Los hijos como reflejos o
la invención del camino

Minerva Garibay*


Martha Gerez, psicoanalista muy reconocida, escribió  en su primer libro una dedicatoria que dice: “A mis padres, a pesar de todo” (queriendo decir con esto: reconozco sus defectos, esos que yo padecí pero también sus dones, que me han hecho ser la que soy.)

 

Para que el lenguaje pueda circular entre padres e hijos es necesario haber comprendido que los padres ideales no existen y que los hijos ideales tampoco existen. Porque hay una exigencia en reclamarles a los padres que ellos no están a la altura de lo que deberían. Y en esto siempre está la contraparte idéntica: cómo pedirle a mi hijo que se ajuste al modelo de mis sueños si ni siquiera tengo claro cuál es ese modelo. Si el niño es callado, porque es callado, si es ruidoso, porque es ruidoso.

Judith Joy Ross (1938)
Fotografía

   Si decimos que no existen los modelos ideales en la realidad, no es lamentando que la realidad esté mal, sino aceptando que la existencia de esos modelos sólo puede ser producto de la imaginación, pero de una imagen distorsionada de la realidad. Lo imaginario tiene que ver con la “imagen”, con el espejo. Somos nosotros los que mirándonos en el espejo, es decir, mirándonos a nosotros mismos, estamos o muy, pero muy enojados con nosotros mismos o muy pero muy contentos de lo que vemos, y en ese espejo es donde siempre ponemos enfrente a nuestros hijos. Los hacemos nuestros reflejos. 
   Al principio es natural y hasta es sano decir: “se parece a su mamá”, o “mi hijo va a ser médico como su papá”, ahí es claro que lo que sucede es que los padres se miran a sí mismos en el hijo, él es literalmente su espejo, pero al paso del tiempo, si los padres no pueden reconocer que los hijos crecen y que las diferencias con ellos son reales, verdaderas, deseables, entonces seguirán insistiendo en mirarse en ellos: “¡Cómo que quiere ser músico, se va a morir de hambre!” “¿Cómo es que Marianita quiere ser actriz? ¡ nada más eso me faltaba!”
   Es cierto que los demás han aportado todo para que el sujeto se estructure, heredamos TODO el paquete completo (rasgos, idioma, costumbres, gustos, etc.). Sin embargo, desde edades muy tempranas, se va desarrollando en el ser humano una autonomía que comienza cuando el niño le dice a la mamá: “No quiero esa sopa.” Independientemente de que le hagan comer o no esa sopa, ese “no” del niño está diciendo que él tiene una voluntad que ya no depende totalmente de la voluntad de la madre. Ese “no” ya es un rudimento de autonomía. En todo o casi todo, seguirá dependiendo de los padres, pero de ahí en adelante y poco a poco, cada vez más, el ser humano irá decidiendo por sí mismo cosas: le gusta el agua (bañarse), qué niños se parecen más a él para hacerlos sus amiguitos, qué camisa le gusta para ponerse ese día, cómo ocupar sus ratos de ocio, qué chica le gusta para enamorarla, qué materia (carrera) prefiere y finalmente las decisiones más determinantes a la hora de elegir esposa, trabajo, etc. Es decir, que llega un momento en que se supone que tenemos la suficiente capacidad de crítica y de análisis para cuando nos toca ser padres y poder entonces no estar en condiciones de repetir la misma historia de los padres sino la propia, una nueva historia. Esto es así para todos, unos más otros menos.
    Y en efecto, repetimos muchas cosas, unas concientemente con plena aceptación de nuestra parte, otras que quisiéramos cambiar y no podemos; otras que ni siquiera nos damos cuenta que repetimos.

Lo normal y lo ideal

    Para poder explicarse los casos “anormales” o “patológicos”, Freud partía de lo “normal”, para poder ver en qué punto se desviaban las cosas de su cauce supuestamente “normal”. Aunque “lo normal”, tendremos que pensarlo como si estuviéramos hablando de “lo ideal”, que dijimos antes que no existe.
   Vamos a tomar su ejemplo. Lo “normal” sería eso, ir conquistando poco a poco la plena independencia y autonomía, pero esa conquista es conquista porque en el camino hay obstáculos para seguir los propios impulsos de autosuficiencia, independencia, autonomía.
   Lo interesante es que muchos de estos obstáculos impiden que nos desbarranquemos. Es el NO de los padres el que salva al niño, minuto a minuto, de peligros muy reales y después al adolescente y después al joven.
   Es en este punto que habría que revisar qué de lo que repetimos habría que conservarse y qué se tendrá que revisar y cambiar. Lo cual representa un desafío, porque a veces cambiar implica andar por caminos desconocidos, como aventurándose a ciegas. 
   La verdad es que ni para nosotros ni para nuestros padres o abuelos o bisabuelos, ha habido un cauce, un camino ya trazado y seguro para transitar por él sin desvelos. Ser padres implica cierta angustia: “¿Lo estoy haciendo bien? ¿Lo estoy haciendo mal?”
“Se hace camino al andar”, escribió Antonio Machado. No hay caminos ya hechos para que pasemos por ahí. Hay caminos porque el mundo ya está ahí en el momento en que nacemos, existen muchos, millones de caminos trazados en él. Al nacer, “los otros” ya están ahí. Todo ya está ahí. Lo que no existe es “mi” camino. Ese yo lo tengo que hacer con mis propias manos, mis propios pies, mi cabeza, buscando brechas en lugares inhóspitos, desconocidos, produciendo lo que no había antes, creándolo, inventándolo.
   Tenemos que trazar el propio camino para no quedarnos repitiendo el de nuestros padres y con eso pagar nuestra deuda para con ellos. “Haz tu propio camino”, y esa es una demanda, una petición del Otro. Llega un momento en que el Otro nos pide “Libérame de tu dependencia”, “gánate la vida”, en un sentido amplio, se trata de ser merecedor de lo que les damos.
   El psicoanalista Nestor Braunstein escribe que: “La clínica muestra los efectos devastadores que se producen en aquellos a quienes la existencia les es dada gratuitamente, los que no tropiezan con Otro que sea demandante en un sistema de equivalencias, los que reciben antes de pedir, fuera del régimen de intercambios, cuando la satisfacción anticipada de las demandas aplasta la posibilidad misma del deseo”.
El autor se refiere a aquellos padres que le “ahorran” esfuerzos al hijo, o que no le exigen una justa retribución a cambio de lo que le dan (responsabilidad, respeto, reconocimiento), o que sin haberlo pedido o sin merecerlo, le dan y le siguen dando ¿qué?: dinero, protección, cosas que terminan sometiendo a los padres, dejándolos en calidad de sacrificados, es decir, sin pedirle que pague su deuda hacia ellos y hacia los demás. ¿Cuál deuda? La de haberle dado la vida.
Cuandoel presidente de estados Unidos Barack Obama recibió el Premio Nobel de la Paz el año pasado, un intelectual (Moore), le dijo: “Felicidades, se lo  dieron, ahora gáneselo”, podría decirse lo mismo con el hijo: “te di la vida, a ti te toca ganártela”.
   Pero la deuda es de todos hacia todos. ¿Qué le deben los padres al hijo? Él podría decirle: “Hijo, yo soy responsable de que estés en este mundo. Eso me compromete a hacerte la vida amable, si no, ¿para qué te traje?

