestro José Ángel Ceniceros me dijo: “Pues no se puede con usted: tendrá que dejarme el empleo”. Me lo quitó, pero me recomendó con un productor de cine, amigo de él, y ahí comencé a vivir de escribir. Para el cine y para mi desgracia. Y después fui alcanzando cierto nombre, cierta felicidad entre la radio y la televisión. De ahí fui viviendo, hasta que a los cincuenta y dos años de edad, hace nueve, pude vivir enteramente de escribir mis novelas y mis cuentos y mis reportajes.

Ricardo Garibay, Froylán López Narváez y Gustavo Sáinz

    Esto, que se dice de modo tan rápido y fácil, es verdaderamente una proeza, la ilustre mujer que preside este estado*, que es escritora, deveras, sabe que esto es una proeza. Vivir de escribir novelas, es casi un milagro de nuestra patria, por desgracia. Yo lo he conseguido y lo han conseguido unos, ¿cuántos serán?, ¿cuatro?, ¿cinco?, ya decir diez escritores en 66 millones de habitantes, sería una verdadera exageración. Esto, todavía no es modus vivendi para nadie, y lo que debemos procurar es que lo sea para todo aquél que sienta la literatura como el más noble oficio a que puede entregarse un ser humano. Obligación de todos nosotros, mía como escritor, mía como conferenciante, delante de ustedes, generosos, ser en esta hora: comunicar lo suficiente para que cada quien se lleve la certeza de que éste es el oficio más noble, más alto, más ingrato, el que requiere mayor lucidez, mayor vocación, mayor heroísmo ciudadano. Ojalá, de alguna manera, en lo que espero que sea una conferencia fundamentalmente amena, logre yo comunicarlo.
Par de Reyes es mi más reciente novela. Puse en ella almas y el alma. Tardé mis veintiséis años en escribirla. Y no es que la escribiera muchas veces. Nunca he escrito más allá de dos veces lo que he publicado, y desde hace unos ocho años no escribo más que una sola vez. No corrijo, no altero, no veo pruebas de imprenta, no veo galeras ni planas. Entrego a alguien el original escrito a mano, lo pasan en máquina, lo entregan a la imprenta; y yo no vuelvo a ver ese trabajo y no vuelvo a leerlo, por supuesto, nunca. Es mi oficio. Es toda la vida. Son cuarenta y cinco años entregados a eso. Se puede hacer. No que escribiera muchas veces la novela Par de Reyes, mi más ambicioso trabajo hasta ahora. Siempre escribía un capítulo y lo dejaba dormir, digamos, un año, dos, y tomaba el siguiente capítulo, escribía parte original del siguiente capítulo, volvía a dormir aquello, y yo perseguía de esa manera, de modo incesante, eso sí, los argumentos, los personajes, los diálogos, y sobre todo la acción lírica y dramática que quiero dar. Al principio fue un guión para cine, y se hizo una película buena; pero eso era, diríamos, apenas la corteza, la piel de lo que sería la novela veintiséis años más tarde.
El cine es un ejercicio casi gimnástico (valga en cierta forma mi redundancia), que trata la piel de las tareas, la piel de la condición humana, la piel de los fenómenos. La literatura va al fondo, la literatura es la entraña, es la médula, es los huesos de la condición humana, los inexplicables tropiezos del temperamento, más que del carácter. Hay quien vive del cine, de la televisión, que moldean el carácter, lo que puede cambiar del ser humano y le dará temperamento al ser mismo en su esencia.

