Jesús Urbieta: quemado por su revelación

Lorenzo León


 

Íntimos océanos
Jesús Urbieta
(1959-1997)
Gobierno del estado de Oaxaca,

CONACULTA,
 Óscar Román
2009

Jesús Urbieta fue el noveno hijo de un cargador que moriría de alcoholismo y una  vendedora del mercado de Juchitán, en el istmo de Oaxaca. El niño, que se inició en la vida entre las faldas de las indígenas mesoamericanas de ese mercado (visitado también por las comerciantes chiapanecas), fallecería siete días antes de cumplir los 38 años, víctima, como su padre, del alcohol,  dejando atrás de sí una obra pictórica y literaria que inspira esta reflexión: el arte es, más que una formación, una percepción.

    La personalidad de Urbieta es la de un artista quemado por el fuego que emana de su creatividad, un fenómeno que podemos ver en los artistas auto sacrificados por los excesos que iluminan la frontera trágica entre percepción y transformación,  creación y autodestrucción, vida y muerte y que nos hablan de la fugaz e intensa naturaleza de la videncia en una expresión sin tiempo para la acumulación, para la espera.
   Quedan sus dibujos, sus pinturas, su gráfica, sus esculturas,  sus cuentos, su novela, sus poemas, desprendidos como frutos de un árbol segado, siendo su solitaria condición el rechazo a la maduración, entendida como un fruto en el luminoso árbol que no conocerá el tiempo en que la fruta decae, cae…no hay tiempo para más diálogos, digamos que su obra está más acá de los intercambios culturales que suscita un artista que no muere prematuramente.
   El libro que comentamos es un testimonio fascinante sobre un autor que estuvo entre nosotros recientemente,  un homenaje de sus contemporáneos, que al escribir sobre él y presentar su obra cumplen el  papel del “istor”, el que vió y escuchó, o el que registra lo que otros vieron y escucharon (como en la excelente nota biográfica de Jorge Pech) de Jesús Urbieta, un hombre extraordinariamente dotado y, también, extraordinariamente frágil. Vulnerabilidad que no es accidental sino naturaleza de una sensibilidad puesta desde un principio en el extremo; su situación precaria y marginal en lo social emerge hasta los altos ámbitos culturales (cuando alcanza el prestigiado premio de la “Gran Paleta de Oro”, de Cannes, Francia) y económicos –se le demandan hasta 20 cuadros diarios- que le imponen, paradójicamente, la angustia: “Soy una persona sin educación y el éxito me acaba, me abruma; ante mis logros me agarro una briaga espantosa que dura hasta 20, 30 días. Es muy doloroso, es la destrucción de uno mismo y de la familia”, le dijo al periodista Carlos Martínez Rentería, en 1994.
Este libro es, para quienes todo lo ignorábamos de este artista, una sorpresa. Se trata de una lujosa e impecable edición de Jorge Pech Casanova y Claudio Sánchez Islas, que reproduce cuadros donde es manifiesta la potencia de esta percepción (Urbieta asimila velozmente lo que tiene que aprehender en su propio Juchitán y en su breve estancia en las aulas de la escuela de arte La Esmeralda); la vistosa presencia de fuerzas que podemos identificar con las vertientes étnicas,  no solamente de Oaxaca sino de todos los pueblos primitivos de la tierra: la asombrosa calidad que tiene la espontánea pintura de una gruta, la firma anónima de visiones arquetípicas,  vibrante constancia de la desnudez.

