Arthur Rimbaud
Cartas invisibles del vidente

Jean-Luc Steinmetz


La mayor parte de la correspondencia ha desaparecido. Sólo tenemos unas 214 cartas de las que una veintena concierne al periodo literario.

           
A pesar de sus disparidades y de lagunas considerables que la interrumpen, la correspondencia de Rimbaud nos importa en sumo grado, tan pronto como deseemos saber más sobre el hombre o sobre el escritor. Tan célebres como Le Bateau ivre, por ejemplo, las cartas del 13 y del 15 de mayo 1871 constituyen textos de referencia. La noción de “vidente” está comentada allí y se leen algunas fórmulas que no se olvidarán tan rápido, como “yo es otro” o “el desenfreno razonado de todos los sentidos”  que ha de practicar el nuevo poeta. Podría desconcertarnos el hecho que Verlaine probablemente no tuvo conocimiento de éstas, pero fue necesario esperar hasta 1928 para la primera carta y octubre 1912 para la segunda, antes de verlas finalmente publicadas.
            La obra nos llegó en un desorden increíble, así que no nos puede sorprender que las cartas que la acompañan o la prolongan hayan padecido la misma suerte, lo que, a veces, les da un aspecto de reliquias improcedentes, provocando en el aficionado, tanta decepción como admiración.

