A Timothy y Stephen Quay
El Club de los Incomparables

Aria Covamonas


Tan tremendos absurdos y otros semejantes tienen incesantemente que soportar mis nervios —en parte como si procedieran de sí mismos— hace años, en medio de una triste monotonía. Más adelante expondré con más detalle el motivo de la elección de las locuciones en cuestión y el efecto que con esto se pretende.1

 

Un movimiento apenas percibido —en el frontispicio de un escenario, una onda resplandeciente se desliza sobre un rayo de metal dorado brevemente herido por la luz; una mujer ríe con los ojos cerrados y voltea como sobre una almohada, acariciando, con la ondulación musical de sus vértebras, la pared blanca en que descansa su cabeza; un dibujo de una niña, de cara ancha recubierta de pelusilla anaranjada, estornuda dispersando a su alrededor chispas rojizas y cálidas; un postiguillo se abre dejando entrever una escalera de aspecto miserable; un niño y un libro se quedan solos en una habitación, y el aire hojea el libro en silencio, soltando vuelos de golondrinas y alondras; los crujidos de los muebles; la ascensión del vacío*—, nos hace un guiño desde el rabillo del ojo. Nuestra cabeza no logra girar con suficiente presteza y no sabemos si podemos atrevernos a afirmar que un prodigio estuvo a punto de introducirnos en algo parecido a un sueño, pues solamente alcanzamos, sin estar muy seguros de que realmente haya sucedido, a contemplar a medias el instante en que se disipa la última resonancia de la inercia de un objeto.

Anónimo / 1934
Fotografía

Nos resistimos a creer en la existencia de una vida íntima y secreta de los seres inanimados, y tratamos de creer, con toda nuestra razón e inteligencia, en la existencia concreta, invariable y definida por ciertas leyes, del mundo material que nos rodea.
Yo digo: «Ahí hay una silla». ¿Qué pasa si me acerco, intento ir a cogerla y desaparece súbitamente de mi vista?— «Así pues, no era una silla sino alguna suerte de ilusión.»—Pero en un par de segundos la vemos de nuevo y podemos agarrarla, etc.— «Así pues, la silla estaba ahí, sin embargo su desaparición fue alguna suerte de ilusión.»—Pero supón que después de un momento desaparece de nuevo —o parece desaparecer. ¿Qué debemos decir ahora?2
Podríamos decir que acabamos de sufrir una alucinación, pero no. Supongamos, por un momento, que en algún lugar no muy bien iluminado de nuestra alma vive furtivamente un anciano monstruoso, depravado y demente, algo así como un antiguo y vergonzoso pariente al que afortunadamente hace tiempo hemos olvidado. ¿Qué pasaría si un buen día pretendiera entrar pataleando y despotricando en nuestra conciencia? De inmediato sería expulsado a bastonazos y arrojado sin miramientos en algún oscuro callejón vecino, donde se quedaría, por un momento, balbuciendo las palabras amargas que le espumajean en la boca. Envalentonado por su delirio, el desgraciado tomará entonces el camino contrario y saldrá al mundo, se alejará de nosotros y esperará pacientemente el momento propicio para atacarnos desde afuera, pegándose a las cosas y deformándolas, mezclándose con el viento y susurrándonos perturbadoras frases sin sentido, disfrazándose como inofensivos animalitos que nos hacen equívocas muecas. Eso es una alucinación. Sin embargo, lo que creímos percibir por el rabillo del ojo no era tal, sino muy probablemente un auténtico prodigio.
En un momento en que el interés, si no del auditorio, al menos el mío, decaía un poco, en ese momento el pupitre vino en mi ayuda, y de un modo bastante extraordinario, si lo comparamos con las palabras recientes que escuchamos a uno de mis viejos amigos de la Sorbona, quien nos relató el sábado pasado cosas asombrosas, a saber la metamorfosis de una costurera en cuernos de rinoceronte, y finalmente en coliflor. Pues bien, el pupitre empezó a hablar. Y me costó mucho trabajo quitarle la palabra.3

 

***


Al principio, el misterio de las cosas apenas se vislumbra; a veces en un árbol que pasea con nosotros, repitiéndose a grandes pasos por el camino —antes de meternos en otra calle para continuar nuestro paseo, giramos la cabeza y vemos que todos los árboles se han juntado a lo lejos y se asoman para vernos.
Una noche, algo extraño e inexplicable nos ocurre —quizá no tenga mayor importancia, pero a estas alturas ya somos bastante propensos a dejamos embelezar por los misterios; deambulamos entre casas silenciosas, mientras nos ocupan toda clase de pensamientos —innumerables ocurrencias, relámpagos y luces de magnesio—, cuando una voz vagamente conocida parece surgir de la luces mortecinas que nos siguen  desde las ventanas cerradas y nos susurra con dulzura, todo será así de negro a tu alrededor, pero un día alguien te tomará de la mano y por primera vez sentirás una profunda gratitud, y la voz se convierte en una luz que nos deslumbra.

