Los otros niños
Caudebec, 1939*

Marie Claire Figueroa


En Cabourg la tía Yvonne nos llevaba diario a la playa, bien forrados los días de viento, para poder correr y jugar con la arena. El clima de la costa normanda no es muy generoso, el sol es parco. Al principiar el invierno, se necesitan abrigo, suéter, bufanda, calcetines, gorra y guantes para enfrentar el viento filoso; cuando silba en las orejas, éstas se vuelven rojas, la nariz gotea, los ojos lloran y las manos buscan el refugio de las bolsas; en París yo usaría un manguito de piel. Cuando se sentaba en un sillón para tejer, mi tía ponía sus pies en una gran bolsa hecha de tapicería y de piel llamada “chancelière” (misma palabra para la esposa del canciller), indispensable cuando la calefacción brillaba por su ausencia.

John Berger / 1983
Fotografía

Mis padres llegaban los fines de semana, gran acontecimiento más aun cuando traían unos pastelillos comprados de paso en la mejor pastelería de Cabourg. Siempre preguntaban por nuestro comportamiento; evidentemente el de Bernard, de dos años, era intachable, el de Francis y el mío eran puestos en tela de juicio. Una de esas tardes de sábado, alrededor de las cinco, mi tía interrumpió nuestros juegos para avisarnos que habían llegado y que era tiempo de regresar. Guardó su eterno tejido, alguna prenda de bebé que hacía para una tienda que la explotaba; ¡cuántas veces le ayudé a trenzar las tiras de lana o de hilaza, azul o color de rosa, para ensartar en los diminutos zapatitos o en las chambritas! La tía nos pidió que recogiéramos los baldes, palas, tamices y demás objetos que constituyen la parafernalia del buen constructor de castillos y nos conminó a que hiciéramos pipi antes de salir de la playa, atrás de su espalda. Mis hermanos obedecieron sin problema. – Et toi, Marie-Claire, dépêche-toi. – Non, tante Yvonne, je n’ai pas envie. Claro que sí tenía ganas, me moría de las ganas de orinar, pero mis hermanos tenían el problema resuelto con su pitito (la zigounette de ahora y el petit robinet de esos tiempos) y no les importaba. Yo no quería exponerme a las miradas de todos (¿todos, cuáles?, al final del verano, las playas suelen estar desiertas). En fin, es cierto que a los siete años, una niña siente vergüenza al bajar sus calzones en un lugar público. – Non, non et non, tante Yvonne, je ferai à la maison. – Bien, comme tu voudras, ma petite fille.  Se necesitaba por lo menos diez minutos para caminar hasta la casa y lo que debía suceder sucedió; la catástrofe tuvo lugar en el muelle, en medio de algunos turistas atrasados. Llantos míos, burlas de mis hermanos, regaño de la tía y de los papás, nada de esto me afectó, sino el castigo, la privación de los choux à la crème, de las tartelettes aux fraises  y sobre todo de mis preferidos éclairs au café et au chocolat. Ese día, de verdad, sentí por primera vez el peso de la injusticia: ¿Por qué los adultos eran incapaces de hacer la diferencia entre una susodicha desobediencia o  aparente mentira y un sentimiento de pudor?
De Cabourg, fuera de ese amargo momento, tengo otro más desagradable todavía: los domingos de misa. Ésta se oficiaba en una enorme iglesia, enorme a mis ojos de pequeña; en realidad cuán enorme era, no sé. Lo que si sé, es que carecía de calefacción, que la misa rezada en latín duraba un tiempo infinito y que las niñas más grandes que yo, quienes habían hecho su primera comunión e iban a comulgar, se caían una tras otra, desvanecidas a causa del ayuno y del frío. Me helaba de terror ver la palidez cadavérica de sus rostros, reanimados bajo las cachetadas de las maestras. En esos días aciagos, decidí que nunca, nunca, haría mi primera comunión. Pobre de mí quien ignoraba todavía que no existe el país de los nuncajamás.
No sólo era penosa, sino también miedosa. Odiaba las fiestas de niños –hasta la fecha las sigo odiando así como las de adultos. El director de la refinería de Port-Jerôme y su esposa, Monsieur et Madame Navarre, solían invitar a las familias de los ingenieros con sus hijos pequeños. Ellos mismos, en esa época, tenían dos, François-Pierre y Jean-Jacques. Después de la guerra iban a tener a Yves, célebre novelista quien iba a morir de sida al principio de la pandemia, en los ochentas. En esas fiestas, casualmente, la mayoría de los pequeños invitados eran varones y quienes regentaban eran los hijos del director. Los detestaba por bruscos y mandones. Desde varios días antes, me angustiaba; una noche, mientras maman me bañaba en la tina, le supliqué dejarme en casa; no hubo modo de convencerla.
La fiesta empezó como siempre con una película de Charlot (Charlie Chaplin) pasada con la ayuda de un proyector manual. Luego se retiraron los adultos dejándonos en nuestros juegos. El ruido no se aguantaba. Se formaron grupos; la mayor parte de los niños se conocían por vivir son sus papas en la Cité de Notre Dame de Gravenchon, construida especialmente para los ingenieros y similar a la cité en donde vivíamos antes, en Le Trait. Francis y yo congeniábamos poco con los demás y nos quedamos juntos. De repente, una niñita echó un grito agudísimo y corrió hacia donde estábamos. Sin entender, la vimos tropezar en su carrera zigzagueante, cuando empezaron a gritar otros niños. Como nos habíamos sentado en el suelo, cerca de una mesa, no lográbamos reconocer la causa de ese griterío, pero una vaga aprensión empezaba a invadirme y sentí un retorcijón en el estómago. Volví la cabeza del otro lado y se me heló la sangre: por la gran puerta abierta aparecieron dos fantasmas arrastrando cadenas; los ojos como carbunclos brillaban a través de los agujeros practicados en las sábanas, los brazos tendidos hacia delante trataban de atrapar a los más pequeños, aterrorizados.

