Martín Heidegger: palabra del éxtasis, palabra indescifrable

 


Heidegger
George Steiner
Fondo de Cultura Económica
 1983

Martín Heidegger  es un escritor pero también fue un maestro de la oralidad. Quienes no lo oyeron pronunciar conferencias o dirigir sus seminarios sólo pueden tener una noción imperfecta y hasta deformada de su propósito. El “rey secreto del pensamiento”, según frase de su alumna y amante Hannah Arendt, actuó por medio de la palabra hablada. Se le compara a Sócrates, el más puro de los pensadores occidentales; y esa pureza es inmediata al hecho de que no escribe. La letra mata el espíritu. El texto escrito es mudo ante el desafío que le responde. No admite desarrollo y corrección internos. El texto subvierte la función absolutamente vital de la memoria. El poeta auténtico es un rapsoda oral. El verdadero pensador, ante todo el auténtico pedagogo, depende del habla cara a cara, de la dinámica exclusivamente enfocada de la alocución directa para unir la pregunta a la respuesta, y de la viva voz para la viva recepción.

Vitas Luckus
Fotografía

   Cuando encontramos pasajes de la escritura de Heidegger que son opacos al ojo del lector e inexpresivos en la página, cobran una vida más inteligible, adquieren una lógica de índole musical cuando se los lee en voz alta, cuando se los oye leídos o hablados como los estudiantes, las audiencias públicas para las que primero fueron articulados. Por consiguiente, leer a Heidegger, puede ser en cierto sentido un procedimiento no sólo problemático sino antinatural.
Heidegger pensaba que la lengua alemana solo era comparable al griego antiguo, llamada a manifestar y experimentar tanto la cumbre misma de las realizaciones humanas, como también el más profundo abismo. Su obra  se asemeja al método fragmentario y frecuentemente esotérico de sus amados presocráticos. Él fue el primero en subrayar la naturaleza fragmentaria y preliminar de sus esfuerzos. Los concibió como una simple preparación didáctica y purgativa para una revolución de pensamiento y sensibilidad, que aún estaba por venir.
   Sobre la obra de Heidegger se dan, como en pocas, opiniones encontradas y radicalmente opuestas, incluso. Muchos filósofos suelen decir que de ninguna manera es un filósofo serio, otros un “místico del lenguaje”, “un meta-teólogo”, un síntoma premonitorio de la confusión moral e intelectual de nuestro tiempo. Y aun muchos más declaran que sus textos son una densa maraña de verborrea. Esto se debe a que para algunos que se asoman al torbellino nebuloso de su retórica, su influencia es literalmente desastrosa, tanto filosófica como políticamente.
     Pero la opinión contraria considera a Heidegger no sólo como el más importante filósofo o crítico de la metafísica desde Inmanuel Kant, sino como uno de los pocos pensadores decisivos de Occidente, grupo en el que estarían Platón, Aristóteles, Descartes, Leibniz y Hegel.
¿Cómo pueden darse opiniones tan encontradas? Por un lado, que Heidegger es un prolijo charlatán y envenenador del buen sentido, y, por el otro, que es un genio de las percepciones profundas, un filósofo maestro cuya obra puede renovar la condición del hombre.
     El Ser y el Tiempo es un discurso-acto de la índole más revolucionaria. Libro de un estilista de incomparable potencia que puede sentir y seguir las etimológicas arterias hasta la roca primigenia del lenguaje, desenterrar etimologías desde  profundidades sin precedentes y a menudo arbitrarias: en plena oscuridad encuentra a los dioses antiguos. La palabra común, la antigua Vulgata, sirve precisamente porque contiene, según Heidegger, la carga más grande de percepción humana original y verdadera. Así pues, las palabras antiguas y comunes son las más ricas de sentido. Somos nosotros quienes hemos olvidado su agudeza fundamental y su testimonio existencial.
El lenguaje de Heidegger tiene una aparente simplicidad lapidaria, el uso de oraciones breves disfraza una expresión ferozmente personal y premeditadamente “morosa” e incluso “bloqueadora”. El filósofo piensa que para que podamos llegar a las profundidades se nos debe demorar, desconcertar y obstaculizar en nuestra lectura. Cuando usa palabras en formas que parecen totalmente  arbitrarias y funde palabras en cadenas extrañas de guiones, Heidegger sostiene que está de hecho regresando a las fuentes primarias  del lenguaje, que está llevando a cabo las intenciones auténticas del discurso humano. Un texto de Heidegger es con frecuencia raro e impenetrable, más aún que el de los más difíciles metafísicos y místicos anteriores. Lo que su discurso reclama, en primera instancia, no es que lo comprendamos sino que lo vivamos y aceptemos la extrañeza que sentimos. Su petición parece una especie de charlatanería mística. Esta forma es comparable con nuestra comprensión gradual o forma de experimentar la gran poesía. Heidegger actúa en esa oscura área situada entre el discurso racional y “otra cosa”.

