Amar, escuchar: las formas del Deseo

Minerva Garibay


 

Al ser humano no se le puede pensar, entender o explicar, sin la participación de “los otros”, la familia y la sociedad en general. De esos otros recibe desde que nace los primeros hábitos de alimentación y luego todos los demás aprendizajes
Lo que va a hacer HUMANO a un ser, son todos esos aprendizajes, fundamentalmente el aprendizaje de leyes y reglamentos que “los demás” le van dictando desde que nace. Leyes y normas que sirven para establecer límites y hacer posible la convivencia desde el principio.
Son las 10 de la noche y el bebé sigue durmiendo, ya lleva 5 o 6 horas y no despierta. Despertémosle para que coma porque si no, mamá no va a poder dormir. Esto es enseñarle al bebé que no se trata de lo que su sueño le dicte sino lo que “dios manda”.

Sandi Fellman / 1984
Fotografía

Leyes que ya ni pensamos: no salir a la calle desnudos, no comer sobre el cemento y en plena calle, a veces tenemos ganas de matar pero no lo hacemos, o ganas de orinar y no por eso lo hacemos en la tienda y frente a los demás. Y eso no es “natural”, porque el bebecito sí  lo hace y sí crecería haciéndolo, si no fuera por esos padres que le dijeron “no, eso no se hace”.
Esos “no” marcan desde el principio una Ley de prohibición. Años después, no será necesario volver a decírselo, porque ya habrá introyectado La Ley (con mayúsculas), por lo que no deseará, por ejemplo, ser millonario sin importar a costa de qué  o que se empeñe en obtener el amor de fulano, no importa a costa de qué, o que consigamos un trabajo, no importa si odiamos ese trabajo. Para todo ya hay límites precisos, condiciones que deben cumplirse, aun para los actos más “libres”: Por ejemplo: “voy a ir a la playa a nadar en el mar”, nada más natural, más sencillo, más inofensivo. Y sin embargo, todos tenemos noticia de personas que entraron en cierta zona donde “no debían”, y lo pagaron con su vida. ¡Cuántas cosas están prohibidas!  En otras palabras, está prohibido desear lo prohibido. Eso tiene que ver con la Ley del deseo.
No todo lo que deseamos es posible o aconsejable. Es esa Ley del deseo. Nos hace Sujetos, sujetados a ella (urbanidad, civilidad, convivencia, conciencia de límites, sentido común, etc.) y gracias a eso es posible ocupar un lugar entre los demás y que el grupo social nos acepte, llámense amigos, colegas, familia, paisanos, etc. Alguien como Tarzán, que nace y sobrevive entre los animales de la selva, sin ninguna compañía humana, es solamente una ficción, un cuento, ningún ser humano sobreviviría fuera del grupo humano, sin el soporte humano, sin el deseo del otro.
Deseo del Otro porque en esta red de relaciones, cada quien da algo a cambio de lo que recibe. Al niño le toca dar y lo que da es su renuncia al placer de salir desnudo a recibir a las visitas, a cambio recibe palabras y reconocimiento que le aseguran seguir siendo amado por la mamá o por el papá y el grupo.
De una o de otra manera, más conformes o más intolerantes al grupo, todos nos debemos a él y todos hemos tenido influencias de él (padres, hermanos, parientes, maestros, amigos, etc.) tanto en nuestra constitución física como psíquica (lo material y lo subjetivo). Podemos decir, entonces, que no nos debemos a nosotros mismos, que nos debemos al otro, con Jacques Lacan diremos que nos debemos al deseo del Otro, y eso conlleva deudas. 
Dice el psicoanalista Nestor Braunstein: “el Otro le indica de mil modos (al hijo (a)) que la vida que recibió no es gratuita, que hay que pagar por ella”.
¿Cuál es el precio de su existencia? ¿Con qué moneda podría pagar el hijo a quien le dio la vida?  Braunstein agrega: “pagar quiere decir que se acepta la deuda y el pago es una renuncia”. Desde niños hemos ido entregando al Otro nuestras renuncias: “no le pego a mi hermana…para que tú sigas queriéndome”, “hago mi tarea…porque tú me lo pides” es por ti que lo hago. Cuántas cosas haríamos si no es por que el otro nos pide que no las hagamos o al revés. 

