El yo romántico o de la
santísima trinidad

Fernando Montesdeoca*


 

Fragmente, Diario de un adicto al sexo
Lorenzo León Diez
Eón 2008

Barry, el personaje de esta novela de Lorenzo León,  es un simulacro: se simula a sí mismo. ¿Qué otra cosa, si no, podría simular uno? O: ¿de qué otra manera podríamos suponer que somos alguien si no lo simulamos?
¿Qué simula Barry, muy principalmente, según esta novela?: simula que es un adicto al sexo, y no: no es un adicto al sexo: es un solo que deambula entre mujeres. Entre mujeres que confunde con otra cosa. No busca: se repite a sí mismo: laberinto circular.   Por eso es un personaje de las crisis que nos tocan vivir: porque da vueltas sobre sí mismo sin lograr darse cuenta de qué es lo que pasa. Repite sin remedio el círculo hedonista de las ficciones de la vida estándar de clase media alta al que velada, o abiertamente, nos invitan los comerciales de tv: restoranes chic, dinero a la mano, promesas de abundantes encuentros sexuales, viajes exóticos, todo sin compromisos: puro paraíso.

Joris Van Daele
Fotografía

         Si Barry, como me parece, es un adicto no-adicto, si en lugar de buscar gira sobre sí mismo, si las mujeres son artículos desechables y no sujetos del amor, si está en crisis pero no lo sabe, resultaría evidente que el punto de vista del narrador es irónico en relación con su personaje, de tal manera que lo expone y lo caricaturiza. Por eso mismo en el desfile de mujeres por el que Barry deambula, casi todas ellas son indistintas, como un producto repetido en serie: a fin de cuentas todas —casi todas—, para el caso, parecen ser la misma: deseantes y deseables: desechables. La novela lo confirma: dice en la página 48 “él [Barry] tenía una visión nebulosa de las mujeres”. Es como cuando entramos al súper y vemos  10 ó 12 marcas distintas de cereales: son bastante indistintos. No es gratuita la comparación con los cereales: vivimos en la era del consumo —del consumismo— y casi toda mercancía, gracias a la publicidad, tiene una carga sexual y su momento de espectáculo (incluidos los cereales). De la misma manera para Barry casi ninguno de los encuentros resulta importante: son entretenimientos, ejercicios lúdicos, consumos y más tarde, desechos.
En algún momento la novela alude a la crisis, a través de las noticias que resuenan por ahí —ruido de fondo—,  y cuyos acontecimientos pasan lejos de Barry: no están en su foco. Pero Barry es síntoma de esas mismísimas crisis. En todo caso qué es una crisis sino la caída de una idea del mundo y de la comodidad que nos daba. No parece sino que toda crisis genera un vacío, por ausencia de lo que ya no es. Nuestra venganza ha consistido en llenar ese vacío con la pulsión por lo lúdico: el entretenimiento, el espectáculo, el desmadre, el alcohol, el sexo. Puras pulsiones que dan placer, qué rico; aunque no sólo eso dan.
Ahora que, si Barry es un personaje irónico —ironizado—, entonces no es héroe. No es el héroe de la seducción y la sexualidad, como lo fueron Casanova o don Juan (Don Juan el de Zorrilla), sino víctima.
El Yo que por excelencia es héroe siendo víctima, es el Yo romántico; ¿pero qué modalidad del Yo romántico representa Barry? No es el Yo prometéico, que se sacrifica por el bien común; ni el Yo satánico, que destruye el orden establecido. Ambos representan la inconformidad con su mundo. Barry no parece un inconforme. Representa más bien la cómoda adaptación al medio. No es inconforme, pero sí es insatisfecho, aunque su insatisfacción no se revela contra un estado general de cosas; se manifiesta, en la historia que cuenta la novela, sobre la serie de encuentros sexuales más o menos indistintos, en la mayoría de los cuales no parece encontrar satisfacción. La clave de esto tal vez se encuentre en lo que el mismo Barry dice de otro personaje: “no sabe quién es él”. Cierto: no se podía haber autodefinido mejor, sólo que el problema consiste, precisamente, en que no se da cuenta de que habla de sí mismo. En realidad, busca espejos, en donde reflejarse, para ser.