Héctor García / 1965 Carlos Fuentes
Fotografía

Este es el temperamento,  lo que resulta indefectiblemente definitivo, intemporal y eterno de la condición humana. Una película que se filmó en 1959, y que pudo ser armado su argumento como novela en 1983. Se dice fácil pero hay que estar alimentado por una profunda humildad y una insoportable soberbia para poder mantenerse en pie con un proyecto de esta naturaleza durante una gran parte de la vida. Ahora trataría de ver el revés de esta trama. En la mañana me entrevistaron por radio, aquí en Colima, y adelanté algo de esto que voy a decirles. Alfonso Reyes propone en su libro La experiencia literaria, que hablar del revés de una metáfora o del revés de un párrafo, puede llegar a ser fascinante, ¿es el común de dos? Dice Lope de Vega: ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta cubierto de rocío pasas las noches del invierno oscuras? Si tuviéramos a Lope de Vega enfrente, le pediríamos que ya no esté ahí detrás de esta cuarteta absolutamente magistral. Dijéramos: ¿Qué le hizo escribir esto, precisamente? Su amor a Jesucristo es uno, lo sabemos, pero ¿por qué armó de esta manera los cuatro versos? Y dice Alfonso Reyes: “Si pudiéramos preguntarle al poeta por qué dijo: ‘Yo soy aquél que ayer nomás decía’, etcétera, probablemente tendríamos un testimonio aún mayor que su propio poema”. Él se dedica a dar de uno de sus párrafos y de una de sus metáforas, el revés, en dos extensos y sapientísimos capítulos de La experiencia literaria. Y recordaba también en la mañana, que Thomas Mann, el alemán, el autor de La montaña mágica, escribió un libro sobre el fenómeno artístico llevado a una condición demoníaca. Lo tituló El doctor Faustus, que es una obra cumbre de la literatura de este siglo y de la obra de Thomas Mann. Él vivía entonces en California, cerca de Los Ángeles, y frecuentaba a todo el éxodo alemán que la estupidez hitleriana había llevado a los Estados Unidos. Cuenta Thomas Mann en un libro que tituló la Novela de una novela, cómo vivía entonces y cómo fue escribiendo, a lo largo de meses, de años El doctor Faustus. En síntesis es una gran obra, de una enorme importancia en la literatura de este siglo. Pero el libro que escribió Mann, que se tituló Novela de una novela, que nos hace saber la cocina de la gran novela El doctor Faustus, que nos da a conocer cómo vivía mientras estaba escribiendo El doctor Faustus y por qué estaba escribiendo El doctor Faustus, es mucho más fascinante que El doctor Faustus. Es casi peligrosamente amena y nos lleva a algo que pudiera ser comparable por algunos a las cenas de Pericles. Mann aparecía en las mañanas, temprano, y el resto del día lo dedicaba a leer o a caminar un poco, a conversar. En las noches bebía algo de vino, se veía en la casa de quien estuviera, y se retiraba a descansar a las once de la noche. Entre las gentes que se juntaban todas las noches, estaba Theodoro Adorno, Arthur Rubinstein, Albert Einstein, y Bloch; ya con estos nombres se puede quedar un poco abrumado. Había unos doce o quince hombres, pero geniales, que formaban su tertulia, más o menos, que la pasaban bien conversando; unos diez o doce hombres, de los mayores que ha dado la humanidad en los últimos quinientos años. Es fascinantísimo. De repente leía parte de su novela Thomas Mann, y Rubinstein, judío, gran artista, el gran pianista Arthur Rubinstein, salía virtualmente en desacuerdo con la visión de Thomas Mann, y normalmente estrellaba la copa en el suelo y salía dando una patada, e iba detrás de él Thomas Mann para convencerlo; tras de él, gritando un salte, siempre, y también Einstein muy cerca, lidiaba, mediaba, para congraciarlos, para aceptarlos. Eso era noche a noche. Y es que uno piensa: Caramba, de haber estado ahí. De haber oído hablar así a aquellas gentes. Theodoro Adorno: ésa es una de las mentes críticas, filosóficamente críticas más eminentes que ha dado este siglo. Él era el que orientaba a Thomas Mann en la intelección, en la comprensión de la música como el fenómeno fundamental de la soledad, como el riesgo de lo demoníaco en la habitación de los hombres. Y hacía largas explicaciones, que el talento de Thomas Mann no acaba de entender de todas todas, porque Adorno era fundamentalmente un filósofo, y Thomas Mann era fundamentalmente un artista. No había manera de compaginar a un hombre con otro, de una manera total o completa o entera. Y uno piensa: Si hubiera estado ahí. Y uno piensa: Si es que se pudiera este mismo hábitat, esta misma habitación, entre los míos. Y ése es el segundo punto de mi conferencia. Qué pena, qué defecto, qué obligada lamentación el tener que decir que, salvo en mi primera juventud, yo nunca volví a frecuentar a los hombres inteligentes de México. Nunca he pertenecido a un grupo, a una camarilla, a una mafia. Allá, a los veintiuno, veintidós, veintitrés años, era incesante mi trato con los mejores hombres, con los que supuestamente debían ser los mejores hombres de México. Pero ya desde los veintiséis, cuando me casé--- todo mundo da este mal paso---, dejé de frecuentar a estas gentes. Dejé de verlas. Qué lamentable es no haber podido estar en Los Ángeles durante los tiempos de  Thomas Mann, Theodoro Adorno, Arthur Rubinstein, Albert Einstein. Pero por otro lado es lamentable, también, no haber podido estar con los míos, como en los veinticinco y los treintaicinco años de edad, que es cuando por fin comienza uno a desasnarze un poco, a ver un poco. No estuve. Y no lo puedo remediar, ahora, a los sesentaiún años de edad. Lo he dicho cien veces, como ahora empiezo: Bueno, ahí están los amigos, los compañeros. Hay algunos ya de eminencia mundial como Rubén Bonifaz Nuño, por ejemplo; un hombre que acaba de recibir una de las distinciones más elevadas que ha recibido algún humanista mexicano. Hay un Círculo de Latinistas en Roma. Hay cuarenta y cinco de los mayores latinistas del mundo. La entrada ahí está absolutamente vedada para todo aquel que no sea una eminencia absolutamente mundial, y son cuarenta y cinco y hay que esperar que muera el más viejo, para que alguien de algún país sumamente poderoso cumpla vida larga y pueda entrar. Pero acaban de hacer una excepción muy transitoria: el Círculo este tiene más o menos cuatro siglos de existencia, y acaban de abrir la posibilidad de que haya un miembro número cuarenta y seis, para poder recibir al invitado, a íntimo amigo Rubén Bonifaz, que es verdaderamente colosal.

