Enigma y deseo de una
novela libertaria *

Enrique González Rojo


Mi viejo amigo Lorenzo León Diez me entregó hace unas semanas una grata sorpresa: el libro Fragmente, Diario de un adicto al sexo, (Ediciones Eón 2009) que es su primera novela publicada. Lo primero que me suscita la lectura de este enigmático texto es la reflexión de que si la condición necesaria para captar la esencia de algo es la descripción, como dicen los fenomenólogos, este escrito se adecua perfectamente a dicha presunción. La novela es puntualmente la mostración de un individuo de la clase media urbana de México, entregado de tiempo completo y horas extra a la búsqueda, el asedio, la conquista y el disfrute del sexo. La obra se halla ubicada en el presente; la generación de Barry –el personaje principal del diario- es “la generación de la crisis”; el México insertado en la globalización, el país cayéndose a pedazos, la nación en que aparecen los gobernantes “en las páginas rojas, al lado de los asaltantes”, como dice el texto.

Robert Baham
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   En una primera impresión, esta obra parecería ser el diario de un nuevo Don Juan o Casanova. Ya en la página 12 de ella son cuatro las mujeres que al parecer han caído en las redes de la arácnida seducción del personaje. ¿Pero se trata en verdad de un Don Juan? Veamos…La ocupación central de Don Juan es la cacería. La práctica poco a poco lo va convirtiendo en maestro de la seducción. La mujer y sus escrúpulos siempre representan para él un reto, provocación de nunca acabar.  No ama a ninguna de las mujeres que persigue –no tiene incluso ni la capacidad ni el intento de hacerlo- pero adora conquistarlas, hacerlas suyas por un instante e ir formando una larga lista –catálago le llama Mozart- de trofeos. Cada mujer es un capítulo. “Los hombres no amamos –dice Barry asumiendo su supuesto papel de Don Juan- porque carecemos de vagina”. En Barry hallamos al parecer estos elementos del donjuanismo; mas de repente surgen ciertas circunstancias o brotan ciertos avatares inesperados que fracturan la impresión de que nos hallamos ante un donjuanismo típico. En la novela leemos:
“La noche de ese día desesperado, resultaba un acontecimiento balsámico en aquella sala art decó, con sus abrigadoras arcadas doradas, muy a tono –dijo Alex- para lo que sirve el sitio. Qué cálida conversación para esperar a las mujeres venidas a propósito. Había la acolchada certidumbre de que si alguna de ellas era bonita, simplemente había que hacerle el amor. Y llegaron Vanesa, Maira, Deyanira…El hecho de tener en sus brazos a una mujer de ese orden dentario, para Barry fue una confirmación del poema de la vida”.
Pero, digámoslo sin tapujos, Don Juan no va de putas. No tiene necesidad ni deseo de hacerlo. Él, entregado al “trabajo de cazador”, vería como un desprestigio a su dignidad entrar al convenio de la compra-venta de migajas amorosas.
Barry tiene además una base –un escudo o una armadura- desde la que opera. Esa base, o sea su pareja, es Radira. Nuestro seductor puede tener amores –sería más justo decir amoríos, ya que estos no son sino amores que se lleva el viento- con Kena, Mara, Sofía, Katia, Paty o Eleanei; pero siempre vuelve a Radira. Barry no actúa, pues, como un Don Juan arquetípico. De Don Juan se enamoran las mujeres, pero él no se enamora de ninguna, ni tiene, por consiguiente, ninguna pareja. Por eso Don Juan llega solo a la muerte, a la que, “tan largo me la fiais”, ve siempre en la lejanía…Más que la imagen del “Burlador de Sevilla” me viene a la mente, al pensar en la relación entre Barry y Radira, el “convenio de libertad” entre Sartre y su “Castor”, es decir, Simone de Beauvoir. Tomando estos conceptos de la filosofía, Sartre hablaba de un amor necesario –como el de él y Simone- y amores contingentes –como el de ambos con otras personas.
Barry se imagina, sin embargo, ser un Don Juan o un Miguel de Mañara. Por eso en la novela podemos leer:
“Aquí precisamente Barry se percató de la diferencia entre los sexos, entre el macho y la hembra, el varón y la mujer, el caballero y la dama…el hombre huía de los sentimientos privados, singulares, en su afán de alcanzar un nirvana, una utopía de emociones y conquistas, nuevas y distintas carnalidades”.
Esta filosofía de las “nuevas y distintas carnalidades” es, sí, la de Don Juan.
Pero Barry se empieza cansar. Dice el texto: “Se descubrió un boquete en el estómago…no podía evitar ese sentimiento desasosegado, algo como un cansancio”.

Robert Baham
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Y más adelante: “Ese es mi verdadero problema, Paty, el aburrimiento. Por eso he hecho muchas atrocidades. Me aburre… todo.”
Y aquí hallamos una nueva diferencia con el Burlador. La pasión de Don Juan por el galanteo efectivo, por la búsqueda en veces detectivesca de los caminos que llevan a la cama, es permanente e infatigable, ya que la motivación que empuja a Don Juan es poner en juego su “máquina amorosa”  no es el aburrimiento o el tedium vital sino el deseo. Tan Don Juan no se fatiga que, como lo documentó el gran novelista austriaco Arthur Schnitzer, Casanova intentó –aunque fracasara- una “última aventura”. Y el de la voz en el poema Harem de Esperpentos dice (y perdón por citarme a mí mismo):
Don Juan terminó por convertirse
en el mayor coleccionista de concupiscencias
en lo que va del hombre.