Anónimo - Colección Gérard Silvain
Fotografía

Pero pronto caemos en un profundo letargo; el secreto violentado se empeña en sumirnos en un sueño; se venga, nos narcotiza con el fermento de los recuerdos. Volvemos a casa tras un largo paseo, arrastrando los pies contra el suelo y con la cabeza inclinada sobre el pecho; más tarde, cuando repetimos una y otra vez, sin comprender, la lectura del mismo párrafo de un libro, los ojos se nos cierran tan rápido que no tenemos tiempo ni de decir me duermo. A nuestro alrededor se van entrelazando los hilos de las horas y la consecución de los años y el orden los mundos, cada vez más rápido, hasta enredarse en nuestros dedos que desmañadamente tratan de defendernos, y entonces, con una mezcla de terror y risueño arrobamiento, dócilmente nos dejamos abrazar por el sueño. Bien es cierto que se trata solamente de ilusiones, pero, ¡son a veces tan maravillosas esas ilusiones! Una noche, por ejemplo, nos llenamos de emoción al revivir el olvidado anhelo, la infantil impaciencia que nos consumía cuando aún esperábamos la llegada de esa época genial en la que la que habríamos de abrazar el diluvio, el florecimiento de todo, la dulzura —¡despiértame, gritamos cuando al fin la vislumbramos, que yo solo no puedo contener esta inundación!—, y dentro del sueño despertamos con un sobresalto, sentados ante un pupitre en medio de una clase de dibujo en la que un tímido y esmirriado maestro nos va describiendo, con embarazados discursos, las ilustraciones asombrosas, turbadoras, refulgentes que flotan como una bruma sobrenatural en el aire del salón —los otros niños se desternillan de risa cada vez que tratan de encerrar los dibujos en los armarios; los apretujan con juguetona fiereza, pero éstos se desbordan siempre por los quicios de las desvencijadas puertas. Insostenible en su encanto, el sueño se embrolla y palidece; una escena se repite, una y otra vez, interminable, opresivamente; los rostros y las cosas se confunden y ya no sabemos si nosotros mismos somos un hombre, una tienda o la inquietante ambigüedad de un gesto. Tras una angustiosa eternidad llega la mañana y poco a poco se va disipando la breve incertidumbre del sueño. Qué vergüenza habernos dejado impresionar de esa manera por un simple sueño.

 

***


Después de muchas noches en vela y de incontables experimentos, ya no pueden asustarnos ni engañarnos las pesadillas inoportunas ni los desiertos de arenas movedizas bajo la cama, pues hemos encontrado antiquísimas recetas con las que podremos dominar nuestros sueños —nos confeccionamos sueños eróticos que van placenteramente del beso a la estrangulación, de la violación al incesto. Descubrimos —o quién sabe si inventamos— nuevas relaciones de causa y efecto fuera de los límites de la lógica corriente. Durante todo el día acomodamos y reacomodamos los muebles y los objetos de una habitación, probando diferentes combinaciones, y solicitamos, por medio de extravagantes cartas anónimas, la visita de extraños personajes, con la intención de hacerlos participar en nuestro experimental universo —el gato que salió a cazar sufre de susto y asombro cuando regresa y ve el dormitorio transformado en una iridiscente cueva de hielo y a un hermoso gigante andrógino que cuelga del techo, como una lámpara, haciendo exquisitas figurillas con huesos de pollo y de pescado.
Una mañana, mientras lo aburrimos más que de costumbre con la proclamación acalorada de las leyes de nuestros universos artificiales, el gato nos interrumpe con una pregunta bordada de bostezos, ¿no está usted ya muy viejo para estos pueriles juegos?, y se aleja, desdeñosa y pausadamente, dejándonos abochornados y mudos de desconcierto. Pero el que no podamos encontrar una replica no se debe a la agudeza de la inocente pregunta gatuna, sino a que el autor de estas mismísimas líneas se ha quedado embobado contemplando una abeja que se mece sobre un rayo de sol que se cuela entre las ramas que obstruyen la ventana —sepan que, para él, esta experimentación está resultando en una especie de tortura, y que ha llegado a revolcarse por el suelo, presa de accesos de furia, al sentirse incapaz de conseguir las impresiones fantásticas a las que su imaginación aspira.

 

***


Cuando, al final de una infancia señalada por la extrañeza y por una excitabilidad morbosa y una espera anubarrada de incertidumbre e impaciencia, el joven Aria Covamonas pudo por primera vez encontrarse ante el escenario de los Incomparables, lo encontró abandonado, profanado por montículos dispersos de cadáveres de rarísimos insectos y por hojas secas que desde hacía mucho tiempo se habían desprendido del tronco podrido de una gigantesca palmera. A pesar de su desconsuelo, Aria no desvió la mirada de las lamentables ruinas, pues deseaba postergar el instante en que habría de decidirse a dar media vuelta y desandar su camino a través de la peligrosa selva y, más allá, temblar de nuevo ante el mar y la tormenta.

