La creación y la transformación

 


Erich Neumann pertenece al grupo de psicólogos, mitólogos, orientalistas, filósofos, antropobiólogos, teólogos, y científicos naturales que constituyen el Círculo Eranos, que desde 1933 y bajo la élgida de Carl Gustav Jung, hasta nuestros días, han urdido un tejido simbólico de amplio alcance. Este conjunto de sabios de todas partes del mundo se reúnen en un esfuerzo para coaligar texturas y textos, temas y autores en una visión interdisciplinar que intenta correlacionar Oriente y Occidente, lo racional y lo pararracional o mitológico, el hombre y el cosmos, el espíritu y la materia. Para buscar sentidos en medio de tantos sin-sentidos, Eranos realiza una ingente labor de desescombro tanto de las culturas clásicas como de los ritos arcaicos iniciáticos. Desde su año de fundación hasta nuestros días, Eranos publica un anuario con artículos de sus miembros (a la fecha sólo 4  de los 57 tomos están traducidos al español) cuya intención es conducir al Círculo hacia una ciencia del alma, capaz de investigar al homo interior (hombre interior). Estos libros constituyen la mayor reserva simbólica del hombre torturado del siglo XX. A continuación publicamos un resumen del profundo estudio de Erich Neumann.

 

Los dioses ocultos
El hombre creador y la
transformación

Erich Neumann
Círculo Eranos II
Athropos
1997

 

Lo que se encierra en la
estabilidad está ya entumecido

Rainer María Rilke

No soporto que nada permanezca
Dios a Juan en Patmos

Tanto la curación como el enfermar están vinculados con el término de la  transformación. Lo creador está donde siempre: en los individuos singulares, en los niños, en los enfermos y en la sencillez de la existencia. El hombre creador no es un hombre normal, la ley que rige su desarrollo de la personalidad y de la conciencia es distinta (domina el mundo arquetípico primario sin que llegue a ser sustituido por el canon cultural). La historia individual de cada hombre creador transcurre siempre en las proximidades del abismo de la enfermedad, pues una de sus características más propias consiste en que las heridas que ineluctablemente se reciben en el transcurso del desarrollo no le cicatrizan, como es habitual, mediante una adaptación creciente a lo colectivo. Al hombre creador se le quedan abiertas esas heridas, pero vive el sufrimiento que le producen con tal intensidad que alcanza una profundidad desde la que asciende algo distinto y curativo: lo que surge es, precisamente, el proceso creador. Sólo el que ha sido herido puede curar. Este complejo-herida viene a abrir en la personalidad algo auténtico y significativo para la colectividad.
La vida del hombre creador está marcada, simultáneamente, tanto por el sufrimiento conscientemente aceptado como por el placer de permitir la expresión creadora de la totalidad, por esa gratificante capacidad de dejar que lo bajo viva y se configure junto a lo elevado. La transformación, que sucede contra toda voluntad, sólo puede ser deseada por quien se dispone a morir. El creador, por ello, se sabe como una boca por la que pasa lo que ha surgido en su interna oscuridad telúrica.

