Polaris

J.M.G. Le Clézio
Traducción de Marie Claire Figueroa


 

Texto inspirado en dos poemas de
Henry Michaux:
Los icebergs (1934) e Iniji (1954)

II

En la noche, no miro más que a ella, no veo más que a ella.
Extiende sus fríos rayos, luego, apartando los cubos de las casas, barriendo las rejas, abriendo los batientes de las puertas y de las ventanas, despeja el espacio. Sola, brilla sobre el océano Atlántico. Los grandes edificios a la deriva se han quedado lejos atrás. ¿Hasta dónde iremos? Pero la palabra que aflora de la estrella no puede olvidarse. Su palabra es única, resplandece en su mirada color de escarcha.
Subimos suavemente, a lo largo de los agudos rayos, estamos llevados, separados, abandonados. Queremos escuchar esta voz constantemente, porque nos vuelve autónomos, como hombres acostados en el suelo mirando el cielo. Sin saberlo, hemos arribado a su país, al dominio del norte.

Glaciar
Fotografía

Detenidos, inmóviles sobre el explanada entre los carros negros. El cuerpo enfriado por la noche. Respiramos lento, muy lento. No hacemos ruido. El silencio es tan grande, allá en donde empieza el viento, allá en donde se forman las palabras del lenguaje. ¿Quién soy? ¿Estaré viviendo todavía? De casualidad ¿no estaré dentro de la cabeza de un hombre, como en su sueño, a la deriva sobre sus palabras, sobre sus ondas? Yo veo el cielo, yo veo el mar. Pero es el cielo del pensamiento, es el mar del fondo del pensamiento.
No, esto no me pertenece. El lenguaje viene de otra parte. Todavía veo, en el centro del espacio, el punto brillante del origen, y yo sé que la voz viene de allá. El lenguaje no pertenece a nadie. El es el reino de la libertad del espacio.
Aquí ya no hay hombres. Ya no hay casas, tampoco barreras. Ya estamos, por fin hemos llegado. Estamos en la cumbre de la tierra, debajo de la estrella. Ya no se busca nada, ya no se desea nada. Estamos aquí, solamente, totalmente, en la sustancia del aire. ¡Qué ligeros estamos! Perdimos el espesor, ya no estamos opacos. La luz fría que ya no centellea nos atraviesa, pasa el viento como por una ventana abierta.
Tal vez somos un hidroavión amarillo que vuela bajo encima del mar polar, rozando las olas largo tiempo. La mar es color de metal, campo infinito sin escollos, sin trabas. Lejos atrás, al otro extremo del tiempo, la plataforma gris, en donde están los postes, las torretas, las chimeneas que humean. Lejos atrás, la guerra y los gritos de los hombres, las nubes acres, las máquinas, los olores a grasa y a pólvora, los reflejos, los estrépitos, las señales rojas. El calor.
Pero nosotros, vamos veloces, por encima de las olas, con su sombra en cruz que corre sobre el mar. En el centro del cielo sin nubes brilla la estrella inmóvil y el arco del horizonte no se acerca. Volamos así, de frente, durante tanto tiempo que ya no se sabe nada de las horas, de los días. El ruido del motor retumba sobre el mar, los círculos transparentes de las hélices devoran el aire frío. Viajamos sobre la cima del mundo, llevados por la voz cuyas palabras son interminables. Suspendidos, eso es, entre las dos esferas perfectas del agua y del mar. Atravesamos el gran círculo para encontrar el centro en donde descansan los rayos de la estrella del polo. Los compases y los radiogonios andan como locos, pero no importa, también nosotros mismos estamos locos, la voz extraña y calmada nos ha llevado en su vuelo, en su baile en la cima del mundo. Ya no hay tierra, ni una sola isla, ni un escollo. Volamos girando lentamente sobre el ala, inclinados sobre el mar. Estamos en el aire glacial que nadie respira, ante el horizonte que nadie ve, sobre el mar que nadie habita. ¿Hasta dónde iremos? ¿Hasta cuándo? Hasta el vértigo, hasta el colmo de la ausencia, libres, sin memoria, sin pensamiento. Volamos hacia ninguna parte, la mar es totalmente nuestra, por doquier, estamos en el centro. Libres del miedo y de los deseos, así, deslizándonos en el cielo; libres del peso del cuerpo, libres de las jaulas, más veloces que las aves, más veloces que los escualos. Jamás nos abandonará esta voz. Tal vez se irá, un día, con arrogancia, como llegó, pero sus palabras habrán sido escritas. La voz aparece, desaparece a su antojo. Pero nosotros sabemos ahora que hay esta mar, bella y pura, y encima de ella, esta estrella.
El hidroavión amarillo con sus flotadores negros gira por encima del mar durante horas. Círculo tras círculo, se acerca a quienes busca. Vamos a verlos. Es imposible que no los encontremos ahora. Pero hay que encontrarlos sin deseo, sin prisa. Son los dioses; los verdaderos dioses ignoran a los hombres.
Aquí están. Los vemos ahora, alrededor de nosotros, gigantescos, inmóviles, erguidos en el mar. Son tan blancos que todo lo demás se vuelve oscuro y estamos parados ante ellos sin palabra ni aliento. Es hacia ellos que la voz nos conduce. Es de ellos que habla, sin cesar, con sus palabras duras y claras. La voz nace en medio de ellos, sale del cielo y del mar y va hasta las riberas y las ciudades. Cuántos años de viaje para llegar hasta ellos, quienes no esperan. Los dioses no piden que se les venere, ni que se les tema. Aquí están, en el centro de su imperio, y no miran a nadie.

