El enigma Grinberg*
Cerebros unidos

Lorenzo León Diez


1994 había sido muy buen año para Jacobo Grinberg. Acababa de aparecer su libro El sabor de la iluminación. Cuando en 1990 terminó de escribir su autobiografía, La conquista del templo, Jacobo manifiesta un estado de ánimo estable y equilibrado, aunque si algo le lastimaba era que en el ámbito de la academia y la ciencia mexicanas sus ideas no eran aceptadas e incluso su obra era rechazada. Se quejaba de que, aunque existían estímulos económicos para el científico, no eran asignados a personas como él, que mantenía una línea de investigación no ortodoxa. Este rechazo y el aislamiento consiguiente, le provocaban mucha tristeza. Confiesa que se sentía como excomulgado y viviendo al margen de la sociedad. Ya en ese año, declara haber demostrado en su laboratorio, junto con sus alumnos, que los cerebros humanos estaban interconectados, que lo que le pase a uno de ellos afecta al resto. Que el cerebro humano capta todo lo que sucede, aun en lugares distantes.

Dieter Appelti 1977
Fotografía

No obstante la indiferencia de sus colegas mexicanos, sus experimentos atrajeron la atención de científicos de otras partes del mundo. En uno de estos experimentos se pidió a dos personas (chamanes) intentar lograr una especie de unión meditativa. Después de veinte minutos, solicitaron a una de las personas que se instalara en un cuarto aparte, mientras la otra persona, en un cuarto oscuro, era estimulada con una serie de destellos luminosos o sonidos, mientras registraban sus ondas cerebrales. Las ondas cerebrales de la persona aislada también eran registradas.  En 1987 Grinberg grabó por primera vez una reacción simultánea al estímulo de parte de la persona aislada, no estimulada, un fenómeno que llamó “potencial transferido”. En los años subsecuentes, introduciendo mejoras en su equipo, documentó potencial transferido en veinticinco por ciento del tiempo. Era un hallazgo notable, totalmente contrario a los principios de la corriente científica dominante. Estos resultados eran un soporte indudable a su teoría sintérgica, que había empezado a acuñar desde muchos años atrás. Sin embargo sus pares mexicanos ridiculizaron estas evidencias tachándolas de imposibles. John E. Roy, que había sido su tutor en Nueva York, y  una influencia determinante en sus postulados, manifestó sus dudas en la legitimidad de los experimentos. “El tipo de pruebas a los que deberían someterse estos datos es bien conocido –dijo-. Con seguridad él sabía cuales eran esas pruebas y nunca las aplicó. No creo que él fuera deshonesto de ninguna manera, pero ciertamente se hacía muchas ilusiones”. Sin embargo otros académicos estaban entusiasmados con los resultados. “Los experimentos parecían muy buenos”, dijo Amit Goswami, profesor de física de la Universidad de Oregon y asesor de Grinberg, quien apuntó que el mexicano había logrado establecer que existen conexiones no locales entre cerebros, entre personas.
Kart Pribram, uno de los decanos de la neurología estadounidense, junto con Jonh E. Roy, estaba suficientemente intrigado como para visitar dos veces el laboratorio de Grinberg de la UNAM. Expresó que eran interesantes los experimentos pero no concluyentes. “Si los hallazgos son ciertos, podrían ser muy, muy importantes, pero creo que el trabajo necesita aún mucha confirmación y pruebas en otros laboratorios”.
Los experimentos de Grinberg en el laboratorio indujeron a un grupo de científicos a tratar de repetir los resultados. Perry Andrews, director del Proyecto Conexión Humana (Connection Project) en la ciudad de Nueva York dijo que “el trabajo de Grinberg es seguramente uno de los más importantes que se desarrollan en el mundo. Establecer que la humanidad toda está interconectada es probablemente la cosa más importante que la humanidad necesita saber hoy en día”.

