Leticia Tarragó: una artista
deslumbrante y discreta

Miguel Ángel Muñoz


 

A menudo solemos olvidar que la práctica  de la pintura exige una notable actividad material, un largo proceso de realización a partir de la elaborada clasificación conceptual que define los motivos a desarrollar sobre el espacio blanco de la tela. La creación pictórica, en efecto, despliega una  cierta energía activa que la lenta reflexión, composición y ritmo  definen a lo largo del proceso. 
Quizá  Tarragó trabaja con unos limitados recursos temáticos que administra con exigente destreza visual desde siempre: la figuración fantaseada con una imaginación depurada por el tiempo. Puesto que, como demuestra su intensa obra, la figura es para la pintora una secuencia escogida de signos sensibles, convertidos en experiencia plástica a través de un lenguaje gestual de trazos esencialistas y sintéticos.
El dibujo descubre a Leticia un orden en la figura que reinventa después en sorprendentes composiciones cromáticas. Se trata, por decirlo de algún modo, de una recuperación del motif de admiración por Cézanne  del que nuestra artista extrae  una enseñanza doble. Por una parte, cierta geometría básica que la ayuda a puntuar la obra en presurosas líneas maestras, a construirla más bien, para hablar con precisión, sugiriéndole el equilibrio compositivo que después  acentuará el color como forma cardinal de la representación. Por otra,  una gradación de colores en plano, de controlada  densidad de pigmento y fuerte carga emotiva.
Quien conozca la trayectoria de Tarragó puede que se pregunte entonces cómo cabe apurar más el lenguaje, si, de hecho, se ha mantenido siempre al margen de retóricas y ampulosidades. Los temas, de estirpe matissiana, eran sutiles variaciones de signos mediterráneos, de figuras luminosas, espacios  interiores de colores poéticos. Todo muy sutil, gradual, leve. Interior por sentido, medido por convicción. La forma de pintarlos, concisas  figuras lineales recortándose sobre planos de color, saturados de una luminosidad entre ocres, azules, rojos, grises y blancos. No puede ocultar su dominio de unos recursos sobre los que  incide en paciente búsqueda de imágenes, convirtiendo las composiciones en espacios silenciosos, donde los objetos flotan, suspendidos, o se abre a un juego de planos tamizados, de sutiles gradaciones luminosas.
Como aquella alondra que, en el verso de Salvat- Papasseit, distingue la blancura en el seno del verde, también aquí es el vuelo de la línea el que modula, con ingrávida fluidez, el canto del color. Composición, ritmo, signos  abiertos y memorables. Tarragó despliega un esplendoroso abanico de acentos sensuales en su obra reciente, más rica, plena y diversa, si cabe,  hipnótica y entrañable. Y su obra, espero, es y será la conciencia de que algo que no suele estar, me temo, tan presente en estos tiempos de atolondrada incertidumbre, y es la certeza firme de que Tarragó se cuenta, aun en su discreción, entre las voces  líricas  más rotundas que hoy recorren en nuestra extraña geografía,  esa extraña pasión que llamamos pintura.
¿Qué se puede, a partir de ahí, por tanto, economizar? Pues Tarragó nos demuestra que se puede,  y lo hace alcanzando una concisión casi de fresco pompeyano. Aún más, resulta que nos introduce algunos paisajes,  y hasta se atreve a romper y no limitarse con los formatos, sea cual sea el tema, logrando con ella una espaciosidad radiante.

El resultado de este trabajo es un conjunto de cuadros plenos de fragancia poética, de belleza decantada. Son estimulantes. Así, cada vuelta a la pintura de Tarragó, produce  nueva seguridad en la fuente inagotable de la pintura y nuevas expectativas al volverla a descubrir.

 

 

 

 

Ciclo Literario.