Montfort L’Amaury I*

Marie Claire Figueroa


La pequeña ciudad de Montfort tomó el nombre de Amaury I, conde de Montfort. El rey de Francia, Roberto II el Piadoso (970-1031) edificó la fortaleza en 996 sobre el peñasco de 183 metros de altitud, alrededor del cual se extiende el pueblo. Durante la Guerra de Cien años (1337-1453), la fortaleza fue destruida por los ingleses, esos villanos quienes, en 1432, no vacilaron en mandar a la hoguera en Rouen a Juana de Arco. A pesar de haber ayudado a restablecer a Carlos VII en el trono de Francia, la gratitud de éste duró poco: la abandonó entre las manos del siniestro obispo, Pierre Cauchon, quien se las ingenió para darle fama de bruja.

Paul Outerbridge / 1938
Fotografía

De la fortaleza sólo quedan dos torres reconstruidas por Ana de Bretaña, astuta mujer que se casó sucesivamente con dos reyes de Francia, Carlos VIII y Luis XII y casó a su hija Claudia con Francisco I. Luego, el Condado de Montfort, ligado al Ducado de Bretaña por otros matrimonios, regresó a la corona de Francia en 1547.
Totalmente ajena a esas historias, parte de la gran Historia que me tenía sin cuidado, me la pasaba jugando en las tardes entre las ruinas llenas de recovecos, maleza y flores silvestres. El gran hallazgo que hicimos con mis hermanos fue el de una animal bien raro: cada vez que nos acercábamos, metía de inmediato el hocico entre las patas, retrayéndose; no quedaba más que una pelota de picos, más bien una bola de púas. A pesar de nuestras súplicas ese día, no quiso volver a su forma primera. Diario regresamos al mismo lugar con la esperanza de observar nuevamente sus ojillos brillantes que sólo habíamos atisbado unos segundos.
─ Aquí está, susurró Francis una tarde. No hagan ruido si no se va a enroscar otra vez.
El puercoespín, según el nombre que nos había dado Maman ─hasta lo buscamos en el diccionario─ estaba caminando en la hierba sin darse cuenta que tres pares de ojos lo estaban espiando.
─ ¿Y si le traemos lechuga, se la comerá? preguntó Bernard, mi hermano chico.
─ ¿No lo estarás confundiendo con una tortuga? replicó Francis con tono burlón.
Nunca supimos si le hubiera gustado la lechuga o no, porque se asustó de nueva cuenta con nuestras voces y se metió entre dos rocas de las que no lo pudimos sacar; nunca lo volvimos a ver. En cambio abundaban las ardillas que volaban de rama en rama con su cola rojiza y su fea cara de roedor. No se me hacían nada graciosas y seguía buscando al pequeño erizo.
Entre tanto jugaba con mi pelota, sola o con mis hermanos cuando andaban de buenas. Me gustaba el juego y me gustaba mi pelota, verde y llena de estrellitas doradas; me la había regalado Mademoiselle Robin, la dueña de la casa en donde vivíamos desde que los ingleses habían bombardeado nuestra gran casa de Caudebec. Pero entonces sucedió la tragedia: ¡se me perdió la pelota!  Como buscamos al erizo, buscamos la pelota. Les prometí muchas canicas a mis hermanos si la encontraban, fui a la iglesia Saint-Pierre a encender una vela a San Antonio de Padúa, muy conocido por su destreza para encontrar los objetos perdidos. Nada le hizo. Se me fue el sueño por la noche, primicia de mis obsesiones futuras. Viendo lo dramático de la situación, Maman me compró otra, roja, para que se distinguiera entre la maleza. Ésta no tenía estrellitas doradas, pero rebotaba mejor que la primera.
Montfort l’Amaury fue una especie de interludio, de tregua, entre el infierno de las primeras bombas, el éxodo, nuestra casa calcinada y París adonde íbamos a aterrizar en 1943. Disfrutamos ese pequeño paraíso durante dos años. Mademoiselle Robin era una amiga de mi tío René y de mi tía Alice, la hermana de mi papá; vivía en París en donde dirigía un taller de costura y nos prestó su casa de campo durante el primer año de nuestra estancia. Estaba a la orilla del bosque, en un extremo del pueblo. Teníamos que caminar veinte minutos para llegar a la escuela. En esta casa, todo era pequeño, desde el jardín, las recámaras, la cocina…
Una tarde, poco antes de Navidad, regresé triunfante de la escuela, la cara roja por la excitación de la noticia de primera importancia que les iba a comunicar. Maman, sentada en la salita, cerca del árbol adornado, estaba leyendo un cuento a mis hermanos. Entré y solté de sopetón: ─ Unas niñas de la escuela me dijeron que el Père Noël no existe, son los papás quienes ponen los juguetes en los zapatos.
Se agrandaron de incredulidad los ojos de Francis, pero Bernard no pareció prestar mucha atención al disparate que yo acababa de lanzar.
─ Pero ¿quién te dijo semejante barbaridad, Clairette? Por supuesto que es el Père Noël; llega con su enorme costal el 24 y deja juguetes en las casas en donde los niños se portaron bien todo el año.
─ Y ¿por dónde pasa? preguntó Francis, dubitativo.
Juzgando que la conversación había durado demasiado, Bernard arrancó el libro de las manos de Maman y reclamó a gritos el final del cuento.
─ Pasa por la chimenea, por esto colocan ustedes sus zapatos allí.