La estructura
Lo subjetivo es lo que tiene que ver con el deseo, con todo aquello que del deseo puede realizarse y también todo aquello que quedará como resignado y sólo lo pensamos, lo soñamos, lo anhelamos, porque el deseo no se cancela, ni en lo posibles como lo imposible.
También estamos refiriéndonos a lo subjetivo cuando decimos “…yo me entiendo”, porque lo que sólo yo entiendo de mí son cosas que tienen que ver con mí muy propia manera de ver y entender el mundo, que finalmente significa que lo veo como yo quiero verlo o como me conviene verlo, por eso, el “yo me entiendo” tiene que ver con el deseo y se queda en el terreno de lo privado, oculto para los demás, o inclusive con lo desconocido de mí para mí misma,  “ni yo me entiendo”. Es claro que no podríamos quedarnos diciendo siempre “yo me entiendo” porque eso acabaría siendo un impedimento para la comunicación. Pero por eso es que en psicoanálisis no decimos persona sino sujeto, porque, recordando lo anterior, lo que nos hace humanos es ese estar sujetados a lo que serían deberes para con las leyes y reglamentos.

Angela Kelly / 1986
Fotografía

La buena noticia es que, estando sujetados desde el comienzo de la vida, si por alguna razón nos des-sujetamos, llega el momento en que recordamos que DEBEMOS responder, volver a sujetarnos. Hay diferentes formas de des-sujetarse, unas inofensivas y hasta deseables, por ejemplo, la fiesta, que es donde nos permitimos por un momento olvidar deberes y responsabilidades, como un respiro, o cuando nuestra amiga dice: “no más esta vida de siempre que no tiene ya interés para mí” y vemos a nuestra amiga movilizarse y cambiar de manera radical su vida, o cuando nos cae el veinte de que necesitamos unas vacaciones o un nuevo amor o un nuevo trabajo o una nueva ciudad. 

Otras des-sujetaciones no son tan deseables, como cuando una tristeza prolongada nos hace aislarnos, retraernos, en- si-mis-mar-nos, no querer saber del mundo exterior, o cuando el joven rompe los lazos familiares en forma violenta, donde no se trata ya de deberes y responsabilidades sino de obligaciones sin el sentimiento de ninguna retribución. El hartazgo llega a su límite. Hay también otras formas de des-sujetación más graves que son las que podemos ver en las psicosis, donde el lazo social queda roto de manera definitiva y para siempre.
Somos, pues, sujetos deseantes y sujetados a leyes que tienen que ver con el deseo, pero por si fuera poco, también sujetados a las leyes del lenguaje, por eso es que le decimos al niño: “no se dice elicótero, se dice “helicóptero”, “no se dice “codo del pie”, se dice “rodilla”. Porque sin la retórica, sin la gramática, el niño no podría comunicarse más que en su “lenguaje privado”, que sólo mamá, si acaso, podrá traducir. Son las leyes del lenguaje lo que nos permite “darnos a entender”. Una de las señales de alerta para los entendidos y no sólo para los mismos padres es cuando el niño no se comunica, cuando está encerrado en sí mismo, lo mismo que un adolescente o un adulto. Cuando no podemos o no queremos dejar entrar a nadie en nuestro más intimo sentir, nuestra intimidad, es porque algo de esa subjetividad se siente amenazada, quizás porque “no me entienden” o porque “aunque hable, no me escuchan” o porque se ha acumulado mucho enojo y callarse es una manera de proteger a los otros de mi agresividad y al mismo tiempo de protegerme yo misma, evitando una confrontación que me haría perder el amor de x persona (padre, esposo, novia, hermana, amigo, etc.). 
Lo subjetivo, la subjetividad (esa que tiene que ver con el sujeto deseante), se estructura en los primeros 5 años de vida. Lo que ahí se viva va a ser determinante para el resto de la vida. Para entender lo que es la  “estructura” pensemos en una construcción, como la de un edificio, donde la estructura son los cimientos que, aunque no se vean, sin ellos no habría edificio. Es el esqueleto, lo  que sostiene todo. Si para construir el edificio apiláramos ladrillo sobre ladrillo, es seguro que el edificio se cae antes de llegar a ser un edificio. Por eso es que entre ladrillo y ladrillo se pone un compuesto de cal, arena y agua (el cemento). Puede llegar un vendaval y el edificio no se caerá.
Lo mismo es la estructura psíquica. Podemos darle al niño el alimento, atenderlo en sus necesidades físicas, materiales, pero si eso no está aderezado con palabras, con caricias, con sonrisas, todo eso que es el vehículo del amor de la madre, de los padres, sin eso, ese niño no llegará más allá de los rudimentos, será frágil y ante cualquier sacudida se derrumbará. Se desestructurará. Será como una construcción sin el cemento. Así como el cemento es condición para el edificio, el amor es condición para la vida.
Cuando entre una pareja existen conflictos, lo más seguro es que muchos de esos conflictos tienen que ver con la estructura, es decir, no con el compañero (a) sino con lo que uno y otro no han podido resolver y que corresponde a los rudimentos, con la estructura.
Es relativamente fácil detectar cuándo, dónde y cómo es que está presente el amor. El amor produce “bienestar”, no malestar. Esto vale para el bebé pero también para cualquier relación humana. De manera que todos aquellos deberes para con la Ley, las normas, los reglamentos, solo pueden valer:
1.- Si el vehículo para transmitirlos ha sido el amor. Es la manera en que dejan de ser pura obligación.