Constantine Manos / 60’s
Fotografía

Las únicas transformaciones decisivas son las transformaciones de conciencia. En una cultura, como la nuestra,  basada en la fortaleza del Yo y en la sistematización de la conciencia, la transformación exige voluntad e intención. Un canon cultural suele estar más orientado hacia la estabilidad de la conciencia que hacia los fenómenos transformativos de la conmoción.  La obsesión suele irrumpir, de lo inconsciente, lo bajo, a lo consciente (las ideas, la mente), lo elevado. En el caso del neurótico lo que ocurre es que no se logra realizar el proceso de transformación del complejo personal o que éste se realiza sólo de un modo incompleto. Los complejos sin embargo no tienen un carácter exclusivamente negativo y patológico, sino que, por ser fragmentos del alma, son también los componentes naturales de nuestra psique que pueden movilizar positivamente la personalidad y provocar su transformación. Es preciso aprender a distinguir entre la inadaptación del neurótico, del que está fijado al Yo y por ello es casi incapaz de relacionarse, y la inadaptación del creador, del que tiene dificultades de relación por estar fijado al Sí-mismo que se define como el centro de la totalidad.  En cambio, en la transformación creadora lo creador no comparece como una obsesión irruptiva sino como una potencia unida al Sí- mismo. La unilateralidad de nuestra conciencia cultural hace que el individuo se consolide hasta tal punto que corre el riesgo de que se le esclerotice totalmente la conciencia, perdiendo así su capacidad de transformación psíquica. Es, precisamente, la crisis del hombre moderno caracterizada por la nítida separación de los sistemas psíquicos, por la escisión entre la conciencia y el inconsciente, por su neurosis y por su incapacidad para la auténtica transformación creadora y totalizante. En este contexto el Yo se reduce a ser un “Yo solo”, a ser algo egoísta que está cerrado tanto a la otredad del Sí-mismo, de la totalidad propia, como a la otredad de lo exterior, del mundo y las demás personas. El Sí-mismo es el centro de la totalidad viva y real que transforma y que mueve a la transformación. El ideal del Yo es tan sólo una ficción y una construcción artificial y reactiva que se constituye bajo la presión de la conciencia colectiva, del Super-Yo ligado a la tradición y viene a imprimir en el individuo los valores de la colectividad, colaborando así en la represión de los rasgos individuales que se desvían del canon cultural. El síntoma más evidente, aunque no el único, de que realmente se está dando en el interior de la psique una transformación consiste en que se dé también un cambio en el modo de relacionarse con la realidad exterior.
Los cambios de conciencia que no se dan conjuntamente con los cambios de la parte inconsciente de la personalidad resultan poco eficaces. Y en una cultura cimentada sobre la separación de los sistemas psíquicos lo arquetípico afecta siempre a toda la personalidad. Resulta muy difícil separar lo personal-individual de lo arquetípico. En la consideración del hombre sano como en la del creativo y hasta en la del enfermo, suele ser imposible aislar completamente los complejos personales de los contenidos arquetípicos que tras ellos subyacen. El hecho de que un complejo del inconsciente personal en lugar de desembocar en una neurosis resulte productivo afirma que la vida psíquica del individuo posee una fuerte tendencia a realizar la personalidad total. La rigidez e inmutabilidad diabólica es el peligro latente en todo aferrarse a algo y en toda obstinación, que son símbolos de que no se está abierto a lo que se revela.
En el proceso creador lo que resulta más evidente es su carácter de “obra” que sintetiza lo interno y lo externo, lo psíquico-subjetivo y lo objetivo. En todos los ámbitos de la cultura, la obra, en tanto que “hijo” de su creador, es al mismo tiempo el nacimiento de la transformación anímica individual del autor (y de su totalidad) y algo objetivo que hace una aportación a la humanidad, es decir, que constituye una revelación creadora, porque lo creativo está enraizado por igual en lo más profundo y oscuro del inconsciente del hombre y en lo mejor y más elevado de su conciencia, así la obra es el fruto de la totalidad de su existencia. En la imbricación entre los factores personales y los correspondientes contenidos arquetípicos, es decir, inconscientes y colectivos, puede el individuo hacerse creador y puede su obra llegar a ser significativa para la colectividad, pues lo que hace posible la prosecución del desarrollo de la conciencia es precisamente la existencia de una relación viva entre la conciencia y las potencias creadoras del inconsciente. El que las cosas, por ejemplo un paisaje o una obra de arte, se animen o se vuelvan transparentes implica que se transforman en una realidad unitaria (lo real, lo espiritual y lo anímico como un todo). Al hombre creador nunca le abandonan las experiencias infantiles de la unidad unitaria, siempre vuelve a las grandes imágenes jeroglíficas de la existencia arquetípica. Sin embargo, en la mayoría, para lograr la adaptación a la normalidad se va reprimiendo el mundo de la infancia, en el que el acento recaía sobre la totalidad. Se va evitando el contacto con el Sí-mismo.

