La culpa, el sacrificio y la complicidad

Minerva Garibay*


¿En familia aprendemos a amar? Digo “aprendemos” porque el amor no es algo “natural”. No nacemos sabiendo amar. No nacemos como un edificio ya construido. La gestación es obra del amor (siempre lo suponemos), pero no por eso ya está hecho, muchas cosas pueden pasar, no nacemos con una especie de instinto de amar. Ni siquiera existen los instintos en el ser humano, en los animales sí, pero los humanos estamos destinados a aprenderlo todo después de mucho tiempo. Y cuando algo lo aprendemos mal, tenemos que re-aprender. Retomar la materia en la que reprobamos y volver a intentarlo. Así pasa con el amor, tenemos que aprender a amar, porque si no, el amor se acaba, no es un recurso auto sustentable y hay que saberlo, porque si lo sabemos, haremos algo… para que dure…si queremos que dure.

Duane Michals / 1974
Fotografía

    Nada en los seres humanos es absoluto. Lo que decidí hoy, mañana me arrepiento, lo que prometí ayer, hoy ya no me acuerdo. Si no somos  infalibles ni navegamos en las aguas de lo absoluto es porque somos seres a los que siempre nos falta algo. Nos falta inteligencia para…, y por eso estudiamos, nos falta seguridad en x o y, y por eso preguntamos, nos falta dinero, y por eso trabajamos, nos falta tiempo, y por eso despertamos, para continuar lo que no hemos terminado, nos falta, nos falta. Y al amor también le falta algo: “¿Y ahora por qué se enojó?” “¿qué tiene ella que yo no tenga?”Pero es justamente porque algo falta, que buscamos los medios para que nada falte, que hacemos algo para que “no se enoje” o hacemos algo para que él vea en mí algo más y así vuelva a gustarle, cada día. Afortunadamente jamás llegamos a llenar esa falta, porque eso querría decir que ya no hay nada qué desear.
    Desde esta perspectiva, amar es una interminable búsqueda de que nada falte. Amar no es decir: “Yo así soy y hazle como quieras”, sino “qué me falta para que sigas mirándome, amándome”, porque como nos lo dice Eli Morales: “Amar es saber que se puede ir”. Y es justamente por eso que podemos exponernos, ofrecernos, estar ahí, enteramente, no medio estar, no con la mitad de nosotros. 
   Amar entonces es una cuestión de  esfuerzo, a partir de que los amados (hijos, esposos, familia, amigos, etc.,) no son una propiedad asegurada de nadie. Por eso es que no hay certezas ni garantías y como no es mío, tengo que “ganarme-lo (la)” ¿Ganarme qué? Su amor, su respeto, su consideración. Y este “ganarse” siempre tendrá que ser mutuo.
   El amor no se reduce a “lo mío” porque desde el nacimiento, el cemento (amor) es ofrecido en términos de “nuestro”, (nuestro hijo), esté o no esté presente el padre. Y porque siempre hay “otros” que están presentes con una nominación precisa: tíos, abuelos, hermanos, padres, sociedad toda, esto es, representantes del mundo exterior al que el niño accederá un día para ser a su vez, tío, padre, abuelo, es decir, formar a su vez parte del “todos”. 
   Solamente la madre, por motivos que intuitivamente podemos comprender, puede dar amor a su hijo sin pedir nada a cambio. Y aun así nos atrevemos a decir que al mismo tiempo que esto es verdad, también  tiene sus bemoles porque la madre le pide al recién nacido que se deje alimentar, que se deje querer. Le pide a su hijo que “lo haga por ella”, el estudiar, el alimentarse, el abrirse camino. Pide por ella. Y se lo pide al hijo. “Hazme feliz, sé feliz”. No es poca cosa. Pero una madre sabe que primero lo tiene que hacer por ella para que después el muchacho pueda hacerlo por sí mismo.