Jane Evelyn Atwood 1991
Fotografía

Demanda , deseo y falta

Nos dice el doctor Braunstein: “Cuando la satisfacción anticipada de las demandas (es decir, cuando se le da algo antes de que el hijo lo pida o lo merezca) aplasta la posibilidad misma del deseo”, se plantea la situación en la que sólo “ganándose” las cosas, puede haber respeto y reconocimiento a quien me las da. Además el deseo siempre es de algo que falta. Cualquier deseo es el resultado de una sensación o de un pensamiento, de una especie de vacío que hay que llenar porque “algo” falta. Si no faltara nada, el deseo no existiría.
    Si nos adelantamos a darle al hijo lo que nosotros pensamos que le falta, lo que estaremos haciendo es impedirle que vivencie, que experimente la falta. Lo tendremos “lleno”. “Que nada le falte” pareciera ser una máxima muy aplaudida. Si, que tenga casa vestido y sustento, pero si lo colmamos, lo ahogamos. Ese es el verdadero sentido de “el colmo”. “¡es el colmo, su papá le compró un Nintendo y acaba de reprobar el año!”  Pensemos en los jóvenes. “¿Qué estás dispuesto a hacer para “ganarte” la vida?: nada”
“¿Qué esperas de tus padres?” “Que me mantengan y que me compren coche y que no me molesten”.
  Con la adolescencia comienza un período muy, pero muy difícil, para los hijos y para los padres. Resulta que ese mundo le parece al chico poca cosa, le parece que no le basta para lo que él anda buscando y dice resentido: “Yo no pedí nacer”, a lo cual podríamos responderle: “Yo tampoco”…(y sin embargo aquí estoy…haciendo lo imposible por que tú seas feliz”).
   “¡No, güey…tantas reglas, tantos deberes! ¡Uf, quiero libertad!” Con lo que se topa el joven es con lo Uno (él y sus aspiraciones personales) y lo múltiple (los otros, los demás, el mundo entero) que pareciera que no coinciden.

No es casual que sean esas las edades en las que las adicciones hacen su entrada. El mundo, al que no pedí venir, me dice cómo debo ser, qué debo hacer, qué se espera de mí, pero resulta que la conquista de mi ser autónomo, mi independencia, mis ideales se ven confrontados con este “todo el mundo” que quiere que yo haga lo mismo que “todo el mundo”, o sea, ¡que las cosas sigan siendo como siempre han sido! Que repita, sin posibilidad de mostrar mi diferencia con ellos. ¿Cómo ser diferente cuando me exigen ser “como todos”? 
   Es importante anotar que las adicciones son ya un resultado o una consecuencia de algo que tendríamos que ir a buscar en la estructura misma, en esos pequeños espacios de autonomía que quizás se vieron obstaculizados un poco o un mucho.
   Si esa autonomía ha sido aplastada, la joven, el joven reclamará con justicia: “Bueno, si tú no quieres que yo sea independiente, entonces responde por mí”. Pero por más que los padres intenten detener esa marcha hacia la plena autonomía, la vida no se detiene, y los jóvenes, tarde o temprano, se las ven en un mundo sin ellos (en los estudios, en el trabajo, etc.) y les cuesta mucho trabajo entender dónde están aquellos padres que prometían no abandonarlos jamás, y entonces el mundo se vuelve una amenaza, una lucha entre su inseguridad y los reclamos de la realidad: “…¡Quiero garantías!” clamaba una paciente desesperada por tener que enfrentar al mundo real, no el de sus sueños, no aquel sin conflictos que le prometían sus padres (a condición de no salir del nido jamás), sino el mundo humano en el que las certezas y las garantías no existen.

*Psicoanalista egresada del Centro de Investigación
y  Estudios Psicoanalíticos en el D.F. (CIEP)

 

 

 

Ciclo Literario.