Caudebec, 1939*

Marie Claire Figueroa


De la escuela privada (l’école libre en oposición con l’école laïque), en donde estudié los primeros años, pocos recuerdos tengo, excepto de la maestra, Mademoiselle Camille. Además de ser la institutriz de la primaria, tenía una tienda de curiosidades normandas, artesanía y souvenirs, cerámica pintada a mano, hierro forjado, cobre, etc. La visitaba a mis regresos de México y me repetía cada vez y a quien podía oírla, que yo había sido la alumna más precoz de su clase y había aprendido a leer en tres meses. De seguro me la creía, pero en nuestra época moderna, esta “hazaña” no tiene nada de especial.
Lo curioso es que tengo todavía un recuerdo de la escuela maternal, en esa época bendita previa a la guerra, el de mi primer amor por un chiquillo de unos cuatro años. Un día, mientras estábamos esperando a quienes venían por nosotros en el hall de la escuela, miraba a Jacques –así se llamaba el niño-, muy preocupada porque no quería platicar conmigo y se estaba deshaciendo en llantos. Compasiva, la maestra encargada de entregar a los niños lo levantó para sosegarlo, creyendo que anhelaba la llegada de su madre; tan pronto lo tuvo en brazos, echó un grito y mostró su mano embarrada de una materia amarillenta y mal oliente que no dejaba ninguna duda sobre la causa de los llantos. Ese día marcó el fin de mi primer amor.

Edouard Boubat
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Otro drama me sucedió a los seis o siete años, con una niña, hija de un obrero y de una lavandera; no sé si estaba en mi clase, pero la conocía muy poco; me sonsacó a la salida de la escuela diciéndome que mi madre estaba con la suya, en un barrio distanciado de nuestras casas. Me paseó por todo el pueblo y cuando al fin, me percaté de la mentira, regresé corriendo. Por crédula y desobediente me gané un buen regaño, seguido por un sermón sobre los peligros de alejarse del nido familiar. Al poco rato, se oyeron, abajo de la calle principal, los gritos de la niña que recibía unos latigazos bien merecidos pero, sin duda, desproporcionados con la falta.
Lo que nos enseñaban no me quedó grabado excepto una poesía que trota todavía por mi cabeza, por lo menos la primera estrofa. En esa época, los niños de primaria en Francia se la sabían de memoria. La encontré últimamente en un libro de Stefan Zweig, el novelista y ensayista austriaco; su libro, La pasión creadora, contiene breves ensayos sobre Dante, Goethe, Rimbaud, Joyce, etc. El más largo abarca la mitad de la obra y está dedicado a Marceline Desbordes-Valmore con el título de “Nuestra Señora de las lágrimas”, por la vida trágica y telenovelesca de esta poetisa, ahora caída en el olvido. Actriz de rango menor desde pequeña y poeta a la postre, era muy admirada por algunos de sus contemporáneos. Murió en 1859. Veamos lo que escribe Zweig en su estilo algo obsoleto:
Es sepultada en el cementerio alto de Montmartre, cerca de la tumba de Heinrich Heine y, en Douai, en la pequeña iglesia gris, donde recibió el sacramento del bautismo y jugaba cuando niña, el sacerdote eleva la última plegaria por su alma. Pero en la catedral oscura y solemne de la gloria, todos los grandes autores de Francia leen la misa de réquiem. Baudelaire, Samain, Víctor Hugo, Anatole France, todos pronuncian la letanía del amor como agradecimiento del amor de Marceline, cada uno recita la oración poética de su alma grande, y es Verlaine acaso quien pronuncia la más bella de todas:

Telle autre gloire est, si j’ose dire, plus fameuse
Dont l’éclat éblouit mieux qu’il ne luit;
La sienne fait plus de musique que de bruit,
Bien que de pleurs brûlants écumeuse et fumeuse… (Siguen cuatro estrofas más).

No podía soñarse un homenaje más cálido hacia esta mujer tan sensible. Su poema intitulado “L’oreiller” (“La almohada) es una canción de cuna para su hija Online:
Cher petit oreiller doux et chaud sous ma tête,
Plein de plumes choisies, et blanc, et fait pour moi,
Quand on a peur du loup, du vent, de la tempête,
Cher petit oreiller, je dors bien sur toi.
       
Siguen tres estrofas más. Fue sin duda el recuerdo de esta primera estrofa que me inspiró un  poema sobre la virulencia de la lluvia durante una tormenta cerca de Oaxaca;  aquella causó el desbordamiento del río de Viguera, y la muerte de cinco niños en el mes de julio de 2001:
LA LLUVIA

Llueve. Una cortina metálica
aprieta los muros de la casa,
me aprieta el alma.

Los pájaros callaron,
pero el goteo de las tejas
traspasa el oído.

