Memoria de Medellín*

Usha Akella


Cuando una experiencia inunda el corazón, las palabras desisten. Y si las palabras pueden desistir en quienes practican el arte mismo de las palabras, ¿qué clase de experiencia puede ser aquella? ¿Una que inspira humildad, que es sobrecogedora o curativa? El Festival de Poesía de Medellín es único en su clase; en él los poetas somos testigos del poder transformador de la Poesía. En él vivimos la Poesía como un poder discernible mayor que los poetas; el eterno y reconstituyente poder de la poesía resonó no sólo en las inauguración y la clausura, a las que asistieron entre 3,000 y 4,000 personas, pero también en las muchas lecturas en Medellín y otras diez ciudades colombianas y en 16 municipios de Antioquia. En ellas vivimos la Poesía como algo mayor que nosotros, nos sentimos revividos por el poder primario de la Poesía y este despertar nos dejó una fe fortalecida en nuestro papel de poetas en la trama de la vida; una conciencia de lo que a menudo se pierde en un mundo marcado por un consumismo y un materialismo que no dejan nada intacto —incluso la poesía misma que tiene su propia industria y sus sellos de éxito. Se puede decir que el Festival de Poesía de Medellín es un festival de la renovación. Quizás no es coincidencia que Medellín sea conocida como la ciudad de la eterna primavera.
Con la idea de familiarizarme con la historia de Colombia leí un breve resumen antes de partir para Medellín —me pareció como la historia de muchas naciones: la invasión de allende el mar, la conquista, la destrucción de las culturas y la religión nativas, su reemplazo por el cristianismo, el desplazamiento de las gentes, la pobreza, la lucha por la independencia, las facciones, la guerra civil y el caos político.
Cuando Medellín era víctima de la violencia de los carteles de la droga y la indiscriminada persecución policial, Fernando Rendón, el director del Festival, con sus compañeros, quiso tomar una abierta iniciativa de paz. En 1990 organizó el primer festival, que el año entrante cumplirá veinte años, y que ha ido aumentando en prominencia e importancia con cada año que pasa y se ha convertido en una especie de peregrinación de los poetas del mundo. Recuerdo la primera vez que vi en el sitio Web del Festival las impresionantes imágenes de grandes públicos agrupados en gran intimidad en torno a un escenario…y había una increíble variedad de poetas participantes y la asistencia de poetas legendarios… Algo entonces me impulsó a querer ir a Medellín con una urgencia que no pude muy bien definir o explicar. Sentí que tenía que añadir mi voz a esta llamada para la paz. Me emocionó mucho recibir poco después la invitación para representar a la India en el Festival, al que le fue concedido el Right Livelihood Award de Suecia (a menudo llamado el  “Premio Nobel de la Paz Alternativo”) junto con la activista india de derechos humanos Ruth Manorama y Daniel Ellsberg. En Colombia es considerado patrimonio cultural del país.
Llegué a Medellín después del atardecer del 3 de julio de 2009, y lo primero que noté al llegar fue la presencia de militares en el aeropuerto. Fue un principio extraño pero que con el paso de los días la policía se hizo evidente pero no importuna. Tuve mi primera mirada a Medellín en el camino al Gran Hotel, donde se alojarían 63 poetas de 45 países durante una semana. La ciudad se extendía centelleando fabulosamente, un mar de espléndidas luces. Esta es una de las vistas de la ciudad más populares en las tarjetas postales, que  inspiraría el poema que escribí para la clausura. Parecía una ciudad donde uno puede encontrar el amor de joven antes de que la muerte lo encuentre a uno.
Al festival asisten centenares, miles, de personas, y las lecturas tienen lugar en parques, museos, auditorios, centros culturales, espacios abiertos, bibliotecas en y cerca de Medellín, y en otras diez ciudades colombianas. La apertura se celebró en el teatro abierto Carlos Vieco. Llovió durante una hora; recuerdo que al alzar la vista vi que se abría un mar de paraguas como brillantes flores, y el público permaneció en su sitio.  Fue la primera sensación de magia en Medellín —la lluvia, los paraguas, el público manteniéndose firme para escuchar poesía, personas acercándose al escenario, subiendo a él como si nada, sentándose con los poetas, los poetas uniéndose al público, cayendo las barreras, los toques de tambor, la lluvia como una  caída de agua escalones abajo, las llamas de las antorcha desapareciendo en la noche como un sueño en el lago de la mente, poemas en catorce idiomas surgiendo del escenario seguidos por las traducciones al español…¡un recuerdo tan vívido! “Ustedes son los poemas”, le dice un poeta a la multitud. Bastó esa noche para que los poetas se unieran y se dieran cuenta de que Medellín es en extremo especial. Que la poesía reciba esta atención y este honor es algo único y asombroso en un  mundo de estrellas de rock y de Hollywood. Uno siente allí que la poesía es profecía, sagrada, un lenguaje del alma, una verdadera fuerza con un derrotero y un propósito en la historia.
Las palabras de Fernando Rendón reflejan este tono:
Somos unos jóvenes de dos millones de años
Es muy difícil vivir sin tratar de poseer una sola verdad…
Sólo tu sabes cuál es la mano que borra y cuál es la mano que borra, y qué escribe y qué borra.