Cuando Francis pareció tranquilizado y sin hacer caso al berrinche de Bernard, Maman se levantó y, echándome una mirada significativa, me pidió que fuera a ayudarle en la cocina.
─ Mira, hijita, dijo en voz baja, tienes razón, pero tú ya eres grande y sabes guardar un secreto ¿verdad? Entonces ya no repitas esto a tus hermanos, deja que sigan creyendo en lo maravilloso.
Me sentí a la vez desdichada por haber metido la pata de ese modo y halagada por el gran paso que acababa de dar: había dejado al clan de los pequeños.  En otras dos ocasiones, años más tarde, iba a volver a vivir ese fugaz momento de connivencia con mi madre: la primera, cuando me explicó los misterios de la menstruación, la segunda, la víspera de mi boda, con las recomendaciones de rigor. Dudo mucho que estas explicaciones sean indispensables en nuestros tiempos en los que las madres ya no tienen gran cosa que enseñar a sus hijas adolescentes.
Nuestros juegos en las ruinas del castillo de Montfort empezaron cuando nos cambiamos a un departamento no muy lejos de la torre mayor y más cerca de la escuela. Pero cuando vivíamos todavía en la casa, nuestros paseos al bosque eran verdaderas excursiones. Primero, nos llevábamos el goûter, o sea un sándwich de mermelada o, mi preferido, un pedazo de pan con una tablilla de chocolate. Entre semana, comíamos entre las doce y doce y media; cenábamos entre las siete y siete y media (a las ocho en París). Así que, a las cuatro, no podíamos prescindir de nuestro goûter: una mordida de pan en la mano izquierda, un mordisco a la tablilla de chocolate Meunier en la derecha. En el encierro de las tardes heladas, cuando la lluvia o la nieve no nos dejaban salir y la noche se hacía presente a las cinco de la tarde, nuestro máximo placer era el de poner la tablilla entre dos rebanadas de pan, colocar éstas sobre la pequeña estufa de leña del comedor y voltear el sándwich una o dos veces hasta que una delgada masa marrón escurriera del pan semi tostado. ¡Una delicia! Todavía no se inventaba el Nutella…

Agnes Warburg / 1901
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El bosque de Grosrouvre (Rouvre, del latín Robur, roble) tiene varios estanques inmensos, los Etangs de Hollande ─quién sabe qué tiene que ver Holanda allì─ Me fascinaba el reflejo de las nubes, el ballet de las libélulas trazando arabescas en la superficie, las olas diminutas levantadas por la brisa. Pero, eso sí, prohibido acercarse a la orilla. Maman se sentaba en una roca o un tronco para tejer una de esas interminables bufandas para cada uno de nosotros, o suéteres, o calcetines; las bufandas salían siempre multicolor ya que utilizaba restos de pelotas de tejidos anteriores; a veces nos teníamos que conformar con tonos neutros, tristes, desde el beige hasta el café oscuro, pasando por el gris o el morado. Para algunas cosas, el surtido de las tiendas era muy limitado; en cambio, después de la guerra, los colores pastel o más fuertes me asustaban, por falta de costumbre.
Mientras tejía Maman, mis hermanos, descalzos, recorrían los riachuelos en pos de renacuajos, esos animalitos negros provistos de dos patas flacas y de una cabeza enorme; en México, llegué a confundir esta especie con los ajolotes, anfibios también, pero de la familia de los salamándridas y mucho más grandes ya que pueden alcanzar veinte centímetros de largo. Un cuento de Cortázar me sacó de ese craso error; se acuerdan del hombre que iba diario a visitar al ajolote, la cabeza pegada al vidrio del acuario, tan fascinado, tan hipnotizado el hombre que, un día, intercambió su lugar con el animal y, a su vez, empezó a mirar a su visitante cotidiano…   