   Oaxaca es un territorio donde desde tiempos inmemoriales surgen aportaciones al arte universal. ¿Qué sucede en estas tierras que emiten simbolizaciones (la videncia de lo invisible), que hoy tienen a Francisco Toledo como puntal de una tribu que labra en secreto y públicamente su “intimidad oceánica”? ¿Quiénes han vivido en estas tierras, y desde cuándo, para lograr esta transmisión conmovedora de lo humano que viene desde el fondo de una percepción donde se funde lo geológico con lo arqueológico, con lo lunar? Urbieta es un artista que impacta por la contundencia de sus interrogaciones. Sabemos que viene de los flujos magmáticos a los que se debe Toledo (un artista no quemado, un creador que ha podido convivir con su fama, su prestigio, su riqueza que comparte en diálogo abierto con sus congéneres) y que demuestra que entre los creadores oaxaqueños late una poderosa conciencia y se cultiva un temperamento forjado en el roce, en la confrontación, en el abrazo de fuerzas que, desde una sociedad racionalizada, instruccionalizada y mecanizada, revelan lo natural como liberación. Son expresiones que emanan ciertamente de pueblos y aldeas que están vinculadas al lenguaje de comunidades muy antiguas, ya pocos lugares de la tierra oxidental (diría el buen maestro Heriberto Yépez) tienen estos respiraderos. Esta tradición que aporta como sus ases modernos a Rufino Tamayo, a Rodolfo Morales, a Francisco Toledo, tiene hoy en Urbieta otra de sus monedas en el tesoro pictórico que luce Oaxaca.  Urbieta es un ejemplo puntual de la luz que surge de este roce entre lo corporal y lo ígneo, lo social y lo climático, el desastre y el fervor, la obligación y la disipación: un relato que se niega a proseguir: “Eran los días en que los ríos se desbordaban y todas las cosas se llenaban de lodo y de peces muertos y era un eterno sacar agua a cubetazos entre el griterío de los niños y los rezos de las mujeres y las mentadas de los borrachos, que no querían trabajar mientras no vieran las botellas vueltas a llenar de aquel calientísimo mezcal”, escribió Urbieta en el último cuento que dejó, antes de que las várices esofágicas acabaran con él mientras estaba internado en el Hospital Siglo XXI.
   En efecto, con Urbieta estamos no solamente ante un enigmático pintor sino de un escritor impactante también. Su paisana, la poeta Rocío González, escribe una sentida semblanza del autor polígrafo: “Conmueve la desnudez de sus emociones y la ingenuidad premonitoria de su juventud”:
¡Oh! Deliciosa muerte
Que desde mi infancia pospuse
¡Oh! Honda, mi navegable muerte
Mi interminable muerte
Acúdeme
Mi larga y extensísima muerte!

Jesús Urbieta / Rogelio Cuéllar
Fotografía

La cita anterior es del poemario de Urbieta Siempre en llamas, título indicativo de este principio fundador de su arte, la revelación de aquel que ve su huella en la roca, entre la lumbre y acude a poner su mano, su impreso pictórico, colores movedizos y ardientes, formas entrevistas de lo  humano apenas saliendo de lo animal, lo vegetal, lo mineral, lo acuático, lo celeste. Formas sin un orden intelectual, precisamente  entreveradas con el sueño, quizá con el empiezo del primer despertar, que él nos ilumina por el asombro, por el miedo, por la alegría, y una embriaguez caliente, enmezcalada donación, gestualidad propiciatoria, trazos conjurativos, danzas de espacios enlazados con tiempos sin fechas. Fiesta y sacrificio. Hay una lógica oculta, una coherencia interior (oscura y cerrada como una semilla)  entre su escritura y su pintura. Urbieta trabajaba desde lo ocular y lo mental:

Es mi corazón mi soledad un laberinto.
…tengo la esperanza
De morir como un infame.

Escribió Urbieta en su último poema. Estamos ante un autor que luce la valentía de un zapoteca, (un guerrero, un renegado, un opuesto siempre al “centro” del poder),  portador de la dignidad sacrificial de su raza, un quemado cuyo arte fue de inmediato apreciado por coleccionistas y críticos que echaron su admiración a la fogata; su descubrimiento llegó con el viento del mercado cuya insaciabilidad Urbieta no pudo o no quiso manejar.

Luis Carlos Emerich hace brillantemente notar sus cualidades: la cotidianidad rústica de su obra es la manifestación cultural de enigmas ancestrales y, por tanto, de su inmanencia de todo lo humano. Sus pinturas, a veces compuestas a manera de retablos barrocos apenas pergeñados, intentan mostrar el mundo en su totalidad, es decir, la mecánica de un universo de elementos primarios representados sin sugerir más tramas simbólicas que el hecho de compartir un solo plano y un modo de conjugación único. En realidad, el atractivo de todas las pinturas de Urbieta radica en su juego con colores primarios y texturas arenosas muy refinadas, y en la gracia de su figuración elemental de una especie de mascarada permanente, aun cuando se pudiera pensar que sus escenas reflejan interacciones de poderes emblemáticos, como el nagual o hechicero con los animales cuyos atributos y poderes ostenta. El “primitivismo” en la obra de  Urbieta, que apenas estructura formas y figuras identificables como surgidas del garabato infantil como analogía del caos primigenio, no busca expresar la brutalidad del mundo original, sino la convivencia multitudinaria durante una fiesta interminable como es la sucesión de rituales religiosos y profanos populares que ocupa gran parte del tiempo juchiteco.

Con esta bien hecha obra editorial, como homenaje del 50 aniversario de su nacimiento,   se cumple cabalmente el ciclo de un creador y queda en alto el valor generacional que reconoce la trascendencia de un artista. (Lorenzo León)

 

 

Ciclo Literario.