Tía Renée

Saint- Arnoult
Marie Claire Figueroa*


 

Saint-Arnoult, para mí era una suerte de paraíso en la tierra, con sol o lluvia, frío o calor, se me olvidaban el sonido estridente de las alertas, los atropellos a los refugios de día o de noche, los altibajos de la escuela. Vagaba por la gran avenida de robles atrás de la casa –casi lloré años después cuando las sierras  redujeron a esos gigantes a enormes troncos incautos; sin embargo conservaron algo de la grandeza de las majestades caídas. Ayudaba al viejo Hyppolite a sacar las papas de la tierra, visitaba a las vacas, visita que me reservó una sorpresa impactante el día que fui testigo del forcejo de una de ellas por el toro, llegando yo al momento álgido del acto: la granjera detenía la vaca con una especie de lazo, el granjero dirigía al toro hacia la vaca esquiva y yo, con los ojos cuadrados y preguntas tan, pero tan ingenuas que ni las quiero repetir aquí para no arriesgar la risa burlona del lector.
Los días de lluvia me escondía en el desván para leer en paz –como si la paz no reinara ya en los dominios de mis tíos- o fabricaba panecillos y pastelitos en el cobertizo en donde mi tío o Simone aserraban la leña. Yo había descubierto que la tierra del lugar, de arcilla rojiza, se moldeaba con mucha facilidad y podía transformarse a mi antojo antes de secarse al sol del día siguiente; jugaba a la panadera y no me importaba jugar sola, al contrario, lo disfrutaba. Después de la invasión de Polonia por los alemanes, mis tíos adoptaron una niña polaca refugiada; era de mi edad, sin embargo congeniaba poco con ella, no tanto por la barrera de la lengua –los niños no necesitan hablar para comprenderse- sino porque quería sentirme la preferida y la dueña de todo, desde mis tíos hasta la casa, la huerta, los bosquecillos en los que buscaba avellanas o castañas en otoño. Me gustaba explorar una cabaña atrás del garaje al que accedía uno por una avenida cubierta de gravilla; daba a un gran charco o más bien a un mini-estanque demasiado exiguo para patos. En la pradera atrás de la huerta, me acostaba en la hierba recién cortada para escuchar el zumbido de los insectos y ver pasar las nubes como Juan Cristóbal, el de Romain Rolland, personaje de la hipotética biografía inspirada en la vida de Beethoven. O me trepaba al viejo tractor olvidado en una tejavana.

La tía Renée y su hijo
Fotografía

Dos días a la semana me tocaba ir a la casa de la directora de la escuelita del pueblo. Mi madre había insistido para que fuera a tomar clases de repaso de mis materias flojas (¡o las matemáticas tan aborrecidas!) y, de esta manera, no olvidar las pocas nociones que había aprendido a duras penas durante el año escolar. Mademoiselle Drolangue vivía arriba de Saint-Arnoult, cerca de la iglesia; era también el ama de llaves del señor cura y su sacristana. Para ir hasta su casa, tenía que subir casi dos kilómetros por la carretera que atravesaba el pueblo; necesitaba por lo menos media hora. Bueno, créanme o no, me acicalaba como si fuera a una fiesta. Desde la víspera me colocaba en el pelo húmedo un bigudí pedido prestado a mi tía para rizármelo, uno solo, del lado derecho de la raya, mi pelo corto no hubiera aguantado más; lograba una especie de franja ondulada en la frente, del peor gusto, pero que yo juzgaba elegante. Además, me ponía el más coqueto de mis vestidos veraniegos. De veras que no me acuerdo a quien quería impresionar, tal vez a los muchachos de los tendajones a la orilla de la carretera, ciertamente no a la señora Drolangue; ella tenía  una paciencia angelical conmigo y un jardín lleno de flores con las que adornaba la iglesia los domingos.
Mi tía murió a los 73 años, una noche, víctima de un infarto, al subir la escalera para ir a su habitación. Era a principios de los años sesenta. En aquel entonces, yo trabajaba en el Instituto Nacional de Cardiología de México. Recibí el choque con una gran desdicha, verdaderamente la primera gran pena en mi vida; no fueron muchas pero fueron duras. Unos años después, le escribí esta carta:

