La desvergüenza de la libertad
en una literatura del instinto

Lorenzo León Diez


Giacomo Casanova se pasea en este ensayo no solamente en las páginas de su propia autobiografía sino en la de otros dos grandes autores: Sándor Márai y Arthur Schnitzler, por lo que su autor plantea cómo el personaje crea a sus escritores siendo, a la vez, un migrante literario y protagonista de una poderosa trenza de escrituras.

 

Se dice que la verdad se
mantiene oculta en el
fondo de un pozo, pero que cuando desea mostrarse, todo el mundo vuelve su mirada
sorprendida hacia ella, porque está completamente desnuda, porque es mujer y porque es bella.

G.C.

 

Los Plomos

Giacomo Casanova fue un hombre que experimentó la escritura, la alegría libertina, el juego, el viaje, la múltiple vivencia de la seducción en la posesión de las mujeres,  la soledad de la prisión y, al final, la vejez reflexiva propia de su carrera de aventurero, en la que persiguió en todo momento el placer que siempre se figuraba más grande de lo que en realidad era.1

Per Morten Abhrahamsen
Fotografía

     Casanova, el hombre que amaba de verdad a las mujeres es fiel título de uno de los muchos libros (redactado éste por Lydia Flem) 2  que nos ofrece una imagen del  personaje: “En un castillo de Bohemia, un anciano exiliado pasa trece horas al día escribiendo la historia de su vida. No tiene posesiones; ha dejado atrás o dilapidado todo de lo que alguna vez fue dueño. No tiene mujer, ni fortuna, ni casa, ni patria. Dio y recibió libremente, sin cálculo alguno. Ha gozado de la existencia como pocos hombres –y aún menos mujeres- se han atrevido a disfrutar. Se lanzó a la vida sin pedir nada a cambio excepto la más insolente y la más escandalosa de las recompensas: el placer”.
Otro biógrafo (Stefan Zweig)3 igual lo define: “Casanova derrocha a conciencia sus talentos en el instante, y el hombre que pudiera serlo todo, prefiere no ser nada, absolutamente nada, salvo ser libre”.
Podría ser que su dominio de la expresión literaria, su paseo permanente en los placeres del texto, estén directamente vinculados con sus dones varoniles. Giacomo era  (según lo describe su amigo,  el príncipe de Lignes, en lo que es una de las centenares  de referencias bibliográficas4 que se acumulan en las ediciones de la obras de Giacomo), guapísimo si no fuese un poco vulgar; alto, construido como un Hércules; de color de africano, ojos vivaces y llenos de inteligencia.

Márai
Sándor Márai5 quien establecerá un diálogo con Giacomo 155 años después, -1940- lo encuentra en Bolzano, ciudad fuera ya de las fronteras de la República de Venecia, y nos lo presenta: un rostro rudo y extraño, masculino, por decirlo así, pero no en el sentido humano de la palabra. Nariz grande, labios marcados, estatura baja y maciza, manos pequeñas y cortas, barbilla angulosa. Un ser intermedio, entre hombre y bestia salvaje, una criatura fuera de la norma.
El conde de Parma, el aristócrata rival de amores de Giacomo, completa esta imagen  cuando le dice: Tu manera de amar, de correr detrás de las mujeres, de seguirlas con la mirada, contemplando sus manos, sus hombros, sus senos, son poco humanas.
Sin embargo, el propio Giacomo se define sencillamente: sólo soy un escritor.
Se lo dice a Balbi, el monje renegado con el que se fugó de Los Plomos, quien replica: Sé que escribir es una cosa grandiosa, que es como el poder. Y Casanova exaltado contesta: No es “como”, es el poder, el único poder auténtico. La escritura es la fuerza más poderosa que existe. Tiene poder sobre el destino y sobre el tiempo.
El conde de Parma, no obstante, tiene otro punto de vista: La escritura es la mayor de las impudicias. Vosotros los escritores, sois unas personas sumamente desvergonzadas por atreveros a poner las palabras en el papel sin titubear y a veces sin reflexionar, unas palabras que reflejan lo más vergonzoso de los sentimientos humanos.
Sándor Márai, siguiendo el estilo expresivo y teatral de Casanova, en su novela imita la presentación anecdótica que hace Giacomo en su famosa Historia de mi vida. Según observa uno de los más o menos treinta especialistas que estudian su obra, la forma del relato del autor veneciano concibe su vida “como sucesivas puestas en escena”. 6 Y así el gran escritor húngaro,  lo ve entrar al teatro, donde están sentados los ciudadanos más notables. Giacomo mira a todos y bosteza enseñando los dientes, los dientes grandes, fuertes y amarillentos, colmillos perfectos de depredador.
Al momento que ingresó a la prisión de los Plomos, donde estuvo recluido durante 15 meses  por órdenes del Tribunal de la Inquisición, Giacomo acababa de llegar a su patria  de un gran viaje. Había recorrido: Toda mi Italia natal, las dos Grecias, el Asia Menor, Constantinopla y las ciudades más bellas de Francia y Alemania. 7