El sacrificio
Si dejo de pagar deudas (económicas), me vivo como deudora. Si me vivo como deudora, vivo la culpa. El sacrificio es, para la subjetividad, una forma de pagar deudas simbólicas no saldadas. Deudas que tienen que ver con los padres, con la dificultad para regresarles gratitud como pago por los dones recibidos de ellos. Al inconsciente no le importa con qué o cómo pagamos, lo que le interesa es que paguemos. Algo en el intrincado inconsciente nos dice que al aparato psíquico le urge a cada momento regresar a un estado de estabilidad, de tranquilidad. Para entenderlo, podemos pensar en una máquina que se sobrecalienta, automáticamente hace algo para rebajar ese calentamiento, o pensemos en la fiebre, en la que no sabremos qué está pasando pero lo que es urgente es bajar la temperatura, estabilizarla. Es igual con la subjetividad, cuando se vive un “trauma” o una situación muy angustiante (estresante), o una culpa de odio (por odiar), el aparato psíquico rápidamente comienza a preparar con todos sus recursos, las medidas necesarias para bajar esa tensión (emocional). Si la relación entre el papá  y el hijo (o mamá e hija) es difícil, está cargada de tensiones, hostilidades, etc. entonces el sujeto (ambos sujetos) no van a poder pagar esas deudas que por ser el solo hecho de ser padres o de ser hijos, tienen. Pero no es posible pagar (agradecer, considerar, amar) porque hay hostilidades, reclamos, entonces el aparato psíquico, que vive una tensión excesiva, entra para poner orden y decreta: “Me quiero enfermar”, así se dice cuando se sienten los primeros síntomas de la gripa.
Muchas veces, si nos pegamos con la puerta o nos caemos, alguien nos dice: “¿Por qué te castigas?” sin saber bien a bien que, en efecto, uno mismo se castiga de muchas maneras, desde los inofensivos accidentes hasta cosas más serias como la ceguera histérica, o los accidentes graves o aquellos sacrificios que logran su finalidad de venir a representar el castigo absoluto, como el suicidio.

Duane Michals / 1975
Fotografía

Es decir, que las deudas impagadas se saldan de todas maneras. Con el propio cuerpo y hasta con la propia vida. Lo malo, o mejor dicho lo peor de todo es que el sacrificio de la víctima (del sacrificado) no queda impune. Todo sacrificio tiene un remitente: “Esto lo hago por ti” yes como una bola de nieve, el sacrificado siempre pide su retribución al remitente, dejando a ese remitente a su vez como deudor.
“Te he entregado mi vida” (mi juventud, etc.) ¿Cómo podría pagarse esa deuda sacrificial? Imposible. Cualquier pago se queda corto. Ahí ya no se sabe quién es la víctima, si el que se sacrifica o ese remitente que no tiene manera de pagar tanto sacrificio que hacen por causa o por culpa de él.
Existen infinidad de maneras de vivir en la posición de víctima, de acuerdo a cada caso en particular, pero todas ellas tienen un denominador común que comparten y es que su causa, el por qué del padecimiento de la víctima, se achaca siempre y en todos los casos, a la mala suerte, a un destino cruel. La persona sacrificada se vive como ajena a lo que le sucede y rechaza cualquier pregunta que la implicara en aquello que le sucede, se vive como inocente. “Es mi karma”, “tener hijos es ya jamás poder dormir bien”. Conocí a una madre que decía: “El que hijos parió…mierda comió” Preguntarse por la causa material sería: “¿Por qué …soy fea o pobre o vieja o tengo hijos…? etc.” Preguntarse por la causa subjetiva, sería: “Qué tengo yo que ver en eso que me pasa?” Es importante que la persona se interrogue por sí misma, a sí misma, para pasar de una posición pasiva, de una posición de víctima a la de una persona “culpable”. Y es porque “yo” hago algo para que esto me ocurra, es porque podría hacer algo que no he hecho, es porque podría decidir algo que no he decidido que estoy padeciendo y solamente desde ahí se podrá pasar hacia una posición responsable. Primero culpable, luego responsable. Oigamos a Marta Gerez: “Es necesario tomar partido por esa culpa…servirse de ella, apropiarse de ella responsablemente…caso contrario, se condesciende sólo a los amargores del castigo”.