Héctor García /1965, Octavio Paz
Fotografía

Tiene una sabiduría y una inteligencia, mi querido amigo, como pocas veces hemos tenido en la historia de la Academia Mexicana. Y yo digo: Bueno, ahí está. Y ahí está Uranga, el filósofo, y ahí están Paz, Fuentes, y ha estado Ibargüengoitia, y Fulano y Mengano y Arreola. Y ahí están, y no los busco, no los veo nunca. Todo. Todo, en la vida que se va viviendo, ha tenido ya sus antecedentes. Uno no inaugura prácticamente nada, nunca. Recuerdo varias declaraciones de escritores, pero sobre todo uno, Blaise Cendrars, un hombre de una violencia inaudita. Dicen los críticos franceses: “Hemingway, junto a Blaise Cendrars, es un cow boy”, pero de lo más molesto, como un boy scout, como un niño queriendo ser fundado y violento, y Cendrars es de una violencia en su escritura, y era de un arrojo y de una violencia en su vida personal, como nunca se ha visto. Era fácilmente un energúmeno. En su empleo, la tarea más apacible que tuvo fue el ser soldado raso, de los brutales soldados rasos de la Legión Extranjera en el Norte de África. Fue el empleo más apacible. Y Cendrars se dolía mucho de no frecuentar a los grandes escritores de su tiempo (su tiempo fue ahora, hace treinta años), de París. Y alguna vez le preguntaron si eso le dolía, y dijo que no, que él prefería andar con su materia prima; es decir, la materia prima de un escritor son los hombres, son las prostitutas, los boxeadores, las fregonas, los labriegos, los changadores, los herreros, los carpinteros, los presos, los abogados, los contadores, los políticos. La materia prima: eso que debe ir a dar a las páginas de su literatura. Decía Cendrars: “No me enseña nada ningún escritor. Quiero ir a mi materia prima: a los soldados, a los brutos, a los bribones”. Siento mucho esto, hablar de mi vida. Que quiero hablar de mi materia prima, ¿será? Uno quisiera hablar con los señores del momento, con la intelligencia, la que intelige de la actualidad. ¿Por qué no lo hace uno? Si ahí están; si uno llega, lo reciben bien, ¿por qué no lo hace? Cendrars nunca quiso decir por qué no lo hacía. Gabriel Miró, el grandísimo escritor español, decía que se apartaba por timidez, porque no tenía él el uso veloz de la lengua, y siempre resultaba un poco en entredicho delante de sus contemporáneos. También era mentira. Juan Ramón Jiménez se apartaba por alguna secreta razón, pero lo que aparecía era que se apartaba por acedo, por mentecato, por orgulloso, por malediciente, por sinvergüenza. No toleraba la indiferencia de nadie. Todo mundo tenía que estar de rodillas delante de él. Él se apartaba en su pedestal de huacales, como diría Carlos Pellicer, a no ser visto por nadie, y a ser esperado por todos. En mi caso personal, y hablar del revés de una novela, es un poco hacer una confesión. Yo me he apartado por tres razones fundamentales: por un evidente sentimiento o complejo —como se le quiera llamar— de inferioridad; por un secreto padecimiento que probablemente me venga de la más remota negativa: no sentirme un clown, o no sentir que mis contemporáneos me ven como un clown, como un payaso; y por sentirme profundamente ignorante. Estas tres cosas son una sola, que es inferioridad, falta de cuerpo, falta de fuerzas, falta de eminencia. Si esto se vive adentro, como padecimiento, deveras, uno acaba por aislarse e inventar que quiere andar con su materia prima. En realidad, no tiene el vigor suficiente o la jactancia suficiente para codearse con los mejores de su actualidad. Es bueno decirlo, porque quiere decir que empieza uno a sacudirse la enfermedad; y es obligado, si es que va uno a hablar de la historia de un libro. Prefiero andar con mi materia prima. Ése es el consuelo del resentido, y por ello, acaso, porque inventé que prefería eso, y porque por inferioridad no iba con los míos, pude escribir la obra que se llama Par de Reyes. Andar con los de la generación, andar con la inteligencia de la nación a la cual se pertenece, es bueno, es excelente, se cosecha mucho, se ahorra mucho tiempo. Pero también se corre un leve riesgo: el no salir nunca de la Torre de Marfil, a donde van a dar los escritores, todos, y sobre todo los del Tercer Mundo al que pertenecemos. La exquisitez de la inteligencia, en un país como el nuestro, es una tradición de una élite muy rigurosa: es un ejercicio del que participan muy pocos. El desprestigio de la inteligencia entre nosotros ya es muy grave, muy grande, y que el arte de la inteligencia se hunde constante en su ser coexistencia diaria, obligadamente en México salta en un ejercicio natural. Si se reúne con sus congéneres, obligadamente se entrega al trato de tareas, de problemas, de contemplaciones, que no tiene casi nadie más; unos cuantos: diez, doce, quince, veinte. El resto, la gran masa de la nación, no tiene esos hábitos, esas tareas.

 

 

 

Ciclo Literario.