Carta de amor a una tía

Querida tante Renée:
¡Cuántas cartas te envié de chica, al regreso de las vacaciones pasadas con ustedes —contigo y mon oncle Edmond— en Saint-Arnoult! Mis cartas eran muy sosas; en ellas, mi madre me obligaba a darte las gracias, pero nunca supe expresar lo que ahora asalta mi memoria: los niños son ingratos. Sólo cuando me enteré de tu muerte, caí en la cuenta del tesoro que había perdido. Era demasiado tarde, tenía veinticinco años y me encontraba en otro continente, a 10.000 kilómetros de ti.
Cuando llegaba al pueblo, niña hambrienta a causa de las privaciones sufridas en un París saqueado por los alemanes, me habías preparado mis platillos favoritos; hasta rociabas de azúcar las espinacas recetadas por el médico, las que sólo así me comía. Invitabas a mis antiguas compañeras de primaria a jugar conmigo en el jardín, en la huerta o en el pajar de la granja, hasta que llegáramos muertas de hambre y de risa a sentarnos delante de una mesa cargada de golosinas; en medio, culminaba el brioche normando, dorado, calientito, cuya fragancia llenaba la mansión.
Al retirarse mis amigas, yo suspiraba de gusto. Nunca te lo dije, tía, pero mis mejores momentos no eran ésos. Para mí, las vacaciones en Saint-Arnoult eran otra cosa: esconderme durante horas en el enorme desván de la casona, repletos de objetos extraños; pasearme sola en la gran avenida que llevaba al bosque, detrás de la huerta; ayudar al viejo Hipólito a sacar las papas de la tierra, o correr con los niños del pueblo a recoger las espigas de trigo o de avena, caídas de las gavillas que liaba la segadora. Al final del verano, nos tocaba a mis primos, mis hermanos y a mí, juntar las manzanas de la huerta destinadas a la fabricación del calvados. Era un concurso de todos los años del que yo salía siempre ganadora y con un billete grande de recompensa: los muchachos preferían corretear alrededor o tirarse a la sombra de agosto, siguiendo con la mirada el revoloteo zumbante de las abejas. En el momento de recontar los canastos, se escondían, por juego o por vergüenza. No les importaba mucho, al fin el calvados es una bebida de gente grande.
Yo te decía la tía regañona y a veces te detestaba sobre todo cuando, de regreso de la granja adonde había ido por un tazón de crema, te lo entregaba medio vacío: la chupaba con el dedo, poco a poco, en un recorrido de trescientos metros; o cuando venía con la falda manchada de leche, por haber tratado de ordeñar a una de las vacas; pobrecita, si debido a mi poca habilidad, lograba extraerle unos delgados chorritos de las ubres llenas a reventar… y dulces reproches caían de tus labios indulgentes.
Pero ahora, agradezco tu paciencia: me enseñaste a coser y a bordar y hoy me percato de lo que representaban esas lecciones a una niña impaciente, quien prefería la compañía de su tío, sobre todo cuando se iba de cacería. 
La gente del pueblo los quería porque ustedes estaban siempre dispuestos a ayudar en caso de necesidad. Hubo, sin embargo, una época dura, muy dura, después de la guerra, cuando les dieron la espalda y no les quisieron perdonar el haber comentado que los oficiales alemanes, albergados en su casa por una orden de la Kommandantur, se habían comportado como caballeros corteses y cultos. Nunca se emborrachaban, ni gritaban; a veces, se podía oír en la casa partitas de Bach o sonatas de Beethoven, tocadas por algunos en el piano de la sala. Esto no lo podían comprender los campesinos para quienes el enemigo era el enemigo; alabarlo era una infamia, una traición a la patria, y, sin merced, los trataron de “colaboradores”… El pecado era mínimo y llegó el día en que pasó al trasfondo de la memoria pueblerina…
En donde sea que estés, tía, quiero que recibas mi agradecimiento por tu paciencia y tu generosidad, tu nobleza. Muchas cosas y muchas personas olvidaré a lo largo de mi existencia; a veces, quisiera extraviar también tu recuerdo para suprimir ese vacío de la separación; sin embargo, tu frágil silueta me seguirá al igual que los seres más queridos de mi vida.