Brassai / 1932
Fotografía

Este trayecto lo emprendió como consecuencia del escándalo que protagonizó cuando tomó venganza del  Abad Chiari, quien en una obra ridiculizó su origen plebeyo. Con  el libelo que escribió Ni amores ni mujeres,  Giacomo respondió a su enemigo y se enemistó con toda la nobleza de Venecia, lo que le costó el exilio definitivo. Dice de sí mismo: Hice justicia sin quebrantar las leyes.  Estaba tan hecho, como dice Montaigne, a los groseros placeres que el hombre puede procurarse que, semejante a un cerdo, me encenagué deliciosamente 8.
En el año de 1755  cuando  regresaba  amando a su patria y a quienes la gobiernan (Después en prisión cambiaria su parecer pues el amor a la patria se convierte en un verdadero fantasma para un hombre que está en la cárcel) fue aprehendido el 25 de julio y  trasladado a Los Plomos.  32 años más tarde, en la biblioteca del castillo de Bohemia, el aventurero recuerda cómo era en ese momento: suficientemente instruido, (había  efectuado estudios de derecho público y canónico en la Universidad de Padua, luego fue nombrado abad de Venecia y más tarde  secretario del un cardenal en Roma)  lleno de mí mismo, aturdido, ávido de placeres, enemigo de cualquier previsión, convencido de poder hablar de cualquier argumento en cualquier sentido, contento, audaz, vigoroso y burlándome de todo cuanto me pareciera estúpido, fuera esto santo o profano. 9
Giacomo nunca llegó a conocer su sentencia, que lo condenó a cinco años de prisión  por las muchas culpas presumibles…principalmente desprecio público a la Santa Religión. 10
El gran libertino, audaz charlatán y hombre cuyo único pensamiento era disfrutar de la vida, fue arrojado a una celda, donde ratas tan grandes como conejos se paseaban y donde una maldita población de parásitos se empezó alimentar succionando su sangre. Pasaron los días, las semanas, los meses y Giacomo clamaba por la compañía de un asesino, de un loco, de un enfermo apestado, de un oso o de un tigre, preferibles a una soledad como esta. 11
La mazmorra de Giacomo será el lúgubre escenario donde irán apareciendo y desapareciendo, como actores de un aciago teatro, los más diversos personajes. El primero de ellos no es un ser material, sino  una virgen española, exageradamente devota, melancólica y encerrada en un convento de franciscanas fundado por ella misma en su propia casa. En efecto, es María de Jesús, abadesa del Convento de la Inmaculada Concepción de la Villa de Agreda, autora de los tres tomos en octavo  Ciudad Mística de Dios (1670), que Giacomo, sin tener otros libros ni cosa que hacer, lee en su mazmorra. Y aunque Giacomo sabe que es fábula todo lo que habitualmente tenemos por místico o dogmático, se encuentra con una obra maestra escrita por un espíritu exaltado y fantasioso con todos los ingredientes necesarios para volver loco a un hombre. Aparte que la privación de la libertad del cuerpo embota las facultades de la mente, esta lectura pone a Giacomo al borde del delirio, atezado por las fiebres de la enfermedad que contrae en prisión, la llamada de las hemorroides internas. 12
Fue hasta que un médico le quitó ese libro de una santa loca que había engendrado esta obra maestra, y le entrega en su lugar, el De Consolatione Philosophiae, escrito en la cárcel por el filósofo estoico del siglo V Severino Boecio, que Giacomo alcanza nuevamente su estabilidad. Vino en su auxilio la filosofía, todos cuyos gérmenes tenía en el alma y cuya voz todavía no había tenido la oportunidad de escuchar. Ese tiempo de su soledad, de su meditación engendra memorables sentencias: El hombre que se examine bien a sí mismo sólo encontrará en su interior debilidad. O: Un hombre encarcelado que duerme tranquilamente no está realmente en la cárcel mientras dura su dulce sueño; del mismo modo, durante la noche el esclavo que duerme no siente las cadenas de su cautiverio como tampoco los reyes reinan cuando se disipa su conciencia. En una manifestación de sinceridad, como son efectivamente sus escritos, Giacomo dirá muchos años después de esta terrible experiencia: Aunque los quince meses que pasé en Los Plomos me proporcionaron el tiempo suficiente para analizar todos mis defectos, he de reconocer que no me bastaron para descubrir las normas de conducta que me permitieran enmendarlos. E incluso aprueba su reclusión por el efecto que tuvo sobre mí y por la necesidad que tenía de ser corregido. 13
Entre los convictos que llegan a ocupar su celda, en una ocasión Giacomo se sorprende de estar ante un conde, amigo suyo y famoso estafador, quien le informa los rumores que corren de él en las calles: unos decían que me había convertido en líder de una nueva religión. También  circulaba una novelucha donde había sido cruelmente satirizado.

