Rumbo a París

Marie Claire Figueroa


El día de mi Primera Comunión no me dejó más recuerdo que la ligera bofetada del obispo sobre la mejilla de cada uno de nosotros en el momento de la confirmación, símbolo del cual no recuerdo; ¿ayudará a reconfirmar la fe recibida en el bautizo que se nos dio en la ignorancia total?
Más abundantes mis reminiscencias de la ceremonia anual, en junio, un mes apenas después de la Primera Comunión: Les Rogations. Del verbo latín rogare, rezar, suplicar, esta celebración me llenaba de alegría. Vestidos como en la ceremonia del mes anterior, todos los niños salían del pueblo y caminaban en procesión por caminitos en medio de los campos. El señor cura, casulla dorada y sobrepelliz blanco finamente bordado, cargaba el Santísimo en medio de nosotros; cuando llegaba a nuestra altura, las niñas le echábamos un puño de pétalos que sacábamos de una bandeja de mimbre suspendida de nuestro cuello por una cinta azul.

Robert Doisneau / 1940
Fotografía

Nuestros cantos infantiles alternados con las plegarias de los adultos se elevaban hacia un cielo azul, azul y nuestro andar se mostraba un tanto desordenado por las distracciones causadas por nuestro alrededor: estábamos rodeados de campos de trigo cuyas espigas doradas se meneaban suavemente con la misma brisa que nos revolvía el pelo. De qué se trataba pues sino de oraciones y súplicas a Dios, a María y a todos los santos, por el buen desarrollo de las cosechas. Los tallos casi llegaban a su máxima altura, el grano se avistaba repleto y macizo; no tardarían los campesinos en segarlos, juntarlos en gavillas apiladas en forma de pajar, antes de guardarlas en las granjas. Se pedía pues que siguiera el sol, que las nubes permanecieran a buena distancia, indispensable sobre todo en Normandía, o en la Bretaña del oeste de Francia, de hecho en todas las regiones del norte del río Loire, o en Gran Bretaña y en los países nórdicos (aunque creo que esta costumbre pertenece más bien a los países católicos); al contrario de tantos países africanos cuyos autóctonos multiplican los ritos, con el auxilio de tambores, danzas y cantos para que se digne el cielo regar sus magras plantaciones. Sin ir tan lejos, basta releer el cuento de Juan Rulfo “Nos han dado la tierra” para observar con qué precisión la lengua parca del jalisciense insiste sobre la falta de agua, la imposibilidad de sembrar una tierra agrietada, reseca, agonizante, tierra obsequiada a un puño de campesinos por el farisaísmo de un mal gobierno. Esa tierra está tan seca que nada crece y a lo largo del relato de escasas seis páginas, el autor repite la palabra “nada” más de doce veces; como si fuera poco, insiste, pertinaz y tozudo, sobre un elemento que sí se encuentra en demasía: el calor. Machacadamente, usa todos los vocablos  a su alcance para  comunicarnos esta sensación de infierno que nunca refrescará una gota de lluvia.
Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor… Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello (…). Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta  costra de tepetate para que la sembráramos (...). Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes (…). Melitón dice: ─Ésta es la tierra que nos han dado. Faustino dice: ─¡Qué? Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón?  Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.”
Para terminar con este primer cuento de El llano en llamas, unas líneas bastarán para evidenciar el espejismo de la lluvia que no llega:
        Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
Este cuento de Rulfo, uno de mis preferidos, lo deberían leer todos los que no gustan de la lluvia; cierto que todo exceso es malo y a veces ésta se pasa de la raya. ¡Qué le vamos a hacer si seguimos maltratando a nuestro planeta!
Regresemos a las letanías cantadas a la Virgen María. No conozco literatura más poética en su brevedad que estas invocaciones:
Casa de oro
                    Torre de marfil
                    Vaso de cristal
                    Rosa mística
                    Puerta del cielo
                    Estrella maturina…
Las salmodiaba con mucha convicción y rachas de poesía me sumergían por todos lados, penetraban en mi cuerpo por todos los poros: el calor de junio, las nubes blancas empujadas por la brisa, el siseo de los trigales, el azul intenso de los acianos mezclados con las amapolas de un rojo no menos intenso, las que, en otros momentos, convertía en pequeñas bailarinas al voltear y atar sus pétalos, sacando al aire el pistilo negro que hacía oficio de cabecita.