Cuatro recetas
de la tía

Antes de verter la mermelada cocida, NO OLVIDAR ESTERILIZAR LOS FRASCOS, VOLTEADOS EN UNA CACEROLA CON POCA AGUA, UNOS 15 MINUTOS EN LA LUMBRE BAJA.

La tía Renée y su hermanita
Fotografía

MERMELADA DE FRESA
1 kilo  de fresas
750 gr. de azúcar
1 vaso de agua
Lavar y quitar el tallito. Cortar en pedazos.
Derretir el azúcar en el agua y cocer este jarabe hasta que una gota se quede redondita en un plato frío sin desparramarse. Agregar las fresas y cocer en lumbre baja hasta que estén blandas y transparentes (de 10 a 15 min.). Quitar la espuma a medida que se forma. Sacar la fruta y escurrirla con la espumadera. Repartir en frascos dejando una tercera parte vacía. Reducir el jarabe con fuego alto y llenar los frascos.

 

        MERMELADA DE CALABAZA DE CASTILLA      
       
Pelar una calabaza de pulpa madura (muy naranja), cortar en pedazos y cocer unos minutos. Escurrir.
        Pasar al cazo con 375 gr. de azúcar por kilo de calabaza y una vaina de vainilla abierta o un chorrito de vainilla. Calentar suavemente, luego hervir por 1 hora o menos, moviendo seguido.
        Casi al final de la cocción, agregar la cáscara rallada de un limón por kilo de calabaza, agregar también el jugo así como un vasito de ron. Terminar de cocer y verter en los frascos.

 

        JALEA DE ZARZAMORAS SILVESTRES

2 kilos de zarzamoras maduras
1 puño de zarzamoras todavía rojas
1 vaso de agua
El jugo de un 1imón
850 gramos de azúcar por kilo de jugo obtenido

Lavar la fruta y ponerla en el cazo con el agua. Hervir suavemente durante cinco minutos, aplastando la fruta al mismo tiempo para que salga el jugo. Exprimir la fruta con las manos, poco a poco, en una manta de cielo. Agregar el jugo de limón.
Cocer moviendo ligeramente hasta que hierva; bajar la lumbre y vigilar la cocción. Está lista cuando unas gotas sobre un plato frío se cuajan rápidamente o cuando, al levantar del cazo la cuchara de madera, las últimas gotas se van cuajando y caen difícilmente.

JALEA DE
MEMBRILLO

1 kilo de membrillos
1 litro de agua
850 gr. de azúcar por litro de jugo

Lavar la fruta. Secarla en un trapo grueso. No se pela, sólo se quitan los corazones y se envuelven en manta de cielo. Cortar en pedazos y poner en el cazo con el agua y la manta de cielo anudada (para que suelte la pectina y facilite así que se cuaje la jalea. Cocer hasta que los membrillos estén muy tiernos (picar con tenedor).
        Poner en un cedazo colocado en un recipiente y dejar escurrir toda la noche. No exprimir con las manos para que la jalea salga muy transparente.
        Pesar el jugo obtenido y agregarle el azúcar en el cazo. Revolver muy bien. Hervir a fuego lento, hasta que la última gota se separe sola de la espumadera, ancha y sin deformarse en un plato frío.
        Sacar del fuego. Poner en frascos.

* Memorias de guerra de una niña (Capítulo VII, segunda parte)

 

 

Ciclo Literario.