Glaciar / Perito Moreno
Fotografía

Ya no vamos a ninguna parte. La belleza extrema, una vez percibida, pone fin a todas las aventuras. Entonces, lleno de un frío muy puro que crece en el cuerpo, abrimos los ojos y miramos a quienes mandan a toda la tierra, a toda la vida.
Sobre el agua azul y profunda, se yerguen, altos, y blancos, en la luz de la estrella solitaria. Están hundidos en el mar como estelas rotas, dispuestos en semicírculos alrededor del horizonte ártico. Son ellos a quienes hemos buscado, esperado, sin decirlo. Surgieron bruscamente, arrancados violentamente a los glaciares, separados del Groenland, del Spitzberg, pedazos de banquisa liberados por el mar. Vienen de más al norte, de acantilados desconocidos, de islas sin nombre. Reinan en silencio. Son las estatuas de los dioses quienes no escuchan nunca a los hombres. Antaño nacieron, en un tremendo estruendo, cuando se lanzaron hacia adelante y se sumergieron en el agua oscura.
Tal vez entonces llevan todavía los nombres de los lugares que abandonaron, los países salvajes y quietos   de nombres mágicos:
Angmagsalik
Nanortalik
Cap Désolation

y, más al norte todavía,
Cap Morris Jesup,
Thule
                                                       Upernivik
Kangatsiak
Umanassok
Niakungunok
                                                       Aputajuistok
y, más al norte todavía,  en la cima del mundo, en la mar desalada, semejante a un río sólido que no corre, Lomonosov Ridge, allí en donde el termómetro desciende a lo más bajo, allí en donde el cielo pare éter.

¿Qué más sabe uno del mundo? Reinan todo el tiempo, silenciosos y sin misterio, en el país donde no hay hombres, en el país en donde no hay más que el mar.
La voz atraviesa el mar, avanza aprisa, al ras del agua, entre los bloques de hielo centelleantes. Más nadie la oye, nadie le responde. Aquí es el país del lenguaje para sí solo, de la palabra sin límites. El horizonte cerró su círculo, ya no hay paso. Inmóvil, hermosa, está la luz. El frío, soberano. Llegamos a la zona del mando supremo, allí en donde se juzgan y se acaban los movimientos de la vida.  Allí en donde nacen las estaciones, las tormentas, las corrientes marinas, la electricidad  celeste. Allí en donde se fabrican los días y las noches, largas noches invernales, largas jornadas estivales. Sí, hemos llegado al lugar del nacimiento del lenguaje, en donde no hay más que una sola palabra, una palabra intensa y breve, una palabra fija que brilla como esta estrella.
En su alrededor, los astros blancos no están abandonados. Se desplazan sobre el casquete de la tierra, atraviesan el mar y van hacia las orillas y los puertos, hasta los laberintos de las ciudades.
Pero no quieren conquistar. El silencio los envuelve, el silencio alumbra el cielo y limpia el agua. En nosotros, ahora, hay un poco de este silencio, la mansedumbre y la eternidad del invierno, y caminamos lentamente sobre el suelo, la mayor parte de nosotros oculta debajo del negro asfalto, liso el rostro, abrupto el cuerpo contra las paredes resbaladizas, la frente hacia el viento, aquí, en el país en donde el pensamiento está cuajado por el frío, en el país en donde la mirada no se detiene, sino que va derecho a través el espacio, como la luz, sí, somos así, la voz que habla nos ha transformado y compartimos el reino de la belleza sin fallo.

