La escuela*

Marie Claire Figueroa


Mis hermanos y yo cursábamos la primaria en la Escuela libre. Creo que para mis padres hubiera sido una decadencia en su estatuto social el hecho de inscribirnos en la escuela comunal, laica y gratuita. En nuestra escuela, se separaban a los alumnos en tres divisiones: grandes, medianos y chicos con una sola maestra quien se ocupaba de todos por turno: mientras explicaba un problema o dictaba a una de las secciones, las otras hacían tareas. Dos clases me encantaban: la de costura cuando bordábamos en punto de cruz nuestro nombre y fecha de elaboración sobre cuadrillé; pensar que en una de mis innumerables mudanzas lo tiré a la basura cuando este tipo de objeto se expone en los museos no me da vergüenza;  si bien recuerdo, no había resultado una obra de arte. Las bastillas y el punto por encima, el punto atrás, el punto inglés, todo esto me fastidiaba y vaya que los usé durante los años que remendaba y ponía piezas a los pantalones de mis hijos, durante tres horas cada sábado. La otra clase era la de canto. En otoño, nos enseñaron una canción sobre el viento que se introduce en los resquicios y recovecos con susurro o gran vocerío y alboroto Todavía me sorprendo canturreándola cuando silba el viento en San Pablo:

Pierre Bonnard 1902
Fotografía

            Il sifflote, flotte, flotte, hou, hou, hou…
Hasta allí mi recuerdo...
        Entre las canciones aprendidas semanas tras semanas, no podía faltar Maréchal, nous voilà, el himno al Mariscal Pétain quien, si bien se había distinguido durante la Primera Guerra Mundial como el “vencedor de Verdun”, por el momento gobernaba la Francia Libre desde Vichy, después de haber firmado esa amnistía que sometía el resto del país a los alemanes. En realidad, hasta la fecha, nadie se pone de acuerdo con nadie: para unos fue un pacto vergonzoso con Alemania, el cual reconocía a los alemanes como maestros y dueños de nuestro país; para otros, fue la salvación de Francia, lo que le dio tiempo al General de Gaulle para organizar, desde Inglaterra, junto con los ingleses y más tarde con los americanos y los rusos, las futuras ofensivas sobre varios puntos a la vez de tres continentes para derrotar el triple eje: Alemania-Italia-Japón; se evitaron también, aunque sea en parte, las carnicerías de la Primera Guerra Mundial en donde murieron diez millones de soldados y civiles. Mientras, todos los niños de todas las escuelas de Francia empezábamos el día cantando a voz en grito este himno bastante insulso en cuanto a palabra y música: estilo “pompier” (bombero), diríase en francés, algo como estilo ramplón (que me perdonen los bomberos). Sin embargo, en esa época me fascinaba y lo seguía canturreando en voz bajita en la casa. Si me oía mi padre, no tardaba la bofetada bien merecida, pero a mí, qué me importaba la política…por el momento; el derrumbe de la casa de Caudebec no me había bastado; una vez en París, las cosas iban a cambiar y yo observaría los acontecimientos con más lucidez. Las dos primeras estrofas son suficientes para dar una muestra:
Maréchal, nous voilà                          Mariscal, aquí estamos
Devant toi, le sauveur de la France,   Ante ti, el salvador de Francia,
Nous jurons, nous les gars,              Juramos nosotros, los muchachos,
De servir et de suivre tes pas.               Servir y seguir tus pasos.

Maréchal, nous voilà,                      Mariscal, aquí estamos,
Tu nous a donné l’espérance,             Nos has dado la esperanza,
La Patrie renaîtra.                             La Patria renacerá.                 
¡Maréchal, Maréchal, nous voilà!       ¡Marisca, Mariscal, aquí estamos!

En esta escuela, nos preparaban también para la Primera Comunión. Época divina de fe ciega, piedad ingenua y romanticismo religioso; podría llamárselo religiosidad, mas no misticismo, palabra exagerada para el caso: lejos de mí tomarme por Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Como mayo es el mes de María, yo había edificado un pequeño altar sobre la chimenea de mi cuarto, con tres libros de tamaño diferente, en forma de gradas. Los recubrí con un lindo pañuelo blanco bordado y coloqué encima una estatua de la virgen. Cada vez que pasaba adelante, me hincaba con una profunda genuflexión y me persignaba. A lo largo del día, multiplicaba las ocasiones para ir a mi recámara y repetir el ritual un número infinito de veces, gestualidad totalmente frívola y superficial; qué se puede esperar de una niña de ocho años en la víspera de su Primera Comunión; no cualquiera es Santa Teresa de Lisieux,  no confundir con la anterior. La santa francesa, normanda, nacida en Alençon y muerta en Lisieux a los veinticuatro años,  mostró desde la más tierna infancia señales de piedad profunda, intensa, y cuando se murió su cuerpo desprendió un olor a rosas, como los santos lamas budistas quienes, además, desenvuelven un cuerpo de arcoiris.
 En mayo, el departamento de la señora Frankie resplandecía con los reflejos amarillos y violetas arrojados por los cythises, las glicinas y los árboles de Judea que recubrían los muros en frente de mi cuarto. Estábamos a la vez cerca de los torreones de Ana de Bretaña, de la iglesia Saint-Pierre y de la casa llamada “Le Belvédère”, en donde vivió Maurice Ravel desde 1921. Lástima que hayamos llegado después de su muerte; el hecho de que hubiera podido cruzarme con el compositor de la Pavana para una Infante muerta no deja de hacerme soñar. Después de la guerra, Montfort se volvería el lugar de veraneo o de fines de semana de famosos actores y actrices de Francia. Lástima otra vez, perdí la oportunidad de pedir autógrafos, puesto que ya nos habíamos ido.