Constantine Manos / 60’s
Fotografía

El hombre creador está estigmatizado por el hecho de que no renuncia a la dirección global del Sí-mismo para lograr así la adaptación al entorno y a sus valores dominantes; se encuentra, como el héroe, en oposición al mundo del padre, es decir, a los valores dominantes, pues para él el mundo arquetípico y el Sí-mismo que lo rige constituyen una experiencia tan directa, tan viva y tan imponente, que no puede ser reprimida.
El hombre normal puede experimentar, al menos por un instante, la significación simbólica cuando vive como una unidad la sexualidad, lo personal, lo arquetípico, lo corporal y lo anímico. Esta experiencia de unidad es análoga a la del niño y a la del hombre creador. Podríamos decir que el hombre es creador en la medida en que se pone a disposición de lo transpersonal, en la medida en que no ha perdido el tiempo de la experiencia infantil, en el que este estar a disposición es algo natural: es la apariencia infantil del hombre creador, ese su estar abierto en función del cual el mundo se crea de nuevo cada día.
   El simbolismo de lo creador contiene algo regenerador para su tiempo, es el germen de su desarrollo futuro. Esto es posible porque lo que aparece en la obra creadora, no es algo meramente individual sino algo arquetípico que, siendo un fragmento de la unidad unitaria, es ya algo continuo e imperecedero, puesto que en esa realidad unitaria lo real, lo anímico y lo espiritual son todavía uno.
   Para que la función trascendente o el símbolo unificador puedan actuar es preciso que se dé cierta tensión entre una conciencia bien afianzada en el Yo y un inconsciente suficientemente cargado. Normalmente cuando el creador va a crear algo tiene ya un propósito y una dirección, pero con independencia de esto, en el proceso creador el inconsciente se suele imponer frecuentemente sobre la conciencia como si fuera algo autónomo y dotado de una voluntad propia que no concuerda necesariamente con la voluntad del autor. Por eso, se encuentre en la situación que se encuentre, el hombre creador tiene que exponerse siempre de nuevo en aquella apertura que es el único lugar por el que puede penetrar el mundo de lo abierto.
   La unidad entre el Yo y el Sí-mismo que caracteriza al proceso creador incluye también las regiones de la rigidez y del caos que tan amenazantes resultan para la vida del hombre consciente. Ahora esas dos regiones quedan abarcadas e integradas en una tercera que va surgiendo a partir de ellas en el ámbito de lo creador. Pues bien, ese tercer término sería precisamente la forma.
En efecto, el arte, que hasta el renacimiento fuera la esclava, la criada, de la religión, de la cultura o del Estado, ha ido adquiriendo una influencia creciente sobre la conciencia. Esto es porque los símbolos antiguos o el mantenerse fiel a los valores simbólicos-religiosos parece estar condenado al fracaso. Lo creador ya no vive apenas en los lugares reputados como sagrados, ni en los sitios, los tiempos o las personas que se le dedican, sino por todas partes, en cualquier sitio, de cualquier modo y en cualquier tiempo, es decir, de un modo meramente anónimo. Todos intuimos, sin embargo, que la realidad representada en el símbolo es más abarcante que la aprehendida en la conceptualización puramente racional de la conciencia. La ciencia, precisamente, que pertenece a nuestra conciencia aislante y aislada, descubre siempre en nuestras imágenes perceptivas restos de símbolos e intenta introducirnos en un mundo desimbolizado y sólo pensable. Así, el ritual va perdiendo su carácter regenerador, que es lo que constituye el núcleo de la transformación psíquica. La disolución del núcleo originario y el individualismo que acarrea la dominancia del Yo consciente hacen que el ritual llegue a tener tan poca eficacia como el arte.

  El conocimiento más profundo afirma que la vida auténtica no se realiza arbitrariamente sino que está sujeta a un oculto entramado de imágenes invisibles (los símbolos), pues realmente vivimos en figuras. (transcripción L. León)

 

 

 

Ciclo Literario.