Servirse de la culpa
Servirse de la culpa es utilizarla para hacerse cargo de lo que nos pasa. Porque por lo general vamos al médico a dejar en sus manos nuestro cuerpo y nuestra salud. Y el médico hace lo suyo, mal haría en no hacerlo, que para eso estudió. Sólo que el médico no tiene acceso a la “causa” de lo que nos pasa, curar el síntoma no cura el alma, los mismos remedios esotéricos lo dicen: “Tú eres el que tiene las sustancias que debes aprovechar para curarte”.
Es uno mismo quien tiene las llaves de las respuestas a sus males. Si me preguntan cuál es la respuesta a lo que me pasa, mi respuesta es que no hay respuestas para todos. Y muchas veces la respuesta tiene que ver con saldar deudas. Deudas que no tienen que ver con dinero ni con bienes materiales (aunque también podrían ser), me refiero a esas deudas amorosas que han quedado sin palabras, sin un justo pago. Dice Marta Gerez: “El ofrecimiento sacrificial es una manera de responder a la culpabilidad, (en lugar de culpabilizarse, se sacrifica)
El cuerpo hace un continuo con el alma. No existe uno sin el otro. Uno influye en el otro. Así como cada uno va al médico a que examine su intestino o “su” hígado, así también tendríamos que revisar qué de nuestros deseos está en conflicto y por qué es así, cuál es su causa. Una causa subjetiva que habrá que buscarla en la problemática de cada persona.
Si pudiéramos reconocer nuestra participación en aquello que nos sucede, convertiríamos nuestra propia desgracia en algo consciente, a la mano, controlable, manejable, que de otra manera quedará en el plano inconsciente, pero no por ser inconsciente deja de aportarnos sufrimiento y autocompasión. Los actos sacrificiales pueden ir desde acciones inofensivas y simbólicas (por ejemplo, prometo ir a la Villa si mi mamá sale viva de su enfermedad, cosa que es perfectamente comprensible ya que el pago (sacrificial) no excede en dimensiones a la petición que se hace) hasta acciones sacrificiales que atentan contra la vida propia o ajena.
   Ahora, la acción sacrificial siempre está presente en toda apuesta amorosa, porque algo me pide el otro, algo tengo que entregar a cambio de lo que me ofrece.
Hay cosas que no podemos cambiar de nosotros mismos, que están en la base, en la raíz, en la estructura misma de la subjetividad. No puedo dejar de ser quien soy. Pero hay cosas que sí puedo cambiar si el otro me lo pide, si quiero conservar su amor. Pero hay de sacrificios a sacrificios. En el sacrificio como “don del amor” está la reciprocidad, está la dimensión simbólica en la que se paga con palabras y acciones (expresas) de atenciones, respeto y protección al otro. En la fascinación del sacrificio como aniquilación está toda clase de auto inmolaciones: “Abandonaré mis intereses, mis deseos, mis anhelos personales, para dedicarme a ti, hijo, esposo, madre, a cambio, ustedes me entregarán….. Qué difícil es nombrar esa moneda, porque se trata del sacrificio del propio deseo, de la vida misma. Quizás encontremos la equivalencia en aquella Ley del Talión que dice que una vida se paga con otra vida, es decir que de ahí en adelante el hijo o la esposa, o los padres, tendrán que aceptar que su vida, su voluntad quedará en manos del sacrificado, no en sus propias manos, que su libre elección quedará condicionada, que su propio deseo ya no será propio, sino que vivirá de acuerdo al deseo del otro.
   Qué hay en esa moneda de cambio del que se sacrifica. “Me sacrifico, pero espero la retribución”, por lo que ambos entran en una trampa mortal. Ambos sacrificados, ambos esclavos, uno del otro y aun así, la deuda queda impagable por que ¿cómo pagar al Otro su renuncia a su propia vida? Ojo: sin alguien que acepte el sacrificio, no habría sacrificado. La complicidad con el sacrificado es evidente.