Ruth Bernhard - 1936
Fotografía

2.- Si esas Leyes son transmitidas en forma permisiva, esto es, diciéndole lo que no es posible pero ofreciendo a cambio lo que sí es posible:
“eso no, pero esto sí”, “no puedo llevarte al mar, pero podemos ir al parque” porque todos esos deberes y prohibiciones un niño no sólo los tolera sino que los acepta  con gusto siempre que los padres tengan en cuenta esa contraparte, o sea, los beneficios y las ganancias que hay que ofrecerle a cambio de las renuncias,  pero además porque los niños lo que buscan, desean, piden, no son los objetos en sí, los objetos sólo son una manera de materializar, de aterrizar su pedido, su demanda, que es algo con lo que sí tendrán que vivir para siempre, con la mirada que acompaña la respuesta, la voz, la aceptación o el rechazo, la congruencia o incongruencia de lo que le dicen con lo que sienten y ven. “había tanta violencia en casa, que yo creía que amar era equivalente a agredir”, “por qué dicen que me quieren si no oyen lo que les digo” porque amar es también escuchar.
   Es importante pensar que la violencia no se manifiesta solamente con golpes o gritos. La violencia también está presente en cierto tipo de respuesta o de silencio que todos conocemos, que se expresa en las miradas o en las tensiones que no se dicen pero que están ahí y hasta se les puede cortar con tijeras, tensiones que tendrán que ver con la insatisfacción de la pareja o la actitud de víctima con la que viva la mamá o el papá.
    Los ingenieros que construyen la estructura psíquica de los hijos son los padres. Pero cada construcción (cada familia) se edifica con los materiales que heredamos. Si mis padres transmitieron tensiones, es lo más probable que yo las transmita a mis hijos y ellos a sus hijos,  si no hay alguien que ponga un alto a esa cadena de repeticiones e invente  otra manera de estructurar la nueva estirpe.
    Es muy probable que los conflictos en una relación de pareja, tengan que ver con los conflictos subjetivos, estructurales de cada uno de los miembros, por separado. Los abuelos transmitieron tensiones a los padres de estos hijos, y estos padres las transmiten a sus hijos, todos estructurados por los ingenieros que nos tocaron por padres. Por eso, la cadena de silencios (si los ha habido), de tensiones, de malentendidos, es tan larga, que diremos que no ha comenzado con los padres y esto sería importante que lo supieran los hijos, porque ellos creen que todo comienza con los padres, que ellos han fundado la humanidad, que antes de ellos no había nada. El padre del padre tuvo todo que ver en como es este padre de este hijo. La madre lo mismo.

   Hay de silencios a silencios. Cuántas veces el hijo cree que mamá o papá tiene que adivinarle los pensamientos. De los padres hacia los hijos pasa lo mismo. ¿Por qué pensamos que el otro tendría que adivinar lo que queremos o lo que nos pasa? En este punto, la interpretación es algo que tratamos con cuidado los psicoanalistas, pero en la vida cotidiana también habría que tener cuidado con las interpretaciones. No es “lo que fulano de tal quiere decir”, es ¡lo que dice! “mi hija, que vive sola, me pidió dinero, lo que me quiere decir es que no puede vivir sin mí”,“mi novia me mandó decir que no me quiere ver, pero está enferma y yo creo que me quiere ver”, ¿ella lo dijo?, “no, pero yo creo que eso quiso decir “En un psicoanálisis es un atrevimiento pronunciar: “lo que usted dice, quiere decir…” no, lo que se quiere decir, se dice y no tenemos derecho a poner palabras en boca de quien no las ha dicho. Eso es traducir con nuestro deseo algo que no queremos escuchar: “yo quisiera que mi hija no pudiera vivir sin mí, para que regresara conmigo, me acompañara, siguiera dependiendo de mí, etc.” Ahí es donde muchas veces el deseo deja de ser un aliado. Lo que yo quiero se contrapone a lo que el otro quiere o espera de mí. Mi deseo contra el deseo del otro, de los otros. La diferencia entre unos y otros, entre Uno mismo y los demás, tiene que jugar dentro de los límites de esta realidad que condiciona los deseos, no dentro del campo de lo incondicional, de lo in-diferente. Es porque me importa lo que el otro desea (y más si a ese otro lo amo), que respeto su propio decir, porque el “decir”, el lenguaje es el único vehículo del deseo y lo que estoy respetando es el derecho que el otro tiene de desear. Si yo pude establecer esa distancia, a partir de esa diferencia, yo podré exigir al otro mi derecho a desear.  (Continuará)

 

 

Ciclo Literario.