Biografías: el panteón de las excepciones

Jean-Jacques Lafaye


Rara vez un escritor se habrá dedicado tanto a la biografía. Para Stefan Zweig, es el género humanista por excelencia, luego, en la tormenta, su último apoyo: un culto a los hombres ejemplares a los que se aferra.

 

Stefan Zweig, en su obra de biógrafo, se ubica en las antípodas del registro anglosajón o universitario, atiborrado de referencias “científicas”. Que se interese en Balzac o María-Antonieta, en Erasmo o Montaigne, lo guía una sensibilidad de novelista. De modo más exacto, escribe como dramaturgo. De acuerdo con un andar bastante teatral, busca los puntos de fuga y de vuelco de las existencias. Lo que caracteriza al biógrafo Zweig, es siempre su tentativa de aislar los instantes decisivos que vuelven a orientar las obras de los escritores o arrojan algunas figuras históricas sobre vías alternativas. Cuando leemos las numerosas biografías de Stefan Zweig ─las obras de este género más leídas en el mundo germanófono─, debe uno tener siempre en mente el agudo sentido musical de este melómano quien, además de coleccionar manuscritos de compositores, edificó algunos de sus relatos de vida de acuerdo con un plan de construcción dramática apretado, como si se tratara de óperas. 
Pero aquél que pude calificar hace muchos años de “monómano de la monomanía” buscaba en cada uno de sus personajes biografiados el punto dominante que le interesaba para sí mismo. Una búsqueda que lo llevó, a veces, a magnificar sus personajes sin querer ─como Fouché─ de quien pretendía primero pintar la vileza y las canalladas. De todos modos esta búsqueda es particularmente presente en su trilogía sobre Kleist, Hölderlin y Nietzsche. Allí muestra que las tres figuras están poseídas todas por un genio ─en el sentido alemán del “dämonisch”─, que es también un demonio destructor. Tres figuras, inútil decirlo, con las que se identifica plenamente. Esta Einfühlung, esta aguda intuición acerca de los temperamentos que se le parecen, y más ampliamente, esa insaciable curiosidad por el sentido oculto del ser, lo vuelven uno de los sicólogos más grandes de la literatura contemporánea. Stefan Zweig nos confronta con el misterio del genio creador de un psicólogo quien habría tenido también los dones del historiador, del cuentista y del poeta.

Martin Parr / 1976
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Dicho esto, existen por supuesto fuertes diferencias entre el psicólogo que escribe novelas y aquel que escribe biografías. Su búsqueda literaria pura fue sin duda más intensa hasta la Primera Guerra Mundial, cuando redacta novelas cortas tras obras de teatro en un ritmo desenfrenado. Sin embargo, después de ella, lo obsesionó el deseo de crear una obra con una fuerza de irradiación popular comparable a la del Jean-Christophe de Romain Rolland. Es justamente en la biografía que encontró el género que le permitiría escribir libros que fueran “como pan”; así lo expresaba. Dicho en otras palabras: libros ofrecidos a una degustación universal, escritos en una lengua límpida, casi cristalina, los que podrían apreciar todos los lectores, aun los menos inclinados a la lectura. Desde este punto de vista, Balzac, novela de su vida, es el mejor logro de ese tipo de libros, tan comunicativa era la fascinación de Zweig por el autor de La Comédie Humait ne. Según él, Balzac quiso analizar “químicamente todos los disfraces y las mixturas del rostro social [para] descubrir en el bullicio de los hechos el verdadero latido de la vida”. El genio de Balzac consiste, por medio de la fabricación de arquetipos, en reducir la humanidad a un número relativamente pequeño de hombres y, de este modo, realizar la hazaña de juntar dentro de los cuatro muros de la casa Vauquer “toda la variedad de temperamentos y de caracteres contenidos en la existencia”.
Por lo demás, no debemos malentender el sentido de ese interés constante por Balzac: no atañe sólo a su estrecha identificación; remite también a una cualidad de Zweig que él sabe que la tiene en común con el escritor francés: la voluntad de compartir. De hecho, se trata aquí de una actitud profundamente aristocrática, indisociable del culto que dedicaba a la cultura animi, y que tenía en común con su gran amigo Walther Rathenau. El deseo más grande de Zweig era el de elevar a los ignorantes hacia la luz del saber. Sus biografías son las que cumplieron de modo más cabal con este programa humanista: en su mundo ya desencantado, en el mundo secularizado de la pos-“muerte de Dios”, Zweig cultivaba una trascendencia de sustitución  ─la religión del arte y de la cultura. Por lo demás, sus biografías no llevan sólo la huella de esa fascinación: ciñen con un halo de piedad admirativa a  creadores de todo tipo, en quienes Zweig no dejó de ver “edificadores del mundo” (Baumeister der Welt). Allende, estos homenajes repetidos a los Baumeister der Welt significan también que, para Zweig, un mundo sin Goethe y sin Kleist no tendría simplemente ninguna existencia tangible. Tal vez Zweig logró expresarse de manera más plena en la intimidad de la biografía que como creador de novelas o de relatos cortos.
Las biografías, especialmente las del ciclo más filosófico del final, inaugurado por el Erasmo y cerrado por el Montaigne, permitieron a Zweig, antes que nada, desarrollar una denuncia en clave en contra del nazismo. Su natural discreción le impedía avanzar al descubierto así que trató de actuar no sobre el plan político, sino sobre el de la mente. Su grandeza consistió en no rebajarse nunca al nivel de la arena política de su época y en llevar el combate en contra de la barbarie del Tercer Reich por medio de sus biografías y de sus retratos. Al escribir su Erasmo, entrega claves sobre aquel que es, entonces, el modelo imitado por él para contraatacar el fanatismo idolatra de los nazis. Los “tiempos sombríos” soportados por el filósofo de Rótterdam evocan para él, una vez más, los suyos: “Es en vano, escribe, que el pensador busca refugiarse en su torre de marfil, en la meditación; las circunstancias lo obligan a entrar a la pelea, a combatir a la derecha y a la siniestra, en un partido o en otro […]. En tales momentos, nadie necesita más fuerza, más intrepidez moral que el hombre del justo medio, que rehúsa aceptar las opiniones de una facción, doblegarse ante un sectarismo”.

Notas:
1. S. Zweig. Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski.
2. Industrial nacido en una gran familia judía (su padre había fundado la empresa de material eléctrico AEG), Walter Rathenau (1867-1922), nombrado Ministro de Relaciones Extranjeras, atrajo hacia él la ira de los extremistas de todo tipo por su voluntad de diálogo. Fue asesinado por un grupo nacionalista de un comando de la Organización Cónsul.

Conversación con Alexis Lacroix
Traducción de Marie-Claire Figueroa

Tomado del Magazine littéraire, Mayo 2009, No. 486

 

 

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