Gertrude Kasebier / 1905
Fotografía

Poco tiempo antes de la Primera Comunión, la maestra anunció un concurso para saber quién lograba reunir las más bonitas imágenes religiosas. Empleo el término de “bonito”, bastante cursi en la actualidad, porque en los pueblitos, y más en esos tiempos, el arte religioso no destacaba por su plasticidad. Teníamos derecho de buscar en nuestras casas o en las papelerías doce imágenes que debíamos pegar sobre un rectángulo de papel fuerte, de 30 x 45 cm. Maman me regaló algunas de su misal para agregar a las pocas mías y fuimos a comprar unas más. Sólo una me deja un recuerdo, la que pegué primero, arriba a la izquierda: de color marrón sobre fondo beige, el niño Samuel, futuro profeta y último juez de la tribu de Levi; oraba hincado, rodeado de rayos celestes. Escogimos un papel azul como fondo, pero el pegamento (de guerra), muy líquido, lo empapó todo y un fruncimiento apareció alrededor de cada imagen ¡un verdadero desastre! Llegué de muy mal humor a la clase y empeoró cuando la exposición terminada de instalar mostró cartulinas bien estiradas. Después de la última clase, pasamos en fila con papel y lápiz, anotando el nombre del alumno o de la alumna y el número de la imagen preferida, una sola. No sabía qué hacer, la mayoría me parecía chillonas, tipo Sagrado Corazón perforado por una flecha, lo que se llama estilo Saint-Sulpice, del nombre de una iglesia de París, del siglo XIX, alrededor de la cual diversas tiendas venden artículos religiosos del peor gusto, des bondieuseries, palabra despectiva originada en la expresión le Bon Dieu, el Buen Dios. En estas muestras, resaltaba la falta de originalidad, y destacaba la ñoñería.  Se prohibía anotar las de uno, así que seleccioné las que menos me disgustaban. Al final del conteo, oí mi nombre sin poder creerlo: había ganado. La presentación no contaba, nadie se fijó en las arrugas del papel, así que el buen gusto triunfaba. Suena soberbio, pero aparte del hijo del médico y de la hija del notario, los demás venían de familias de comerciantes y de campesinos, poco instruidos. Si tuve un momento de arrogancia, lo pagaría muy caro después, en París, con las compañeras de la alta nobleza francesa que me tocarían en el Collège Sainte Marie.
  Asistía regularmente al catecismo y se decidió que, a pesar de mi corta edad, iba a recibir también la confirmación, puesto que el obispo de la Diócesis de Versalles se desplazaba a la localidad cada cuatro años. Pero necesitaba una madrina y mis padres no tenían en Montfort ni familia, ni amigos; en las torres jugaba a veces con una niña más grande, quien formaba parte del coro de la iglesia. La quería mucho y una tarde, mientras estábamos saltando a la comba, le pedí que fuera mi madrina; asintió y al día siguiente me regaló una medallita de la virgen, de forma octogonal, de esmalte azul. Como estábamos en guerra, no se exigía a las niñas que tuvieran vestido blanco. En una tienda que todavía almacenaba material de años atrás, Maman compró una tela de popelina ligera, denominada “liberty”; el vestido, hecho en este género tradicional inglés, de florecitas azules y moradas, me favorecía mucho, según ella. La verdad sea dicha, era una tela preciosa y suerte tuve; más tarde las cosas iban a cambiar. Se completó el atuendo con una corona de pequeñas rosas de organdí blanco. La misa tuvo lugar en esa hermosa iglesia Saint-Pierre de los siglos XV y XVI, de tamaño impresionante para una ciudad tan pequeña; será porque la construyó Ana de Bretaña en el lugar de las ruinas de una iglesia medieval del siglo XI. Sus vitrales son hermosos; durante las misas, eran para mí una fuente de distracciones:
─ Clairette, concéntrate en tu misal en lugar de levantar la cabeza por todos lados.
─ Pero, Maman, fíjate en los vitrales, ¡los personajes se están moviendo! 
De hecho, el viento que agitaba las ramas de los árboles del atrio, en connivencia con la luz filtrada a través del vidrio de color, parecía hinchar las capas de los apóstoles y de la multitud en su alrededor, todos vestidos con trajes renacentistas. Allí también, como en los vitrales de Notre-Dame en Caudebec, el donante estaba representado arrodillado en una de las esquinas inferiores. Afuera de la iglesia, a manera de claustro, corrían unas galerías que habían servido de osario para sepultar los restos de los cadáveres retirados del panteón de la antigua iglesia. El nuevo panteón se encontraba en medio de las galerías que lo circunvalaban.

 

*Memorias de guerra de una niña. Montfort L’Amaury. Capítulo XI (primera parte).

 

 

Ciclo Literario.