En francés, el renacuajo se llama têtard por el desarrollo inusual de su cabezota. Francis los metía dentro de un frasco con una tapa agujerada a la que le agregaba agua y, dizque, las hierbas favoritas del renacuajo, arrancadas en las orillas del riachuelo. En la casa, los pobres se debilitaban a vista de ojos así que, unos días después, los regresábamos a su lugar de origen, boqueando, más muertos que vivos.
Yo no participaba mucho en esas actividades; prefería absorberme en la contemplación del estanque o de los juegos de luz y sombra en la maleza, al pie de los árboles. Tal era mi comunión con la naturaleza que, en lugar de ir al baño en la casa, me aguantaba y esperaba esas benditas horas de la tarde para acurrucarme en un rincón alejado de la vista de los demás, recuerdo un poco penoso que delataba mi ingenuidad infantil: el producto suelto, de olor fétido, estaba infestado de minúsculos gusanitos blancos y cada tarde me planteaba la misma pregunta: ¿Cómo lograban los gusanos del bosque acudir tan rápido desde la tierra y treparse a mis heces?; ni un instante imaginé que venían de mi propio intestino parasitado. Además me hubiera horrorizado el saber la presencia de esos indeseables inquilinos en mi cuerpo. Nunca me atreví a comentar nada a Maman, pero es probable que al ver mi poco aumento de peso, el doctor que nos examinaba a intervalos regulares haya sospechado algo y recetado algún desparasitante.
En verano, regresábamos mucho antes de la puesta de sol, ya que, alrededor del solsticio, brilla hasta las diez de la noche. En otoño, el bosque cambiaba de vestuario. De verde ya no tenía nada; en unos días las hojas se tornaban amarillas y rojizas, el aire rompía sus frágiles tallos; lentamente bajaban, balanceándose según los caprichos del viento y se amontonaban para formar una gruesa alfombra húmeda que pisábamos con cautela como cuando se pisa una nieve recién caída. Los últimos rayos de sol filtrados a través de las ramas semidesnudas transformaban las hojas restantes en enormes centavos de oro; sus compañeras, se descolgaban a su vez para engrosar la alfombra. Como dedos de hada o los del rey Midas, los rayos del sol poniente transformaban en oro lo que tocaban: la superficie del estanque y el lomo de las carpas, los juncos de la orilla, los guijarros de los riachuelos, las flores, los troncos, todo. Maravillada, yo observaba, minuto a minuto, los cambios de tonalidades y Maman tenía que arrearme para que no me quedara en la retaguardia.