Volcán
Fotografía

Desde el principio de la vida, hasta el último instante, estamos en el paso de los dioses. Por doquier, cuando oímos la voz del poema, aparece el edén boreal. Escampadas agrietan los cielos bochornosos, húmedos, grises, relámpagos grises y azules que traspasan la bruma, que brillan en la sombra. Cada vez que regresa la voz, en medio de la vida, nuestro corazón late más despacio, apenas si respiramos. El aire gélido nos embriaga. El frío intenso pasa sobre los techos de las casas, hace brillar las piedras de los montes. Entonces ya no hay nada de esto, esas explanadas, esos postes, esas calles y esas carreteras: hay la mar. La mar azul acero, debajo del cielo, al sol. Entonces, de un solo brinco, está uno muy cerca del Polo de Inaccesibilidad, en el centro de la mar y del cielo. La voz quieta nos levanta y nos transporta en medio de los dioses gélidos y nos quedamos allí largo tiempo, ebrios. Estamos con Peary el 6 de abril de 1909. Vamos con los marineros obstinados, Stefansson, Nansen, Abruzzi. O volamos derecho frente a nosotros, sin mirar el compás que se aloca. Volamos como Byrd, como Wilkins. Somos “Norge” quien va de un jalón desde el Spitzberg al estrecho de Bering, por encima de los innumerables dioses que centellean sobre la mar.
Luego se alejó la voz. Nos dejó. La mirada se volvió pequeña de nueva cuenta, el mar se replegó debajo de las costas. Aparecieron las islas, los cabos, los montes, las hondonadas, las llanuras de aluviones. En la ciudad las paredes se volvieron a enderezar y las calles empezaron de nuevo su labor. Lejos del frío, lejos del cielo, lejos del mar, volvimos a oír los ruidos, las otras palabras, volvimos a ver las señales intermitentes. El calor se enrolló alrededor de nuestros brazos, de nuestras piernas. De nuevo los escondites, los refugios. La estrella se volvió tan lejana que ya no se ve más que de noche, vacilante y tenue entre los surcos de humo. ¿Adónde debemos ir? ¿En lo alto de cuál edificio, encima de cuál montaña, para ver? ¿Cómo volver a encontrar el gran frío del espacio, o tendremos que entrar a un refrigerador, y sentarnos cerca del motor que ronronea y mirar las pequeñas estalactitas de hielo?  Pero quizá basta esperar así, cada día, cada noche. La voz vino, llamó, condujo hasta el lugar mágico, en la cima del mundo. Entonces, en las calles a veces, nos cruzamos con los que regresan y sabemos que volveremos. El país gélido y puro, el país sin frontera en el que no deja de hablar la voz del poema, ya no es extraño; está en el centro de la vida. El metal y el vidrio brillan a veces, en el cielo vuelan alto los aviones, en los puertos los barcos se hacen a la mar. La estrella polar crece cuando se la mira. Todo el mundo espera la voz que va a volver. A veces, las mujeres tienen los ojos muy azules.

*Traducción de Marie Claire Figueroa.

Tomado de Vers les icebergs, J.M.G. Le Clézio, Fata Morgana 1978, reimpreso por Georges Monti en 2005.

 

 

Ciclo Literario.