Arthur Rimbaud, poeta blanco,
corazón africano

Claude Jeancolas
Traducido por Marie-Claire Figueroa


El Rimbaud africano pinta, en sus cartas, un cuadro desesperante de Abisinia. ¿Amargura fingida?
África lo fascina desde la infancia, y los nómadas de la región lo respetan.

 

Africa aparece por primera vez sobre las bancas de la escuela: Arthur tiene 11 años. Sus mejores cuates son: Paul Bourde y Jules Mary. Preparan una expedición para descubrir las fuentes del Nilo. Se reparten las lenguas necesarias: a Bourde, el árabe para la travesía del Nilo, a Mary el portugués, el idioma de los grandes exploradores; a Rimbaud - ¿premonición? – el amharique, la lengua de Abisinia. África les ofrece un sueño de inmensidad, de lo desconocido, de aventura y de gloria. El proyecto se desvanece cuando Bourde deja el colegio.
África reaparece en los años poéticos, más idealizada  todavía. Arthur tiene la envidia  de su virginidad  bárbara, de la inocencia que le permite ignorar la Revelación, mientras que él, por su bautizo, iniciado al conocimiento del bien y del mal, está obligado a buscar su salvación. ¡Oh, cuanta felicidad para quien vive en la ignorancia, porque no se le podrá condenar! Sin entredichos, sin deberes, él solo puede conocer “la salvación en la libertad” exigida por Rimbaud para la dignidad del hombre. El narrador de  Une Saison en enfer anhela alcanzar el país de los hijos de Cham del que la Biblia nos dice ser Abisinia. Allá, sueña el narrador, podrá olvidar sus compañeros de infierno y su propio infierno, esta Europa que ha perdido su alma, que no lo ha comprendido.