Brasai / 1932
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A la muerte de Heidegger, la mayor parte de su obra se quedó inédita. El Ser y el Tiempo quedó inconcluso y fue publicado en forma de enormes fragmentos, contra la intención inicial  de su autor. Su corpus es abrumador. Y completará más de sesenta volúmenes. Hasta ahora gran parte de sus escritos, enseñanzas y correspondencia son inaccesibles. Poco menos de la tercera parte de su producción total  se encuentra hoy accesible en lo que pudiera considerarse su forma definitiva.
Heidegger nació el 26 de diciembre de 1889 en Messkirch, Alemania,  donde murió ochenta y seis años más tarde. Durante los últimos años de su actividad académica, pasaba cada vez más tiempo en Todtnauberg, un albergue en la Selva Negra cuyo sugerente nombre y soledad terminaron por volverse sinónimos del carácter cerrado de su vida privada  y de las imágenes boscosas intercaladas en su obra. Su carrera, con su arraigo en un lugar, con su casi total rechazo de cualquier circunstancia o contingencia exterior, ofrece y ejemplifica el raro caso, sin duda perturbador, de una existencia humana entregada totalmente al pensamiento abstracto.
Aunque Heidegger repetía que no lo midieran por las normas de cualquier filósofo creador...soy un teólogo cristiano, decía, su pensamiento es una superación de la teología. El ser y el Tiempo y las obras que lo siguen niegan toda referencia teológica. Su teoría sobre el lenguaje, que habla al hombre en lugar de ser hablado por él, es absolutamente seminal en el moderno movimiento antihumanístico.
Heidegger fue miembro del partido nazi y rector de la Universidad de Freiburg durante el nacionalsocialismo. Al entrar el comando aliado, la Comisión de Depuración ordenó su separación de la cátedra. Heidegger nunca se refirió explícitamente a las matanzas de judíos, una mención escueta la hace en un texto calificando el suceso como una “fábrica de cadáveres”, pero nada explícito que pudiera parecerse a una condena. Será  porque el pensamiento heideggeriano no contiene ni implica alguna ética. Su silencio después de 1945 deconstruiría (método por el cual se desmontan los argumentos de la razón en relación al Ser) las pretensiones de su filosofía de tener unas auténticas visiones de la condición humana y las relaciones entre la conciencia y la acción. Su silencio desafía toda comprensión. Es indiscutible que Martín Heidegger se vio a sí mismo como un elegido, como un jefe del pensamiento que moldearía una resurrección nacional.  Las relaciones entre cultura alemana y nazismo es un complejo tejido en el cual tiene un papel esencial el idioma alemán, que Goethe y Kant, pero también Hitler, practicaron con maestría.
Es un secreto a voces que los intelectuales de biblioteca y los hombres que se pasan la vida rodeados de palabras, de textos, pueden experimentar con especial intensidad las seducciones de las propuestas políticas violentas, particularmente cuando tal violencia no toca a su propia persona. Su discípulo Kart Lowith había revelado la paradoja central de la coexistencia en Heidegger de un filósofo de inmensa estatura y un activo partidario de la barbarie.

Heidegger y el poeta Paul Celan se manifestaron mutuamente su intensa admiración. Al visitarlo en su cabaña de Todtnauberg,  Celan, cuyos padres fueron asesinados por los nazis y él mismo se suicidaría un año después de su entrevista con Heidegger, blasfema contra el filósofo luego de su conversación en la que vive el silencio del discurso. Se hace evidente la ruptura entre la necesidad humana y el pensamiento especulativo, entre la música del pensamiento que es filosofía y la del ser que es poesía. (Transcripción de Lorenzo León).

 

Ciclo Literario.