Calavera

Araceli Mancilla


Nacho López / 1982
Fotografía

Me llamo Baby y él me enterró viva. Pero este no es el relato de mi muerte sino de la suya aunque los dos estemos muertos. Lo mío, que ahora comparto con ustedes, es esta estancia entre los helechos del jardín de su madre. Aquí acostumbraba a venir a rezar de vez en cuando como si yo fuera un santo, una virgen, un buda o algo así, háganme favor. Es lo último que hubiera esperado pues nunca asistí a la iglesia ni fui devota de nada. Él lo sabía perfectamente pero aun así insistió en esos monólogos extraños llenos de palabras sentimentales que siempre me disgustaron. Como los  programas familiares que veía su madre y nos obligaba a seguir mientras la visitábamos  con tal de hablar lo menos posible conmigo. Le caí mal desde que mencioné que terminé la prepa con honores y mi gusto por los crucigramas; la zorra decía burlona que yo era una intelectual. Bueno, eso pasó hace mucho. Ahora disfruto del silencio de la noche y de los hambrientos gusanos que desmenuzan lo que soy, un puñado de huesos. Del porqué llegué a este lugar se enterarán pronto, cuando se hable una y otra vez, hasta el cansancio, de la bolsa  negra de nailon, olorosa a estiércol, donde el canalla guardó parte de lo que fui, al lado de otra, oculta en su recámara, con mi calavera. Podrán saber entonces que se deshizo de mí porque no quise continuar dentro de su negocio que es el de informante de un pez gordo de la policía. El cabrón me usaba como carnada ostentándose como mi manager, pero apenas pude ver algunos miles de pesos en años de dejarme hacer y deshacer por tipos de lo peor. Con decirles que muchas veces ni siquiera me alcanzó para pagar la renta del cuarto. No, no me convenía el trato. Un día, borrachos, al explotar mi indignación, me hizo ver, haciéndose el sorprendido y para dejarnos de estupideces, que él corría todos los riesgos, que yo sólo usaba el oído y las piernas. Lo dejé gritoneando en el bar. Me siguió hasta el callejón donde me detuve para pedir un taxi y me jaló con forcejeos insistiendo que me fuera con él. El testigo de esto, un acordeonista del rumbo, diría, durante su declaración, que intentó ayudarme y fue sometido con un puñetazo. El miserable musiquete de seguro está tan acostumbrado a ver padrotes golpeando a mujeres y travestis, que sería un loco si tuviera que dar la cara en cada pleito. Ya dentro de la camioneta  mi futuro asesino y yo nos insultamos como era nuestra costumbre,  y de pronto le solté lo de siempre: Jamás volveríamos a vernos. Pero ahora sí cumplió lo que tantas veces prometiera. En ese momento se llevó instintivamente la mano derecha a la funda de cuero de su filosa navaja --como hacía siempre al sentirse amenazado -- y se le fue la cuchillada. O al menos esa sería su versión oficial, escrita de su puño y letra por si algún día se sabía algo o había necesidad  de salir huyendo: “A las autoridades correspondientes, bajo protesta de decir la verdad y sabedor de las penas a que se hacen acreedores los falsos declarantes, confieso: todo fue fruto de un lamentable accidente pues la dama se estaba poniendo muy violenta, y prácticamente solita se encajó”. Sabía que, con sus influencias, esto hubiera sido suficiente para quedar absuelto. El cuchillo entró bajo mi pecho y ahí  quedó clavado, aunque no morí en ese instante. Lo que deben saber es cómo murió él. Pues verán, lo hallaron tieso y descompuesto al lado del lugar donde depositó mis restos. Y es que, de verdad que se pagan ciertas imprudencias; a la zoombie de su madre le dio por espolvorear con veneno todos los rincones del  jardín donde aparecieron hormigas arrieras, antes de irse de vacaciones de Semana Santa. Él mismo, que tuvo en vida afición por las plantas y compraba abono como endemoniado, se lo recomendó.