Riachuelos surcan el jardín,
el follaje de las zanahorias
flota en la nada.

Mi cama es un navío a la deriva
que perdió el timón
y la noción del tiempo.

En vista del naufragio mis brazos
se aferran a la almohada.
sumo las orejas y los ojos
en la boya salvadora:
no quiero ver ni oír,
quiero que pare la lluvia.

Estoy sola.
Las casas vecinas no se divisan
en medio de la neblina chorreante;
levaron anclas.
La noche que desciende
las empuja hacia su propio misterio.

La lluvia cantada por los poetas
ya no existe.
Esta lluvia es perversa:
golpea y atropella.

Vuelca los carros,
ahoga el ganado, ahoga a los niños
 en busca de flores en el monte:
mata la alegría.

Esperaré a que escampe.

(Este texto lo escribí cuando todavía me creía poeta).
A principios de 1939, antes de la invasión de Francia por los alemanes, se respiraba un clima de guerra. Mientras los adultos comenzaban a inquietarse, nosotros seguíamos despreocupados; meses más tarde, empezaríamos a buscar en el camino a la escuela, las esquirlas de aleación metálica proyectadas en la noche anterior por la DCA (Defensa Contra Aviones) contra los aviones enemigos. Las que habían caído al suelo habían fallado el blanco. Esas esquirlas tenían el propósito de desgarrar el metal de los aviones, especialmente el tanque de gasolina. No pesaban mucho y no rebasaban tres o cuatro centímetros de ancho y de largo. Francis, mi hermano de cinco años, era un buenazo en esta búsqueda y las coleccionaba., pero por su forma recortada, despedazaban las bolsas de sus pantalones cortos, lo que no era del gusto de maman. De adolescente, sería  quien recolectaría más champiñones durante nuestras tardes dominicales de otoño en los bosques alrededor de París, y quien tendría la red más cargada de camarones durante las vacaciones en el mar normando o del norte. Yo podía tener veinte champiñones a mis pies sin verlos; también me daba mucha flojera rascar el fondo del mar empujando el pousseux como se llamaba esta red de mallas apretadas para atrapar los camarones pequeños y grises, de mucho más sabor que los grandes color de rosa de las aguas tropicales.