Marion Palfi / 1949
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Los viernes eran días de fiesta porque llegaba mi padre en el tren de la noche. Íbamos por él a la estación de Méré. Desde que trabajaba en la Standard Oil en París, vivía entre semana en el pequeño departamento de mi tía Yvonne, 44 rue Truffaut en el XVIIo “arrondissement” en el barrio de los Batignolles, entre el populoso Clichy, habitado ahora por emigrantes árabes y la elegante Plaine Monceau. Digamos que el barrio de mi tía era tranquilo. Lo conozco bien, me dirán si no: cuando tenía 18 años, mi padre se enojaba constantemente conmigo,  nada de lo que hacía le parecía bien, y yo tenía cierta dosis de rebeldía en mi haber. ─Si no estás a gusto en la casa, me decía, puedes irte. No me lo repetía dos veces,  llenaba mi maleta, subía al “petit train de ceinture”, pequeño tren periférico (a sus inicios) que recorría en veinte minutos el trayecto entre la estación Henri Martin, cerca del Bois de Boulogne en donde vivíamos, y la estación de los Batignolles; en dos patadas, estaba con mi tía. Pasaban unos días divinos, sin griterío, sin órdenes que cumplir, sin batallas con Bernard; él también se sentía liberada de su hermana quien, pretendía él, abusaba de su autoridad, con el pretexto de ser la mayor. Mi tía me consentía, guisaba mis platillos favoritos y yo le ayudaba a trenzar los cordones de los zapatitos que tejía. Me dejaba escuchar su viejo gramófono en el que se colocaban enormes discos de cera: tenía muchos de ópera, algunos con la voz de Caruso, otros con la de un barítono ruso, también muy conocido: Shaliapin; discos usados, rasposos, voces que parecían salir de ultratumba y me encantaban. Unos días después sonaba el teléfono para anunciar una amnistía…temporal, hasta la siguiente ocasión. Por lo pronto, estaba perdonada.
Pero en esa remota época, era mi “petit papa chéri” y me deshacía en atenciones con él. Le enseñábamos nuestros lugares de paseo en el bosque; Francis y Bernard lo jalaban al riachuelo para que ayudara a llenar el bote de renacuajos más rápido pero, por la debilidad de sus piernas, no entraba de lleno al juego. Más le gustaba recoger los hongos del otoño. Nos enseñaba a distinguir los buenos de los desabridos y sobre todo de los venenosos. De regreso, los ensartábamos en hilos que atravesaban la cocina de par en par, con el desagrado de recibir alguno que otro gusano en el cabello, a medida que se secaban. Una vez secos, se colocaban en cajas de metal; teníamos así una reserva de sabrosas garnitures para los espaguetis  o las omelettes de todo el año. A pesar de su nombre, las trompettes de la mort, eran exquisitas; de color oscuro, tenían la forma de trompetas. En cambio no debíamos siquiera tocar los más lindos, de sombrero rojo con puntitos blancos, amanitas mata-mosca y otras de la misma familia, algunas venenosas, algunas mortales. Mi padre conocía la mayor parte de las especies porque en su infancia y juventud solía recogerlas en los montes Vosgos con su familia. Claro, tal vez en Alsacia algunos hongos eran diferentes de los del oeste de Francia, pero él se sentía muy seguro ante la selección que hacíamos. En cambio, algunas personas acudían con el boticario para que revisara su cosecha. Se cuenta de una pareja de viejitos quienes estaban cenando los hongos recolectados por ellos en la tarde; mientras comían, la mujer le dio uno al gato que rondaba por allí; al poco tiempo, el gato empieza a retorcerse de dolor y muere. ¡Imagínense la noche que pasaron los viejitos quienes, en la madrugada, se levantaron desvelados, mas sanos y salvos!
Con las  castañas que recogíamos en la misma temporada del año cuando salían de su cáscara verde de púas, hacíamos un pastel de chocolate riquísimo: una vez peladas, las castañas se cuecen en un poco de leche y se muelen. A este puré se le agrega mantequilla y chocolate derretido. Cuando se recubre de crema chantilly se llama Mont-Blanc. Hasta la fecha lo sigo haciendo (con crema inglesa en lugar de chantilly). Utilizo las latas importadas de Francia o España, evitándome así el disgusto de encontrar castañas enmohecidas en las que se compran a precio de oro en la época Navideña; me ahorro también la pelada de las dos cáscaras, la dura, café oscuro, la blanda, café claro.
Para la comida del domingo, Maman se esmeraba en la cocina, antes de la misa de las doce. Años después, dejaría de ir a misa con el pretexto de la preparación de la comida que la ocupaba toda la mañana (creo más bien que le llegó su “anticonversión”, como nos llega a muchos en un momento u otro de la vida). Primero el entremés, luego el pollo rostizado o conejo con ciruela pasa (el pescado se reservaba para todos los viernes del año), o pierna de carnero, asado de becerro o de puerco, cada uno con las verduras apropiadas, constituían nuestro banquete dominical rematado por el Saint-Honoré de la mejor pastelería de Montfort. La rosca encimada por una corona de pequeños choux rellenos de crema pastelera y pegados con caramelo, con crema chantilly en el centro, no presagiaba todavía las privaciones futuras en París.
Después de una corta siesta, de la que fue asiduo los fines de semana durante su vida, mi padre tomaba el camino de regreso a la estación que lo llevaba a la Gare Saint Lazare en dos horas. 

*Memorias de guerra de una niña (Capítulo X)

 

Ciclo Literario.