Apia

Pergentino José Ruiz


 

Una mujer muy joven con una inclinación de cabeza me dijo: Era más fría  y húmeda esta habitación hace unos días, debajo de las  literas había cucarachas y todo tipo de lombrices  pegajosas. Decía esto y fingía una somnolencia que la hacía bostezar una y otra vez. Su mirada y su cabello amarrado en forma de cebolla, me recordaban a alguien. El único rastro de tiempo que podías llevar de este lugar en tu cabeza es que cada hora golpean con  mazo  un grueso círculo plomizo de fierro, que hace fluir el ruido por todas las habitaciones.
 Tres días más y entonces usted, sí, usted, va pasar a la sección de los aturdidos, me dijo un señor con la mirada descompuesta. Vestía traje gris raído. En sus palabras había paciencia, mientras tanto no despegaba la vista de gruesas hojas amarillas que llevaba entre sus manos. ¿En la sección de aturdidos? ¿Qué se hace allí? ¿Y por qué en tres días? Estoy en mi derecho de retirarme, dije impacientado mientras mi tono de voz se volvía más colérico. El señor de traje me dirigió una mirada, sus ojos eran verdes cristalinos como un cometa visto tras un cristal. Alzó las palmas de sus manos en el aire y dijo con voz mesurada: tranquilícese. Me tomó de los hombros y ambos nos sentamos en el piso alfombrado de cuadros azules. Sé que es difícil para usted aceptarlo, pero acá usted acata nuestras reglas. Todo está previsto en el Manual de Incidencias. Dicho esto fue sacando de sus  bolsillos unos guantes de seda amarilla, se los puso y sacó un libro empastado en piel cuya portada decía: Manual de Incidencias. Abrió una página, fue pasando su dedo cubierto de la tela del guante y  dijo: Lea. Comencé a leer.  Uno: Si el visitante desiste de cumplir una orden mínima será llevado a la sección de fotografías. Dos: Si falta a una orden directa de un superior, podrá ser aislado temporalmente del centro. Tres: Si desobedece la orden directa de un subalterno pasara a la sección de video grabaciones. En concreto, verá la película Nieves y Cantos para Estela. Releía de vuelta Nieves y Cantos para Estela.  Seguía yo leyendo como autómata, las mismas líneas; era lo que allí se repetía. Hasta que sobre esas hojas blancas con letras negras fueron apareciendo imágenes un poco confusas de una mujer vestida de novia, con  un enorme velo que caminaba sobre la nieve y se dirigía hacia la entrada de un palacio donde estaba armado un cadalso con siete hombres vestidos de negro y  capuchas en sus cabezas.

