Verano de 1940*

Marie Claire Figueroa


 

Martes 10 de junio de 1940

Ayer, fue muy chistoso: Maman nos acostó a mis hermanos y a mí con la ropa puesta; tenía los ojos rojos como si hubiera llorado, por esto no le pregunté nada, pero Francis no se dejaba meter a la cama y recibió un manazo. Cuando todo estaba oscuro todavía,  Papá nos levantó. Se notaba nervioso. Me dio un suéter y mi muñeco de celuloide, Michel; a Francis le puso su perro de peluche en los brazos y Maman nos llevó al coche seguido por Papá que cargaba a Bernard todavía dormido. Papá nos dio un beso a cada uno y recomendó que nos portáramos muy bien. Puso las maletas en la cajuela del viejo Citroën, y colocó una maletita amarilla debajo del asiento trasero. Me senté y me encargó a Bernard a quien acostó entre Francis y yo. Desde la banqueta sacudió su pañuelo a manera de adiós y Maman arrancó. Volví la cabeza para ver a Papá  el mayor tiempo posible y también la casona.

Robert Doisneau / 1940
Fotografía

Al salir de Caudebec, pregunté por qué Papá no venía con nosotros y adónde íbamos, pero Maman no me contestó; ponía mucha atención a la carretera y me sorprendió ver a tanta gente manejando a las cinco de la mañana. La circulación se hizo lenta. Estábamos a la orilla del Sena, en dirección de Rouen y quise saber si pensaba visitar a la tante Berthe; me contestó que viajaríamos hasta la orilla del río Loire para vivir un tiempo en el presbiterio de un amigo de Papá, un cura que está en el frente. “¿Cuál frente?” Otra vez no me contestó. Un poco antes de llegar a Rouen, la circulación se volvió imposible. De repente pasaron unos aviones y se oyó un ruido espantoso, los coches se pararon, la gente salió corriendo y se tiró a las cunetas. Maman se llevó a Bernard que empezó a berrear y cogió la maletita amarilla; yo tuve que despertar a Francis y jalarlo rápido. Cuando cesó el ruido de los aviones nos levantamos; una gran nube de humo cerraba el horizonte y la gente empezó a gritar que ya no se podía atravesar el Sena porque los ingleses acababan de bombardear los puentes. Le pregunté a Maman por qué los ingleses no querían que llegáramos al Loire y me dijo que sólo querían que no pasaran los alemanes.         Maman manejó el resto del día muy, pero muy despacio. Por falta de puentes para cruzar el río, tuvimos que dar un gran rodeo. Había una sola fila de coches; casi todos llevaban un colchón en el techo para protegerlos de la metralla de la DCA (Defensa Contra Aviones). A un lado, carretas jaladas por caballos, cargadísimas de campesinos, animales, muebles y bultos, avanzaban lentamente. Unos carros se quedaban a orillas de la carretera por calentarse demasiado o por falta de gasolina. Muchos niños lloraban. Nosotros estábamos tranquilos y repartí a mis hermanos las tortas de jamón y queso que nos habíamos llevado. Maman no quiso comer nada. Llegamos a Longny-au-Perche a las seis de la tarde. Dice Maman que recorrimos alrededor de 250 kilómetros en once horas, es decir, más o menos, entre 20 y 25 kilómetros por hora. En Longny, dormimos en casa de unos amigos de mis papás, los Decaëns. La casa era enorme, más grande que la de Caudebec, pero había tantos otros amigos que nos tocó dormir en el suelo encima de unos colchones viejos. Cuando quise ir al baño, estaba lleno de niños y Maman me mandó al jardín; me negué, pero a Francis le gustó la idea y no tuve más remedio.

Jueves 12 de junio
Después de otro día completo de viaje, llegamos por fin al Loire. No se parece al Sena para nada. Es mucho más ancho y terriblemente perezoso. En unos lugares, parece un gran lago con islitas de arena en medio. El paisaje cambió también. Vimos unas casas chistosísimas, en la misma roca caliza, con puertas y ventanas; casas trogloditas, dijo Maman. Cuando llegamos al pueblo de Chenehutte-les Tuffeaus (tuffeau quiere decir cal), preguntamos por el presbiterio. Nos lo señalaron de lejos: una casa grandota con un enorme jardín lleno de verduras y de árboles frutales. Nos abrió una viejita; su cara parece una manzana, roja y toda arrugada. No quería dejarnos pasar, pero Maman le dio una carta; entonces la señora nos mostró las recámaras y la cocina y dijo que podíamos instalarnos.