Ralph Steiner / 1931
Fotografía

Giacomo narra en su libro sobre Los Plomos cómo empieza, por efecto de la prisión, a volverse loco, esta sacudida venía del mismo temblor de tierra que destruyó por aquellos días la ciudad de Lisboa. Es entonces que decide fugarse: Cuando un hombre se empeña en llevar a cabo un proyecto cualquiera y concentra en ello todas sus energías, tiene que lograr finalmente realizarlo a pesar de todas las dificultades. 14
Y en efecto,  su primer intento de fuga, que es descubierto, y  su fuga misma, fiel registro de lo que un hombre puede lograr en las condiciones más adversas, es un elogio a la voluntad más humana, el esfuerzo por liberarse.
Así,  cuando Sándor Márai lo encuentra en Bolzano, nos ilustra alegremente sobre lo que significó esta noticia todos: Los cardenales y los ilustres senadores, los verdugos y los policías, los espías y los tahúres, los amantes y los maridos, las muchachas en misa y las mujeres en sus cálidas camas se reían y gritaban: Jo, Jo, Jo.15
     Giacomo pasó dieciocho años viajando por toda Europa hasta el momento en que los inquisidores se dignaron a concederle permiso para volver a su patria.16 Un especialista en Casanova (Helmut Watzlawick) 17 apunta que Casanova llegó a utilizar cerca de 46 tipos de moneda en estos traslados. “Su descaro no se fija límites. Adora a las mujeres, a todo tipo de mujeres, ricas y pobres, sin importarle la edad y procedencia, siempre y cuando le resulten interesantes. Le gustan sobre todo las jóvenes inteligentes y con carácter. Se enamora sinceramente cientos de veces porque se resiste a llevarse a la cama a una mujer que no ame”.

Schnitzler
Giacomo es tan atractivo para los escritores, que otro novelista,  Arthur Schnitzler,  en su novela El regreso de Casanova (1921), dialoga con el personaje célebre, pero a diferencia de Márai, que lo encuentra en su plenitud, el narrador austriaco lo halla no acosado ya por el placer de aventuras de su juventud, sino por el desasosiego de una vejez próxima. 18
Es un  veneciano de 53 años que arrastra un largo exilio fuera de su querida patria, un viejo al que una cólera impotente le llena los ojos de lágrimas al reconocer su condición precaria cuando antes recorría el país en un magnífico carruaje.
Giacomo, en esta otra aparición en la escena montada por un autor diferente a él mismo, nos enseña cómo un personaje puede vivir más allá de las páginas originales, siendo ya no el escritor que crea al personaje sino el personaje el que crea al escritor. La vida de Giacomo Casanova sigue desplegándose en escenas montadas por otras mentes en el cuento-canto que Casanova fundó por los siglos de los siglos. 
¡Mírame Amalia! Las arrugas de mi frente… ¡Los pliegues de mi cuello! ¡Y estas profundas estrías desde los ojos hasta las sienes! Y aquí…sí, aquí en el rincón me falta un diente ¡Y estas manos, Amalia! ¡Míralas! Dedos como garras…Manchitas amarillas en las uñas…Y estas venas…Azules e hinchadas… ¡Manos de anciano, Amalia!