El principio
Empezamos este texto partiendo de un enigma (su desaparición), pero Jacobo Grinberg tuvo una vida fundada en el estudio, la reflexión y la búsqueda de la superación espiritual. Nos proponemos realizar un recorrido de su vida con base a sus propios libros.
La abuela materna de Jacobo se llamaba Menuje, una mujer judía, delicadamente intensa y dominante, hija de un estudioso de la Torá, que la obligó a casarse con un religioso ortodoxo, al que conoció el día de su boda. Tuvieron seis hijas, la menor llamada Estusha,  que  nació en Polonia y se casaría con Abraham, que provenía de otra aldea polaca, Sokolov, donde su padre era comerciante en pieles. La madre de Abraham, de nombre Jaye, era hermana de Menuje.
En 1927 Abraham emigró a América y desembarcó en Veracruz. Su apellido era Warshavsky y para cambiarlo por un nombre más comprensible en la aduana decidió apellidarse Grinberg. Jaye lo alcanzó meses después con sus tres hijas y su hijo llamado, como su padre, Abraham. Cuando el antisemitismo recrudeció en Europa Menuje recibió una invitación por parte de su concuño para trasladarse con toda su familia también a América. En Veracruz los dos primos hermanos, Estusha y Abraham, que serían padres de Jacobo, se empezaron a conocer y se enamoraron. Las dos familias viajaron a la ciudad de México y se instalaron en el centro, donde Estusha ingresó a la Preparatoria Nacional y Abraham terminó la carrera de contador. Durante toda su vida Abraham se quejó del terrible trato que recibió y de la ausencia de juguetes y fiestas. Con sus propios hijos, sin embargo, repitió la misma conducta. Jacobo entendió, mucho después, que en la vida repetimos innumerables veces nuestros propios aprendizajes tempranos, hasta que nos damos cuenta de un patrón o programa. Si tenemos suerte y fortaleza, lo podemos modificar, pero siempre parcialmente.
Con sus hermanos menores, Nathán y Jerry,  Jacobo, a quien llamaban Jacky,  vivió  en la colonia Condesa y asistió al colegio Israelita de México. Su madre, recuerda, estaba entrenada para no mostrar imperfecciones. Teníamos prohibido entrar a la sala o al comedor, no fueran a ensuciarse para las visitas. Las imperfecciones había que ocultarlas y, puesto que el único ocultamiento posible es el interior del propio cuerpo, poco a poco carcomen, y lo que no se muestra va deteriorando tejidos o sensibilizándolos hasta perder su diferenciación. Eso es lo que acabó por matar a mi madre y a mí me dejó la fantasía de que la mujer es perfecta, pero estéril; perfecta, pero desconocida; perfecta, pero enferma; perfecta, pero muerta.
Grinberg perteneció a la primera generación nacida en México y educada por inmigrantes judíos. A la edad de diez años, la madre de Jacobo enfermó. Le extrajeron un tumor en el cerebro que resultó maligno. El niño vivió a su lado su padecimiento, acompañándola a veces a los tratamientos de radiación, hasta su muerte. A los pocos años, cuando Jacobo tenía 15, su padre se casó con Tova, una mujer esbelta y bellísima, de 18 años.
Jacobo conoció a Lizette, una muchacha delgada y bajita, cuando asistía a las reuniones de una organización sionista, como antesala para trabajar en un kibutz en Israel. Una de las experiencias memorables de esa etapa fue su visita a la exhibición que había montado en el Auditorio Nacional la Comisión de Energía Nuclear de los Estados Unidos. Por alguna razón, la muestra despertó en él una inquietud acerca de la comunicación psíquica. Su mente no podía concebirla sin un sustrato energético transmitido. No sabía que años después ese sería uno de sus intereses de investigación mayores.
El joven Jacobo empezó a leer a Einstein y todo lo que se había escrito acerca de su vida, así como un tomo enorme de física nuclear.
Jacobo viaja a Nueva York con un grupo de jóvenes donde también estaba Lizette, y posteriormente a Israel. El joven Grinberg, a quien habían nombrado coordinador cultural del grupo, llevaba una cantidad impresionante de libros para formar una biblioteca común, así como una radio Hovercraft de diez bandas para oír desde el kibutz, las emisoras mundiales de onda corta. Le doblaba el peso de sus tesoros y así  subió al avión, todavía no sabiendo que todo es un símbolo y que el peso que llevaba representaba el suyo propio.

Dieter Appelti / 1980
Fotografía


Durante los meses transcurridos en el Kibutz Jacobo y Lizette afianzan su unión. Viajaban juntos, reían juntos y juntos descubrían la vida. Jacobo decidió regresar a México, pues sus hermanos le contaron cosas terribles sobre el hogar, su padre los golpeaba, los humillaba y había corrido a la nana Petra. Este regreso fue en compañía de Lizette, quien al poco tiempo partió a Guadalajara. Entretanto, su padre y Tova habían procreado un nuevo hijo: Ari, que sería de adulto actor de teatro y televisión.