Los poetas leyeron todos los días en Medellín y viajaron a otros pueblos y ciudades de Colombia, y en barrios marginales de la ciudad. En las noches en el comedor nos sirvieron una comida deliciosa hecha por el chef Sebastián y su equipo, y oíamos conmovedores historias de poetas, de sus viajes, de la pobreza y siempre, siempre rodeados por el calor de la gente. El comedor era un lugar para reunirse al principio y al final del día, de compartir las comidas, las historias personales, las opiniones, y la poesía. Parece que en los festivales de poesía hay un límite de tiempo diferente —una compresión del tiempo en la que se estrechan rápido las amistades, se agudiza la comunicación y hay un intercambio de mentes y corazones. Por supuesto, la comida fue una aventura, probamos sopa de aguacate, platos de frutas con sapotes, piña, papaya y uchuvas, y tajadas de plátano y arepas, y la bandeja paisa, el plato típico de Antioquia, una mezcla de fríjoles, tajadas de plátano, carne molida, chicharrón, arroz y huevos.
Leí en dos pueblos, Bolívar y Carmen de Viboral. En Carmen de Viboral leí con Agneta Falk (Suecia), Henk van der Waal (Países Bajos) y Álvaro Miranda (Colombia). Los pueblos han crecido en torno a plazas, y siempre tienen un centro cultural o una biblioteca, y una cocina y artesanías características. Después de la lectura en el centro cultural caminamos por el pueblo, su principal atracción una calle decorada con cerámicas. Se nos unió un joven llamado Andrés, un muchacho muy educado y simpático, que se ofreció a ser nuestro guía. Otro señor que también leyó nos invitó a tomar manzanilla, un té aromático en un café en la plaza. Viajamos a través de resplandecientes verdes valles y montañas al pueblo de Bolívar, conocido por sus colores brillantes. El público allí era más que todo de estudiantes de bachillerato —muchachas de risas entrecortadas con miradas nostálgicas que indicaban las punzadas del primer amor y los sueños que les seguirán.
Lamenté la imposibilidad de asistir a las lecturas de muchos poetas debido al cruce de programas. Me emocionó mucho la obra de Nguyen Quang Thieu, el poeta vietnamita. La imponente humanidad, la afectuosidad y la risa de Jack Hirschman es inolvidable. La poesía de su esposa, Agneta Falk, es penetratante y brillante y junto con otras poetas como Jayne Cortez son un testimonio de valentía personal. Me encantó ver a Azam Abidov de Uzbekistán a quien conocí en Calcuta en 2008. A Álvaro Miranda (Colombia), Guido Oldani (Italia), Rashidah Ismaili (Benín), Arthur Sze (Estados Unidos), Ivonne Vailakais (Ecuador), Mercedes Rofé (Argentina), Ersi Sotiropoulos (Grecia), Henk van der Waal (Países Bajos), Jorge Riechmann (España), Ghasasan Zaqtan (Palestina), Alice Sun-Cua (Filipinas), Fadhil-al-Azzawi (Irak) y tantos otros y otras los llevo y las llevo en mi corazón. Para siempre tendré conmigo la sabiduría de Fuad Rifka, del Líbano. Su bondad y la profunda sencillez de su poesía fueron una profunda y emotiva experiencia y una bendición. A veces tenemos que viajar muy lejos para conocer a los nuestros.
Las otras sedes de interés fueron el Museo de Antioquia y la casa de Pedro Nel Gómez. Famoso por sus peculiares figuras corpulentas en la pintura y la escultura, Fernando Botero hizo una generosa donación de su obra al Museo de Antioquia y la ciudad de Medellín. Un escalofriante recuerdo de la violencia en Medellín son sus palomas de la guerra y la paz cerca de la iglesia de San Antonio. A una paloma le pusieron una bomba y Botero donó otra con la condición de que “la paloma de la guerra” quedará en el mismo estado —destruidas sus entrañas como un trágico símbolo de nuestro tiempo. Los grandes murales de Gómez  adornan su bella casa y le dan una especie de atmósfera zen; muestran escenas de la historia y la política de Colombia. El mercado de artesanías fue uno de los lugares favoritos de los poetas en busca de baratijas.
La clausura del festival todavía me emociona: el mar de gente, su tangible calor, los poetas en fraternidad después de una semana juntos, la poesía en decenas de lenguas, las canciones en el aire nocturno… Creo que hubo allí una conciencia profunda de los poetas de que todo aquello no era sobre ellos y ellas sino sobre la poesía, de gratitud por lo que la poesía nos brinda —amistad, viajes, una comprensión más profunda de nosotros mismos y del mundo, y un puente hacia la paz.
Cuando de pie en el escenario para ofrecerle mis poemas y despedirme del pueblo de Medellín esa noche bajo las estrellas, no sentí tristeza sino alegría en mi corazón. No fue la ovación de pie o los pedidos de autógrafos y fotos; no fue una elevación del ego o del talante propio —fue un inmenso gesto de amor de tantos y tantas, que me dejó con una sensación de humildad y de gracia. No pude contener las lágrimas cuando una mujer de edad subió al escenario, me abrazó y me hizo una lluvia de elogios. Yo espontáneamente toqué sus pies —un gesto milenario en la India, en reconocimiento al corazón de Medellín. Mi viaje personal tenía que continuar como ha de ser para todos nosotros, con profundas gracias por lo que me ofrecen en el camino.

Adiós a Medellín
Tu aguja de luz se extiende como
una alfombra mágica para llevarme a mis sueños,
¿por qué no puedo ver UNA sola luz dentro de mí? 

  *Texto reproducido por cortesía del XIX Festival Internacional de Poesía de Medellín: www.festivaldepoesiademedellin.org

 

 

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