Los padres, donde la bola de la lotería se detuvo

Duane Michals / 1979
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Hemos planteado hasta aquí dos escenarios: uno en el que el mundo ya está hecho, sea como sea, ahí está, con lo bueno, lo malo, lo peor, lo mejor, con gente que vive, come, respira, se enamora, trabaja, se deprime, viaja, etc. El mundo contable, el de todos. En el que soy “uno entre todos”, “uno igual a todos”, uno más.
Y hay otro escenario en el que un ser humano aspira “naturalmente” a ser independiente, diferente y autónomo. Aspira a ser “alguien” que finalmente y después de un proceso largo decide qué hacer con su mente y con su cuerpo.
Son dos escenarios que unas veces se contraponen poniendo al sujeto entre la espada y la pared, otras veces se trata de una lucha en la que salimos muy lastimados. Lo ideal, o mejor, lo deseable sería que no hubiera tanta oposición; que no hubiera quien dicta (dictatorial) y quien se somete llegando hasta el sacrificio.
Si es problemática esta confrontación entre el Uno y los otros es porque las imposiciones se multiplican desde el principio y a veces a los padres les cuesta trabajo resignarse a no detentar ese poder que en un principio tuvieron con todo derecho.
La  primera imposición con la que se topa cualquier ser humano es con “esos” padres. Ahí, la gran bola de la lotería se detuvo en ese número de la suerte que nadie jamás podrá elegir a su antojo. Ya nos tocaron y no hay nada qué hacer. Segunda imposición: el nombre. Casi nadie está satisfecho de cómo se llama: “Me hubiera gustado llamarme…Silvana”, y luego la lengua, los hábitos, las costumbres, el alimento, etc. parecería que las aspiraciones de autonomía del ser humano se fueran reduciendo bastante.
Sin embargo, al mismo tiempo, la autonomía va, paradójicamente, avanzando porque por encima de todas estas imposiciones, hay algo que nos empuja desde dentro y desde el principio hacia esa autonomía y es la madre la que hace que eso sea posible, porque por fortuna, hay algo, entre todo eso que nos es ofrecido al principio, para que elijamos. ¿Más leche o ya no más leche? ¿Estos zapatos o estos otros?
Y es en el inicio de la vida que esta posibilidad está ahí. Digo “posibilidad” porque también podría no estar. Podría ser que la madre imponga “su” expresa voluntad ya no digamos al joven, sino al bebé, más allá de lo razonable.  Afortunadamente, la mayoría de las madres, intuitivamente, de modo “natural”, tienen en mente siempre un margen, un pequeño espacio asegurado para que entre en él la voluntad del bebé y luego del niño y luego del joven etc.
Es este pequeño espacio el que va a abrirse y a hacerse sólido con el tiempo. Mientras más “libertad” dentro de este atisbo de espacio tuvo el pequeño, más sólido y más grande será la seguridad que tenga para moverse en él a la hora de elegir vocación, personas de su preferencia, lugar donde habitar, los hijos que desee, trabajo, etc.
Entonces y sólo entonces los dos escenarios podrán tener cabida. Es aquí donde los padres patinamos. ¿Con cada edad, cuánto de libertad, con cada ocurrencia, cuánto de tolerancia?
No hay que ser psicoanalista para saber escuchar. Una de las quejas frecuentes de los jóvenes es que no son escuchados. Y habrá que detenerse para pensar: “¿Será que mi hijo tenga razón?, “será que puedo estar equivocado?”Qué difícil aceptar eso.
Pero sólo así le estaremos ofreciendo a los hijos esa capacidad que ellos tienen en forma “natural” para un poder entrar y salir del “yo” (del hijo (a)) que se repliega sobre sí mismo y puede mostrar sus diferencias y el yo que comparte, que convive con “todo el mundo” y convive con él.
¿Cuál es la propuesta? Al parecer a nadie le gusta la vida en solitario y todos o casi todos, volvemos una y otra vez a desear “estar con alguien”, es decir, compartir, convivir, en intentos de reunificación, de recomponer los ideales fracasados. Tal vez si dejamos de creer que los ideales existen, comenzaremos a inventar nuevas formas de vivir el amor.
   Es necesario reflexionar acerca de nuestra idea de “unión”, de la familia unida, que implica la re-unión. Lo que hay que detenernos a pensar es si unión quiere decir “todos lo mismo”, sin posibilidad de reconocer las diferencias. Por qué no estar sin que nos convoque la obligación, la moda, la tradición o la culpa.
Sabemos de muchas personas que con audacia y a pesar de muchas corrientes contrarias, han ido abriendo más la brecha de su propio camino antes para ellas mismas impensable, con la certeza ya de que los sacrificios no alcanzan para la propia realización y sí abonan con mucho otros sacrificios. Sabemos de otros que quizás no han nacido todavía, en una competencia siempre desigual en la que ni hombres ni mujeres, ni padres ni hijos salimos ganadores.
Terminamos con una reflexión de Elizabeth Rudinezco, para quien “La familia venidera debe reinventarse una vez más….con tal de que sepa mantener, como un principio fundamental, el equilibrio entre lo Uno y lo múltiple que todo sujeto necesita para construir su identidad”.

*Psicoanalista egresada del Centro de Investigación

y  Estudios Psicoanalíticos en el D.F. (CIEP)

 

 

Ciclo Literario.