Fèlix Jacques-Antoine Moulin / 1849
Fotografía

Y así, desde su decadencia, Casanova marcha a otra aventura en pos de la conquista y posesión de una mujer: Marcolina volverá a hacerme joven. ¡Qué me importa si es virgen o prostituta, novia o viuda…¡Quiero tenerla, la quiero!
Schnitzler encuentra a Giacomo ante una situación imprevista, una aventura precisamente, cuando casualmente Casanova en Mantúa, ciudad donde espera noticias del Gran Consejo para su retorno a Venecia, se topa con Olivo, un viejo amigo a quien facilitó, hará unos quince años, su boda con Amalia, hija de su amante y amante suya ella misma. No le suena muy atractiva la invitación para que Giacomo lo acompañe a una visita en su residencia en el campo, al ahora próspero, agradecidísimo y sorprendido amigo, al estar, después de tantos años, frente a su benefactor, el famosísimo Chevalier de Seingalt. Amalia no se habría vuelto más joven, desde luego, ni más bella. Y de sus hijas ¿qué podría esperar?   A su edad difícilmente encontraría acogida especial en su hijita de trece años. Pero apenas oyó hablar Casanova de una joven sobrina, decidió contemplar de cerca  a aquella bella criatura. Suena lógico. La aventura es el tránsito que separa al seductor de una mujer. La mujer es antes que nada una imagen, ya está en la cabeza de Giacomo mucho antes de conocerla: Con la imaginación la veía echada en su cama blanca, frente a la ventana, con la manta quitada, el cuerpo semidesnudo y defendiéndose con manos soñolientas de las bayas y avellanas que entraban volando por la ventana desde el jardín de juegos de sus primas. La aventura es la geografía del deseo. Casanova ve de lejos en el camino hacia ella al capitán Lorenzi, quien también cabalga hacia la casa. De que Marcolina fuera su amante dudaba tan poco como si los hubiere visto por sí mismo en el más tierno abrazo. Y después, frente a  Marcolina, Casanova siente con pesar la ausencia en su mirada de aquella luz que antes con tanta frecuencia lo acogía. De modo muy distinto brillaban los ojos de Amalia. Sintió Casanova que solo le costaría una palabra, y ni siquiera eso, reanudar, en cuanto quisiera, la aventura de entonces. Pero no había venido aquí para hacer  cornudo a Olivo, menos en esos momentos en que deseaba a Marcolina como nunca había deseado a otra. Creía  ver su cuerpo desnudo; sus pechos como capullos florecían para él y cuando ella se inclina a recoger un pañuelo la fantasía inflamada de Casanova dio a ese movimiento un sentido tan lascivo que se sintió próximo al desmayo. Y luego una especie de devoción, de entrega sin deseo, atravesó su alma. Cuando le es presentado Lorenzi, supo que era su propia imagen, que él mismo, treinta años más joven, venía a su encuentro. En lo que es un juego de espejos, Casanova se pregunta ¿Es que he reencarnado en ese cuerpo? En su estancia en la casa de Olivo, sólo pensaba en que Marcolina se estaría desnudando en aquel momento lentamente en su habitación y, si la ventana estaba abierta, su piel blanca resplandecía en la noche. Casanova era acometido por un deseo que le traspasaba los sentidos, sin embargo su poder sobre las personas, tanto mujeres como hombres, había desaparecido. Su vida había sido una huída natural y sobrenatural del deseo al placer y del placer al deseo. Y era cierto, a pesar de su edad, por todas partes seguía habiendo mujeres en su camino, aunque mujeres como Marcolina no eran ya para él. De tal manera, Casanova tiene que buscar un placer obtenido por la fuerza, igual que con Teresina, la hija de trece años de Olivo, a quien prodigó algunas pequeñas caricias; las chispas que se encendieron en los ojos de ella indicaban un placer distinto del que provoca un juego infantil e inocente. Más adelante, cuando llegó a su habitación Teresina a llamarlo para integrarse a la partida de juego vió Casanova que en sus ojos resplandecía algo extraño, sus mejillas estaban arreboladas, su espeso cabello de mujer, de un negro azulado, jugueteaba en sus sienes; su boca infantil estaba entreabierta. Era evidente que había bebido vino. Casanova la cogió de los hombros, le echó el aliento en el rostro, la atrajo hacia sí y la arrojó sobre el lecho; ella lo miró con ojos abiertos y desvalidos, en los que se había extinguido el resplandor; sin embargo, cuando su boca se abrió como para gritar, Casanova tuvo un gesto tan amenazador que se quedó casi petrificada y dejó que hiciera con ella lo que quiso. Más tarde, al despedirse, Casanova le dio una moneda de oro frente a Olivo “para tu hucha”. Le causaba un placer muy especial pagar delante de su padre sus servicios a aquella pequeña meretriz, cuya madre y abuela le habían pertenecido ya.