Per Morten Abhrahamsen
Fotografía

Anochecía, y unas sombras somnolientas se iban acercando, reptando desde la maleza; se alargaban perezosamente por toda la explanada para finalmente tumbarse inertes sobre el escenario, atenuando los contornos de las formas de la misma manera que la decepción y la tristeza de Aria se desvanecían borradas a medias por el cansancio —éste parece ser el momento apropiado para que el autor, esperando no se le conceda una importancia innecesaria a su repentino gesto, desaparezca de las siguientes líneas del presente texto.
Desde el fondo del estropeado entarimado llaman nuestra atención unos débiles resplandores que poco a poco se van haciendo más evidentes a medida que la oscuridad se vuelve más densa: al titilante nerviosismo de una llama rojiza se sucede la respiración acompasada de una azulada fosforescencia. Pero repentinamente desaparecen, nos eluden. Hace falta que subamos hasta el escenario, nos acerquemos y, no sin recelo, limpiemos el polvo y la mugre que disimulan una sencilla caja, hecha de un cristal de extremada finura, pero sorprendentemente intacto a pesar del abandono, dentro de la cual se confunden, en una delicada complejidad, pabellones de cobre, cuerdas tensadas sobre arcos circulares, series de pistones de diferentes tamaños, diafragmas, tímpanos y varillas rematadas por pequeñas esferas. El meticuloso aparato es tenuemente iluminado —¡ahí están, ahora los volvemos a ver!— por los resplandores que provienen de dos grandes ampollas empotradas tras la caja; una encierra un líquido ardiente y rojizo, la otra un vapor gélido y azulado. ¡Oh, miren ustedes, qué curioso, una manivela!

***


No nos es posible describir la naturaleza de las maravillas que brotaron de la máquina, ni referir por extenso sus efectos; tras dolorosos e impotentes esfuerzos hemos renunciado a elaborar tal relato, sabiendo que dejamos un vergonzoso hueco en el presente texto. Solamente añadiremos que a veces resulta muy fácil creer en la inmortalidad y en el sentido del mundo y en las más terribles contradicciones; ese fulgor arrebatado y sombrío que, sin esperarlo, en un momento cualquiera, nos eleva, tiene su origen en el esplendente organillo celestial con que Dios… ¡No! ¡No seremos tan obvios! No será necesario, pues seguramente ustedes ya nos han comprendido.
***
Qué hermosa puesta de sol; o más bien es la luna, pálida como una claraboya en lo alto del crepúsculo de una mañana húmeda como recién pintada. No tenemos miedo, pues el mar se ve agitado apenas por los acordes dulces y disonantes de la barca imaginaria que nos lleva, hundiéndose levemente como sobre una alfombra gruesa y blanda, mientras en las profundidades se estremecen monstruos antediluvianos. Las islas son rojas, el sol que ahora mismo aparece, el cielo…
Siento que un hombre debe ser dichoso en este mundo. Y sé que este mundo es un mundo de imaginación y visión. El árbol que hace llorar de alegría a algunos, a los ojos de otros no es más que una cosa verde que se interpone en el camino. Algunos sólo ven en la naturaleza ridículo y deformidad, pero a los ojos del hombre de imaginación, la naturaleza es la imaginación. Tal como un hombre es, así ve. Tal como está formado su ojo, así son sus poderes. Yerra usted, ciertamente, cuando afirma que las visiones de la fantasía no se encuentran en este mundo. Para mí, este mundo es una continua visión de fantasía e imaginación.4

 

Notas
1 Daniel Paul Schreber, Memorias de un enfermo de nervios, nota 26.
*  A lo largo del texto aparecen abundantes referencias y citas, no siempre textuales, de los siguientes autores: Felisberto Hernández, Robert Walser, Marcel Proust, Bruno Schulz, Remedios Varo, Raymond Roussel y Alfred Jarry. Omitimos las referencias exactas, pues quien conozca los libros reconocerá las palabras y se alegrará, como cuando vuelve a encontrar a un amigo muy querido.
2  Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, I, 80.
3  Jacques Lacan, Las psicosis, discurso del pupitre.
4  William Blake, Carta al Reverendo John Trusler, 23 de agosto de 1799.

Bibliografía**
Daniel Paul Schreber, Memorias de un enfermo de nervios, Sexto Piso, 2008.
Raymond Roussel, Impresiones de África, Siruela, 1990.
Felisberto Hernández, Narraciones incompletas, Siruela, 1990.
Remedios Varo, Consejos y Recetas de Remedios Varo, Museo Biblioteca Pape, 1986.
Robert Walser, Jakob von Gunten, Siruela, 2000.
Robert Walser, El paseo, Siruela, 2008.
Bruno Schulz, Madurar hacia la infancia, Siruela, 2008.
Marcel Proust, Por el camino de Swann, Alianza Editorial, 1996.
Alfred Jarry, Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico, March Editor, 2004.
Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, Altaya, 1999.
Jacques Lacan, El seminario, Libro 3, Las Psicosis, Paidós, 2008.
William Blake, Los bosques de la noche, Pre-Textos, 2001.

** Todos los libros están disponibles en las bibliotecas del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

 

 

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