Domingo 15 de junio
Maman ha estado muy cansada y nos deja jugar en la huerta. Hoy fuimos a misa en una iglesia chiquita, mucho más chica que la de Caudebec que parece una catedral. Después nos paseamos a la orilla del Loire. Me puse un gorrito porque aquí el sol es más fuerte que en Normandía. Bajamos un sendero y llegamos a una pequeña playa cubierta por guijarros. Después de quitarnos los zapatos, brincamos a una de las islitas de arena cerca del bordo. Bernard gritaba todo el tiempo porque Francis no paró de salpicarlo. A mediodía vino a comer con nosotros el cura de Cunot; no me acuerdo su nombre; viene cada tercer domingo a celebrar la misa en Chenehutte les Tuffeaus desde que se fue a la guerra el amigo de mi papá. Éste, por cierto, se llama el abate René Loir, Renato Lirón, ¡qué gracioso!; seguramente uno de sus tatarabuelos dormía demasiado, o tal vez por la proximidad del río Loire o de uno de sus afluyentes que se llama también el Loir, sin e final porque es bien chiquito. Antes de empezar a comer, el señor cura rezó el Benedicite. Cuando está en casa, Bonne Maman, la mamá de Papá, también recita el Benedicite, pero nadie de nosotros se sabe las palabras porque están en latín. El ama de llaves lo recita con él. Cuando estábamos comiendo el camembert, el señor cura se dio cuenta de que me lo comía con todo y corteza y me dijo que me iban a crecer hongos en la panza. ¿Será cierto? 

Domingo 15 de junio
Hoy llegaron tante Alice, Bonne Maman y mis primos Michel, Jacques y Dadet; se llama Bernadette, pero la llamamos así por que es más fácil. Michel tiene seis años, dos menos que yo; somos los más grandes. Dentro de unos días, vamos a festejar los tres años de Bernard. Maman me mandó comprar velitas azules en la tienda del pueblo. Me gusta ir a esta tiendita, porque cuando empujo la puerta, empieza a tintinear una campanita.
Mis primos llegaron desde la Lorena, mucho más lejos de aquí que Normandía; tardaron mucho en venir. Mi tío está también en el frente. Ya me explicaron que el frente es un lugar de la frontera con Bélgica en donde los ejércitos aliados están tratando de rechazar a los alemanes. Papá no fue al frente porque camina con dificultad; tuvo poliomielitis cuando era niño. Sigue trabajando en la refinería de Port-Jerôme. Si llegan los alemanes, tiene la orden de hacerla explotar.
Estoy feliz porque me llevo muy bien con mis primos, sobre todo con Michel; lo único que no me gusta es que siempre quiere jugar a la guerra. Dice que cuando sea grande será comandante como su papá. En las mañanas, leo La Miche de pain, con Maman y mi tía; es un libro con una gran hogaza en la portada e ilustraciones a colores adentro, para prepararme a la primera comunión. Yo no quiero hacer la primera comunión: en febrero, cuando estábamos en Cabourg con tante Yvonne, la segunda hermana de Maman, unas niñas se desmayaban en la iglesia, una tras otra, todos los domingos, porque no habían desayunado nada antes de ir a misa; además, hacía muchísimo frío y la iglesia no tenia calefacción.
En las tardes, cortamos toneladas de chícharos y los limpiamos; la señorita Pinson quiere hacer conservas para el invierno. Así se llama el ama de llaves del amigo de Papá; me gusta este nombre como el del pájaro que canta tan bonito. 

Jueves 19 de junio
Se oyeron las sirenas en las tres últimas noches y tuvimos que dormir en la cueva que está al final de la huerta. A mí me da mucho miedo, pero se les hace divertido a Francis y a mis primos; en esta cueva se guarda el vino en grandes barricas; ayer los regañaron porque estaban abriendo las canillas. La señorita Pinson nos acompaña; cuando nos regresamos a la casa después de la alerta, ella se queda hasta el día siguiente. Me gustaría quedarme también, pero no me atrevo a pedírselo.

Robert Doisneau / 1940
Fotografía

Viernes 20 de junio
Hoy Papá llegó en bicicleta; tardó cinco días en venir y tiene las pompas llenas de ampollas. Nos anunció dos horribles noticias; Maman y tante Alice no paran de llorar desde la mañana: unos días después de nuestra salida, los ingleses bombardearon Caudebec, sobre todo las casas a la orilla del Sena. De la nuestra no quedó nada más que un montón de piedras tiznadas, fierros torcidos y maderas quemadas; todo eso porque los aviones no le atinaban a los puentes. A Francis no le importó, pero a mí, sí: ya no tengo un solo juguete y ahora no tenemos casa para cuando salgamos de aquí. La segunda noticia es que los alemanes están invadiendo Francia, entraron en París el 14 de junio; Papá vio a muchos en la carretera. Tengo miedo, él no sale de la casa y nos pidió que le avisáramos si alguno entra al jardín. Le pregunté a Maman porque él se está escondiendo y me contestó que si se enteran los alemanes de que es alsaciano, lo mandarán a trabajar en Alemania: Lorena y Alsacia ya no pertenecen a Francia.
Ayudé a hacer el pastel de cumpleaños de Bernard; lo estábamos colocando sobre la mesa cuando empezaron de nuevo las sirenas; lo tuvimos que llevar a la cueva junto con la maletita amarilla de la que Maman no se separa nunca (creo que hay papeles muy importantes adentro). Bernard sopló las tres velas y después nos quedamos dormidos.; esta alerta duró más que las anteriores. A media noche, Jacques nos despertó con risas y canciones; fue imposible callarlo. Tante Alice prendió la lámpara de pilas y lo encontró debajo de una barrica cuya canilla goteaba; parece que se había tragado bastante vino y estaba borracho. Mi tía le puso la cabeza debajo del chorro de agua. Al poco rato tocó el fin de la alerta; yo no quise salir de la cueva y me dieron permiso de terminar la noche allí con la señorita Pinson.

