Villequier*

Marie Claire Figueroa


Ese antiguo convento capuchino  en donde vivió la familia del Doctor Solau después de la guerra está a la orilla de una de las tres salidas de Caudebec, en la carretera que bordea el Sena. Pasa por Villequier. Otra se toma para ir a París y pasa por el puerto fluvial de Rouen. La última, la de Saint-Arnoult, llega al puerto marítimo de Le Havre. La atracción que nos animaba a caminar hacia Villequier eran dos capillitas a la orilla del Sena. A la primera no se podía entrar: chiquita, con diminutos vitrales azules y rojos. Al exterior, una banca baja nos permitía hincarnos para rezar y, sobre todo, para mirar hacia el techo del que colgaban barcos finamente labrados; las familias de los marineros los ofrecían en gratitud por el regreso sano y salvo de los padres, hijos, esposos, pescadores que iban hasta Terra Nova por el bacalao y, a menudo, enfrentaban serias tormentas. Por una de las ventanas de la capilla, extendíamos la mano para poner unas monedas en el tronco de un monaguillo de cerámica roja y blanco: meneaba la cabeza para dar las gracias cuando caían al fondo.

Gustave Le Gray / 1856
Fotografía

A la segunda capilla se podía entrar; el número de barcos y su tamaño me impresionaba: grandes, chicos, veleros, chalutiers, sin contar las pinturas naïves de los exvotos como en las iglesias de México. Éstos representaban escenas dramáticas de naufragios, de naves en perdición arrolladas por olas furiosas, de cuerpos nadando a la deriva hacia picudos arrecifes recortados. Estas dos capillas llevaban el nombre de “La Barre-y-va”, literalmente: “El timón-va-por-allá”. A mi me sonaba como “labarivá, palabra sin sentido alguno, pero que me gustaba. Me pasó lo mismo con otra expresión: taie d’oreiller, funda de almohada. Yo escuchaba: tête d’oreiller (cabeza de almohada) y lo repetí hasta que alguien se cansó y me corrigió. 
      Después de pasar las dos capillas de la Barre-y-va, la carretera sigue los meandros del Sena a la izquierda y los acantilados calizos a la derecha, en donde se aprecia, de vez en cuando, puertas y ventanas de habitaciones trogloditas. En esa época, todavía vivía gente allí; ahora no creo. Nunca las visité, pero solamente de pensar en la humedad de esos lugares me da carne gallina
A principios de la guerra, no creo haber caminado la carretera hasta Villequier. Después de 1945, íbamos en coche desde Saint-Arnoult a un castillo transformado en hotel con un muy buen restaurante. Lo importante aquí es el nombre de esta localidad famosa entre todas por el poeta Víctor Hugo, a quien le gustaba descansar en la propiedad de la familia de su yerno Charles Vacquerie. La tragedia iba a empañar la felicidad del escritor que tantos poemas escribió sobre la familia y el arte de ser abuelo. Su hija Leopoldina y su esposo regresaban de Caudebec en lancha, en donde habían ido a hacer unos trámites. Se levantó un fuerte viento y la ligera embarcación en la que solían hacer las idas y vueltas, empujada por una ráfaga, se volcó. A pesar de ser un excelente nadador, Charles no logró salvar a su joven esposa, atorada debajo de la canoa con sus espesos faldones. Es posible que él se haya dejado hundir, por su impotencia para sacarla. Se habían casado seis meses antes. Hermosos versos escribió el padre desgarrado por el dolor. Los que aparecen abajo forman parte del volumen intitulado Les Contemplations.  Sólo seis estrofas traduje de la “Ode à Villequier” que no contiene menos de treinta:

A VILLEQUIER

Ahora que París, su pavimento y su mármol
Y su bruma y sus techumbres están alejados,
Ahora que estoy debajo de las ramas de los árboles,
Y que puedo soñar con la belleza de los cielos;

Ahora que del luto que me volvió oscura el alma
Salgo pálido y vencedor
Y que siento la paz de la naturaleza
Al entrar en el corazón;

Ahora que puedo, sentado a la orilla de las aguas
Exaltado por este soberbio y tranquilo horizonte,
Examinar en mí las verdades profundas
Y mirar las flores entre la hierba;

