El promisorio futuro de la Mara

Adrian León García


 

Christian Poveda fue asesinado en El Salvador el 2 de septiembre. Su documental, La vida loca es un trabajo magnífico de tres años en el que logró captar el aspecto humano de algunos integrantes de la Mara 18 y su relación con el mundo, la gente, la justicia, la familia y la muerte. Como resultado de un año y medio de filmación nos entrega una realidad compacta de seres sin opciones que se agarran como pueden a la vida y se sueltan sin temor hacia la muerte. Hay una historia detrás: una guerra civil que hizo emigrar a miles de salvadoreños a Estados Unidos donde se enfrentaron a las pandillas de los barrios latinos y formaron la suyas propias: Los maras.

Christian Poveda
fotografía

Poveda nos muestra al ser humano desarraigado, que se ha ido y ha regresado y que en el proceso ha perdido sus raíces, su cultura y su dirección. Con una expectativa de vida de 25 años, los pandilleros de la Mara 18  y la Mara Salvatrucha se enfrentan sin piedad ni tregua. Poveda nos muestra cuerpos que en vida se van descomponiendo por golpizas y balazos. Gente gastada, cuyos cuerpos reflejan dolor y desprecio, con miradas opacas, resignadas a la crudeza, abandono y muerte cotidianas.
Nos muestra también al ser humano organizado para matar y destruir con el no tan sorprendente resultado de destrucción y muerte de sí mismo. Paradójicamente la población de Maras en vez de disminuir aumenta. (Se calcula en 300 mil individuos organizados en pandillas en la región) Como si ese suelo devorador de cuerpos se volviera cada vez más fértil y salvaje.
El documental y la noticia de la muerte de Christian Poveda me hacen a pensar en el ser humano como un asesino desalmado e irracional que sacraliza la muerte. Decir que el fenómeno de la Mara es un asunto geográfico es quedarse corto. El propio Poveda declara que en 10 años habrá Maras en Europa a no ser que los países integren a los inmigrantes en su sociedad. Porque donde hay marginación está la Mara, es decir, gente sin nada que perder y capaz de destruirlo todo pero incapaz de construir y producir, pues carece de una fuente nutricia que provea el crecimiento.
No logro ver lo poético en la obsesión del ser humano de buscar la muerte, pero considero que es una reacción natural ante la esclavitud. La guerra parece ser una ley universal inevitable que sólo debemos aceptar y comprender. Christian Poveda era un hombre apasionado por esa naturaleza salvaje que convierte al hombre en asesino. Y no es el primero ni será el último en morir por vivir lo que ama. 

Muerte santificada y caverna
(Carlos Poblano y Doris Lessing)