John Berger / 1965
Fotografía

Jalé a Francis de la mano y le puse el dedo sobre los labios: - Chut, viens, nous allons nous cacher sous la table, mais ne crie pas. Levanté el pedazo de mantel sobre el que se amontonaban pasteles y pastelillos y nos deslizamos, desapercibidos y quietecitos, debajo de un verdadero aquelarre. Nadie nos descubrió, pero seguí presa de un miedo irrazonado durante mucho tiempo por creer todavía en las historias contadas por las niñeras de ocasión. Resultó más intenso el miedo que resentí ese día que unos años después el miedo de las alertas, los atropellos hacia los refugios o el estallido de las bombas; más incluso que la odiada fusta de mi tío el coronel cuando yo no resolvía los problemas de aritmética a tiempo, durante las vacaciones con mis primos, no muy lejos de Alsacia.
Para colmo, al regresar a Caudebec de noche, un borracho atravesó la carretera delante del Citroën. Mi padre frenó a tiempo y cayó ileso el hombre sobre la salpicadura; lo único que quería ¡era dinero para comprarse un pantalón nuevo!
En realidad se me estaba olvidando otros momentos de pánico también irrazonados, los de visita en casa del Dr. Solau quien acudía a la nuestra en cada una de nuestras enfermedades infantiles. Personaje erudito, entendido en latín y griego, era de pequeña estatura, encorvado, con unos diminutos ojos agudos y poseedor de una barba de chivo grisácea (¿será por esto que no me gustan los hombres con barba?) Me bastaba oír su voz en el pasillo que daba al cuartito en donde nos instalaban cuando nos enfermábamos, cerca de la habitación de mis padres, para que empezaran mis alaridos. Sucede que una de sus hijas (tenía cuatro, más cuatro hijos), Madeleine, era mi mejor amiga en la escuela y seguido iba a jugar a su casa. Empezábamos a comer antes de que el doctor terminara las consultas y me sentía muy tranquila; nada más se asomaba a la puerta, mis gritos rompían la paz de ese momento de convivencia.
Sin embargo, me gustaba ir a su casa: era una familia numerosa, muy católica como muchas en el Norte de Francia de donde venían, y muy alegre. De los ocho hijos, la mayor, Thérèse fue asistente social, mi amiga Madeleine se volvió monja en el Colegio des Oiseaux en donde había estudiado, Michel era monje del convento benedictino de Saint Wandrille, alojado cerca del antiguo convento; a veces, allá íbamos a misa para disfrutar el canto gregoriano y visitar las ruinas góticas en el parque. El más chico, oficial de la marina se casó y perdió a su esposa en el parto de su primer hijo, por un descuido, a pesar de haber tenido padre y suegro médicos. Otros tres se casaron. Henri, asistente de notario,  tocaba el piano de manera pasmosa, sin soltar el cigarrillo un instante; encendía el siguiente con el anterior… ¿debo precisar que falleció de cáncer de pulmón? Después de la guerra, yo lo alcanzaba en la inmensa sala helada del caserón que la municipalidad les rentaba así como a otros cuya casa había sido bombardeada también. Esta casa formaba parte de un conjunto cuadrado, bastante tétrico, con un gran patio en medio, tal vez el antiguo claustro de aquel antiguo convento capuchino que había pertenecido a la familia de mi abuelo materno después de la Revolución. Carecía de calefacción en invierno y la sala del piano carecía de muebles, de tapetes, de cortinas, así que más fría que ninguna otra; pero teníamos abrigos y bufandas, Henri fumaba y yo no me cansaba de oírlo tocar. La música nos abrigaba.
Yo tenía 18 años y él 24; creyó tal vez que mi admiración por su don atañía también a su persona y una tarde me abrazó hasta quitarme el aliento. Me costó trabajo “destrabarme” y mi actitud medio enojada lo desengañó. Se casó poco tiempo después con una joven tan simpática que pensé: “seguramente lo único que quería Henri era ´entrenarse´  conmigo”. Titular del órgano histórico de la iglesia de Caudebec, tocó todas las piezas de Bach que le pedí para la misa de mi boda, diez años después. Quedamos muy amigos; pero se fue a vivir a Amiens con su familia y nunca lo volví a ver. 

* Memorias de guerra de una niña (Capítulo VIII, segunda parte)

 

Ciclo Literario.