Feudos pasan en tromba a través de las esferas

Robert Walser
Nota y traducción de Paloma Ravel


Robert Walser (Biel, 1878- Herisau, Suiza, 1956) fue un escritor en lengua alemana considerado hoy en día un autor de culto. Su obra, original y personalísima, gozó de la admiración de Kafka, Robert Musil, Walter Benjamin y Elías Canetti. Tuvo una vida errante (en ciudades como Basilea, Zurich, Viena, Stuttgart, Munich, Berlín, Ginebra, Berna) caracterizada por múltiples y humildes oficios, entre ellos el de oficinista y aprendiz de bibliotecario e incluso sirvió en el castillo de un conde. Escribió varias novelas y relatos, algunos de carácter autobiográfico, entre los que destacan Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y, sobre todo, Jakob von Gunten (1909). También escribió poesía desde temprana edad y en su madurez, plasmada en libros como Primeros poemas (1898-1905) y en las series de poemas Biel (1919-1920) y Berna (1924-1933). Paseante legendario, la pobreza y el fracaso fueron las constantes de su vida pues, tal como él mismo lo explica a Carl Seelig en 1943: “Tenía muy poco instinto social. Actué de espaldas a la sociedad….me entregué demasiado a mi personal placer…tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo y apenas me resistí a ello”.  R. Walser murió en la nieve durante una caminata decembrina cerca del psiquiátrico donde vivió recluido por voluntad propia desde 1933. Póstumamente fueron publicados sus Microgramas, notas delirantes escritas a lápiz en letra minúscula, continua y en papeles sueltos. El poema que se publica a continuación pertenece a la serie Escrito a lápiz (1924-1933).

 

“…cuanto menos acción hay y más pequeño es el entorno que precisa un poeta, tanto mayor suele ser su talento. Desconfío de antemano de los escritores que se exceden en la acción y necesitan el mundo entero para sus personajes. Las cosas cotidianas son bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos...”
R.W.

Feudos pasan en tromba a través de las esfera

Feudos pasan en tromba a través de las esferas,
una torre sin embargo, mal que bien, sigue allí.
Una mujer que ya no veía la libertad más que por la ventana
parece a punto de ser liberada, por fin.
Despacio, primavera, verano, otoño e invierno
bajo los ojos de la recluida pasaban en círculos
monótonos; el libertador llega a todo vuelo
desde su feudo, está aquí, al pie de la muralla,
con un chapeo de muy buen augurio,
puesto que le es muy querida con sus largos cabellos,
la prisionera. Semejante a un cordel de oro, ella los desenrolla, los manda
abajo de tal suerte que a esta maravilla se trepa,
tan ágil, veloz y hábil como es posible.
Ciertamente, es extraño lo que hoy canto.
¿Me permitirá triunfar la preciosa canción de la torre?
Para mí sin duda es un asunto extremadamente
rico y fantástico. ¡Aguanta, cordel! ¡Deja de rezongar, heroína!
Mientras tu cabellera se presta al rescate,
la hija del Concejal flota, pálido cadáver
sobre el estanque. Lleva la muerta negros, largos
guantes rojo fuego, y sobre la barca abandonada
acude una mariposa con deleite. ¿Les gustará mentir
a los poetas, y a esto lo llamarán – lo que, no a ellos, sino a otros,
parece a menudo risible – fantasía?

Clarence H. White / 1912
Fotografía

 

 

Ciclo Literario.