Domingo 23 de junio
En la mañana entraron dos alemanes a la huerta y Maman salió para ver qué querían; preguntaron por Papá; contestó que no estaba con nosotros. Entonces anunciaron que se iban a llevar el Citroën: RE-QUI-SIT-CIÓN, repitieron varias veces, a gritos; hablaban un francés pésimo. Le pidieron a Maman que les enseñara como se manejaba; ella les aseguró que el volante del coche andaba mal. Insistieron y la obligaron a subir con ellos. Se hizo la tonta y fue a estrellarse contra el muro de la huerta. Preguntaron si teníamos otro coche y, de lejos, revisaron los cobertizos; menos mal que no se fijaron en el viejo Rosengart de mi tía, detrás del tractor del vecino. No les quedó más remedio que irse, bien enojados por cierto. Regresé a la casa un poco asustada; Papá estaba en las escaleras, mirando por las rendijas de una persiana y esperando que se alejaran para salir. Felicitó mucho a Maman y proclamó que había hecho una hazaña, es decir una acción excepcional.

Domingo 30 de junio
Dijo Papá que el Gobierno había firmado un armisticio vergonzoso. Estoy muy triste porque se va mi tía con Bonne Maman y mis primos hacia el sur de Francia en donde viven unos parientes de mi tío. Ahora el sur se llama zone libre; allá se fue el Maréchal Pétain con sus ministros, a Vichy. Nosotros vamos a regresar a la zona ocupada, tal vez dentro de una semana. Ya no tenemos casa y se quemó la refinería de Port-Jerôme; entonces Papá trabajará en París  en la Standard Oil, y viviremos en los alrededores de la capital.
       
Domingo 14 de julio
Hoy es la fiesta nacional, pero nadie tiene ganas de festejarla. Después de un último paseo en la huerta, Maman me permitió atravesar la calle y bajar por el sendero; quiero decirle adiós a nuestra playita. Es una lástima que nos vayamos pronto, sobre todo que, desde hace tiempo, dejaron de rugir las sirenas (yo decía mugir, pero parece que es rugir). También estoy contenta; una amiga de mis tíos nos presta una linda casa en un pueblo llamado Montfort l’Amaury. Creo que no hay río sino un gran lago en medio de los bosques. Me van a inscribir a una nueva escuela, y Maman me prometió que nos íbamos a pasear diario en la tarde. Espero que allí no se me olvide nunca la huerta ni las pequeñas islas de arena en frente de nuestra playa.

* * *
 Durante el día, la noche, una centinela, el arma al hombro, da la vuelta al pueblo. En la noche, pasa muy cerca de nuestra ventana. El ruido de sus botas cubre el ruido de los caballos que chocan contra la pared y la flauta mágica de los sapos.
Desfilan por cuatro, con paso acompasado y cantando. Pero es un canto militar, determinado por el manual del soldado y arreglado como redoble de tambor. Cantan ya cada cuatro pasos, ya cada ocho. A veces se eleva el canto, a veces el paso acompasado.
Sobre el muro del ayuntamiento, la Kommandantur puso un cartel blanco en alemán y en francés: “A las poblaciones ocupadas…” La traducción está en un francés dudoso, mas no oscuro: “Las tropas de ocupación deben tratar con miramientos a la población siempre cuando ésta se quede quieta…” “Prohibido escuchar en público o junto con varias personas cualquier estación de radio no alemana, exceptuando alguna estación extranjera autorizada por el alto mando…”      Los alemanes están por doquier. Su vida se sobrepone a la del pueblo, en sobrecarga. No se les puede evitar del mismo modo que no se puede evitar un trayecto de hormigas en la avenida de un jardín. Sus conversaciones privadas, parecidas a ladridos, sus roncos gritos de mando, el ruido de las botas de un soldado solitario, o un destacamento con paso rítmico, sus cantos en coro, que no son más que pasos acompasados de garganta, recubren la campiña y recubren el pueblo. Sus camiones desfilan siempre hacia París, hacia el norte; cada uno ostenta en la parte delantera, por encima de la lona como figura de proa, irónico trofeo, una de nuestras mascarillas contra gas.         

*Memorias de guerra de una niña (Interlude III).

***Traducción de MCF de Trente-trois jours por Leon Werth.

 

 

Ciclo Literario.