Eveleen Myers / 1890s
Fotografía

De pronto la mujer no salía de su asombro y trataba de reajustar su camino.  Había luz en las ventanas más altas del palacio, varios  invitados en las torres miraban perplejos la escena. No podían hacer nada, estaban aislados por el retablo de la entrada. La mujer empieza a correr y dos tipos la sujetan de los brazos. La hacen subir al patíbulo y le colocan con mucha brutalidad la soga en el cuello, los familiares, no salen de su asombro. Desde  lejos se escuchaba el respirar turbulento de la mujer, una y otra vez. Hasta que de golpe con voz desesperada dijo: ¡Basta! ¡Basta!, ¿Por qué a mí? Néstor debe de ser castigado por su propia culpa. Ese tipo llegó a nuestro centro después de andar diez días extraviado en la calle. Y de pronto lo traen precisamente acá. ¿A quién se le ocurrió traerlo el martes 20 de julio? ¿A quién? ¡Pregunto! Si he de morir que sepan que soy inocente. Que lo sepa él. ¡Que me escuche! Sus últimas palabras hicieron mella en mi conciencia: ¡Que me escuche! ¡Que me escuche!  Fui cerrando poco a poco los ojos hasta aclarar recuerdos en los que salí a caminar del cuarto al parque, la mañana fría y un día antes, en la que estuve a punto de morir atropellado.
¡Que me escuche! Se repetía en mi mente. Diez días en los que ese tipo anduvo en las calles de un lugar a otro, habló de tabernas. Iba pensando esto y mis rodillas comenzaron a temblar como si tuviera frío, estaba a punto de colapsarme. Comencé a escuchar un sollozo suave que fue llenando de eco todo el local y unas lágrimas tibias cayeron en el libro que aún tenía abierto. Estaba tan absorto en  seguir contemplando, imágenes  lejanas de Nieves y Cantos para Estela hasta que terminé por mirar una franja de hoja color azul turquesa que reflejaba mi propio rostro. Habían desaparecido: los llantos, las reclamaciones y los gestos y ese crimen tan atroz de la mujer que, supongo, se llama Estela. Sólo parte de las lágrimas aún dilataban en secarse sobre las hojas  que tenía entre las manos. Un hilo de preguntas empezó a surcar mi cabeza: ¿Cómo sabe aquella mujer del libro, mi nombre? ¿Por qué la iban a matar por mí? Dijo que ellos tuvieron la culpa por haberme traído precisamente a este centro. Parece terrible, pero apenas en unas cuantas horas me estaba dando cuenta de la situación tan complicada en que me veía. ¡He estado extraviado!  Recordé la última vez en la que soñé con Apia, sentados sobre el muro blanco. Sólo falta que alguien pase y nos tome una foto.  Fue ella la que de vuelta me puso en órbita, caminé por todo ese piso alfombrado, era demasiado extenso. Se podían observar alrededor paredes azules, caminaba con mayor seguridad, pero  con cada paso que daba la pared parecía alejarse más de mí. Caminaba con mayor prisa y el muro  se alejaba ¿O yo me alejaba del muro? ¿Una media hora? ¿Una hora? ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Alcé la vista y contemplé una luna llena luminosa que contrastaba con la  pared que tenía enfrente. Agucé la vista sólo para corroborar que era una capa de vidrio la que cubría el techo y la luna se movía vertiginosamente, de un lugar a otro como si girara. Donde movía la vista allí la encontraba.
¡Estercolero! ¡Estercolero! rugió una voz rasposa que fue dejando una estela de reverberaciones en mi cabeza. Traté de atinar de dónde provenía la voz, poco después descubrí que era una grabación emitida desde algún rincón de la enorme habitación en la que estaba. Me levanté desafiante a decir: ¿Quiénes son? Me importa un corcho que me contesten o no, me largo, busco una rendija, una ventana y salgo de este encierro.  Debajo de mis pies, el piso comenzaba a mecerse, sólo fui  consciente cuando caí  de bruces la tercera ocasión después de tratar de mantener el equilibrio. Me voy, seguía insistiendo, mientras alguien zarandeaba el piso como si tuviera una caja de zapatos entre sus manos; varias veces caí. Mi mente era consciente que no podía seguir eclipsado, contemplando tantos episodios.  Trataba de incorporarme y seguía rodando como si fuera un balín que resbala por las distintas esquinas de una caja de zapatos. Eso no doblaba mi intención de seguir avanzando con más  ahínco de buscar alguna salida. Sólo eso: ¡Una salida!   No sé cuántas veces fui derribado, ni tantas otras en las que me levanté.  No quería perder la noción del tiempo. Alguien desde algún lugar seguía repitiendo: ¡Estercolero! Empecé a inhalar un humo picante que me hizo estornudar, luego a toser terrible; enturbiando mis ansias de seguir caminando. Mientras más humo inhalaba, me esforzaba en pensar que estaba metido en la caja de zapatos que alguien zarandeaba a su voluntad.

Era parecido a una estación de metro vacía, los muros tapizados de fotografías. Entre ellas pude ver una señora de mirada cansada con un abrigo de piel, caminando frente a una jardinera enorme  tomada de la mano con dos niñitos. En otra foto, aparecía la misma señora sentada en un banco de metal oxidado con la mirada absorta en unos globos. ¿Sabes qué sienten los pingüinos cuando tienen petróleo crudo en sus alas? Esa es la sensación que tengo hoy en la espalda, se leía en otra fotografía. Fue un cuadro que tenía manchas de sangre lo que cautivó  mi atención, me detuve varios minutos contemplándolo desde todos los ángulos posibles y sentía que algún recuerdo me unía a ella. Al lado de aquel cuadro estaba la fotografía de unos cazadores. Hace años manché de sangre de venado una hoja de libreta que aún conservo. Por ese tiempo, en una vereda del pueblo entre madroños y encinos, encontré a unos cazadores: Faltan ocho cuernos más para acabar bien la temporada, escuché que platicaban entre ellos.  El más joven, desgarraba con un cuchillo de herrero la piel del animal muerto. Lo único que hice fue meter mi dedo allí donde fluía la sangre espesa, movido por una especie de tristeza, mientras ellos sacaban las últimas postas en el corazón del venado; de esa sangre manché mi libreta. Fue como si con mis recuerdos y mi mirada tirara el cuadro, se vino abajo al instante, los vidrios se hicieron añicos y la hoja alcanzó a fluir en el aire. Era  más grande que la de mi libreta, pero conservaba la misma mancha de sangre.

 

 

Ciclo Literario.