Fèlix Jacques-Antoine Moulin / 1849
Fotografía

Pero para llegar al cuerpo de Marcolina se requiere una ruta más complicada que esta violación, es un camino desesperado el que emprende Casanova por los riscos del deseo. La partida de juego en casa de Olivo, donde Lorenzi pierde dos mil ducados, ante el conde  de cuya mujer es  amante crea una deuda que debe saldar pues está en entredicho su honor y su carrera en la corte. Esto da su oportunidad a Giacomo para remontar el espacio hasta la cerrada alcoba de Marcolina. 
Casanova le dice al joven militar: Estamos hechos de la misma madera, Lorenzi, somos hermanos de espíritu, y por eso nuestras almas pueden enfrentarse sin falsa vergüenza. Aquí tenéis mis dos mil ducados (más bien los vuestros), si me permitís que pase esta noche con Marcolina en vuestro puesto.
Casanova lo logra. Esa noche se cometió un crimen indecible e inexpiable, la astucia contra la confianza, la lujuria contra el amor y la vejez contra la juventud.
Marcolina descubre con la luz del amanecer a un hombre dormido a su lado, que no es su amado. Casanova despierta y lee en su rostro  congestionado por la vergüenza y la rabia, la palabra que para él era la más terrible de todas, porque significaba su sentencia definitiva: viejo.
Casanova huye cubriéndose con la capa que Lorenzi le dio como parte del trato. Y en el jardín lo espera el capitán, para retarlo a duelo.
Mas como Casanova va desnudo debajo de la capa, en razón de igualdad el capitán también se desnuda. Estaba frente a él, magnifico en su desnudez como un joven dios. Toda vulgaridad había desaparecido de su rostro; parecía tan dispuesto a matar como a morir. Casanova se pregunta ¿Y si arrojara mi espada? ¿Y si lo abrazara? Ante el espejo donde se transparenta la vida y la muerte, Casanova medita: Una ficción son la juventud y la vejez. ¿No soy un dios? ¿No somos dioses los dos?  Es un duelo rápido en el que el viejo le atraviesa el corazón. En el estupor de un sueño besó la frente al que acababa de matar. (Continuará)

Notas
 1. Mi fuga de las prisiones de Venecia. Giacomo Casanova. Valdemar. 1996.
Traducción:  José Luis Checa Cremades. Con 104 notas. Este libro lo escribió el autor como un volumen independiente de sus memorias y se publicó en 1778. El mundo hispano celebró en 2009 la esperada edición completa de Historia de mi vida. Giacomo Casanova. Traducción de Mauro Armiño. Atalanta. Vilaur (Girona) 2009. Dos volúmenes. 3.648 páginas..
2. Fietta Jarque. El club Casanova. El país Semanal... 08/11/ 2009
3. Ibidem.
4.  Mi fuga de las prisiones de Venecia. Op. Cit.
5. La amante de Bolzano. Sándor Márai. Salamandra. 2003. Traducción: Judit Xantus Sabrás
6. Ibidem.  El club Casanova.
7. Mi fuga de las prisiones de Venecia. Op. Cit.
8. Ibidem.
9.Ibidem. 
10. Notas de: Mi fuga de las prisiones de Venecia Op. Cit.
11. Ibidem.
12. Ibidem.
13. Ibidem.
14. Ibidem.
15. La amante de Bolzano. Sándor Márai. Salamandra. 2003. Traducción: Judit Xantus Sabrás
16. Mi fuga de las prisiones de Venecia Op. Cit.
17. Fietta Jarque. El club Casanova. El país Semanal.. 08/11/ 2009

18. El regreso de Casanova. Arthur Schnitzler. Acantilado. 2004. Traducción: Miguel Sáenz

 

 

 

Ciclo Literario.