Bill Brandt
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En esta misma costa normanda, en Cabourg, mis padres rentaron una casita y nos mandaron con la tante Yvonne durante las vacaciones de verano. Necesitaban calma para observar el desarrollo de los acontecimientos y tomar una decisión. Aquellas vacaciones se iban a prolongar hasta el invierno, tal era la incertidumbre imperante. Mi tía Yvonne, segunda de las cuatro hermanas Mansel, entre la tante Berthe y la tante Renée, gozaba de un pasado mítico que yo descubriría años después, por jirones. Se decía en la familia que se había enamorado de su marido porque jugaba tenis de maravilla; se rumoraba también que él había desaparecido durante la guerra del Tonkin, esa antigua colonia francesa que formó parte del antiguo reino de Indochina y se volvería Vietnam del Norte después de la Segunda Guerra Mundial. Nada más errático, la cosa más bien era de tipo erótico, si se me permite este retruécano bastante contestable. La verdad, que no podía ni debía decirse  ante oídos infantiles, es que era un seductor mariposón y se había fugado con una mujer. Le había gustado mi tía por “bien nacida” y adinerada, pero no tardó en dilapidar su dote y correr tras otra ricachona. Su pasión duró lo de una llamarada, justo el tiempo de hacerle un hijo, mi primo Yvon. La profesión u oficio de ese tío nunca me fue revelada. ¿Acaso tenía? Era lo que se llama “un coureur de dot”, se conocía que las hijas Mansel iban a ser ricas herederas. Ahora que me doy cuenta, nunca supe su nombre ni he visto retrato suyo.
Cabourg queda a unos 70 kilómetros de Caudebec, muy cerca de las playas de Deauville y Trouville. Dos años antes, habíamos pasado una parte del verano en Trouville, mucho menos snob que Deauville con sus carreras de caballos (Le grand prix de Deauville), sus regatas, sus casonas a la orilla de la playa y la elegancia de sus habitantes. Además de ser una pequeña estación balnearia, Trouville tenía un puerto de pesca y de comercio; en una tarde asoleada, Francis, cansado de hacer pastelitos de arena, se alejó de nosotros en esa inmensa playa, sin que nadie se diera cuenta. Fue un dramón: maman lloraba; al ver sus lágrimas me puse a llorar también y papá preguntaba a todos los vacacionistas si habían visto pasar  a un niño de tres años con un traje de baño con pececitos azules y rojos. Con la vista escudriñando el mar de un lado y del otro los grupos de turistas sentados debajo de las sombrillas, con la alucinación de su hijo tragado por las olas, mis padres, después de una hora de búsqueda infructuosa, llegaron a la delegación. Allí, sentado sobre una mesa y rodeado de policías quienes lo habían tapado con una de sus capas, Francis, objeto de la atención de todos ellos, se veía muy contento; al darse cuenta de nuestra presencia, nos gritó lo que iba a repetir cientos de veces después “j’étais pardu, j’étais pardu” con el más puro acento normando, lo que en buen francés se dice: “j’étais perdu”.
El mar de Normandía, o sea El Canal de la Mancha, es traidor y no pocas veces lo demostró. Como muestra un botón: le Mont Saint Michel, reclamado por los bretones, pero normando gracias a un río (Et le Couesnon dans sa folie / mit le mont en Normandie), es una pequeña isla muy visitada; una abadía, construida del siglo XII al XVI en estilo gótico, la ocupa en gran parte; la flecha de la iglesia se eleva a 152m encima del nivel del mar, lo que no es poca cosa. Por la atracción de la luna y una orilla muy plana, mareas de muy fuerte amplitud rodean el monte velozmente a pesar de que el mar se retira a varios kilómetros atrás. Antes de la construcción de una carretera y de un muelle, los turistas podían caminar desde la costa sin problema; pero si se tardaban en visitar la isla por el camino de piedra que sube en caracol hasta la abadía, si perdían la noción del tiempo al deambular en los callejones del pueblito acurrucado al pie del monasterio, en donde, antaño, la gente desamparada buscaba refugio, entonces sellaban su destino porque el mar no espera, y al poco tiempo de su regreso por la inmensa playa descubierta, el galope de los corceles enviados por el dios marino resonaba a sus oídos; pronto los caballos furiosos de las olas los arrollaban sin merced.
En Trouville, Marguerite Duras tenía casa; empezó allí una relación tormentosa con quien fuera su último amante, Yann Andréa, cuarenta años menor que ella; ¡cuarenta años! Se dan cuenta, es lo que se llama le monde à l’envers. Durante los últimos años de la vida de la Duras, él fue su secretario, le corregía sus manuscritos, mecanografiaba bajo su dictado, era su chofer, su cocinero, su confidente. A veces la novelista lo echaba a la calle, pero siempre regresaba; la cuidó durante sus temporadas de desintoxicación, sus enfermedades, hasta la muerte. De hecho, cuando se conocieron, Marguerite Duras había dejado de escribir desde hacía diez años. Con Yann recobró la conciencia de la escritura y  entregó varias de sus más bellas obras a partir de esta relación, este triángulo amoroso: Marguerite, Yann  y la escritura, esta última una urgencia para ella, una pasión dolorosa: Je ne sais pas qui écrit, je ne sais pas ce que c’est d’écrire, ça rend sauvage l’écriture. On est acharné, on ne peut pas écrire sans la force du corps. C’est quelque chose qui a probablement à voir avec l’amour… Ce qu’on écrit et ce qu’on est ne se rejoint jamais.
Cabourg también está ligada a un escritor, y ¡qué escritor! el autor de un solo libro, el genio rechazado por André Gide, pilar de la prestigiosa casa editorial de Gallimard, por considerar que se trataba de uno más de esos novelistas mundanos y diletantes; la carta de arrepentimiento del autor de Si le grain ne meurt, dos años después, enmendará el agravio hecho al autor de La recherche du temps perdu. A los diez años,  Marcel Proust pasaba temporadas con su abuela empecinada en curar el asma del niño en uno de los peores climas para este propósito; veinticuatro años después, atraído por uno de los hoteles más modernos de su tiempo, Le Grand Hotel, Proust hará de Cabourg uno de sus puertos de amarre. Se sabe que había mandado tapizar su recámara de París con rectángulos de corcho: 1910, el principio de la gran reclusión fónica del novelista, quien no soportaba el menor ruido. Cuando se hospedaba en el Grand Hotel, reservaba tres habitaciones en el último piso, se instalaba en la del medio y mandaba cerrar la terraza del techo.

Cabourg  fue usado por Proust para Balbec, marco de A l’ombre des jeunes filles en fleurs, una palomilla de jovencitas  de vacaciones que incluía a Albertine, pequeña descarada, atrevida, frívola y dura, pero llena de agilidad y de elegancia física gracias al deporte. Por un tiempo, se volverá la amante del Narrador. Para Albertine, heroína de varios tomos de La recherche du temps perdu,  el autor utilizó los rasgos de su secretario y amigo íntimo Alfred Agostinelli, quien falleciera en 1914. Después de su madre, fue el ser a quien más quiso; su amor por él y el dolor de su muerte alimentan gran parte de la obra.

 

 

 

Ciclo Literario.