Enrique Bostelmann
Fotografía

El nicho donde depositó mis huesos después de incinerarme en el hoyo de la barbacoa, fue espolvoreado también. Al otro día el infeliz vino a verme a mi nuevo recinto-- el que levantó con sus propias manos con materiales de primera calidad, para que el mausoleo diera vista-- dispuesto a contarme la última de sus fechorías. Minutos  antes de irse a hincar ante mí le habían preparado en la calle una torta de pierna con jitomate. Como al llegar al jardín  viera que el nicho estaba sucio de insectos y hojarasca, lo sacudió concienzudamente con sus manos, para enseguida lanzarme su verborrea. Imagínense, ¿qué le puede decir una persona a otra después de haberla enterrado viva, como él hizo conmigo al ponerme a cocer cuando todavía respiraba? Esta bestia me hablaba de lo mucho que nos habíamos comprendido y la falta que le hacía después de años de compartir nuestros proyectos e ilusiones. Su cursilería era más perversa que su maltrato. Pero ahora, ¿qué sentido tenía venir a hacer ese teatro si ni siquiera mis huesos se encontraban completos en aquel lugar? En fin, esa es otra historia. El caso es que quedó tendido en el pasto al cabo de haberse relamido los dedos tras zamparse el lunch. Desde luego la cosa no paró ahí. Tres días después, al regresar del rancho, la empleada de su madre lo encontró patas arriba sobre el ave del paraíso que ornamentaba mi cripta. Ya viéndolo de cerca, apestando y con los ojos abiertos en una putrefacción horrorosa, la escuincla pegó de gritos. Llegó la policía y los reporteros de la nota roja   tomaron fotos desde todos los ángulos. Al interrogar a la muchacha, esta explicó las cosas como las sabía, que el difunto se encontraba en el lugar donde, con cierta frecuencia, desde hacía al menos tres meses, lo veía hablar como si conversara con alguien. Sí, exactamente ahí donde lo halló pudriéndose. No faltó el investigador que reparara en el nicho bajo el cual se quería que yo yaciera del cuello para abajo por toda la eternidad, y preguntara qué hacía aquella construcción hechiza allí. La chica no supo contestar nada. La señora regresó de su retiro espiritual en cuanto fue puesta al tanto de la mala suerte de su primogénito, y respondería que su hijo era muy creyente y desde su niñez solía rezar en ese sitio a su patrono preferido. No hubiera pasado a más de no ser porque la mujer empezó a tartamudear al preguntársele de qué santo se trataba. Asustada por la curiosidad religiosa que cobraba el interrogatorio y la atracción que parecía ejercer la anécdota en el oficial a cargo, la vieja se hizo bolas, olvidó el santoral y se echó a llorar desconsolada. Este desahogo histérico hizo posible mi hallazgo después de que mi parentela me buscara afanosamente, no tanto por amor, para ser sinceros, sino porque a algún paisano que me viera a últimas fechas al lado del truhán, le pareció que mi situación económica había mejorado, y de inmediato lo supo mi familia. Pero otra vez me desvío. Volvamos con el culpable de que mi carrera de administradora de empresas turísticas se haya truncado. Mi asesino, que tan celoso se decía de su privacidad y alardeaba de su fe colgándose crucifijos, tendrá, como yo, un vocero que hablará en su nombre durante el reality que ya se prepara con nuestras vidas en una importante cadena de televisión norteamericana. Estarán su madre, los tíos que me criaron cuando murieron mis padres (según ellos queriéndome como a una hija) y hasta un comandante del ejército. Todos han recibido de adelanto una buena cantidad de dólares con vuelos y estancia pagada en Miami. Desde ahora nos promueven en horario triple A, y en nuestra tierra no se habla de otra cosa. (De hecho, esto que escuchan ustedes, ya es parte del show). A ver qué cara pone la señora cuando sepa lo que su retoño quería hacer con mi cráneo. La pieza ósea en que se estaba inspirando se encontró en una tumba famosa de un sitio llamado Montealbán y está decorada con mosaicos de turquesa y jade. Conmigo habría empezado su colección particular.

 

 

Ciclo Literario.