Pero no supo detener el tiempo
o, si se quiere, no atinó a vacunarse
contra el gerundio.
Y ahora,
con los ojos papujados,
los pasos inseguros,
la papada oscilante,
se diría que las aspiraciones de Don Juan
han sido abandonadas…

Sin embargo,
a pesar de las devastaciones que el reloj
ha fraguado en sus dominios,
su renombre,
su experiencia,
y una audacia que sabe arrinconar a los recelos,
le permiten algunos triunfos

Durante algunos meses,
Don Juan salió a la pizca de milagros.
A rogar a lo imposible,
de rodillas,
cesar en sus rigores.

Barry, por el contrario, se fatiga, y hasta llega a decir: “He llegado al punto en que no sé si puedo seguir teniendo amantes”…
   Me parece que, al llegar a este punto, conviene subrayar que en la realidad, como se sabe, hay tres posibles relaciones heterosexuales: La monogamia (que alguien ha comparado con un medallón fotográfico o sea la fija presencia del otro), la poligamia (que se ha visto como un eterno mariposeo) y el menage a trois (que tiene algo de la triplicidad dialéctica o de una “perversa” versión de la santísima trinidad).
En la novela todos –o casi- han ensayado la monogamia, y se hallan casados o tienen pareja. Kena con Carlos, Mara con Javier, Sofía con Charles, Katia con Emilio, Paty con Miguel, Eleanei –una bella negra- con Max y Barry, en fin, con Radira.

Robert Baham
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Pero este modelo (o “convenio de cerrajeros”) se viene abajo cuando advertimos que todos y todas –o casi- tienen sus “resbalones” o se hacen adictos a la infidelidad, lo cual nos muestra que la monogamia tiende a convertirse bajo cuerda en poligamia o, por lo menos, en la búsqueda de un nuevo tipo de relaciones o surgidas del desgaste o la disfunción que, a pesar de todos los discursos conservadores olorosos a incienso, encarna la familia tradicional. La poligamia, que parece levantarse y atraer a su seno a los seres deseantes tras el fracaso de la monogamia, trae consigo a la larga, y a veces a la corta, vacío, tedio, soledad. Eleanei –la última de las mujeres de Barry- rompe de pronto ese esquema de los amores pasajeros y las desilusiones prontas, y suelta a Barry estas palabras de consecuencias imprevistas: “Yo pensé, cuando te conocí, que lo nuestro sería una relación de paso, pero luego empecé a sentir cosas raras”.
Lo que sucede a Eli es que descubre su amor por Barry, un hombre “que besa como un náufrago”. Y respecto al cual toma la decisión de no abandonarlo, ya que, según dice: “Lo he pensado bien, no quiero irme de tu vida ni que te vayas de la mía”.
  A partir de aquí nos encontramos con el remate y la culminación del libro con algo así como –si queremos pedirle prestado un concepto a la música- la coda final de esta espléndida novela: me refiero a la marcha irrefrenable hacia el menaje a tríos. Para mostrar, con todos su matices y dificultades, temores y deseos, el arribo a esta “solución”, el autor escoge el diálogo como género literario que exige el culmen de su novela. Radira, Eli y Barry explican de manera dialogal o dialéctica las razones por las cuales, no uno o dos sino tres, llegan a este punto. Rápidamente puedo hacer notar que ello acaba siendo posible porque Radira no es celosa, porque Barry está cansado de los engaños y sueña con introducir en sus relaciones lo que llama la  “transparencia deseante”, porque Radira –que tenía reticencias respecto a la negra- acaba enamorándose de Eli, al igual que ésta de Radira. Barry además, no quiere proseguir ya con una falsa carrera de Don Juan y tener otra mujer amén de Eli. Hacerlo así significaría continuar con la cadena que lo llevó a fragmentarse o al fragmente. Como resultado de todo esto, Eli le dice a Barry de modo concentrado y elocuente:  “¿Qué espero de todo esto? En principio debo decirte que no tengo miedo, algo muy profundo me hace sentir que no estoy equivocada y que debemos encontrar la armonía, pero es difícil por la costumbre de la posesión”…y es que el afán de posesión o la pulsión apropiativa como yo la llamo- se halla agazapada a la espera de trastornar todo proyecto humano.
Pero nada más estrujante y conmovedor que el final de la novela, en que Radira confiesa: “Necesitamos otro lenguaje, nuevas palabras para explicar lo que nos sucede. No las tenemos”.
Así pasa, en efecto, cuando nos internamos valientemente en lo desconocido.
Lorenzo: quiero felicitarte por esta extraordinaria novela que nos has obsequiado. Sorprende en ella el lenguaje punzante y vertiginoso, inteligente y poético. No me interesa clasificar tu escrito ni entregarme a la labor académica de la pesquisa de las influencias. Más bien quiero subrayar el carácter principal que tiene a mis ojos: el de un documento, tanto reflexivo como emocional, sobre las relaciones humanas, vistas con apertura y espíritu libertario. En nombre de tus lectores presentes y futuros: Lorenzo muchas gracias.

*Texto leído en la presentación de Fragmente, Diario de un adicto al sexo. Eón. 2009, el 12 de junio en la Casa del Poeta.

 

 

Ciclo Literario.