La UNAM
Jacobo ingresó a la Facultad de Ciencias de la UNAM. Su estancia en esta escuela no duró mucho, pues reconoce que le encantaba la teoría, pero las matemáticas no eran su fuerte, por lo que decidió cambiar a la carrera de Psicología, adscrita a la Facultad de Filosofía, donde conoció al profesor de origen alemán Héctor Brust, dedicado a la investigación neurofisiológica y que se convertiría en la influencia más importante de su vida, como Grinberg reconocería muchos años después, pues él presentaba el estudio del cerebro como lo más importante a lo que un ser humano podía dedicarse.
Casi de inmediato es aceptado por él como ayudante en su laboratorio, instalado en el cuarto piso de la torre de investigaciones de la Facultad de Medicina, no sin antes probarlo con la redacción de un trabajo bibliográfico que integraba información fisiológica acerca de la investigación sobre el aprendizaje.
El noviazgo con Lizette continuó en una relación epistolar con visitas esporádicas de Jacobo a Guadalajara, hasta que ella decidió inscribirse a la misma Facultad en que estudiaba Grinberg. Entretanto la relación tormentosa entre su padre y Tova terminó abruptamente, cuando ella se llevó al pequeño Ari. Poco después ingresaría a la vida familiar Kemy, una chica libanesa con la que se casó Abraham.
Jacobo continuaba desarrollándose como estudiante y profesor, pues en  los primeros meses de 1968 consiguió un trabajo como maestro de prácticas de psicología experimental en la Preparatoria Nacional. Este ingreso económico se complementaria cuando su maestro Brust promovió un nombramiento para él en la Facultad de Medicina. Entonces Lizette y Jacobo pudieron casarse.
El interés cientifico de Grinberg por el cerebro, reconoce él mismo,  estaba fundado en traumas, lesiones que sufrieron sus seres queridos en este órgano. Su madre murió de un tumor y su padre Abraham tuvo actitudes agresivas que manifestaban una enfermedad mental. Sufrió un desmayo y se le diagnosticó que fue víctima de una descarga en el lóbulo temporal. Posteriormente tuvo graves crisis de furia. En una ocasión quiso asesinar a sus hijos y a su esposa Kemy, con la que procreó otros dos niños. Fue internado en un psquiátrico.
Jacobo comenzó a trabajar en su tesis cuando se hizo cargo del laboratorio de Brust. El tema: la actividad eléctrica del cerebro de gatos durante el aprendizaje. Fue invitado, por otra parte, a dar una clase en la Universidad Anáhuac y colaboró en la terminación del laboratorio de investigaciones psicofisiológicas de esa  universidad.
Jacobo se graduó como psicólogo (año) con un trabajo que demostraba que la actividad eléctrica del núcleo caudado (un órgano cerebral encargado de ejercer influencias inhibitorias y controladoras sobre la conducta) guarda una estrecha relación con el aprendizaje.  Durante cuatro años se mantuvo en el laboratorio con el doctor Brust. Sus temas de investigación trataban de la participación del núcleo caudado en la memoria, el aprendizaje y el control inhibitorio. Aprendió las artes quirúrgicas, los registros electroencefalográficos y poligráficos, la fotografía y la metodología experimental. Al término de este periodo, Grinberg se hizo cargo del laboratorio experimental de la Universidad Anáhuac. Esta decisión lo separó de su maestro. No pasaría mucho tiempo para que la actividad cerebral humana y sus correlativos fenómenos electrofisiológicos comenzaran a llamar su atención.
Vive así una etapa de gran estabilidad económica y emocional. El matrimonio puede ahorrar y viajan a Europa, de vacaciones.  En su laboratorio, junto a una alumna, ideó una metodología muy compleja para el estudio de la toma de decisiones y sus correlativos electrofisiológicos en humanos.
También se empezó a interesar por la percepción visual. Consiguió un proyector de rayos láser y, en colaboración con la Escuela de Ingeniería de la UNAM, emprendió experimentos de óptica holográfica. Los hologramas se le presentaban como una posibilidad clara para penetrar la decodificación de información, pues se trata de una fotografía tridimensional en la cual están registradas las magnitudes de las ondas luminosas y sus frentes de ondas, por lo que cada porción de un holograma contiene la información de la totalidad del mismo.  Entró en contacto con los escritos del doctor E. Roy, quien con su grupo de Nueva York  se dedicaba a registrar la actividad cerebral de animales durante el aprendizaje, que demostraban una decodificación eléctrica de la información.
Por ese tiempo hizo un viaje a Oaxaca con amigos de su laboratorio y con su esposa. En Puerto Escondido tuvo la primera noticia sobre la obra de Carlos Castaneda, con quien muchos años después colaboraría. Una turista canadiense leía uno de sus libros en un Café y ella le platicó de este enigmático autor. Esta misma joven, llamada Alicia, le ofreció por primera vez en su vida un cigarro de marihuana. Unas semanas más tarde viajó a Huautla invitado por un amigo y comió hongos: “Su efecto me dejo pasmado. Podía ver todo con una claridad prístina, el río, a cientos de metros de distancia, lo oía como si estuviera debajo de mis pies. Me desnudé en la madrugada para experimentar la posibilidad de controlar el frío y lo logré”.
     Jacobo inició una relación extramarital con una de sus alumnas, Ianel;  poco tiempo después se separa de Lizette y deciden vender la casa que habían comprado. Con la oportunidad de asistir a una conferencia, Grinberg viajó a Nueva York, donde conoció al doctor Dennis Gabor, el inventor de la holografía, y se entrevistó con Roy John,  a quien le solicitó ingresar a su laboratorio para hacer su doctorado. Con la aceptación para ingresar  en el New York Medical Collage, Jacobo regresó a México y, a instancias del editor Francisco Trillas, empezó a escribir su primer libro: La experiencia interna (1975).
(Continuará)

*Del libro en preparación: El enigma Grinberg

 

 

Ciclo Literario.