La amante del volcán

Araceli Mancilla


 

Ella se enamoró de un volcán
que dormía, esperaba o muerto
de aburrimiento, hermoso como el letargo
de lo que va a estallar, podía mantenerse
alejado de las cosas del mundo, indiferente
al bien o al mal, inaccesible a cualquier
sentimiento conocido.  La muchacha forastera,
 apasionada de aquella estatura hierática, de su
imperio sobre  bosques y  nubes, de esa temperatura
interior  que haría desaparecer  cualquier vestigio de lo
vivo bajo sus pies, buscó la manera  de hacerle
sentir  al volcán la honda veneración  que la abrasaba, y pasó días
enteros atisbando el cielo para encontrar  las señales
de un lenguaje  común, una muestra de lealtad,
un mensaje que le  expresara su correspondencia
en ese  hábito de otear  la fumarola imprevisible
del  amado,  su soberbia distante  pero sin pretensión,
pues nada  era más ajeno al volcán que formar parte del  diminuto
 y fatuo universo de lo humano.  Pero el objeto de tales  fatigas
permanecía  inconmovible y crecido ante sus ojos, alto
 e inalcanzable entre los pájaros.
En algún momento la muchacha quiso creer  que los cambios de color
en  el  imperturbable significaban algo cuando,
repentinamente,  los ocres de la mañana pasaron 
a ser  lilas al mediodía y su cono desbordaba  verdes y azules
 al atardecer;  incluso confirmó  que a cierta hora de  la madrugada
el enorme mantón  podía resplandecer
 e iluminar las cercanías de una laguna.  Emocionada con el descubrimiento,
volvió algunas veces  al caer la noche.  Su recompensa  fue
 el imperceptible  temblor de tierra que encendió simultáneamente a las luciérnagas
 y, como si se tratara  de una música extática y no de un fenómeno geológico,
oyó abstraída el rumor de rocas  destrozándose en el  interior de la montaña.
La muchacha regresó  por última ocasión, sin saber que lo sería, el día que halló
al ermitaño recogiendo zarzamoras  de entre la roca magma
con que inicia el camino prohibido.  La neblina los envolvía ligeramente y el
hombre era apenas visible bajo la luna nueva , mas ella pudo distinguir
su desnudez.  Sobre aquel cuerpo  consumido  empezó  a caer  ceniza
 olorosa a humedad  y yerbabuena   que le formaba  una túnica  ígnea.
La muchacha  enamorada del volcán tomó de las laderas un ramo de margaritas
y volvió sobre sus pasos.

Juan Rulfo
Fotografía

 

 

Ciclo Literario.