¿De qué se nutre el arte? El arte procesa su sustancia de lo inhumano. De lo pre-humano. Y ahora quizá también (con las nuevas tecnologías aplicadas en la confección de los cuerpos) de lo post-humano.
Lo humano (lo civilizatorio, la moral, la religión, la ley) se ha encargado de delimitar la frontera entre los humanos y los in o pre humanos. Esta frontera es muy específica y la divide la cárcel y el manicomio.  Los que habitan estos socavones, estas celdas, estos asilos, son seres que no comparten con los de “afuera” sino su especie homo-sapiens, pero podría ser que ni eso, pueden ser los criminales o los deformados por la genética, productos –dice Doris Lessing, en su libro El quinto hijo
Punto de lectura, 2007 (Ciclo 79  )-- de “genes casuales”,  resultado de una cruza que significa “un salto atrás” de la especie.
Sí, los asaltantes, los asesinos, los ladrones, los violadores, podrían ser condensaciones de los antepasados de la humanidad, entidades que vienen de razas distintas a nosotros, “razas -dice Lessing- que se habrían desarrollado y desaparecido, pero que tal vez dejaron sus semillas en la matriz humana, dispersas, para volver a aparecer”… seres parecidos a los individuos que presenta la película de Carlos Poblano La santa muerte: Diego, el Cholo, con sus seguidores quienes aparecen “acuclillados a la entrada de una cueva en torno a una hoguera crepitante”, diría Lessing,  pero quizá ni siquiera eso, parece que esos cholos se hallan “en su medio bajo la tierra”…¿Vivían esos cholos “en cuevas subterráneas cuando la era glacial dominaba la superficie de la tierra, comiendo pescado de los oscuros ríos subterráneos o subiendo a la superficie y arrastrándose entre la fría nieve para atrapar un oso o un ave (o a una persona incluso)?” (DL). 
¿Y a quién adoran estos seres devastados, como si su juventud fuera un puerto de llegada y no un principio? ¿Por qué hablan así, con esa autosuficiencia que solamente otorga la erudición en la caza, el despojo, el ataque a mansalva? ¿Por qué cuando hablan se mueven como danzando entre la penumbra de la hoguera?
Si el arte se nutre de lo in o pre humano es natural que allí encuentre su fuente: la cárcel, la calle, el agujero, la cueva en el muro, el recinto judicial y psiquiátrico; entre la banda, en sus cuerpos tatuados, en sus palabras arrastrándose desde una oscura y fanática adoración, una doctrina expuesta en La santa muerte, por el Tijuano, su profeta.
El hecho de que este largometraje se filmara en Oaxaca escenificando Tijuana o El Paso o cualquier otro punto de la geografía nacional no puede ser más sugerente, es justo el registro de esa frontera que corta todo el país, no necesariamente un trazo geográfico, más bien una línea interior - una conducta que no tiene nada que ver con la conciencia del ser cotidiano, ciudadanizado, sino con estancias  al margen del trabajo, de la educación,  de la construcción productiva, pero, ahí la paradoja: ¡no del cristianismo! El  culto a la  Santa muerte absorbe las imágenes cristianas y las refunda desde el lado izquierdo de la psique, las vincula con el misticismo tolteca, vertiente de la mexicanidad adosada con conceptos castanedianos que cobran plena convicción en los ojos del Tijuano, el asesino o “retirador de cuerpos” que esperaba a su discípulo (Diego) en la celda para adiestrarlo en esta adoración.
Carlos Poblano nos entrega su ópera prima con una gran solvencia. Pone en la taquilla un auténtico boleto para viajar a la caverna. ¿Y qué historias encontramos allí, talladas en las rocas? ¿Qué escuchamos? Las piezas musicales de Juan García acompañan siempre, con fortuna, las imágenes. Contrapuntean con libertad, con gran oficio, las escenas planteadas y este es un logro original, pues vemos en realidad un trabajo a dúo, concentrado,  equilibrado, entre el director y el músico, quienes se dan a la tarea de crear gozosamente, en esta relación visual-acústica que da potencia a la película y cierra con perfección la canción final.
La película de Poblano es efectiva en su narración, emplea con tino la voz en off, es pertinente en los cortes que anuncian la temporalidad, y sus diálogos están bien construidos. Las escenas eróticas podrían haber sido menos conservadoras. En las dos que se muestran mantienen las mismas posiciones sexuales Diego y su novia. Sin embargo, en general la cinta es fluida, visualmente atractiva y definitivamente profunda.
Es loable que en México, y en particular Oaxaca, se cuente con un cineasta como Poblano quien a lado de su equipo de actores y técnicos logró, con un presupuesto mínimo, una obra que si bien no se ha distribuido en el país - pues fue contratada para ser distribuida en canales de TV en Estados Unidos-, alcanza un numeroso público en  la piratería. Hoy miles de jóvenes conviven en las condiciones cavernarias que observamos en La santa muerte, puliendo la daga de su rabia en la oscuridad bajo un puente, en el aislamiento de una celda.
Hemos hecho referencia al libro de Doris Lessing porque Poblano nos cuenta una historia cuyo poder generador tiene este principio: no ver al delincuente como un simple transgresor, alguien que por azares del destino y el infortunio tiene un papel marginal, un lugar opuesto a la esperanza,  común a las buenas conciencias. El cineasta comparte un sentido más allá de lo social pues, definitivamente, su obra no es documental, no trata sólo de dejar constancia de algo que está allí, existe, viene a nosotros en la narrativa amarilla de los periódicos, sino tiene la película del artista oaxaqueño una concepción radical, la de saber que estos seres que nos presenta vienen de lejos, se sitúan en un más allá de lo comunitario que, paradójicamente, confirma lo social, la ley de la convivencia humana:
El crimen es una condición necesaria de la existencia de una sociedad organizada. La sociedad es esencialmente criminal”.
Joseph Conrad

L.León

 

 

Ciclo Literario.