Hugo A. Bernatzik / 1930
Fotografía

Rimbaud tendrá que esperar hasta 1876 para divisar las riberas de África. Es voluntario del ejército colonial holandés, a bordo del Prins van Orange rumbo a Batavia por el Canal de Suez. Ninguna escala sin embargo, porque se teme la deserción de los nuevos reclutas. Cuatro años más tarde, Rimbaud huye de Chipre y se reencuentra con el Mar Rojo. Desesperadamente busca trabajo; en Adén, lo contrata el negocio Mazeran, Viannay, Bardey y Cía. Se aburre pronto, tanto más rápido cuanto África, en frente, lo atrae como un poderoso imán.
En ese entonces, ¿qué pasa pues? Los escasos testimonios hablan de un hombre serio, valiente, austero. Las cartas comerciales no hablan más que de café, plumas de avestruz, perfumes, oro, marfil, pacotilla de Occidente que  sirve de moneda de intercambio, aranceles, retrasos de pago, cuentas… Algunas escasas consideraciones políticas, algunos apuntes geográficos. Sobre su vida íntima, solamente nos informan las cartas a su madre que ésta conserva piadosamente. Ahora bien, estas cartas son lamentaciones sin fin: la vida es dura, el clima imposible, los africanos inaguantables, la única motivación allí: hacer fortuna, saldrá pronto para Zanzíbar o Panamá, o Asia…De este lloriqueo, se concluyó demasiado aprisa que detestaba África. Si hubiera sido cierto, ¿por qué no se va, él tan apto a largarse para un más allá desconocido? Si hubiera sido cierto, ¿por qué, en su cama, moribundo, cuando todo pudor y mentira son inútiles, no piensa más que en el reencuentro con su África? Para entender, debemos releer la historia a través del filtro de su carácter.
En África, su vida es dura. Está solo, completamente solo. Se protege de cualquier intrusión en su pasado poético con un: “Todo eso no era más que enjuagaduras”, para librarse. Porque todavía piensa en aquél. La prueba: estas dos cartas que lo informan de su notoriedad naciente en París. Las tenemos, intactas, lo que significa que no las tiró, que se las llevó, bien empacadas, en su pequeño bagaje en la época de esa bajada trágica hacia la costa sobre una camilla, con lluvia y en el lodo.
El trabajo no está fácil. Asaltan a las caravanas, las lluvias impiden el comercio durante largos meses, son innumerables las complicaciones administrativas. Los únicos momentos de exaltación son los preparativos de partida. Entonces renace el entusiasmo y escribe a su madre para que le mande todo tipo de libros técnicos o científicos, como si fuera a construir un nuevo mundo. En cuanto a las cartas a su madre, las escribe cuando tiene tiempo, en los momentos de inacción que, para él, son espacios de aburrimiento. Además, él es el hijo favorito, el único autorizado a hablarle de tú, el único de quien sueña ella que regresará a terminar sus días con ella – de hecho le compra una parcela justo en frente de la granja familiar. Oído atento para él que quiere que lo compadezcan, que lo mimen, en resumen que lo amen. Lo admite en una ocasión: esas lamentaciones son una especie de canto.
Se encuentra entre Blancos, pero está más integrado a la comunidad negra que lo podría uno creer. Entre otras pruebas, esta increíble expedición de 1886 para vender armas a Menelik. Todas las caravanas son saqueadas, los merchantes asesinados. Él sale, único Blanco de la expedición, con 2,000 rifles, 75,000 cartuchos, mercancías muy codiciadas. ¿Por qué no lo han asesinado?, ¿quién es, pues, ese diablo de hombre? Y ¿qué lo hace diferente de los demás? Idris Youssouf Elmi es poeta y somalí: “Supo dar y, por esto, provocar el respeto. Los nómadas, que sean Afares o Somalíes, tienen esta cultura del don: da uno su palabra, da uno lo que tiene uno aun si es poco, todo se reparte […] La inteligencia de Rimbaud fue la de ganar su confianza, haciendo suyos algunos de sus valores. A partir de ese momento, tenía el poder sobre ellos”.    
Chehem Watta, poeta también, Afar, confirma la visión: “Tuvieron tiempo de observarlo en Tadjoura. ¡Fíjate, casi un año viéndolo diario! Tuvieron tiempo para sopesarlo, valorarlo. ¿Qué quería este extranjero, quién era, como se comportaba? Vieron su valentía […] vieron sus cóleras. El nómada admira no solamente a quien es fuerte físicamente mas también verbalmente. Su ira le sirvió. Les decía lo que pensaba de ellos. Esto no les podía molestar, puesto que ellos mismos tienen esta costumbre, este valor de no disimular. Luego, cuando partió la caravana, pudieron comprobar su apreciación. Su aguante para caminar, su resistencia al hambre, a la sed […] Otro rasgo sedujo a los Afares: su silencio. Con nosotros, cuando no tenemos nada que decir, nos callamos. En la caravana, decimos sólo lo necesario. Podemos quedarnos diez horas sin hablar, lo que no significa que no nos comunicamos. A través de este silencio pasa un diálogo, una complicidad. Ninguna necesidad de las palabras. Hablaba poco… Respetaba el silencio de los Afares. Se volvía uno de ellos.” Rimbaud llevaba una vida sobria, vestido con prendas de algodón ordinario, un pequeño fez sobre la cabeza, jamás un signo de la arrogancia colonial de los otros Blancos. Sobrio, taciturno, reservado, orgulloso, colérico, voluntarioso, resistente, su carácter de hombre nacido en las Ardenas era cercano de verdad al de los Afares. Era de los suyos.
Arthur Rimbaud le debió su reconstrucción moral a África y le dedicó su agradecimiento y su amor. Como última señal, pidió que una parte de sus bienes fuera entregada a su servidor Djami. Isabel, para acceder al deseo de su hermano, emprendió una larga búsqueda. Cuando llegó el dinero a Harar, Djami había muerto, fueron los hijos quienes recibieron el donativo de Rimbaud y, a través de ellos, esta África tan intima y secretamente amada.

Traducido por Marie-Claire Figueroa
Tomado del Magazine littéraire, Sept.2009

No. 489.

 

 

Ciclo Literario.