Andrés Martínez
Fotografía


Pero regresando al asunto del Yo romántico, en el caso del personaje de Barry, resulta interesante notar que, aún cuando tiene relaciones sexuales con algunas de las mujeres —no con todas—, en realidad no las “alcanza”, es decir, es como si lo esencial del encuentro se le escapara dejándolo igualmente vacío. Es como si a pesar del encuentro físico, pasara a través de ellas, sin tocarlas. Sus encuentros están dominados por la irrealidad. Visto así, el Yo que encarna Barry, es el Yo romántico que endiosa a la mujer pero no la alcanza. No la alcanza porque su deseo no está en donde la mujer está: es una idea. Por eso al principio dije que Barry no es un adicto al sexo —aunque el sexo parezca su pulsión—, sino un solo que deambula entre mujeres. Me faltó decir: extraviado entre mujeres a las que en realidad no alcanza. He ahí la ironía bajo la cual el narrador mantiene a su personaje. Por eso me imagino a Barry bajo la modalidad del Yo solitario. El Yo solitario se siente superior. No encuentra a su igual. Idealiza a la mujer, a tal grado de perfección, que la vuelve inalcanzable para sí mismo. Lo que busca, deja de ser la mujer, y se devela como la búsqueda de sí mismo en el espejo. El Yo solitario es Narciso, a fin de cuentas.
En este sentido el diálogo final es transpuesto precisamente al nivel de la idealización; y es aquí  en donde Barry aparentemente se encuentra, por fin, aunque sólo para desintegrarse —en tanto personaje—, pues se funde a una nueva entidad en la cual la sexualidad deja de ser acción para ser idea en una moderada discusión: la triada de personajes que forma esta “entidad” dialoga y desemboca a un callejón sin salida. Dice Radira: “Necesitamos otro lenguaje, nuevas palabras para explicar lo que nos sucede. No las tenemos”.
La triada se conforma así: Radira es la esposa, suave, tolerante, ausente, disponible, pero igualmente inalcanzable, extraña ya; una presencia apenas con peso. Del otro lado está Eleanei, que es joven y con presencia física y sexual. Barry al centro.
Es sabido que una historia puede ser vista a través del marco de otras historias, el cual funciona como un referente arquetípico que permite establecer relaciones intertextuales, las cuales alimentan nuestras posibilidades de interpretación.
Como el final de la novela, aunque congruente con la idealidad latente en la historia, me intrigaba, percibí, como ya dije, que los tres formaban una nueva entidad, la cual de pronto me resultó parecida a la santísima trinidad, en donde Barry sería dios padre; Radira, de corporalidad y sexualidad inmateriales, sería el espíritu santo; y Eleanei, cuerpo físico, carne, sería dios hijo encarnado. ¿Y qué con esto? Nada: por el momento sólo me sorprende encontrar estas analogías aparentemente erráticas, que sin embargo me seducen por los nuevos significados que sugieren.
Y ya en esto, también es como Ulises, Barry, en largo periplo antes de regresar a la fiel Penélope que lo espera cuidando el hogar, “tejiendo” la trama de los días; pero en ese caso ¿quién es Eleanei? No puede ser sino Circe. ¿Pero cómo las dos juntas con Ulises?, se preguntarán ustedes. No sé, a lo mejor la respuesta a esta duda podrán encontrarla en la novela misma.

*Fernando Montesdeoca (Ciudad de México 1952) ha obtenido importantes reconocimientos a su labor literaria: el Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2001 (Esta ilusión real) el Premio Nacional de Cuento Agustín Yánez, 2005 (Moscas) y el Premio Sergio Galindo en 2003, con su novela En los dedos de la mariposa (Editorial Era 2007).

 

 

Ciclo Literario.