Juan Rulfo
Fotografía

Las maestras de las escuelas estaban muy presentes a nuestro lado. En unos días tendría lugar la ceremonia del reparto de premios por buen trabajo o buena conducta y el adiós a mi escuela después de dos años en Montfort l’Amaury. Sin duda la iba a extrañar: los claveles de las indias que crecían encima de los altos y viejos muros musgosos, la tranquilidad de las escasas aulas con sus pupitres y sus tinteros de tinta violeta empotrados en ellos; las mejores alumnas tenían el privilegio de llenarlos cada sábado, después de la última clase de mediodía; eran tan listas que no derramaban una sola gota y no se manchaban los dedos. En cambio algunos alumnos como yo regresaban a casa, día tras día, con manchas en las manos cuando no en la frente o en el mandil.
Iba también a extrañar a mis grandes amigas: Marie-Eve Daim vivía cerca de nuestra primera casa; Elizabeth Soulary tenía un perro enorme y la vez que me invitó a dormir, nos peleamos; lloró parte de la noche porque me llevaba mejor con su hermana y me la había pasado jugando con ella. Poca gentileza de mi parte, celos de la suya, las amistades a veces se hacen y deshacen al viento de los caprichos. Marie-Eve era hija única, sumamente bien educada y demasiada tranquila para mí. Me llevaba mejor con Elizabeth, más temperamental, el incidente con su hermana no tuvo más consecuencias a la postre. Con otra amiga, Marie-Josée, hacíamos travesuras que nos costaban bastante caro. Sentadas siempre en el mismo pupitre (eran dobles), discurrimos durante una clase de dibujo bastante aburrida  pintarnos las uñas con lápices rojos. Estábamos admirando mutuamente nuestra obra de arte cuando se dio cuenta la maestra y el castigó no tardó: privación de salida esa tarde, hasta terminar de escribir cien veces : “Pintarse las uñas a los diez años es de mal gusto”. Si nuestra maestra de dibujo, q.e.p.d., pudiera ver a las niñas de cuatro años a quien se les regala neceseres de belleza para que puedan pintarse, no sólo las uñas, sino también los labios, los ojos, las uñas de los pies, etc., se estremecería en su tumba.
Un adiós lagrimoso fue mi despedida con Mademoiselle Kretch, la directora a quien quería mucho. Mi papá la apreciaba también, no sólo por su excelente modo de dirigir la escuela, sino también porque era alsaciana, paisana suya; igual que el Doctor Taufflieb que atendía nuestras enfermedades y, más tarde en París, Mademoiselle Alezy, la prefecta de división del Collège Sainte Marie.
En París, no sabíamos todavía lo que nos esperaba. Hasta ahora, en mi indiferencia de niña juguetona, no había seguido bien a bien los acontecimientos. Sin embargo, unos fragmentos de conversación entre los adultos llegaban a mis oídos, dejándome pensativa; me hacían entrever hecho aislados un poco incoherentes. Estábamos en 1943, y desde el año anterior, el gobierno había echado a pique la flota francesa anclada en el puerto militar de Toulon en la Costa azul, para evitar que cayera en poder del invasor. En febrero de 1943, en el frente ruso, fue la gran ofensiva de Stalingrado que cambió definitivamente el curso de la guerra. Los tanques alemanes habían entrado en la ciudad el 9 de septiembre del año anterior y las fuerzas de choque se lanzaron al asalto; los defensores resistieron durante cinco meses, haciendo de cada casa una fortaleza, lo que permitió al ejército soviético cercar a su vez a los sitiadores. Entre las ruinas de la ciudad, los nazis dejaron a 150.000 muertos. Al mismo tiempo, se liberaron numerosas ciudades rusas. Por supuesto, esas maniobras se darían a conocer mucho tiempo después, igual que los trenes de la muerte y las atrocidades cometidas contra los judíos y otras poblaciones discriminadas como la de los gitanos; los medios de la época eran todavía muy primitivos. En 1943 también capituló Italia. Francia estaba aun bajo la dura férula de los alemanes quienes, por el miedo de vérsela arrebatar, se mostraban tanto más brutales. Pero seguía en la sombra el movimiento de los Franceses Libres, de los voluntarios organizados en Londres desde 1940 por el General Charles de Gaulle para continuar la lucha contra el Eje, después de la derrota y del establecimiento del régimen de Vichy instituido por el Mariscal Pétain: “Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra” fue la célebre frase de de Gaulle. Los Franceses Libres sostuvieron la resistencia armada en África. Dentro de Francia, se formaron organizaciones análogas, especialmente en las zonas montañosas en donde paracaidistas, muchos de ellos ingleses, llegaban a los pueblos para dejar armas a los campesinos, quienes las escondían en cuevas. Posteriormente, los Resistentes iban a colaborar con el Comité Francés de Liberación Nacional.

* Memorias de guerra de una niña. Montfort L’Amaury. Capítulo XI (segunda parte).

 

 

Ciclo Literario.