Miloň Novotný / 1972
Fotografía

            ¿Fue Rimbaud un escritor célebre por sus cartas? Demasiado poco nos queda para que podamos dar una respuesta, puesto que la mayor parte de su correspondencia, aquella que escribió durante sus años creadores y su relación amorosa con Verlaine, su “old cunt”, desapareció. La causa: una vida vagabunda, despreocupada por conservar los tesoros a los que daba a luz; de milagro subsistieron algunos vestigios del naufrago, vueltos pronto faros que iluminan nuestra época.
En un conjunto de 214 cartas actualmente inventariadas en la edición de la Pléiade de 2009, sólo una veintena concierne al periodo literario. Cuanto más valiosas, sobre todo si se considera que contienen y presentan poemas mayores en la única versión conocida. Más aun cuando se sabe que los primeros editores han sentido la nefasta necesidad de separar estos últimos de su contexto epistolar. Si Rimbaud significa algo hoy en día, si una especie de humanidad aureola su genio, es gracias a las cartas que enviaba a sus corresponsales, testimonio de la disposición de su mente en esos momentos. Sin sus cartas a Banville, Démeny, Izambard, Delahaye, Verlaine, sus proyectos permanecerían invisibles. Por ejemplo la decisión de la que hizo alarde en junio de 1871 de quemar sus primeros versos, o sus grandes impulsos teóricos preocupados por transformar la poesía.
En virtud de una malicia propia de la historia, escasas son las epístolas preservadas de los periodos cruciales de su creación. Sus oraciones se imponen entonces, como una indiscreción mayor sobre la que no acabamos nunca de interrogarnos: “la hora indecible, primera de la mañana” en la carta de “Jumphe 72”, la “media docena de historias atroces” que le faltaba inventar (estamos en la época de Una temporada en infierno) en la carta llamada de “Laïtou” en 1873, y el bufonesco “Sueño” apestando a queso entonado por el “épistouphle” a Delahaye, de diciembre de 1875.
            Al leer la correspondencia calificada de literaria, deliberadamente en acuerdo con el destinatario interpelado en una especie de jerigonza de alta connivencia, no tenemos más que pensar que, en ese momento, Rimbaud formula su verdad, en completa transparencia, tan cercana, en el fondo, a la vida cotidiana y sin embargo totalmente inalcanzable. Pasemos a la otra vertiente de este vacilante monumento epistolar, amontonado las más de las veces (para las cartas a los suyos) en los cajones de un mueble de Roche, la granja de su madre, o cuando se trata de un intercambio con Alfred Ilg o Bardey, en el escritorio de un local comercial. Al avanzar en nuestra lectura, se está constituyendo una biografía, casi a nuestras espaldas. Rimbaud aparece en la constancia de su identidad y la insatisfacción que lo corroe. El tono, de buen grado informativo, tiene frecuentes puntadas irónicas. Respeta la distancia de acuerdo con la que escogió vivir. La palabra “fracaso” nunca está bien lejos, pero se expresa sólo en la óptica de la tarea ingrata que debe cumplir, casi siempre agotadora, que responde a un oscuro deber. Se repite la esperanza de un descanso expresada desde el “Cuaderno de los diez años”: “viviré de mis rentas”. La escritura nunca alcanza el estilo: ya no lo necesita. La literatura está lejos, ignorada, olvidada, pulverizada.  Pero se entiende todavía la intención de escribir para el periodismo, también el deseo de componer una obra, ilustrada con fotos tomadas por el autor, sobre las Gallas (18 de enero de 1882).
            Incorporada a la Historia, el trabajo humano,  el medio aventurero, el mundo de las mercancías y del tráfico, la correspondencia africana se agrega al antecedente poético al que opone una moralidad pragmática. Luego viene la hora del sufrimiento, el combate contra la muerte, más severo, claro está, que el “combate espiritual”. Las cartas del enfermo, las cartas del canceroso, las del agonizante, encuentran ese único tono conferido a cada uno de nosotros cuando es demasiado tarde. Ninguna valentía en Rimbaud. Ninguna esperanza del más allá. La angustia. Y la petición in extremis de ser cargado a bordo para partir a África, última morada en lugar de las Ardenas.
            En una tarde se recorre esta correspondencia. Su relación fundamental con el pueblo de las Ardenas, Roche, muestra un Rimbaud en vano periférico. Ligado de modo indefectible, a ese centro, ese “agujero” parco en marcas de amor, se desvinculó sólo en apariencia de estos antecedentes devoradores. La literatura se mostró como un episodio en un itinerario tendido hacia una destinación desconocida. Para este recluta, se trató de pasar, de modo interminable, al otro bordo, sin por eso abandonar la vida, una vida cuyo sentido no se habría afirmado más que hacia atrás, en el tiempo perdido de la adolescencia.
            Se han sucedido las ediciones de la correspondencia, acompañadas con prefacios, enriquecidas con notas, en busca del rigor, tratando de atraer la simpatía. A veces se interroga uno, en los márgenes. ¿En donde se encontrará ahora la carta sobre papel basto y amarillento dirigida por Rimbaud a Delahaye en abril o mayo de 1871 en la que le contaba sus amores con la “Psukê”? ¿O esa otra, cuyo antiguo dueño fue Maurice Métral, dirigida a Isabel con el relato de su paso de los Alpes, en mayo de 1875? ¿Qué decir también de los testimonios del Rimbaud letrado del Harar, quien, con Monseñor Taurin-Cahagne y Alfred Bardey descifra los manuscritos de Ahmed Guirane (26 de agosto de 1883) y el que se dispone a mandar al Tiempo detalles sobre la situación económica en esos países (7 de octubre de 1889)?
            El lector insumergible de las 2000 páginas más o menos de la edición publicada por la editorial Fayard sabrá identificar las lagunas escrupulosamente señaladas por Jean-Jacques Lefrère, gran especialista de los estudios rimbaldianos. Insatisfecho, ya que no podría ser de otro modo, después de tantas páginas que no le estaban destinadas, el lector conserva la impresión que deja un paisaje atravesado durante bastante tiempo, pero del que se ignora quién lo habita realmente, qué suerte de vida se prosigue allí. A veces algunos claros revelan a Rimbaud, prontamente vuelto a la sombra de su leyenda que nada disipa, aun a los obstinados quienes buscan clarificar todo, ávidos de emparejarlo con su objetividad consecuente.

 

Traducido por Marie-Claire Figueroa
Del Magazine littéraire, Sept.2009
No. 489.

 

 

Ciclo Literario.