Mario Benedetti y el fútbol

Saúl Ibargoyen


El día domingo 17 de mayo, tal vez para distraerme de extrañas epidemias o sólo por atender mi afición al fútbol como factor cultural desde la infancia, busqué un canal de televisión que suele pasar partidos en el Cono Sur. Se anunciaba un encuentro en Montevideo, en el viejo Estadio Centenario del primer mundial.
    Súbitamente, una llamada telefónica me alejó de la pantalla. Acepté atenderla porque el partido aún no empezaba; además, no sabía qué equipos intervendrían.

James Nachtwey / 1998
Fotografía

La voz de la periodista de La Jornada me informó del fallecimiento de Mario Benedetti, bajo suposición de que yo estaba enterado de tan tristísima noticia, sobre todo por la muy añeja relación que mantuvimos desde mis tiempos de adolescente primero y de joven aspirante a poeta después.
Deseaban entrevistarme rápidamente, como a otros escritores, a causa de tan doloroso suceso. Contesté de modo poco coherente y torpe, sin duda, mezclando la trabajosa saliva con las tropezadas lágrimas, a más de una brusca rinitis que dificultaba la dicción.
Ubicado el tubo del teléfono en su nicho silencioso, quedé sentado un rato para organizar las imágenes, las confusas memorizaciones, los trozos de tiempo y los sonidos interiores que, violando el principio de incertidumbre de Eisenberg, revoloteaban casi con furia en mis neuronas. Entre aquel caudal burbujeante apareció la presencia del Estadio Centenario, su tribuna Olímpica, una tarde neblinosa que sugería lluvia -como esa tarde de domingo 17 de mayo-. El joven poeta que era yo procuraba un lugar aceptable, cerca de la portería del club Cerro, rival de Nacional. Y me encontré con Mario Benedetti, que buscaba lo mismo, o quizás el tema para su famoso cuento “Puntero izquierdo”.
Ambos éramos partidarios de Nacional; ambos sufrimos un poco esa húmeda tarde, pues el partido terminó en empate a cero gol. Entre expresiones futboleras, propias de aquellos que ven en el fútbol un deporte, una expresión de cultura popular, un sello de identidad, y no un negocio, comentamos algunos libros y platicamos de política. Todo muy a la uruguaya; sólo faltó que habláramos de una cierta musa pero ese tema quedó postergado. Nos despedimos como aficionados que no vieron ganar a su equipo: con el corazón traspasado por la gélida neblina.
Luego, me alcé de la silla junto al teléfono dormido y el cuerpo recordó que había un partido pendiente.  Sentado frente a la amplia pantalla, en estado de estupor, miré con regresados ojos a los jugadores de Nacional y de Cerro que corrían sobre un pasto que no era el de ayer. Unos segundos después, un delantero de Nacional, que ¡oh casualidad! jugara en México hace un año o dos, marca un gol que hizo arder las tribunas del Estadio Centenario. Los jugadores de Nacional, advierto con sorpresa, visten camiseta roja (la tradicional es blanca), para distinguirla de la cerrense, a rayas verticales celestes y blancas.

Trato de recordar el partido que vimos con Benedetti: se había jugado con los uniformes habituales, sólo que el celeste de la camiseta de Cerro era casi azul. Y fueron esos dos detalles, el festejado gol y el color rojo, que impidieron a Mario estar sentado junto a mí, en una casa de la ciudad de México, viendo con pasión y razón futboleras aquel partido entre Nacional y Cerro que tal vez pueda realizarse otra vez.

 

Ojos que ya no ven
(a Mario Benedetti, in memoriam)

Es este el mar que tus ojos de ayer ya no contemplan
Y aquella es la luz que tus ojos no verán
Venir hacia ti con sus impalpables escamas
De oros populares y de lúcida sangre.
No es este el aire del Sur que transita tus pulmones
Cerrados a veces como una voz que no quería cantar.
Tampoco son las lluvias castigando con uña congelada
La esplendente madera de esa casa tan rígida
Que tu cuerpo inaugura.
Ni son las espumas barrosas del río cercano a tu infancia:
El oceánico río del que nunca pudiste separarte.
Ni el verde que tus ojos no podrán ver otra vez
El verde de una ciudad sin muros ni fronteras
Ni huesos de tranvías amarillos
Ni calles de barrios enquietecidos
Adonde fermenta el futuro
Con toda su sacra violencia y sus banderas.
No escucharás de nuevo tus palabras
Apegadas a aquellas melodías que son también palabras.
Porque el silencio no fue hecho para ti
Porque has sabido devorar tu propia sombra
Porque si hubo un dios
Ese dios fue tu conciencia de bicho social.
Porque verbo fuiste quizá desde siempre
Y en verbo de muchos
Con nosotros serás.
No conocimos todo de ti:
Lo más tuyo de vos y tu entretela
Pero es seguro que esa oscuridad
Nos traerá la luz que dejaste de ver.

Herbert List / 1937
Fotografía

 

 

 

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