Ahora, ¡o Dios! Que tengo esta sombría calma
De poder desde ahora
Ver con mis ojos la piedra en donde, yo lo sé, en la sombra
Duerme para siempre,

Ahora que, conmovido por estos espectáculos divinos,
Llanuras, bosques, rocas, valles, río plateado,
Al ver mi pequeñez y al ver sus milagros,
Retomo la razón ante la inmensidad;

Llego con usted, Señor, padre en quien tenemos que creer;
Le traigo, apaciguado,
Los pedazos de este corazón lleno de su gloria
Que usted destrozó…

Suena muy romántico; precisamente Víctor Hugo es considerado como el teórico y el jefe del romanticismo. Después de la muerte de su hija, dejó por un tiempo la creación literaria para dedicarse a la política, con su ideología muy firme de una democracia liberal y humanitaria que le iba a costar una gran parte de su libertad: se exilió casi por veinte años en las islas anglo-normandas de Jersey y Guernesey.
De corte más íntimo sobre el mismo tema de la desaparición de Léopoldine es el poema intitulado: “Mañana, desde el alba”:

Ragnar Axelsson / 1995
Fotografía

Mañana, desde el alba, a la hora en que palidece la campiña,
Partiré. Ya ves, sé que me estás esperando.
Iré por el bosque, iré por el monte,
No puedo permanecer lejos de ti más tiempo.

Caminaré con la mirada fija en mis pensamientos,
Sin ver nada afuera, sin escuchar ningún ruido,
Solo, desconocido, corva la espalda, las manos cruzadas,
Triste, y el día para mí será como la noche.

No miraré ni el oro de la tarde que declina,
Ni las velas a lo lejos deslizándose hacia Harfleur,
Y cuando llegue depositaré sobre tu tumba
Un ramo de acebo verde y de brezo en flor.

 Les Contemplations IV-XIV
                                                                   Sept. 3, 1847

A treinta kilómetros de Caudebec, en Rouen, dirección opuesta, nacieron otros dos grandes escritores normandos: Gustave Flaubert y Guy de Maupassant. A pesar de que algunos cuentos y novelas del primero sean de inspiración romántica, el padre de Madame Bovary tenía la preocupación por la verdad histórica que él representaba después de una cuidadosa investigación documental. Para adquirir esta “visión de lo verdadero”,  Flaubert observa el alma humana “con la imparcialidad que pone uno en las ciencias físicas”, ya que “el gran arte es científico e impersonal”. Preconizaba “este vistazo médico de la vida”, adquirido tal vez, escribe, porque se crió en el Hotel-Dieu de Rouen, hospital público en donde su padre era médico en jefe. Encontrar le mot juste, la palabra exacta, atormentó al escritor hasta el final de su vida. Además, quería partir del realismo hasta llegar a la belleza. Entonces retocaba sus textos incesantemente y probaba la armonía de las palabras en voz alta, vociferando en su gueuloir, cuarto que bautizó con este nombre por dedicarlo a sus vociferaciones.
En cuanto a Guy de Maupassant, su aprendizaje literario se hizo bajo la dirección de un amigo de la familia…Gustave Flaubert, quien le impuso las exigencias de la estética realista. En diez años publicó alrededor de trescientos cuentos: evocación de Normandía y de sus campesinos, recuerdos de la guerra de 1870, denuncia de la mediocridad y del cinismo del medio parisino. Su estilo, “científicamente sencillo” está hecho de anotaciones breves y agudas para describir un ambiente o sus personajes, esos campesinos astutos con su dialecto deleitable, esos burgueses bobos, o también los desamparados a quienes consagra una ternura muy púdica. El relato, a veces trivial, simple como un escenario, tiene “el aspecto, el movimiento de la vida misma”, lo que permite una feliz adaptación de sus cuentos al cine.
No sería difícil buscar otros escritores en esta tierra tan fértil de Normandía, pero la guerra ya empezó, todas las carreteras de Francia están abarrotadas de gente huyendo con la creencia tan naïve, tan inocente que el enemigo no los alcanzará.

            *Memorias de guerra de una niña (Capítulo IX)

 

 

Ciclo Literario.